Prólogo

Richard Castle tenía muchas cosas preciadas: tenía a su maravillosa hija, a su peculiar pero a la vez querida madre, un trabajo que le encantaba y dinero que le permitía disfrutar de sus cosas preciadas sin tener que preocuparse de tener problemas a fin de mes. Pese a todo eso, había una cosa que Castle no tenía, una cosa que deseaba y que el dinero no podía comprar.

Él siempre había sentido que le faltaba algo. Cuando era pequeño pensó que era por su padre, un hombre invisible que al cabo de un tiempo desapareció casi completamente de su mente. Tiempo después dejó de hacer caso a ese sentimiento para dedicarse a las locuras de la adolescencia. Creciendo, descubrió su talento y pasión por la escritura, e hizo que sus personajes experimentasen sentimientos que él temía demasiado tener.

No fue hasta años después, hasta el nacimiento de su hija, que se dio cuenta de que temer esos sentimientos le había dejado un vacío que Alexis consiguió llenar un poco. Pero aún teniendo en brazos a su pequeña princesa, se sentía solo. Entonces comprendió que su mujer, Meredith, no era la persona que lo llenaba, así que decidió divorciarse.

Pasaron años hasta que comprendió que su hija necesitaba una madre, así que se casó con Gina, su editora. Ella en cierto modo lo llenaba. Esas discusiones que tenía con ella le estimulaban, pero su relación era más de amigos y ella también lo sabía, así que ambos decidieron buscar a otras personas. Eso llevó a un divorcio largo y complicado, y, cuando todo eso terminó, Richard Castle estaba tan perdido como antes. Había, al fin, aceptado que necesitaba a alguien, pero estaba cansado de buscar a la mujer que hiciera latir a su corazón, así que desistió. La sustituyó con mujeres de una sola noche. Y fue justo entonces, cuando había dejado de buscarla, cuando la encontró. Una mujer atractiva e inteligente, cuyas conversaciones serían capaces de absorberle y le harían perder la noción de todo lo demás. Conoció a Kate Beckett.