Un sonido hueco, similar al de un hueso quebrándose, silenció el Gran Comedor. El bullicio que instantes antes reinaba en la estancia se disolvió y parecía que los escasos alumnos que quedaban por Navidad en el colegio hubiesen contenido la respiración a un mismo tiempo. Ni siquiera los profesores se movían, intentando asimilar lo que acababa de suceder. Todas las miradas se centraban en un mismo punto y nadie se atrevía ni a respirar. Sin embargo, cuando el sonido se repitió una vez más, el revuelo que se formó creo tal caos que ni la propia profesora MacGonagall podía avanzar entre el tumulto. La mayor parte del alumnado se arremolinaba cerca de la entrada mientras los profesores y prefectos intentaban poner orden.

Apenas a un par de pasos de la puerta, entre una amalgama de túnicas negras, podía diferenciarse lo que parecían dos muchachos de séptimo curso enredados en una brutal pelea. Ambos rodaban por el suelo, agarrándose, lanzándose patadas y gimiendo de dolor cuando algún golpe conseguía llegar a su destino. Primero un puñetazo a la mandíbula, después al estómago, a la nariz, una patada en los lumbares... Ninguno de los dos tenía intención de parar.

-¡Sepárense inmediatamente! -bramaba la profesora cuando consiguió hacerse hueco entre el corro de alumnos que jaleaba alrededor de la pelea. -¡Hagan el favor! -Pero sus palabras parecían perderse en el alto techo. -¡Rosier! ¡Black!

De pronto, una corriente de aire tibio envolvió todo, enmudeciendo de nuevo a los presentes y obligando a que los dos jóvenes se detuviesen al fin. MacGonagall jadeaba, aún con su varita en alto. Incluso su sombrero había caído al suelo. Los dos chicos la miraban con ira, moviéndose desesperados, tratando de deshacerse del hechizo y poder abalanzarse de nuevo contra su oponente. Sin embargo, la furia que brillaba en los ojos de la subdirectora fue suficiente para amedrentarles, al menos mínimamente.

-¡A mi despacho! ¡YA! -Con un nuevo movimiento de varita, hizo que ambos se pusiesen en pie y comenzasen a caminar frente a ella como si de dos autómatas se tratase. Cerrando aquel inusual pasacalle, el profesor Slughorn, más pálido que las velas que iluminaban el comedor, pedía calma al resto del alumnado y balbuceaba órdenes a los prefectos para que llevasen a todos a sus salas comunes.

El camino hasta el despacho de la subdirectora se hizo eterno para los dos chicos que sentían como sus piernas se movían sin que su cerebro diese ninguna orden. Ambos tenían los músculos en tensión y se lanzaban a cada paso miradas fulminantes. Rosier tenía una sonrisa suave en sus labios, de superioridad, que provocaba que el ánimo de Black fuese cada vez más sombrío. Una niebla oscura se había adueñado de su mente y sólo le permitía pensar en volver a golpear al Slytherin, y hacerlo una y otra vez hasta que se le borrase aquel gesto de suficiencia.

MacGonagall abrió la puerta de su despacho y, una vez dentro, cerró y obligó a ambos chicos a sentarse. No tenía intención de quitar el hechizo que les mantenía impedidos, no hasta que se calmasen mínimamente.

-¿Van a explicar qué es lo que acaba de ocurrir? -Preguntó. Aún la temblaba la voz de pura rabia. Sabía que debía expulsarles... La normativa era muy clara y si fuese cualquier otro alumno... Pero tenían que ser precisamente ellos: El hijo de una de las familias más importantes e influyentes del mundo mágico (y abiertamente defensores del Movimiento Oscuro) y el repudiado de los Black, que de no ser por los Potter estaría en algún centro de menores muggle, si no en la calle. La sonrisa de Rosier mostraba que él estaba pensando lo mismo, y eso la enfurecía aún más. -¿Es todo lo que voy a obtener por su parte? ¿Sólo silencio? -Suspiró y movió la varita, dejándoles libres. -Cuando el director regrese tendrán que rendirle cuentas a él. Por el momento, Horace, encárgate del castigo de Rosier y yo haré lo propio con Black. Eso sí, daré orden a la Enfermería, como subdirectora, de que no se les aplique ningún tratamiento mágico... Si se pelean como muggles, que así sea la cura que van a recibir. -Sabía que Slughorn iba a ser muy suave con su castigo, eso al menos le borró la sonrisa a Rosier.

MacGonagall esperó en silencio, con la vista fija en el joven Gryffindor, hasta que los dos miembros de Slytherin salieron de su despacho y, aun así, esperó unos minutos más antes de tomar de nuevo la palabra. Para Sirius aquello fue una eternidad.

-¿En qué diablos estaba pensando, Black? En otras circunstancias, esto hubiese supuesto su expulsión inmediata... ¡Golpear de semejante forma a otro alumno! ¡Esto es un colegio, por Merlín, no un pub!

El chico permanecía en silencio, sintiendo como, poco a poco, su ojo se iba inflamando y una fuerte sensación de calor se concentraba en todos los lugares donde había recibido algún golpe. Se pasó la lengua por el labio inferior y ahogó un suave quejido de dolor y asco al notar el sabor de la sangre. La profesora tenía razón: si se peleaban como muggles, se curarían como muggles. Al menos aquel dolor le recordaría que había hecho lo correcto.

-Sirius... -Musitó de nuevo la mujer, con un tono maternal nada usual en ella. -¿Va a contarme a qué ha venido todo esto? -El chico continuó con la cabeza gacha, dejando que una gota de sangre proveniente de su nariz cayese sobre su camisa sin inmutarse. La mujer chascó la lengua con desdén, dejándolo por imposible. -Muy bien... Vuelva a su sala común. Mañana continuaremos con esta conversación.