-Señorita.
Alejarse del mundo al que llamaba hogar. Decidió irse, cogió un puñado de dólares y se largó de aquel infierno, había oído las historias, eran solo rumores, pero merecía la pena comprobar si eran ciertos, no tenía nada que perder, ya nada le importaba
-Señorita…
Decidió coger un tren hasta Québec, desde allí tenía planeado dirigirse más hacia el norte, y coger algún trasbordador a Groenlandia, escuchó que desde allí podía hacerse algo para alcanzar su objetivo. Bien, ya estaba todo ordenado en su cabeza…pero debía darse prisa, su marido probablemente se diese cuenta de su escapada y la siguiera, realmente aquello era lo que más temía, que aquel monstruo no la atrapara.
-Disculpe, señorita, ¿está usted bien?
Aquel trance había acabado, a veces le pasaba, se ponía a divagar sobre su futuro, sobre sus planes, y perdía toda atención con su entorno. El taxista la estaba mirando a través del retrovisor.
-Sí, sí, estoy bien, disculpe… a la estación de la calle 42.
-Eso está hecho, señorita- El taxista pisó el acelerador, y el motor del viejo Citroen DS del 45 empezó a ronronear.
Su mente volvió a echar a volar, aún recordaba como empezó todo, él acababa de llegar de Italia, la guerra había acabado y se conocieron en un antro de mala muerte a las afueras de Nueva York, ella trabajaba de camarera allí. No era consciente de lo que supondría empezar todo aquello con aquel hombre despechado, aquel hombre que odiaba a las mujeres en lo más profundo de su alma. Tras la boda, todo cambió, de eso hace ya mucho tiempo.
Tras pagarle al taxista, se bajó y miró alrededor, la estación estaba concurrida aún siendo altas horas de la madrugada. Se acercó a la ventanilla y sacó un pasaje para Québec, allí tendría que ir a la estación de St. Michelle e ir a St. John cogiendo la barcaza de paso. Desde allí iría a Islandia, y contactaría con quién tuviera que contactar. Solo tenía una pista, ¿y quién le diría a ella que todo eso era cierto? Solo una nota garabateada por aquel señor que encontró en un bar: 'Embarcadero 436'. Aquello era una locura, una auténtica locura, y se sentía estúpida por haber llegado hasta allí.
Sus pensamientos volaron hasta que llegó al tren, y se acomodó en su compartimento, no estaba mal… un sofá tapizado de rojo, donde podría dormir, un espejo y unas sábanas, ¿qué más podría pedir? Decidió mirarse al espejo, tendría un aspecto horrible por la torpe huída.
Ya no reconocía a aquella quinceañera que tantas veces se miraba al espejo antes de los bailes de instituto, ni a aquella joven que decidió irse con un soldado a vivir la vida, la vida que fue su perdición, y que la llevó a esto. Su piel blanca, más blanca que nunca, estaba llena de pequeños arañazos o cicatrices apenas imperceptibles, pero ella recordaba su origen, el origen de todas y cada una de ellas, y nunca las olvidaría. Aquellos ojos azules ya no brillaban con la inocencia de la juventud de años pasados, si no con una madurez duramente inculcada, y su pelo rubio ya no tenía la misma intensidad que cuando era feliz. Ya nada era igual… solo tenía un sueño, solo tenía un objetivo, una nueva vida, una única esperanza.
Su única esperanza era llegar a Rapture.
