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Elizabeth Cavendish le rehuía o, al menos, su cuerpo siempre lo hacía. Tommy había notado con molestia que, a pesar de ello, la muchacha no tenía problema alguno en hablarle directamente, dedicarle alguna insignificante broma o, en su defecto, preguntarle cosas. Siempre y cuando entre ambos existieran algunos metros de separación o varias personas, o algún mueble que marcara una frontera fija y definida, el espacio que debía alejarlos uno del otro.
Y eso le hacia sospechar que, tal vez, para la chica él apestaba ya fuera física o metafóricamente. Lo que, claramente, dejaba bastante que desear sobre sus modales. Y eso sin considerar que él tampoco era un derroche de cortesía. Pero Elizabeth no tenía excusa; supuestamente era una chica educada -o quizás Michael mentía- que trabajaba y estudiaba mientras que se hermano ayudaba en el gimnasio y entrenaba con él.
Michael Cavendish, por su parte, era igual de taciturno que su hermana. Tommy no podía calificar a ninguno de ellos como tímidos aunque si introvertidos, igual que él. Quizás por eso le molestaban, los silencios de Michael se parecían mucho a los propios, las veces que se enfrentaban en el cuadrílatero llegaba a ser abrumadora la forma en la cual el chico recibía sus golpes y repartía los propios sin emitir quejido alguno que, al igual que las pocas palabras de Elizabeth, tenían el mismo tono que las suyas.
O eso pensaba en ocasiones, cuando se daba el tiempo de analizar a ambos hermanos.
Por lo mismo lo extraño de la presente situación; estaba a solas con Elizabeth a quién había sorprendido en la entrada del gimnasio. Para él era temprano: casi las siete de la tarde, aunque en Invierno aquello significaba completa oscuridad. La chica había reaccionado pasmada cuando el detuvo su trote frente a ella. La forma que tenía de recogerse le fastidio desde que notó quién era ella y cuando la vio alejarse sonrió -muy escuetamente desde luego- al ver que la mampara de cristal detuvo su retroceso. No había espacio para que ella se alejara todos sus preciosos metros.
Fue entonces que recordó todo ello. Sin mencionar, que era la primera vez que, efectivamente, se encontraban a tan corta distancia.
― ¿Como estás Tommy? ― preguntó con seguridad en su voz, la que era desmentida de inmediato por su expresión corporal. Tommy sabía reconocerlas, era una de las capacidades que había adquirido en el ejército, saber cuando alguien no le quería cerca; era lo que, obviamente, invadir un país de desconocidos generaba en los nativos.
"Rechazo"
Eso era lo que Elizabeth Cavendish le causaba, la constante sensación de sentirse rechazado.
No contestó pero si dio dos pasos más hacia ella. Se vio ridícula cuando trató de poner la misma distancia avanzada entre ellos y pudo ver algo parecido al pánico en su cara; así como es que sus ojos azul oscuro reflejaron molestia al verse descubierta.
Dio dos pasos más y en esa ocasión Elizabeth no trató de alejarse.
El silencio se extendió por todo el lugar y se pudo imaginar así mismo como una sombra alta, fornida y oscura avanzando sobre una víctima.
― ¿Acaso me tienes miedo? ― preguntó Tommy con tono neutral, casi familiar.
De haber podido la chica habría retrocedido todos los centímetros que su cuerpo y el espacio a su alrededor le permitiera y, sin saber porque, asintió.
Tommy en cambio si lo hizo, deliberadamente se posicionó bajo el foco halogeno de la entrada, no sabía si molesto. Se llevó las manos a los bolsillos de su campera y movió el mondadientes de su boca.
― No tienes por qué hacerlo ¿sabes? ― dijo finalmente mirando hacia el interior del gimnasio.
Elizabeth se incorporó tratando de mantener la vista baja, automáticamente su atención se centró en los pies de Tommy, quién ese día calzaba unas botas gruesas y altas hasta la canilla. Había visto como usaba aquella parte de su cuerpo y el sonido que los golpes de estas solían emitir.
― Tengo… ― balbuceó al final, incomoda e intimidada ― … tengo que irme ― Elizabeth alzó la capucha de su chaqueta y se cruzó de brazos. Hacía frío, era precisamente el 12 de Diciembre y la nieve se había acumulado en la última hora, volviendo complejo el acto de caminar. Ella también llevaba botas altas, pero aun así el frío calaba dentro de sus pies.
Y mientras, Tommy parecía completamente impasible, ella no pudo evitar pensar si es que realmente él; Tommy Conlon, aunque siempre decía que era Riordan, sintiera algo.
― Le… ¿Le podrías decir a Michael…? ― Tommy no esperó el final de la respuesta y solo asintió, de nuevo con la vista fija en el gimnasio.
La muchacha murmuró un gracias, antes de darle la espalda y aprestarse a volver a su hogar.
― ¿Por qué lo haces? ― preguntó de pronto Tommy. Sonando lo suficientemente fuerte como para detenerla en medio de la acera.
Elizabeth volteó a medias, con los brazos aún cruzados. Lo miró extrañada.
― Nunca te hecho algo, a ti o a tu hermano ― dijo, esta vez fijando la vista en ella. Elizabeth enderezó su postura y algo en su mirada le hizo entender que, a su vez, ella también comprendía la razón tras su pregunta. Y muy diferente a lo que se había dado en los últimos segundos, le pareció que la muchacha esbozaba una sonrisa.
― Lo sé, es solo… ― entonces ella se giró completamente hacia él. Tommy alzó las cejas esperando su respuesta.
― ¿Qué?
― Todo el tiempo pareces enojado… y ― Elizabeth se relajó y bajó los brazos, apretó los labios como si se tragara algunas palabras ―… y eso ― finalizó con tono cansado ― lamento si te molesta.
Lo había hecho, pero no se lo diría.
― ¿Por qué habría de molestarme? ― preguntó directo ―es solo tu opinión ― cortó, esta vez dándole él la espalda a ella y adentrándose en el gimnasio.
Elizabeth lo vio saludar al muchacho del mesón y luego dirigirse hacia los casilleros del lugar, sin mirar una sola vez atrás.
Maggie lo saludó en cuanto le vio, le dedicó una sonrisa coqueta y abierta mientras sacudía su brazo con efusividad llamándolo en voz alta, Tommy no respondió. No porque no le interesara, sino debido a que la chica rápidamente dejó de prestarle atención para esquivar los golpes de Nathalie, su contrincante, quién aprovechando la distracción le envió dos rápidos movimientos hacia la cabeza.
Eso sacó una leve sonrisa del rostro de Tommy, la cual ahogó de inmediato. Sacó su equipo del casillero y se llevó el bolso al hombro. Ese día no entrenaría, tenía un trabajo de medio tiempo en un evento de música en el centro de la ciudad. Y debía ir a casa, darse una ducha y vestirse con el traje que le entregaran.
Saludó a un par de chicos más y no tomó en cuenta los besos que Maggie le envió cuando volvió a pasar por el lado del cuadrilatero que ambas usaban.
De todas maneras, con una idea sobre su cabeza que no fue capaz de apartar, cuando se devolvió sobre sus pasos y encaró a la chica; Maggie tenía veintiún años y era campeona nacional en su peso, era una chica lista y afectuosa que desde que cruzaran el primer saludo le había coqueteado abiertamente, sin llegar nunca a ser fastidiosa. Tommy se había dedicado un par de veces a observarla mientras combatía, admirando la velocidad de sus golpes y sus curvas. Tenía un rostro con forma de corazón y grandes y vivaces ojos verdes.
― ¡Maggie! ― la llamó sabiendo que la chica acudiría de inmediato. Ella alzó la cabeza como un ciervo que huele a su cazador, solo que en vez de mostrarse asustada, de nuevo le sonrió abiertamente y trotó con elegancia hacia él.
Tommy se incorporó sobre el ring y sosteniéndose del poste se acercó a ella.
Ella jamás me rechazaría.
Con Maggie se sentía acogido y aceptado. Si, incluso como él era. Incluso enojado todo el tiempo.
― ¿Me tienes miedo? ― preguntó directo y secó. Maggie siquiera se extraño, se alejó unos pocos centímetros y le sonrió brillante. Gesto que él replicó en su rostro, aún cuando quiso evitarlo.
― ¿Porque debería temerte Riordan? ― contesto burlesca y desafiante.
Ella sabía que él prefería ese apellido al de Conlon. Y aprovechaba cada instante para darle a entender que, incluso en pequeños detalles como ese, estaba dispuesta a complacerle.
Volvió a fijar los ojos en el rostro de Maggie, Maggie Green. Tommy sabía que si se lo pedía ella no pondría objeción alguna en irse con él y, claramente, dejarle hacer lo que quisiera. Ella, desde luego también respondería de la manera audaz y sin miedo en la cual solía contestarle, tuteándolo cuando quería, tocándolo con poca sutileza pero, al mismo tiempo, respetando el espacio que él exigía.
Quizás debería invitarla a salir.
― ¿Entonces no? ― preguntó de vuelta.
― Solo si quieres luchar... entonces lo pensaría ― Tommy no cambió su gesto serio, solo que esta vez un vago atisbo de curiosidad cubrió sus ojos.
― ¿Estarías dispuesta a luchar contra mi? ―ella sonrió aún más coqueta y se acercó a centímetros de su rostro, Tommy notó como es que todo el gimnasio le observaba, aún cuando no alzó la vista a nadie.
― Solo si yo puedo elegir donde y como ― dicho eso, la chica cortó toda la distancia y le dio un suave beso en la nariz.
Dio dos brincos hacia atrás mientras hacia chocar los guantes y habló con fuerza.
― ¡Ahora vete Riordan, me distraes! ― su sonrisa era más amplia que nunca y sacó varias carcajadas de sus compañeros de gimnasio incluso de Nathalie que contestó su gesto de despedida antes de volver con Maggie.
Tommy descendió del ring, en medio de las burlas de sus compañeros que le llamaban cobarde al, aparentemente, retroceder ante la insinuación de la muchacha.
Él podría ser feliz con una chica como Maggie. Difícil sería, sin embargo, que ella pudiera encontrar la felicidad en alquién como él. Aunque Brendan era feliz con Tess.
Quizás ese no era el mejor ejemplo; Brendan los había abandonado por ella. Pensar en eso lo llenó de amargura, se había prometido no dejar que el pasado le afectara. Pero no se engañaba, él sabía que esas heridas por mucho que se hubieran lavado seguían escosiendo.
"Rechazo"
Sus ideas vagaron hacia Elizabeth Cavendish y la forma en la cual le rehuía.
No, no dejaría que aquello lo desanimara. Centró sus pensamientos en Brendan, en su hermano y su esposa, en sus sobrinas. Por supuesto que agradecía que le hubiera ayudado cuando lo encarcelaron y el juicio que prosiguió después, que cubriera los gastos de sus abogados pero mentiría si dijera que eso los había acercado.
Simplemente era extraño creerlo, o siquiera pensarlo. Tal vez estaba demasiado acostumbrado a la soledad y a la dureza del mundo para aceptar así como así los gestos afectivos que su entorno buscaba entregarle: los besos coquetos de Maggie, la constante necesidad de acercarlo a su familia, imaginaba que a instancias de Tess; una cena en su casa, una tarde para que conociera a sus sobrinas.
Él sencillamente no había respondido a nada. No podía hacerlo, era extraño, demasiado extraño.
"Yo también puedo rechazar"
Podía convencerse de eso, era mucho más fácil. Que no necesitaba ni a Brendan y menos a Elizabeth, pero su cabeza le traicionaba. Ya que sus pensamientos solo se centraba en ellos, en como uno le buscaba y la otra le rehuía.
Era, en parte, lo que había ocurrido con sus padres; su madre murió cuando perdió las esperanzas den que Paddy apareciera. Había sido cruel y triste verla consumirse mientras rezaba todas las noches, todos los días por su padre. Pero así mismo, y Tommy había llegado a odiarla por ello, entendía que era lo que le mantuvo despierta, consiente y viva: la ilusión de que Paddy Conlon cambiara y volviera por ella.
No lo había hecho por él, tampoco por Brendan. Sus oraciones y esperanzas estaban en que su padre, el maldito que la había golpeado más de una vez hasta la inconsciencia. El hombre al cual había amado, el que era su padre; ahora un viejo que llevaba dos años sin beber.
"Fue mi rechazo lo que le hizo recaer nuevamente"
Y aquello, le resultaba incluso extraño a él, no lo llenaba de culpa.
"Paddy se lo merecía"
Seguían viviendo juntos en aquella extraña relación que mantenían, hablándose cuando se trataba de peleas y entrenamiento era demasiado incomodo el tratar de buscar algún tema adicional de conversación, no habían ni las ganas, ni el tiempo para dedicarse a ello. Sin embargo, su padre no le buscaba para ofrecer un tardío afecto, lo ocurrido en Atlantic City les había dejado lecciones a ambos y él lo prefería. Se saludaban al llegar y se despedían al salir, cenaban juntos sin cruar palabra alguna. No había preguntas por trabajo, horarios, chicas -que no existían- nada que pudiera calificarlos como padre e hijo. Eran dos conocidos que se toleraban y trataban con la mayor condescendecia posible. Y hasta ese momento había funcionado bstante bien.
Eso le recordó al día en que saliera de prisión. Cuando ambos; Brendan y Paddy habían ido por él. Los tres se subieron al auto de su padre y ninguno habló en todo el trayecto. Si hubo incomodidad él siquiera la sintió, no estaba su cabeza en lo que podría ocurrir en aquél auto o lo que se pudiera hablar, además Brendan tampoco parecía muy contento de compartir con su padre, entonces solo los dejó.
Había pasado nueve meses en prisión por desertar del ejercito y abandonar su unidad. Los nueve meses en que había durado su juicio. En serio, pedirle que fuera un acompañante cordial o elocuente era demasiado.
En las primeras sesiones el tribunal había estado lleno de prensa, al final de su juicio siquiera uno que otro periodista. Vio a su hermano hablar por televisión, vio a su padre y a los chicos del pelotón que había salvado, vio a sus comandantes a Pilar y sus hijos. Todos y cada uno de ellos hablando por él, hablando en su contra, hablando de él.
Por orden de su abogado se entrevisto con un psiquiatra, el cuál declaró que debido al fuego amigo que eliminó a su pelotón y a su mejor amigo "un hermano" declaró su defensor, había sufrido estrés postraumático. Una enfermedad altamente documentada en veteranos de guerra. El cual, si bien no se manifestaba a diario si había generado en él; depresión, arranques de ira, constante sensación de soledad y un largo etcétera de síntomas con los que no se identificaba ni jamás se identificó.
Pero había sido el discurso de su abogado para justificar, en parte, su actuar. Lo que le dio los resultados esperados, el tribunal militar le dio la baja deshonrosa, pero se salvó de los cargos de traición y una condena que en su mínimo grado le habria enviado por diez años a la cárcel.
Siendo honesto Tommy sabía que de no haber salvado a aquél grupo de chicos, la historia sería muy diferente. Aunque tal vez de no hacerlo, siquiera habría participado en Sparta. Imaginaba que aún estaría en El Paso, viviendo a expensas del cariño de Manny, Pilar y los niños. A quienes él si consideraba su familia.
Para él no había excusa; confusión, error, "fuego amigo". Los suyos, sus verdaderos hermanos estaban muertos, él debería haber caído con ellos. En cambio, al salir de prisión su padre y hermano lo esperaban. Personas con quiénes no tenía toda una vida en común pero con quienes no quería estar. Esos habían quedado para hacerle compañía.
Y a Tommy le resultaban completamente ajenos a él.
Hacia mucho frío, el cuello le apretaba y no estaba acostumbrado a las corbatas. Desde luego el terno, su uniforme de trabajo aquella noche, mejoraba mucho su aspecto. Suavizaba las reacciones hostiles que despertaba en el resto cuando lo veían con su común buzo de entrenamiento. Sin mencionar que muchas de las chicas y señoras se quedaron fijas mirándole por más de los segundos a los que estaba acostumbrado y más de alguna le sonrió, con el mismo gesto que Maggie solía dedicarle.
Aún así, Tommy estaba luchando contra el impulso de arrancarse la sobria corbata y soltarse el apretado cuello. Solo el frío lo evitaba, sentía las manos entumecidas y el rostro helado, muy helado.
Sonaron algunas bromas soeces por el intercomunicador que llevaba en su oído y sonrió. Le recordó la camaradería del ejercito, la forma en la cual él y sus compañeros se trataban.
Su cargo era de jefe, era él quién precisamente se encontraba en medio de todo; los jefes -mayores que él- supervisaban todo desde la sala de control, viendo a través de las cámaras que el evento se realizara con tranquilidad, quizás bebiendo algo para el frío con los administradores del recinto. Los más jóvenes se dedicaban a controlar la gente que entraba, a aquellos que pertenecían al espectáculo y vigilar que los accesos de seguridad no se vieran bloqueados.
El era el puente entre los dueños y aquellos muchachos. De ellos provenían las bromas que le sacaban sonrisas vagas y de los jefes las ordenes.
Los chicos le tenían respeto. Siempre lo miraban con atención y acataban todas sus órdenes sin cuestionar nada, tal cual él lo hiciera años atrás. Muchos incluso habían terminado su ejercicio militar y, tal cual él, habían encontrado una ocupación en la seguridad. De la misma manera esporádica en la cual lo hacía.
Era un beneficio, le habían ofrecido el correspondiente contrato y sus prestaciones. Pero Tommy se había negado, su idea era dedicarse a la lucha. De todas las posibles cosas que pudiera hacer luchar era lo que realmente le atraía y emocionaba. Estudios, familia, una ocupación fija, nada de eso le interesaba. Solo el saber que tendría el tiempo suficiente para dar y recibir algunos golpes. Algo contra lo que un contrato fijo, aún con todos sus beneficios, no podía competir.
De todas maneras sabía que le agradaba a sus jefes; John Goodman, era un hombre que bordeaba los cincuenta años, de vientre abultado y rostro jovial. Lo había contactado una vez que saliera de prisión, primero para probarlo en las entradas. Algo que funcionada, Tommy sabía y considerando la forma en la cual Elizabeth había actuado ese día, era prueba suficiente del miedo que era capaz de inspirar solo cambiando de posición, ofreciendo una mirada dura y seria.
No pasó mucho tiempo hasta que John comenzó a llevarlo a otro tipo de eventos. Tenía una agencia de seguridad de cierto prestigio que cada vez prestaba sus servicios a una mayor cantidad clientes. Y aquellos en los cuales los invitados pertenecían a la clase alta de la sociedad se habían vuelto habituales en el calendario de Tommy.
Eran mucho más tranquilos que los eventos masivos y eso lo agradecía. Si bien la idea principal de tenerlo a él como guardia era inspirar miedo en aquellos que pudieran ocasionar conflictos, su figura, altura y forma no se desaprovechaban en lo absoluto.
― Tommy ― sonó por el intercomunicador la voz de Mario Saldaña, administrador del recinto ― ¿Tommy, me escuchas?
― Atento señor ― contestó mecánicamente, mientras hacia un gesto al chico de la entrada para que le dejara pasar.
― Hay un problema en el baño de damas del subterráneo, ya llamamos a la policía pero los chicos no pueden controlarlo, lleva contigo a algunos.
Llamar a la policía, había ocurrido en un par de ocasiones y ninguna de ellas fue algo agradable.
― De inmediato señor ― Tommy hizo señas a Jacob y Madeleine, quienes dejaron la revisión de los boletos para ir con él.
No tardaron en llegar a su destino. Uno de sus chicos estaba recibiendo atención de otro que le ayudaba a sostener su nariz mientras limpiaban la sangre. Ambos lucían golpeados, sus corbatas y camisas estaban fuera de lugar con señales claras de forcejeo. Tommy los envidió. Las luces halógenas se apagaron y encendieron lo que le dio una sensación de vacío y oscuridad, le parecieron pobres en aquél momento. A su gusto, era como si de la nada la oscuridad se hubiera apoderado de tan tranquilo evento.
No era nuevo, ya lo había visto antes.
Fue cuando piso algo pequeño y duro, notó entonces los cristales de las luces en el suelo las cuales barrió con su zapato.
La situación parecía controlada, le hizo una seña a Madeleine para que acudiera con los muchachos y Jacob continuó con él. Escuchó como la muchacha, por radio, solicitaba a uno de los enfermeros y consultaba por la demora de la policía. Era el procedimiento.
Despegó su atención de ella en cuanto se acercó a la entrada del baño. No esperó a golpear para entrar, la puerta estaba abierta a todo lo que daba y con señales claras de haber sido forzada. El lugar a su vez, tenía la misma precaria iluminación que el pasillo, las baldosas negras y brillantes parecían absorver la poca iluminación del lugar.
Él, que conocía todo ese espacio sabía que las lámparas eran de luz cálida y tenue al lado de los espejos. Sin embargo estas habían sido destruidas y probablemente la luz de emergencia se había encendido, la que a su vez también había sido afectada por la violencia ejercida ahí.
Un foco parpadeó y Tommy pudo escuchar el llanto proveniente de uno de las casetas de los retretes. Era un hombre de edad. La imagen de Paddy Conlon, ebrio y balbuceante se coló en su cabeza pero la anuló de inmediato cuando vio un zapato fino de tacón quebrado más cerca de la entrada que de su dueña, también lo movió con el pie.
Entre dos lavabos, bajo una de las lámparas que había sobrevivido a la pelea, una mujer de vestido claro y rasgado yacía atendida por otra. La muchacha atacada sostenía una chaqueta contra su pecho como si se cubriera. Tommy no tardó en imaginarse el cuadro en su cabeza; una pelea de amantes en donde él atacó a su novia o, más sórdido aún, él sujeto intento violar a la chica. La otra mujer los sorprende, llama a sus muchachos y entre los tres los separan.
El vestido claro estaba manchado con sangre.
La policía ya había sido llamada.
Desde donde estaba preguntó:
― ¿Se encuentra bien señorita? ― la chica que estaba en suelo alzó la mano afirmativamente, solo entonces Tommy pudo apreciar que tenía fuertes y feos golpes directos en el rostro.
Sabía el porque de ello, pero aún así no pudo evitar sentirse lleno de rabia.
Él y Jacob se acercaron hacia el hombre.
― ¿Que ocurrió? ― preguntó. Sabía que no era su obligación hacerlo pero él no solía reaccionar bien cuando se trataba de mujeres golpeadas. Las que fueran por la razón que fuera.
Miró a Jacob quién cada ciertos segundos volvía la vista hacia las muchachas. El sujeto negó. Tommy respiró.
― Ya se ha llamado a la policía señor ¿hay alguien a quién deba informarle? ― el viejo carraspeó.
― ¿Informar que imbécil? ― preguntó alzando los ojos claros hacia él, con el rostro contraído con lágrimas, rasguños y la boca mordida.
"Se lo merece"
― Tommy ― escuchó a su espalda y Mario junto a John y la policía se habían apersonado en el lugar. Tommy asintió y se alejó del sujeto, de inmediato Mario se acercó a él y la policía al victimario.
― ¿Te dijo algo? ― Tommy negó.
― Traté de ver si es que debíamos avisarle a alguien más, no me dio respuesta ― Mario asintió conforme y le pidió que ayudara a las chicas.
Tommy se acercó a ellas y se inclino.
La mujer agredida era rubia, algo que no había notado antes.
"Maggie le habría dado su merecido a este imbécil sin sudar una gota"
Y la chica que le ayudaba, su acompañante, su acompañante...
Se quedó estático al notar que Elizabeth Cavendish le miraba fijamente, ninguno de los dos emitió palabra alguna aunque se reconocieron. Y era claro que ella le había notado desde que se hiciera presente en el lugar.
"Siempre busca alejarme, le parezco todo el tiempo enojado"
Solo que en esa ocasión un gesto de aprobación cruzaba el rostro de la muchacha. Fue ella quién le habló a la mujer golpeada.
― Hay enfermeros y ya ha llegado la policía ¿Tienes a alguien a quién avisarle? ― la muchacha asintió ― ¿Quieres que los llame? ― la muchacha negó. Fue cuando la policía se acercó a ella, una oficial y un enfermero pidieron espacio y tanto Elizabeth como Tommy retrocedieron.
El cabello de Elizabeth estaba alborotado, lo que contrastaba con el peinado lacio del resto de sus compañeras. Ella estaba en el evento como parte del espectáculo, tocaba el violín casi escondida en medio de todos los músicos de la orquesta.
Llevaba un año y un poco más de conocerla y jamás habría imaginado que ella era músico. Sabía que tenía trabajos esporádicos como los de él. Era solo que nunca se había interesado en saberlo. Al fin de cuentas ella le rehuía. Era normal que no tuviera mucha información sobre su vida.
Una de sus compañeras había tratado de ordenar su cabello mientras se mantenían tras bastidores, al final otra de ellas apareció con un prendedor de forma de araña del que colgaban figuras de hojas y perlas para disfrazar el desastre en el cual había terminado su peinado. De todas maneras se trataba de la mitad de la cabeza que no daba al público y además Elizabeth se fundía bien con sus compañeros. Por lo que no llamó la atención de nadie.
Excepto la de él, claro.
Se la encontró después en el bar del recinto, llevaba ropa mucho más casual que cuando la encontrara en el baño; un vestido negro igual al de sus compañeras en la orquesta. Estaba intrigado, no solo de verla ahí sino de saber lo que había ocurrido en al baño así como lo habló con la policía que la interrogó algunos minutos después de que se llevaran a la chica y al sujeto con ellos.
Su turno había terminado hace solo veinte minutos, e inconscientemente había estado buscándola, hasta que la divisó en el bar. Cuando se aceró notó que ella escribía un mensaje en su celular y que bebía -no supo descifrar que-, y de todas las interrogantes que tenía en su cabeza solo pudo decir:
― No sabía que eras músico ― y algo en su tono consiguió que por primera vez en mucho tiempo ella no intentara alejarse de él. Quedó completamente devastado cuando ella le extendió, a él, el sujeto a quién temía una cansada pero honesta sonrisa.
― Ahora lo sabes ― Tommy no pudo evitar contestar el gesto y acercarse a la barra, solo pidió una cerveza que el barman no tardó en entregar. Le agradeció con un asentimiento.
― ¿Encontraste a Michael? ― preguntó recordando el encargo de la muchacha cuando se vieran esa tarde.
― Oh, no ― contestó ella sin dejar de lado su celular ― espero que no pasara hambre ― alzó la vista hacia él completamente entregada a usarlo de interlocutor y en su gesto, Tommy no supo porque había algo de tranquilidad. No le rehuía, no bajaba la vista ante él y le observaba atenta ― por eso lo buscaba hoy, deje comida lista en el horno pero Michael tiene cierta fijación en entrar a la cocina.
Aquellas pocas palabras era mucho más de lo que nunca hubieran hablado, además que le daba un atisbo de lo que era algo privado pero tan sencillo como que a su hermano no le gustaba cocinar.
― ¿Le da miedo o no sabe? ― preguntó volviendo a su cerveza, dio un trago. Elizabeth ladeo la cabeza de un lado a otro, estaba cansada era completamente visible.
― Creo que ambos ― suspiró ― es difícil creerlo cuando uno lo ve entrenar contigo Conlon ― y a diferencia de otras ocasiones Tommy no reaccionó. Se quedó observándola con atención; jugaba con su trago color ámbar y si bien parecía relajada, su pie derecho golpeaba de manera rápida y repetida una de las patas de acero de su asiento.
La vio mojarse los labios antes de dar otro trago. Quizás estaba ebria.
― ¿Por que me llamas así? ― preguntó finalmente.
La chica se le quedó mirando como si no entendiera. De pronto sus ojos se iluminaron.
― Cierto, leí tu historia ― se puso de pie ― lo lamento, no volverá a pasar ― bebió todo el contenido de su vaso y extendió un gesto hacia el barman dejando veinte dolares sobre la mesa. Volvió a mirarle ― en serio lo lamento Tommy, no volverá a pasar.
Y sin decir nada más cogió su abrigo y el estuche que contenía su violín. Le dio la espalda al mismo tiempo en que, sin detenerse, se colocaba su abrigo.
Tommy fue tras ella dispuesto a dejar en claro algunas cosas, cuando la alcanzó no dio ningún rodeo.
― No me he enojado si es lo que piensas ― Elizabeth se detuvo, sorprendida de que le siguiera.
― Si, lo creí ― contestó y después de examinarlo continuó ― pero es cierto que no pareces enojado.
Tommy se vistió con una gruesa chaqueta de chiporro, se llevó las manos a los bolsillos y encogió de hombros. Miró hacia la entrada y habló:
― Vamos en la misma dirección y es tarde...
Ella no lo dejó terminar.
― Claro ― contestó con un tono más alto de lo que solía hablarle, Tommy estaba seguro de que, si bien, no estaba ebria el alcohol había hecho su trabajo en ella ― tomaré el autobus, podemos ir juntos.
Tommy salió despidiéndose de los chicos que cambiaban de turno y ella le siguió. No tenía intenciones de hablar de nada, y tampoco sabía que decirle. Aunque claramente seguía lleno de dudas.
― ¿Como es eso que leíste sobre mí? ― preguntó de pronto notando que por primera vez y a pesar de sus propias ideas, el silencio se le estaba haciendo molesto.
― Oh, eso ― contestó ella ― Michael estaba alucinando cuando volviste al gimnasio, él me dijo que te buscara. Internet esta plagado de blog´s y foros sobre ti y el torneo en el cual participaste ― Tommy se giró a verla, pero ella parecía concentrada en el camino.
― Sparta ― dijo. Y ella no reaccionó.
De todas maneras le gustó que supiera de él, o que se hubiera dado el tiempo para informarse. Solo que no entendía el porque, a pesar de ello, le temía.
― Y ¿aún así me tenías miedo? ― en esa ocasión fue ella quién volteó hacia él.
― ¿Quién no podría hacerlo? ― sonrió ― ¿Has visto el gesto que haces cuando combates? es... es escalofriante ― así que ella le había visto combatir.
― Pero ahora no pareces asustada ― la muchacha se encogió de hombros.
― Ahora no te ves amenazante.
En esa ocasión le tocó a él sonreír. Hacía frío, y a medida que avanzaran las horas lo haría más. Dentro de todo había sido una noche movida, con el asunto de la chica golpeada. Sin embargo, no sabía porque pero se sentía tranquilo, muy tranquilo.
Será corta, lo prometo. Y trataré de no golpearlos con mi irregularidad. Espero lo disfruten.
Saludos.
