No era ningún secreto que, como hijo de Apolo, Will tenía una especie de obsesión por la música. Si bien sus talentos no llegaban a grandes extensos en dicho aspecto, aquello no impedía que, de vez en cuando, el rubio estallase en una canción con una brillante sonrisa de evidente gozo en el rostro. Nico podía jurar que en ocasiones el ojiazul pensaba que se encontraban en una especie de musical y, si bien él rodaba los ojos cada vez que aquello ocurría, no podía negar que en su interior se disipaban por leves instantes las oscuras y pesadas sombras de su pasado.
Era consciente de que Will tenía una ligera idea de que, tras los supuestos bufidos de frustración, se encontraba una ligera risa sin exteriorizar. Tal vez fue por eso que aprovechaba cada ocasión que tenía para dedicarle lo que a él le gustaba denominar como "una serenata personalizada de emergencia", que era básicamente tener al rubio proporcionándole un tímido pero cariñoso abrazo mientras de su boca salía una de las canciones favoritas de su repertorio cuando se hallaba en compañía del hijo de Hades: "You are my sunshine".
Después de varias de esas sesiones, Nico decidió dejar de establecer que el era todo lo opuesto a un, en parte irritante y molesto, rayo de luz; Will podía ser muy persistente cuando pretendía serlo. Además, se sentía bien... Sentir que alguien pensaba en él de aquella forma, que pensara que su existencia no era banal, que su presencia era necesaria.
Pero ya hace un tiempo que ya no oía a Will cantarle de aquel modo, cuando se sentaban el uno junto al otro, meramente disfrutando el momento; no es que el gusto por dicha actividad se halla evaporado, sino que ahora el tiempo destinado para esta era limitado.
Nico salió de la tienda a la que se vio entrando un par de minutos atrás, se había demorado menos de lo que inicialmente había calculado. Aumento su agarre en las hazas de la bolsa de papel que se le había sido dada, los nudillos de sus temblorosas manos se tornaron blancos debido a la fuerza ejercida.
Anduvo mirando el gris suelo, el cual reflejaba la negrura del cielo sobre su cabeza, era muy probable que fuese a llover a cantaros aquel día. Ya sea para su suerte o para su desgracia, de las nubes no comenzaron a caer depresivas gotas de agua hasta que pisó las ahora un tanto empolvadas lozas del apartamento que Will insistió que adquiriesen un par de años atrás.
Extrajo con delicadeza y sumo cuidado el objeto que se encontraba en la bolsa a la cual se había aferrado durante todo su caminar, con temor de que la llovizna pudiese aparecer de un momento a otro y arruinase su contenido. Se detuvo a observar el disco de vinilo con detenimiento, sus dedos sujetándolo como si estuviese sosteniendo una pieza de cristal, un pequeño pedazo de cielo.
Lentamente le coloco en el antiquísimo pero bien cuidado fonógrafo que Will había traído a casa semanas antes debido a una escena en una de las películas que habían visto en una noche de insomnio.
Cuando las notas comenzaron a esparcirse por cada rincón de la sala, una melancólica y jadeante sonrisa apareció en si rostro, sus rodillas no tardaron en ceder. La calmante voz del rubio semidiós se oía como lo hizo el primer día que la escuchó dedicada meramente a él. En silencio agradeció que el ojiazul le hubiese dejado grabarle en una ocasión, aunque le dijo que si quería escucharle solo tenía que pedirlo, pero en el presente solo una lagrima cayó por su mejilla al recordar aquella memoria.
Porque ahora, por más que la canción sonase tranquila y serena, sabía que su corazón no volvería a sentirse como alguna vez lo hizo. Las cuerdas vocales del rubio en realidad no volverían a producir aquella dulce melodía... A partir de hoy solo cantarían sus cenizas...
