Mi agradecimiento especial a kikitapatia, por la elección del título.

Descargo de responsabilidad: OHSHC no me pertenece, aunque yo me conformaría con que Kyoya fuera mío… :)


ENTRE CUATRO PAREDES

Cuando Haruhi se partió la pierna por dos sitios, supo a ciencia cierta lo que se le venía encima…

Había sido la cosa más tonta del mundo… En la escalinata de la facultad, justo tras una conferencia sobre derecho penal, resbaló sobre el suelo mojado y ya está. Se dio el batacazo de su vida. Solo cinco escalones, nada más, pero lo justo para perder el recién empezado trimestre. Y si perdía el trimestre, perdería la beca. Oh, sí, esa misteriosa beca para ex-alumnos de Ouran que sobresalían por su excelencia en los estudios.

Así que ahora estaba ella, bajo los efectos idiotizantes de los analgésicos, en una cama de hospital (un hospital Ohtori, por supuesto) con la pierna en alto, enyesada hasta la rodilla, con los gemelos atándole cintas de seda de colores en la escayola y Tamaki pintándole flores y mariposas donde aquellos dos le dejaban, mientras Honey le llenaba la boca de tarta de fresa, pensando en qué habría hecho mal en alguna otra vida anterior para sufrir tal castigo. Sí, porque en la habitación no podía caber más gente… Estaba además Ranka, que con gesto ceñudo le arrancaba de las manos a Tamaki los rotuladores, uno tras otro, para que no siguiera pintando el yeso de su niña, pero el muchacho parecía tener una provisión infinita en sus bolsillos. Mori, apoyado en la pared, observaba en silencio, y Kyoya, sentado en la única silla de la habitación tecleaba en su portátil. Haruhi, tras tragar el último bocado de tarta, suspiró quedamente, resignada a su destino.

—Nos vamos… —dijo Kyoya, cerrando su ordenador y poniéndose en pie.

Todos se detuvieron, congelados como mismo estaban. Kyoya no había abierto la boca en toda la tarde y les había sorprendido con esa orden. Porque era una orden. Su tono, firme y serio, no admitía discusión.

—Haruhi necesita descansar —precisó él.

Los chicos parpadearon, como dándose cuenta solo entonces de que esto no era la Sala de Música nº 3 y de que Haruhi era una paciente y no un juguete.

Kyoya se llevó un dedo a las gafas y Tamaki podría jurar que oyó un gruñido. Sea como fuere, el caso es que de repente, en la habitación reinó el caos. Todos hablando a la vez, cerniéndose sobre ella para despedirse y alzando la voz para que Haruhi pudiera oírles diciendo que mañana volverían. Alguien le dio un sonoro beso en la mejilla y ella rezó interiormente por que hubiera sido su padre.

Y de repente el silencio.

El bendito silencio.

Haruhi suspiró una vez más, en esta ocasión, agradecida por los pequeños milagros.

Una tosecilla a la derecha llamó su atención. No estaba sola.

—¿Kyoya senpai? —preguntó ella.

—Mañana intentaré retrasarlos el mayor tiempo posible —le dijo.

—Estaré en deuda contigo eternamente, senpai… —le contestó ella, agradecida.

Y por fin la dejaron descansar.

Aunque quizás sería mejor no hablar nunca de deudas con Kyoya…


Fuera de la habitación, Kyoya lucha por controlar su disgusto. Sinceramente aprecia a sus amigos, los cielos lo saben, pero ¿acaso no sabían comportarse? ¿Pero no se daban cuenta de que la estaban volviendo loca?

De vuelta a la limusina, mientras los gemelos se burlan de Tamaki, él calla y rememora el momento en que esta locura empezó.

Estaba en clase de macroeconomía comparada cuando su teléfono vibró. A Kyoya se le había parado el corazón cuando leyó el mensaje de que Fujioka Haruhi había sido ingresada de urgencia en uno de los hospitales de su familia. Por un momento su máscara fría e imperturbable se deslizó. Y cuando su corazón volvió a latir, recogió sus cosas y salió de allí sin mirar atrás. En mitad de una clase.

Llegar al hospital fue el trayecto más largo de su vida. No sabía nada, ni qué había pasado, ni cómo fue, pero lo más importante, no sabía cómo estaba Haruhi. Por su cabeza pasaron mil posibilidades, a cada cual más loca, pero todas desasosegantes y espantosas.

Ranka aguardaba en la sala de espera, pero Kyoya estaba en el antequirófano, caminando de un lado a otro, como un tigre enjaulado.

—¿La operaste tú? —le preguntó a su hermano Yuuichi, en cuanto salió. Él asintió, mientras se quitaba la mascarilla. Y los guantes y la bata manchados de sangre. De la sangre de Haruhi…

—Me llamaron en cuanto saltó la alerta —Kyoya permitió que sus hombros se relajaran un poco. Su hermano podía ser muchas cosas, pero era un excelente cirujano.

—¿Y bien? —preguntó Kyoya, impaciente. Yuuichi se guardó las ganas de reírse para otro momento. Su padre ya se lo había dicho. Que la chica Fujioka era especial. Y que su hijo menor sería un tonto si la dejaba escapar. Por lo poco que puede ver, para su hermano ella también era especial…

—Doble fractura distal por torsión —dijo por fin—. Redujimos la fractura y fijamos la tibia con la inserción de un clavo intramedular, de polímero reforzado con fibra de carbono, que son carísimos, como bien sabes, pero supongo que es lo que tú hubieras querido —Kyoya asiente—. La cirugía fue como se esperaba. Perforamos la meseta tibial e insertamos el clavo a lo largo del canal intramedular y fijamos con tornillos de bloqueo de aleación de titanio. Le quitaremos la escayola provisional cuando revisemos las suturas, y le pondremos entonces una férula de inmovilización.

—¿Quedará bien? —preguntó él, con voz aparentemente fría. Pero su hermano lo conocía mejor…

—Es joven, Kyoya… —le contesta, con un gesto de cansancio. La operación ha sido larga—. Para lo aparatosa que fue la fractura, con el debido reposo y la posterior fisioterapia, no deberían quedar secuelas.

—Bien —a Yuuichi ese 'bien' le sonó casi como un suspiro de alivio—. Gracias por todo, nii-san. Iré a decírselo a su padre.

Ahora sí. Ahora Yuuichi sí sonrió. La última vez que su hermano le llamó nii-san, Kyoya tenía seis años.


Dos semanas después, a Haruhi están a punto de darle el alta hospitalaria.

—¿Que el seguro se ha hecho cargo? Oh, vamos, Kyoya senpai —Haruhi agita las manos frente a su cara—. Mi padre apenas recuerda pagar la luz o el agua. Ni por asomo sería capaz de acordarse de pagar un seguro… No me vengas con historias… No hay seguro médico.

Kyoya calla. Inclina la cabeza dedicándole toda su atención. Pocas, poquísimas, son las veces en que Haruhi se enfada de veras. Sus hombros se yerguen, la voz se alza, firme y severa, sus mejillas se encienden y pareciera que un fuego inextinguible ardiera en sus ojos. Y esta vez, todo este espectáculo es solo para él.

—Te lo pagaré algún día —dice ella por fin, dejándose caer sobre las almohadas, el gesto aún serio.

Kyoya niega suavemente.

—Déjame hacer esto por ti… —dice él.

—No acepto caridad —replica ella, orgullosa.

—No es caridad, Haruhi… ¿Qué clase de amigo sería si no puedo cuidar de quienes me importan? —y por un segundo, tan solo un segundo, en sus ojos podrías haber visto la verdad. Ah, pero Haruhi no la vio. Ella entrecierra los ojos, aún recelosa.

—¿Sin méritos ni beneficios? —pregunta ella, y Kyoya le dedica una de sus medias sonrisas antes de responderle.

—Haruhi… Hace tiempo que alguien me enseñó que existe cierta clase de beneficios intangibles.

Ella abrió los ojos y se le quedó mirando como si por primera (o más bien segunda o tercera) vez lo viera de verdad.