"La Fuerza del Destino"
Cap. 01: La Dama y el... asesino.
La punzante oleada de dolor de cabeza le dio de lleno nada más recobró la conciencia. Apretó los ojos sin abrirlos y dejó escapar un gruñido de dolor. Palpó la tela áspera y la paja de la excusa de colchón sobre el que la habían dejado tirada los putos soldados imperiales.
Aquello era sencillamente cojonudo. La víctima de todo aquel asunto había sido ella. Era a ella a quien habían atacado y fue a ella a quien dejaron inconsciente de un golpe en la nuca y a la que habían lanzado con cajas destempladas a aquel sucio calabozo de lo que suponía que era la Prisión Imperial.
¿Justicia imperial? Me cago yo en la justicia imperial… ¡Y me limpio el culo con un Pergamino Antiguo!
Con aquel sombrío pensamiento y haciendo acopio de mala leche, la dunmer se incorporó para sentarse en el camastro y entreabrir los ojos. El dolor, que nacía de su nuca y se extendía hasta sus sienes, la golpeó de nuevo y ella se llevó la mano a los ojos para protegerse de la claridad procedente del diminuto ventanuco de su celda.
Mirándolo por el lado positivo, al menos me han dado un apartamento con vistas...
Suspirando, se masajeó brevemente las sienes en un vano intento de disipar la jaqueca. Volviendo a entreabrir los ojos, se fijó en que le habían quitado la gastada armadura quitinosa, cambiándola por una túnica de arpillera sin forma que le llegaba por debajo de las rodillas. Un terrorífico pensamiento la asaltó al reparar en ello. Abrió los ojos de golpe y, con pulso tembloroso y aliento acelerado, se tocó primero las entumecidas piernas y luego entre ellas.
Dejó escapar un suspiro de alivio y trató de relajar su agitada respiración. No la habían tocado mientras estaba inconsciente, pero el pánico que le había provocado el mero pensamiento de ser violada se negaba a abandonarla. Apoyó los pies en el frío suelo de piedra cubierto de paja y se incorporó en un intento por calmarse.
- Vaya, vaya… - percibió súbitamente una voz procedente de la penumbra tras los barrotes frente a ella, una voz sibilina y teñida de un característico acento que identificó al instante - Debo de haber muerto y hallarme en los Salones de Azura para contemplar semejante visión. Eres muy hermosa, mi querida doncella dunmer.
Se giró en dirección a aquella voz, acercándose apenas unos pasos hasta que sus ojos se acostumbraron a la media luz del lugar, para encarar al propietario de la misma: un elfo oscuro como ella flaco y desgarbado, afeado y sucio que la miraba lujuriosamente desde detrás de los barrotes de su celda. Un escalofrío le recorrió la espalda a la elfa, que le devolvió la mirada con una expresión de asco intenso.
El hombre esgrimía no sólo ésa clase de expresión con la que sabes positivamente que es mejor echar a correr si te encuentras en un callejón solitario de noche en los suburbios de Balmora, si no sus ojos… aquellos ojos, de un tono rojo óxido, antinatural hasta en los de sus especie, que evidenciaban escandalosamente el hecho de que aquel individuo debía de padecer alguna clase de infección de hígado… el conjunto de aquellos detalles nimios sumados al estado físico del individuo y al descorazonador escenario en el que ambos se hallaban envueltos en aquellos instantes hizo que la dunmer agradeciera enormemente las filas de barrotes y el estrecho pasillo que los separaba.
El tipo le dio de pronto una sonrisa de tijera y, agarrando con sus descoloridas manos descarnadas los barrotes de su celda, en diagonal a la de ella, encajó la estrecha calavera adornada de largos cabellos de plata ralos entre la apertura de dos barrotes, chafándose las picudas orejas en el proceso.
- Uno de los guardias me debe un favor, ¿sabes? - silabeó muy despacio, recorriendo la tersa y curvilínea figura de la mujer bajo aquel saco de patatas, relamiéndose - Podría hacer que nos pusieran en la misma celda, ¿te gustaría?, ¿mmm? - ahí la mer se cruzó de brazos, con el asco creciendo en su rostro por momentos - ¿No? Tal vez debieras considerarlo. Deberías divertirte un poco antes del final… - y ahí, dejando unos tensos segundos de silencio, el tipo irrumpió en sendas carcajadas histéricas - ¡Oh, es cierto! - exclamó - ¡Porque vas a morir aquí dentro!
La elfa, ante aquel patético despliegue, alzó una ceja y se acercó a los barrotes de su celda para encarar a aquel despojo y escupir en el suelo frente a él con desprecio.
- No mereces la pena. - contestó ella con tono aburrido para acto seguido darse la vuelta y sentarse en el triste camastro que tenía por lecho, dándole la espalda.
Y aquella muestra de desprecio… aquella tradición casi ritual entre la comunidad dunmeri de escupir a los pies de quien menos se respeta, casi una maldición, fue el detonante suficiente para que el mucho veneno que aquel presidiario macilento y demacrado, tanto en cuerpo como en alma, albergaba en su interior le saliera a borbotones. Pero borbotones mesurados, como correspondía a una criatura torcida y desquiciada tras tanto tiempo a la sombra.
- ¿De veras? - siseó con la voz súbitamente enronquecida, regada de una oscuridad sin precedentes - ¿Crees acaso que todos los días un purasangre como yo le haría semejante oferta a una bastarda mestiza como tú?, ¿mmm?
La mujer no se movió.
- No creas que no se te aprecia desde aquí el linaje cruzado con… ah, humanos seguramente. ¿Un imperial? - se mofó - ¿O tal vez un bretón teniendo en cuenta tu estatura y ésa palidez inusual de piel? - acto seguido dejó escapar otra tirada de risas histéricas - ¡Una furcia medio bretona! Seguro que sabes hacer truquitos baratos de salón con cartas y ésas cosas, ¿mmm? ¿Sabes algo acaso que te pueda sacar de ésta prisión? - escupió, aún riéndose - ¿No? Es una lástima entonces. Ya sabes cómo tratan en las prisiones no-mer a las mujeres… y máxime a las de tu calaña. Nunca una dunmeri se rebajó tanto al parir a la bastarda de un humano, ¡una mujer! - chilló casi con asco - Prepárate para abrirte de piernas en éste pozo, princesa. ¿Y quién sabe?, tal vez llegues a ver el día en que tú también paras a otra bastarda mestiza, hija de un cochino imperial, a la que venderán en Bravil, ¡hogar de los prostíbulos y las Casas de Skooma! - finalizó para echarse a reír una vez más, proyectando a través de su boca los mismos sonidos rotos e histéricos que una hiena.
La dunmer había empezado a respirar pesada y lentamente. Más o menos por la mitad del venenoso monólogo del otro prisionero había empezado a temblar visiblemente, algo que el otro elfo había interpretado como angustia, vergüenza o tal vez tristeza… Pero no.
La joven temblaba de ira, profunda ira nacida de su orgullo herido.
Se puso en pie y se giró hacia la otra celda, mirando a su ocupante con un odio tan profundo y terrible que hizo que la actitud despectiva de éste se amilanara. La elfa oscura juntó sus manos en gesto de plegaria y se las llevó a los labios, murmurando en su lengua natal sin apartar la ardiente mirada del cretino que había osado ofenderla echando mano de la estratagema más rastrera posible.
- ¿Q-qué vas a hacer, eh, zorra bastarda? - gorjeó el prisionero, intentando mantener el tono retorcido que había usado antes - ¿Un truquito de magia? ¿Vas a sacarte un conejo de entre esas tetas tan bonitas que tienes? ¿O es que v…?
El súbito terror hizo que el hombre se tragase sus palabras. Detrás de la elfa, que ahora había sumado una despectiva sonrisa a su mirada de odio, la cérea y translúcida figura de una dunmer espectral de aspecto majestuoso se había condensado ante sus ojos.
- Te presento a la Maestra Ravana, de la Casa Telvanni. - comentó ella, empezando a pasearse de un lado a otro de su celda como un tigre enjaulado. La mención de una de las Grandes Casas hizo que el otro soltase un patético y agudo quejido. - Esta es la guardiana ancestral que me acompaña desde mi nacimiento... Ya que cuestionas mi linaje, he pensado que tal vez deberías conocerlo.
Ella hizo un gesto de cabeza y la enjoyada aparición comenzó a flotar lenta y ominosamente hacia el prisionero dunmer.
Y éste, en cuanto aquella cosa imparable comenzó a atravesar barrotes, lenta pero segura, se puso a chillar como un descosido, ganándose con ello la sonrisa maliciosa de la invocadora. ¿No quería guerra el muy gilipollas?, se lo iba a pasar tan, tan bien observando a su guardiana torturarle lenta y penosamente… Tal vez así aprendería dónde acababa su situación de "purasangre" y empezaba su linaje plebeyo, que palidecía frente a la poderosa magia de los Telvanni.
Y de tan agudos que fueron los chillidos antes incluso de que su guardiana le tocara, inmediatamente los inconfundibles pasos apresurados de botas metálicas procedentes, como la mujer observó a continuación, a la Guardia Imperial, sus captores y perros carceleros, se aprestaron a entrar en escena de un modo ciertamente muy poco controlado o profesional para lo que se entendía que era la élite de la ciudad Capital del Imperio.
- ¡¿Qué diablos está pasando aquí?! - ladró la voz de uno de ellos según bajaban por las escaleras que darían, muy convenientemente, a la parte alta de la Prisión Imperial, las oficinas y los Juzgados - ¡¿Dreth?!
La elfa torció la boca contrariada y, con un rápido movimiento de su brazo, la aparición que se encontraba ya en medio del pasillo desapareció dejando atrás tan solo unos leves jirones de niebla que se disiparon rápidamente.
Y lo hizo muy a tiempo ya que, como una tromba de agua, en mitad del pasillo no sólo se posicionaron nada menos que cinco guardias husmeando de acá para allá, quizás apercibiendo la tenue remanencia espectral que sus ojos humanos no habían alcanzado a atisbar, si no que, mientras que cuatro de ellos sujetaban a alguien, el que había ladrado pegó una dura patada contra los barrotes de la celda del dunmer demacrado, Dreth, para, acto seguido, echar mano de una cubeta de agua sucia que había al final del pasillo junto a la mesa del vigilante de turno (la cual, como cabía de esperar, había estado desocupada todo éste tiempo) y vaciársela al quejumbroso prisionero a través de los barrotes como si fuera un perro.
- ¿Te crees muy gracioso montando escándalo a éstas horas, Dreth? - escupió el oficial aventando desdeñosamente la cubeta vacía a un lado mientras contemplaba al ahora encogido presidiario con los acorazados brazos en jarras - Segundo aviso en éste mes. Y ya sabes lo que te pasará cuando te demos el tercero, dunmer… - advirtió con voz peligrosa, cargada de un perturbador tinte que le hizo saber a la ahora metida en su cama prisionera, quien había sido lo bastante rápida como para saltar al camastro como una liebre y ponerse a fingir estar dormida y no levantar sospechas, que las amenazas de violación que el desgraciado aquel había insinuado antes no estaban en absoluto infundadas - Asquerosos elfos oscuros… ¿por qué no os quedaréis en la provincia que os toca y dejaréis a los buenos hijos del Imperio en paz? Sólo venís aquí buscando problemas…
- Tal vez si la Guardia de la Legión no estuviera compuesta por cerdos impotentes como vosotros que no tienen nada mejor que hacer que acosar a nuestras mujeres, honradas trabajadoras que vienen buscando un futuro mejor en la ciudad Capital, no daríamos tantos "problemas" con los que vuestros egos de humanos caducos no pueden lidiar sin recurrir a lo fácil. - soltó una voz cargadísima de acentazo del Este, nativa a todas luces de la vieja Morrowind. ¿De la costa, tal vez?
Acto seguido, la mujer oyó un golpe blando y un quejido seguido de una nada desdeñable retahíla de improperios en dunmeri entre los cuales pudo distinguir el tan recurrente "n'wah" tan típico de dedicar a todo aquel que no fuera paisano. Por Azura, qué nostalgia...
- ¡Cierra el pico, escoria dunmer! - exclamó la voz del imperial - ¡No se te ha concedido el permiso para hablar y, ciertamente, pasarás mucho tiempo pudriéndote aquí con los de tu calaña por desobediencia, escándalo público y agresión a un oficial imperial! - y otro golpe blando tras otro hasta que la voz acentuada quedó reducida a un quedo murmullo inteligible de dolor - ¡Aquí aprenderás a cerrar ésa bocaza de listillo, basura! ¡Metedle enfrente de la de Dreth y quitadlo de mi vista! Putos mer de mierda…
La prisionera, acurrucada en su camastro, escuchó el sonido de las pesadas llaves del carcelero, la maciza puerta de rejas rechinando al abrirse y el respingo que dio el dunmer del acento al ser empujado dentro. Acto seguido, los ruidosos pasos de los guardias le indicaron que estos habían tomado el camino de vuelta a la superficie, dejando a los tres prisioneros encerrados a su suerte. Tras haber esperado un tiempo prudencial, la elfa se incorporó con ligereza para encarar al recién llegado prisionero a través de un nimio hueco en la pared de sus dos celdas.
Había reconocido aquella voz profunda y rasposa nada mas escucharla. Se trataba del asesino del Morag Tong que, enviado por su hermano menor, casi había conseguido matarla antes de ingresar, muy convenientemente, en prisión. Cautelosa, le observó en silencio retorcerse un momento en el suelo de su propia celda, con la mano apoyada en la garganta que el desconocido casi había conseguido cercenar con una afiladísima daga élfica.
- Aurgh… - se quejó el recién llegado, levantándose lenta y trabajosamente del suelo en cuanto las temidas botas imperiales hubieron llevado su tintineo machacón de vuelta escaleras arriba - S'wit asqueroso, hijo de mala madre... Rewin' nu jah! - maldijo en su lengua, escupiendo vehemente sobre el suelo una espesa mezcla de sangre con saliva - ¡Boethiah se te lleve, puerco!
Ella dio un leve respingo que hizo que el prisionero reparase en el pequeño agujero en la pared y en la muchacha que le observaba a través de él con el ceño fruncido. Terminando entonces de ponerse en pie, el hombre se aproximó lentamente.
- Qué extrañas circunstancias nos juntan nuevamente en la desventura, Señora. - sonrió guardando una educada distancia que no produjese incomodidad en la otra pese a la implacable pared de ladrillos que los separaba - Lamento que sea en éstas condiciones, empero, el que hayamos tenido por vez segunda que coincidir, Lady Inara. - y dándole una extraña e inexplicablemente encantadora sonrisa borreguil, el hombre le hizo una sentida reverencia que prontamente lamentó dados los golpes que había padecido apenas un minuto antes a manos de aquellos matones musculosos - Vuestro servidor.
- Hablas mucho para lo que esperaría de un asesino al servicio de Mephala. - respondió ella, aún cautelosa, aunque con un cierto deje burlón. El hombre no tenía malas maneras, y sabía que el intento de asesinato no había sido nada personal…
Sonriendo levemente, el hombre asintió una vez cerrando un instante los ojos, observando en todo momento las buenas maneras que su educación le decía debía emplear no ya sólo con una mujer, si no con quien tenía delante. Poseía unas cejas finas y elegantemente arqueadas hacia arriba en pico, reforzando de alguna manera no ya sólo sus prominentes rasgos dunmeri, afilados como ellos solos, si no un inusitado encanto que mezclaba asombrosamente bien con lo delicado de sus cuantiosas arrugas de expresión alrededor de los oblicuos ojos granate.
- Lamentablemente el silencio es algo que los nuestros valoran en grado extremo. - admitió encogiéndose de hombros - De modo que, como bien podréis imaginar, no soy lo que se dice un tipo muy popular entre los Hlaalu y sus no pocas ramificaciones de esbirros.
La dunmer cruzó los brazos y le observó, ahora con evidente diversión pintada en su redondeado rostro.
- De todos los asesinos del Morag Tong, justo envían a por mí al caradura charlatán… - dijo al tiempo que comenzaba a juguetear con un mechón de pelo añil entre sus dedos en un gesto que podría considerarse casi coqueto del que echaba mano para sentirse más cómoda en aquella extraña situación. - Sin duda, un tipo singular… Aunque un poco maleducado, debo decir.
- Lo merezco, Señora. - asintió el otro galantemente, siguiendo aquel juego de velada coquetería - Creedme que no tengo por costumbre presentarme ante mujeres de vuestro porte con una daga en la mano… No obstante, si éso tranquiliza vuestro espíritu de alguna manera, os comunico que he claudicado. - y sonrió de nuevo - No es que vaya a retornar lo que se dice muy pronto para notificarlo, pero…
Aquello sorprendió notablemente a la interpelada que, inconscientemente, dejó escapar un suspiro de alivio. Dió un paso hacia el pequeño agujero que permitía que se comunicasen y se dirigió de nuevo a él, con la voz teñida de seriedad.
- ¿Por qué no me mataste? Era voluntad de La Tejedora que lo hicieses.
- ¿Con toda honestidad, Señora? Porque es enfermizo. - replicó el hombre, súbitamente serio - Por no añadir injusto y repugnante. ¿Asesinaros a vos, un miembro de remarcada prominencia en vuestra casta no sólo por vuestra abierta honestidad pública y vuestra habilidad mística, si no también por, y permitidme el atrevimiento, vuestra frescura hermosa, un soplo de brisa en mitad de una comunidad plagadas de patrañas y confabulaciones? Me parece una tomadura de pelo. Los dioses no forjan grandes mujeres como vos para desecarlas bajo la fría hoja de un asesino.
Y con aquel despliegue verbal, aderezado con un más que marcado punto de indignación, la muchacha se echó a reír. No de forma despectiva o cruel, sino una risa natural, llena de alivio y sorpresa que hizo que el prisionero esbozase otra sonrisa a su vez.
- ¡Y además un zalamero incorregible! - comentó ella sonriente - Sospecho que posees un alma demasiado amable para tu oficio, amigo mío. Demasiado amable incluso para Vvardenfell. - suspiró. - Me sorprende que recuerdes la época en la que yo era una figura pública, hace casi un siglo que dejé atrás el nombre de mi Casa…
- ¿Cómo no recordarlo, Señora, si mientras los demás sufríamos en silencio bajo el yugo del Tribunal, vos disteis voz a al pueblo y a los cobardes como yo que no tuvimos el valor de alzarnos en armas? Vos erais de las pocas personas que decían las cosas a las claras, sin tapujos, opinando en voz alta lo que opinábamos todos acerca de las Grandes Casas y de la tríada de "dioses" que nos gobernaban bajo puño de hierro. - el hombre negó con la cabeza - No, Lady Inara, no. Puedo ser muchas cosas, pero no traidor a mis principios morales. Ya no.
- No me llames así. - dijo ella - Hace muchos años que no respondo a ese nombre.
El hombre entonces la observó fijamente, sus ojos granate cargados de fiera intensidad. Y en ellos no había acusación o juicio, si no sólamente… respeto.
- Dime entonces cómo he de llamarte, paisana mía, y por ése nombre yo te conoceré de ahora en adelante. - expresó con extrema sencillez, dejando de lado un plural mayestático que, intuyó, la elfa ni buscaba ni quería.
- Lal. - respondió ella tajantemente. - Lal, es mi nombre.
- De acuerdo pues, Lal. - asintió él - Tu servidor y compañero de infortunio, Eidon de Seyda Neen, el renegado, te saluda.
- ¡Eh, tú!
Contemplando pensativamente los dados tallados en hueso producto no ya sólo del mucho aburrimiento que la Prisión Imperial suscitaba en el ánimo hasta del más pintado, si no de innombrables restos óseos pertenecientes a saber de qué o de quién, sumados a una inusitada habilidad artesana muy de la costa, muy de su tierra, Eidon tamborileó con los largos dedos descarnados contra su muy afilado mentón grisáceo.
- Diablos, Lal. - rezongó entre divertido e intrigado - Si no fuera porque yo mismo labré todas y cada una de las caras de éste par de joyitas, diría que me haces trampa.
La dunmer dejó escapar una risita y echó hacia atrás una de las elaboradas trenzas en las que había recogido su cabello azulino con objeto de, a pesar de la suciedad, tenerlo más o menos cuidado.
- Tienes muy mal perder. - acusó juguetonamente con voz cantarina. - Y con esto, me debes ya 5000 septims… Espero que tengas ahorrillos para cuando salgamos de la trena, Eidon…
- Ex-asesino, presidiario y moroso. - se choteó el otro entornando divertido sus ahora oscurecidos y hundidos ojos granates, apartándose con la otra mano un mechón de negro cabello grasiento que procuraba peinarse con los dedos de la forma más digna que sus limitados recursos le ofrecían - Mi querida paisana, comienzo a dudar seriamente de la calidad de las compañías que últimamente frecuentas…
- ¡Tú! - graznó una tercera voz desde el otro lado del pasillo por segunda vez consecutiva - ¡El paleto costero! ¡Eh! ¡Te estoy hablando, cretino!
El ex-asesino rodó dramáticamente los ojos.
- Incluidos chimpancés y otros simios de la vecindad. - añadió con remarcado sarcasmo negando con la cabeza, inclinándose sobre el ya nada desdeñable boquete en el que el modesto agujero de la pared que los comunicaba se había convertido con el paso de los meses interminables a base de cucharas y mucha paciencia - ¿Te queda aún artillería?
La elfa, en respuesta, tomó un guijarro de un pequeño montoncito a su derecha y sin mediar palabra, lo lanzó entre los barrotes de su celda con tal puntería que fue a golpear al molesto tercero, quien estaba asomado observando con gesto venenoso a Eidon, entre ceja y ceja.
- Qué puedo decir… - continuó ella, ignorando el quejido del otro, como si no se hubiese producido ninguna interrupción - … La verdad es que últimamente no salgo mucho y no encuentro ocasión de conocer a gente más decente.
El elfo oscuro de negros cabellos como la pez enarcó una de las comisuras de su boca, trocando su gesto en una media sonrisa pícara.
- Habremos de remediar tan penosa situación, paisana mía, en cuanto pongamos el pie fuera de éste antro y nos metamos en otro menos deprimente donde nos sirvan buenas jarras de Sujamma y Mazte. - rió enarcando las cejas sugestivamente con un punto de humor - He oído que en Cheydinhal hay una floreciente comunidad dunmeri. El conde regente es un Hlaalu, de modo que garitos del agrado de tan hermosa mujer frente a mis cansados ojos tiene por fuerza que haberlos. No todo serán cervezas, brandys cyrodiílicos y ésas pitiminadas que tanto gustan a los imperiales en ésta condenada provincia, supongo…
- ¡Y supones bien! - repuso ella - Además de haber un cornerclub, en la posada también tienen delicatessen de Morrowind… Guiso de boniatos de ceniza y jabalí, tostadas de pan negro con gelatina de scrib y huevos de kwama fritos... - suspiró con ojos soñadores mientras su muy vacío estómago protestaba.
- Ay, jugar con el hambre de un servidor… - gimió el hombre suavemente con el siempre presente punto de humor entre ambos mientras su también vacío estómago se hermanaba a dúo con el de ella - Cuánta crueldad… la belle dame sans merci, como dirían los bretones.
- Mira que eres melodramático… - contestó ella, dándole un golpecito juguetón en la huesuda frente con el dedo índice. - No pienses que por dramatizar vas a librarte, ¿eh?
- Me temo que no sé a qué te refieres… - repuso el otro sonriendo - Uno ya es mayor y se le escapan ciertas cosas, ya me entiendes...
- Con la pasta que me debes, querido Eidon… a comer invitas tú.
Ambos rieron, cómplices y sucios, terriblemente sucios y enflaquecidos por aquel tiempo interminable sin apenas comida ni agua que atravesaban como buenamente podían, mano a mano… hasta que su alegría fue bruscamente interrumpida en cuanto observaron, primero incrédulos, después sumamente asqueados y repelidos cómo el otro prisionero, evidentemente desquiciado tras tanto tiempo no sólo de silencio, si no de sentirse profundamente ignorado por sus dos compañeros, se abría los pantalones y, como si fuera la cosa más normal de hacer, sacó sus partes innobles de entre los barrotes y, apuntando con todo su veneno por montera, orinó dirección a la celda que más a mano le venía: la de Eidon.
- ¡Santa madre de…! - exclamó el ex-asesino pegando un traspiés hacia atrás con los ojos como platos, alucinado y no queriendo por nada del mundo que aquello le salpicara - ¡Dreth!, ¡puerco bastardo enfermizo hijo de una s'wit!
- Cada día me sorprende más lo jodidamente repugnante que puedes llegar a ser, Dreth. - exclamó a su vez Lal con profundo asco y desprecio. - Ojalá cojas una infección y se te caiga a pedazos… He visto montones de mierda de Guar con más decencia y amor propio que tú.
- ¡Puta! ¡PUTA! - empezó entonces a gritar Dreth como un poseso - ¡PUTITA BASTARDA! ¿Te crees muy buena? ¿Crees que no veo como te vendes al jodido paleto? ¿Qué te ha prometido para que le dejes que te la meta por las noches?, ¿eh?
Ella entonces le miró horrorizada y pálida.
No obstante, la mano tendinosa de Eidon fue a posarse sobre las suyas esqueléticas y ésta le dio un apretón que daba a entender que tuviera coraje.
- No le escuches. - dijo el ex-asesino observando fijamente al desquiciado de enfrente con una mirada indescifrable - El pobre diablo ha perdido el juicio y todo cuanto salga por ésa boca suya no será otra cosa que veneno con el cual, créeme, acabará ahogándose algún día. Pues tal es la naturaleza de las serpientes cuando se las mantiene encerradas por demasiado tiempo. - y alzando la mano libre, persignó el aire con los símbolos de las Cuatro Esquinas de la Casa de los Problemas - Dwe dun, con Sheogorath tu alma está.
Lal miró al hombre que tenía al lado y bajó la cabeza respetuosamente ante la mención del Daedra. Con aquel salmo, su compañero alejaba la influencia del Príncipe de la Locura de ellos para dirigirla al otro dunmer.
Que tu alma se pudra en Shivering Isles. - pensó, reforzando la intención, antes de escupir sobre el suelo.
No obstante el otro siguió riendo y cacareando con los ojos desencajados, mirándoles a ambos fijamente con los globos oculares ya anaranjados, presa de cualquiera que fuera la dolencia que padeciese y de la aparente locura que ello le había traído.
Mas, súbitamente, el chirrido de una puerta, el sonido apresurado de unas botas metálicas descendiendo como una tromba de agua por las escaleras y los resoplidos que venían con ellas, no sólo acallaron al elfo oscuro trastornado, si no a sus dos compañeros, los cuales se apresuraron a cubrir el secreto boquete con los trapos inmundos que tenían por sábanas. Y menos mal que el amenazar al otro con invocar al familiar de Lal había funcionado para que no les delatase, que si no…
- ¡Dreth! - bramó el carcelero… el mismo carcelero que siempre rondaba la celda del interpelado no sólo con objeto de soltarle la lindeza de turno diaria, si no para, de tanto en tanto, divertirse a costa del desgraciado propinándole sendas palizas que los otros dos dunmer contemplaban muchas veces en silencio sepulcral, sin disfrute de ninguna clase - ¡¿Qué te tengo dicho siempre que hagas cuando tocan las malditas cinco de la tarde, eh?! - el otro se encogió en su celda - ¡Que cierres tu asquerosa boca! - y, aproximándose a la puerta de la celda, el imperial encajó la llave, la abrió sin mayor ceremonia y, cerrándola con un golpe seco tras suya, se plantó con las piernas separadas y un brazo en jarras mientras que, con el otro, asía al infeliz por la pechera de su maltrecho atuendo de presidiario y lo zarandeaba como si fuera de trapo - Me has despertado de mi siesta, escoria dunmer… y ya es la tercera vez en éste mes.
Ahí el elfo oscuro pegó un alarido de terror que fue prontamente acallado por un contundente puñetazo con el guantelete acorazado de aquella mala bestia que lo tiró al suelo.
Lal y Eidon se encogieron desde sus posiciones sentados de piernas cruzadas en el suelo, intuyéndose la pronta paliza que vendría a continuación.
Sólo que éso no fue exactamente lo que sus aterrorizados ojos carmesí presenciaron.
Fundida con las sombras que aquellos cubículos proyectaban de todas partes y de ninguna sobre el brillo metálico de la armadura, la figura del hombre imperial mantuvo en el suelo a Dreth con un pie sobre su espina dorsal para, cada vez que el otro intentaba levantarse, clavarle el talón metálico con fuerza justo al inicio del coxis y devolverle al frío y sucio suelo como a un perro apaleado. Y mientras hacía esto, sus manos se afanaron, primero en retirarse los guanteletes metálicos de las manos, después en soltar las grebas metálicas hasta que ello le permitió completa libertad de movimientos en la zona pélvica.
- ¡Sabías lo que te iba a pasar al tercer aviso, Dreth! - se carcajeó, repulsiva y desquiciada, la voz de un ahora animal envuelto en armadura de soldado imperial - ¡Lo sabías muy bien!
Desde sus posturas, ahora agazapadas contra las andrajosas mantas que cubrían el boquete que los comunicaba, Lal y Eidon contemplaron helados en el sitio cómo el humano, considerablemente más fuerte y con mayor masa corporal que el elfo, tras asestar una patada con la que se aseguró de tener al otro quejumbroso en el suelo unos segundos escupiendo sangre, se arrodilló sobre él y a horcajadas, no sólo se sentó sobre su espalda baja, dejando a la esmirriada contextura famélica de Dreth lidiar con todo el peso de la armadura, si no que lo mantuvo con el rostro orientado hacia el suelo, reteniéndole la nuca con ambas manos, lo mismo que si fuera a partirle el cuello.
Y, con el chirriar de las uñas del elfo arañando el suelo en un vano intento por librarse de su captor, Lal se percató, en un instante, que a ése sonido le estaban acompañando sus propios dientes los cuales, inconscientemente, estaba rechinando dolorosamente hasta que de sus desnutridas encías oscuras comenzó a manar un hilillo de sangre que le perló los labios.
Con el sabor de la sangre en su lengua vino el recrujir de unos harapos desgarrados y, a partir de ahí, la mente de la elfa se perdió en la completa irrealidad.
Eidon, a su lado, cerró los ojos y presionó su frente plagada de óseas protuberancias contra el muro casi con violencia, tratando de neutralizar en su cabeza los gritos tras sus barrotes.
- Dwe dun, dwe dun. - comenzó a susurrar casi febrilmente mientras su dedos ásperos trazaban sobre la más aún áspera roca patrones ciegos que en su cabeza eran no sólo las Cuatro Esquinas, si no varias protecciones ancestrales que había aprendido de los Ashlanders en sus viajes por las tierras grises tratando de recuperar sus perdidas raíces - Para Sheogorath, tu mente. Para Mehrunes Dagon, tu alma. Para Malacath, tu sangre...
Lal se tapó los oídos con ambos índices entretanto mecía su cuerpo de atrás hacia delante, comenzando a hiperventilar y a sentir el desbocado martilleo de sus constantes vitales en los tímpanos. La sangre de sus encías aumentó de flujo en cuanto presionó un colmillo contra la lengua, cuyo pico se estaba mordiendo lo mismo que un perro rabioso, como si la vida misma le fuera en ello.
- Y para Molag Bal… - seguía enunciando Eidon como un autómata Dwemer.
- ¡No puedes evitarlo, Dreth! - bramó la voz distorsionada del imperial entre vaharadas de irrealidad, gritos y jadeos entrecortados - ¡Eres una bestia! ¡Formas parte de ésta jaula!
- … Tu cuerpo. - finalizó el ex-asesino.
Y aquello fue más de lo que la mujer pudo soportar. Con los oídos tapados y los ojos desorbitados, la dunmer dejó escapar un desgarrador alarido que cortó a cuchillo el aire y cuyo eco recorrió de arriba a abajo todo el pasillo subterráneo de la Prisión Imperial.
Eidon comenzó a sudar frío. De un rápido manotazo apartó las mantas que cubrían el agujero y le acarició el rostro de labios ensangrentados a su compañera, tratando en vano de calmarla.
- No grites, no grites… - silabeó con una nota de terror y prisa tiñendo los rasposos matices de su voz al tiempo que trataba por todos los medios de que no le temblara el pulso y que la otra fuera, asimismo, receptora de su miedo - Cierra los ojos y no mires… tranquila, tranquila...
Sin embargo, ya era tarde. El guardia había dejado a Dreth tirado en el suelo, medio inconsciente y, sin molestarse siquiera en abrocharse la bragueta de los pantalones que llevaba bajo la ahora medio deshecha armadura, se dirigió, esgrimiendo la misma sonrisa de tijera que un orate, a paso firme dirección a la celda de la aterrorizada elfa.
- ¿Ocurre algo, princesa? - dijo con un terrible tinte de socarronería que no sólo ponía en evidencia la perturbación mental del individuo, si no la total ausencia de vergüenza o remordimiento que lo que acababa de hacer le causaba - ¿Acaso estás celosa del despojo de Dreth? - añadió señalando con la vista la oscuridad de la celda tras suya, con los ojos abotargados refulgiéndole bajo el casco de acero que ni se había molestado en quitarse pese a los ríos de sudor producto de la excitación y la adrenalina que bañaban su frente.
Eidon, que se quedó helado en el sitio, había empezado ya a calar los miserables andrajos en los que se hallaba envuelto de tanto transpirar. Lal, por su parte, levantó la mirada apenas capaz de respirar viendo lo que se le venía encima.
- Eres toda una preciosidad ¿sabes? - continuó el humano relamiéndose mientras se llevaba una mano a la entrepierna y empleaba la otra para rebuscarse las llaves - No es razonable que con todo el tiempo que llevas aquí, no hayamos tenido ocasión de conocernos mejor, ¿no crees?
Mientras el degenerado imperial trasteaba con la cerradura, ella se arrastró a toda velocidad hacia la esquina más alejada de la puerta de barrotes. Cuando el guardia consiguió entrar, la elfa se puso en pie con un respingo.
- Hoy vas a probar lo que es un hombre en condiciones. - comentó el individuo mientras avanzaba, comiéndosela con los ojos de arriba abajo - Ya es hora de qu…
Para sorpresa de todos los allí presentes, una ráfaga invisible golpeó al hombre y le proyectó contra el muro, dejándole aturdido, al lado del agujero por el que un muy estupefacto Eidon contemplaba la escena.
Lal había dejado de temblar y se erguía cuán alta era con las manos en una posición que delataba el uso de la magia. En su rostro aún se veía el terror que la había paralizado momentos atrás mezclado con una rabia ciega que amenazaba con hacerla perder el control.
Eidon, teniendo muy claro que aquel instante jamás volvería a repetirse, asomó ambos brazos fibrados y tendinosos por el hueco de la pared y le echó encima las mantas andrajosas al borrico imperial sobre la cabeza, cegándole unos preciosos instantes que Lal no dudó un segundo en aprovechar. Sin ni siquiera pestañear, convocó una larga y afilada estaca de hielo que atravesó el corazón del guardia, matándole en el acto.
- La espada… Usa la espada para abrir la ventana. - indicó Eidon con evidente ansiedad - ¡Rápido!
Ella obedeció con manos temblorosas. Tomó del cadáver una daga de acero para defenderse al salir y el enorme espadón reglamentario de la Guardia Imperial y lo colocó como palanca en la verja del ventanuco, apoyó todo su peso en ella, haciendo un esfuerzo considerable hasta que el hierro, oxidado por la antigüedad y el salitre procedente del lago Rumare que envolvía la circunferencia de la ciudad Capital del Imperio, cedió. El de la mujer era el único ventanuco con tal desgaste en las rejas, éso ya lo habían observado entre Eidon y ella desde los primeros días que anduvieron juntos en la cárcel. Al principio había sido material de conversación en improbables conjeturas de huidas para salir de allí, más que otra cosa con objeto de matar el rato… Y que ahora ésas mismas conjeturas estuvieran cobrando vida no dejaba de resultar… ciertamente extraño.
- ¿Y tú qué? - preguntó la jadeante elfa en tono lúgubre - ¿Cómo te saco de ahí?
Porque por el hueco de la pared, por muy delgado que estuviera, el hombre no cabría ni de Blás.
El famélico dunmer, desde el otro lado de la horadada pared, se limitó a darle una leve sonrisa cansada mientras le mostraba el grueso aro que mantenía las llaves del carcelero unidas y lo hacía tintinear suavemente rodándolo por su dedo índice. Evidentemente había aprovechado la confusión para darle un breve intento a la que podría ser, a grandes rasgos, su única oportunidad de salir de aquel agujero. Sus ojos expresaban una honda pena y... otro sentimiento aparte que dejó a su compañera en blanco: resignación.
- De ninguna manera. - replicó suavemente - No está la de mi celda. - aclaró al ver los ojos de la mujer seguir el suave vaivén metálico de las llaves - La Tejedora se ha cobrado su venganza, Lal: tu destino está fuera, viviendo la vida que escogí no arrebatar y el mío aquí dentro, cumpliendo la penitencia que me corresponde. - y entonces, como si saliera de una especie de trance, su rostro mutó de nuevo a la seriedad y a la alerta - ¡Vete! Busca un sitio donde esconderte hasta que caiga la noche, luego rodea el islote de la Prisión y sal a nado. - y al ver el gesto de congelada sorpresa de la otra, comenzó a hacer aspavientos con ambas manos - ¡Date prisa!
Ella entonces, comprendiendo, asintió y, no sin esfuerzo producto de los muchos meses de pérdida no sólo de peso, si no de atrofia muscular consecuencia del encierro, se encaramó hacia el ventanuco con los ojos húmedos. Sabía que no tenía opción después de lo que había hecho… Los imperiales la condenarían a muerte y... quién sabía las barbaridades que podrían hacerle antes de que éso sucediera.
- Te lo juro por el mismo Nerevar, Eidon… - le dijo con la voz rota, volviéndose una última vez - Encontraré la forma de sacarte de aquí.
Y así, la joven se arrastró por el ventanuco, recibiendo la candente luz de la tarde de un mes de Última Semilla calentando su cuerpo destemplado y su alma afligida. Libre como el mar que yacía a varios metros frente a ella, lamiendo las rocosidades del inhóspito islote de la Prisión, libre como las gaviotas y otros carroñeros que trazaban círculos en el aire por la zona, listos para llevarse el esquivo premio que tan penosamente común era en aquel punto del mapa.
Libre de tener la oportunidad de una nueva vida.
Libre... al fin.
Nota de las autoras: bueeeeno... sabemos que ha pasado mucho tiempo, sabemos que hemos dejado "Aburrimiento, caos y otras Yerbas (alucinógenas)" en HIATUS y sabemos mejor que nadie que somos unas putas inconstantes de mierda, pero... la vida universitaria y las circunstancias personales pueden llegar a ser un impedimento bastante gordo a la hora de sacar tiempo y ganas para escribir :(
Aquí Hija de la Tempestad y SeventhDevil vienen con un nuevo proyecto: desempolvar a sus dos heroínas, Lal y Tempest, y meter a Eidon en mitad del ajo. Ésto es un proyecto en plan más serio, un poco estilo "¿Qué hubiera pasado si...?". Es una forma de redimir un poco las muchas movidas que ambas heroínas, por estar solas y sin apoyo, pasan y las transforman tal y como son. No sabríamos muy bien cómo explicarlo y es largo de contar.
Y no, las otras historias no se han quedado colgadas, de hecho "Hija de la Tempestad" está siendo revisada para corregir laísmos, mayúsculas, exceso de tildes y una remodelación de algunos capítulos que podrían tacharse como "malsanos".
Esperamos que os guste éste nuevo punto de vista, ahondando en la cultura dunmeri (herencia del siempre recordado con cariño Morrowind) y metiendo personajes que ya conocemos. El segundo capítulo ya está empezado. Un saludo a todos y a leer se ha dicho! ^^
