No se veía claro el final del encuentro, tan escasos eran los segundos en el marcador como las energías que aún les restaban a los pokémon, mas no así la sed de triunfo de sus entrenadores. No, ninguno de los estaba dispuesto a ceder; no por el listón, ya que ambos habían juntado los cinco reglamentarios para entrar a la gran final. Aquel sólo era un pequeño entremés en lo que aguardaban por el plato fuerte.

Las luces de los reflectores se posaron sobre Gastrodon.

—Lindo, ¡usa 'chapotelodo' y embiste con todo!

La babosa iluminó brevemente el escenario con una segadora luz ámbar y, a su pie, el suelo se inflaba como globo. Esa despreciable masa de lodo parecía cobrar vida al dirigirse a toda velocidad hacia Glaseon, ensuciando sus delicadas patitas de terciopelo celeste. Aquella pérdida de pulcritud también le había costado puntos; ahora no existía la más mínima ventaja por sobre su adversario. Frente a él se abría un sendero pantanoso, el terreno ideal para que el pokémon molusco se encaminara a toda velocidad para asestar el golpe de la victoria.

De haber sido uno de sus primeros encuentros, ella hubiese dudado, habría quedado inmóvil sin poder articular palabra alguna sólo para ver cómo llegaba el final. Pero aquellos días habían quedado atrás; ya no era la pequeñita que conocía más de marcas de maquillaje que de pokémon, ni la chica que en los momentos críticos sólo sabía echarse a llorar. El tiempo es un aliado poderoso que a cambio de sudor y esfuerzo, entrega como recompensa el temple para salir adelante de situaciones complicadas.

—¡'Rayo de hielo' y esquiva!

El agraciado pokémon de hielo obedeció al instante lanzando un gélido ataque hacia su oponente. Parecía que no iba a funcionar ya que la velocidad a la que venía era aterradora; pero para su buena fortuna, la intensidad del rayo había sido lo suficiente como para congelarlo en el acto y más milagrosa parecía la forma en que, en el instante preciso, Glaseon había dado un salto hacia un costado para evitar el embate. La bola de hielo en la que había transformado Gastrodon terminó chocando de lleno en la pared justo en el momento en el que el reloj marcaba cero.

El perdedor lanzó un grito de frustración y desesperación, mismo que era acallado por las ovaciones del público que estallaba de emoción por haber presenciado una demostración de tan alto nivel. No tardó en volcarse en ira al oír el resultado:

—¡Y la ganadora de esta vibrante batalla es May! ¡Muchas felicidades y brindémosle un gran aplauso!

¡Era el colmo! Su tercera derrota seguida ante ella, ¿sería alguna clase de maldición? Sentía que últimamente su vida y suerte eran dictaminadas por alguna clase de fuerza mística que seguramente lo despreciaba, algo así como si algún escritor de poca monta lo hubiese elegido como el villano de alguna historia cursi y mediocre donde el bien siempre triunfa. Asqueado por todo, Harley regresó al pobre de Gastrodon a su pokébola y salió a toda prisa sin decir nada más.

Sin saber bien cómo, había llegado hasta el parque de la ciudad, se encontraba cansado y definitivamente no estaba dispuesto a dar un paso más. Se tiró a la sombra de un árbol, lugar poco propicio para alguien acostumbrado a tomar siestas en hoteles lujosos, pero tampoco tenía demasiadas opciones si al fin y al cabo Pastoria era un pueblito de montaña sin nada interesante para ver; y además, el coraje no se le había bajado lo suficiente como para empezar a preocuparse por la suciedad. Logró quedarse dormido un rato hasta que un sonido lo sacó de su ensoñación. Era el sonido del cuchicheo de una joven pareja. ¡Lo que le faltaba!

Los tortolos parecían tener un combate de práctica, tal vez para enfrentarse al líder de gimnasio del pueblo. Él tenía un Glameow; ella, un Croagunk. El felino intentaba asestar una serie de arañazos, pero el Croagunk era lo suficientemente rápido como para evitar los golpes. "Cola férrea" escuchó gritar al joven entrenador. Por parte de la chica, el Croagunk ya tenía cargada en su mano una 'puya nociva', un ataque lo suficientemente poderoso como para dejar al Glameow varios días en el Centro Pokémon. Lo que le llamó poderosamente la atención fue que la entrenadora no le dio orden alguna a su compañero… ¿Por qué? El pokémon recibió el ataque de tipo acero y ¡pum! Directo al suelo.

—¡Vaya! Ese sí que fue un buen combate, ¿no lo crees así, Trickie?

—Claro que sí, Blank. No cabe duda que cada día estás mejorando tus habilidades.

Más tardaron en entablar un diálogo que en abrazarse y darse besos que le causarían diabetes a cualquiera. Harley sólo bajó su sombrero para no terminar dando en el hospital. Poco después, la pareja se retiró del lugar.

—Vaya par de tontos —se decía para sí mismo—. Primero, se nota que el chico es un pobre perdedor que no sabe cómo entrenar a sus pokémon y luego esa boba… es fácil darse cuenta que se dejó ganar, el ataque era fácil de esquivar y cualquiera hubiera servido para ganarle al debilucho. No cabe duda que eso del amor es la cosa más horrible del mundo, deja a la gente más tontita y hueca de lo normal. ¡Já! No me quiero imaginar cómo se pondría la odiosa de May.

Casi a punto de caer nuevamente dormido, una idea cruzó por su mente. Sí, era una idea muy pero muy estúpida, tanto que estaba casi seguro de que tendría éxito.

¿Qué pasaría si May estuviese enamorada?

Y no sólo eso.

¿Qué pasaría si May estuviese enamorada… DE ÉL?

Por mucho tiempo se planteó el fastidiarla con Drew, ya que, bueno, era demasiado obvio que los dos niños eran tal para cual y que, aun así, eran demasiado cobardes para dar el salto y confesarse. Pero también sabía que emparejarlos significaría su eterna felicidad y, peor aún, la unión de sus fuerzas para darle una buena patada en el trasero y definitivamente no quería eso… con todo y que no decidía cuál de esas opciones era más reprobable.

Pero… ¿Y si era él la razón de sus suspiros? Ella caería rendida a sus pies y su voluntad estaría a merced de sus caprichos. No sólo eso, si lo lograba, si en verdad lo lograba y un día antes le revelaba su plan, que todo aquello había sido una mentira, le partiría el corazón, tanto que no le quedaría ánimo alguno para participar en el gran concurso.

No iba a ser fácil, ya había gritado muchas veces "¡Mightyena!" Y ella le creyó por mucho tiempo, pero ya no estaba seguro de que existiera un de nuevo. Pero bastaría con hacer creíble la farsa, total, si estaba convencido de ser tan buen actor como para salir en una película de Cleavon Schpielbunk. Y al fin y al cabo, ¿qué era el amor sino un mal pretexto para venderles novelas a los adolescentes? Era el plan perfecto, en el que se jugaría el todo por el todo. El que no podía fallar.

Pronto, ella estaría comiendo polvo de su mano; y él, su tan ansiada venganza.

Empezó a reír como loco y se levantó para empezar los preparativos, como siempre, meneando la caderita y tarareando una alegre canción.