A TODOS LOS LECTORES: Tras varios años sin publicar, Sagitus y yo hemos decidido darle un nuevo aire a esta historia, más creíble, más acorde con la historia original de Batman y Joker, más serio, pero sin quitarle nuestra historia y nuestro toque personal así que hemos cambiado cosas desde el principio, subo los capítulos reescritos, con el mismo hilo pero algo diferentes, echadles un vistazo y reviewwwws!
Mejor o peor que antes?
Os gustan?
Los veis más acordes a la historia y al mundo?
Reviews, plis! o^^o
Muchas gracias o^^o
PRÓLOGO
Julius Hunder no se sentía demasiado bien aquella noche, y no creía que fuese por lo que acababa de cenar. Se sentía impotente, asustado… porque había dado el primer paso y ya no había vuelta atrás.
¿Realmente era todo aquello necesario? ¿Tenía que cobrarse aquella venganza por la muerte de su hijo? Liberar a un hombre como aquel… ¿Merecía Gotham sufrir de nuevo? Pero… ¿Y lo que había pasado él? ¿Acaso alguien lo había ayudado?
Las dudas desaparecieron de su mente en cuanto recordó con quién había estado negociando. Julius ya había dado su palabra y ese hombre no seguía ninguna moral. No existía ley que pudiera coaccionar a aquel individuo.
Las dudas y el miedo volvieron a su mente. Sin embargo, Julius las dejó a un lado. El guardia de celda debía concentrarse en el cometido que tenía entre manos.
Las sucias botas del hombre chapoteaban en la embarrada acera. Avanzaban con paso rápido por las oscuras y vacías callejuelas de Gotham. Después, iniciaron un ritmo más apresurado al alcanzar la avenida, igualmente pobre de iluminación. Ni siquiera en la vía principal se veía gente, salvo un par de mendigos que se peleaban por un mendrugo de pan junto a unos contenedores de basura. Cualquier otro día, Julius habría intervenido en el conflicto. Sin embargo, en ese momento, tenía otras cosas en la cabeza. Lo que es más, aquel incidente no estaba teniendo lugar de día, por lo que tampoco se veía con la obligación de actuar…
En la siguiente calle, encontró el callejón cortado que andaba buscando. Tal y como recordaba, allí sobresalía la farola rota señalando la entrada. Julius se adentró en el oscuro callejón, ocultando su identidad con su larga chaqueta de cuero desgastado, y esperó al final, junto a la pared que cortaba el paso. En unos minutos aparecería el extraño con quien había concertado la reunión.
A los pocos minutos, cinco individuos aparecieron en el callejón y con sus cuerpos, ocultaron la poca luz que alumbraba el rincón desde la avenida. Las cinco imponentes figuras avanzaron hacia el guardia de celda. Fuertes sombras ocultaban sus rostros remarcando sus facciones y haciendo imposible reconocerlos. Finalmente, pararon su marcha justo enfrente de él, bloqueándole con sus cuerpos a modo de muro cualquier posibilidad de escapada.
Los extraños observaron la pequeña carta que el policía les mostraba. Uno de los prisioneros fugados agarró el objeto y lo alumbró con su linterna, por lo que se pudo reconocer en la carta el dibujo del comodín.
-¿Está todo listo? –la ronca voz de uno de los hombres retumbó en aquel apartado rincón de los Narrows.
-Sí. Os está esperando –respondió Julius. Sin embargo, el guardia de celda encontró difícil que le saliera la voz debido a la ansiedad que sentía al verse rodeado. Por un momento consideró que no saldría de allí con vida.
-¿Cuándo?
-Dijo que pronto os avisaría, pero que lo tuvieseis todo listo ya…
Así, sin mediar más palabras, el prisionero que aún sujetaba la carta la soltó, y los cinco hombres dieron media vuelta y se alejaron de allí. Julius Hunder se quedó sólo, sumido de nuevo en sus oscuros pensamientos, oscuros como aquella noche sin luna ni estrellas, oscuros como su propio corazón en aquel momento…
Antes de abandonar el callejón sin salida, el guardia de celda descubrió la carta que había dejado caer el rudo prisionero a sus pies. Cuando se agachó para recogerla, el papel se había mojado por el contacto con uno de los charcos de la calle. La imagen había quedado emborronada.
Sin embargo, aún se podía entrever el dibujo del comodín.
-…No sé lo que pretende –se oía en la televisión decir a una chica joven en ese momento- el ministro de Defensa está tratando de derribar un orfanato y de dejar a trescientos noventa y siete niños sin un hogar a donde ir, simplemente por un capricho militar ¿es eso lógico?
-Desde luego que no –le respondió la reportera que la entrevistaba.
-Todo este negocio –continuó la joven, exaltada- lo están llevando a cabo con el apoyo financiero de Industrias Wayne. ¡Ni siquiera su propietario se digna a aparecer por ningún lado para responder a la denuncia!, ni siquiera para hacer alguna declaración…
En la imagen del pequeño televisor que pendía de la pared, aparecían la entrevistada y la periodista frente a una verja que encerraba un patio vacío. El cámara cambió la toma para mostrar el vetusto edificio de ladrillo rojo, haciendo un recorrido por las ventanas, a través de las cuales, sobresalían las cabezas de multitud de niños que se empujaban entre ellos para salir en Televisión.
-Con el dinero que mueve Industrias Wayne, -continuaba hablando en queja la chica- ¡tiene poder para hacer lo que le dé la real gana! Y ahora, conociendo el poder que maneja el Señor Wayne, el ministro de Defensa le propone crear un nuevo campo de adiestramiento sobre un viejo orfanato… Entonces, ¿qué les va a suponer a esos empresarios unas centenas de niños comparados con la gran inversión financiera que se va a mover ahí?
De nuevo apareció la imagen de la entrevistada, que contestaba con dureza y determinación.
-¡Son huérfanos, por el amor de Dios! –exclamó furiosa mirando directamente a la pantalla desde donde le escuchaban los espectadores- ¡No tienen nada más que este sitio!
La cabina para el policía de guardia y el monitor donde se televisaban los informativos, encabezaban el austero y largo pasillo recorrido por numerosas celdas. El corredor de aquella aislada sección permanecía en absoluto silencio. Tan sólo el sonido de la televisión interrumpía el sepulcral ambiente que reinaba.
Aquella era la zona de máxima seguridad de Arkham, aquella donde se encerraban a los desequilibrados más peligrosos, psicópatas, límites con demencia, esquizofrénicos paranoicos agresivos, o sujetos que precisaban de una necesaria separación social. Todas aquellas cámaras protegían a un único inquilino, quien sólo contaba con una abertura al exterior: una pequeña ventana en la puerta a la altura de los ojos.
En ese momento, todos los internos atendían al informativo, algunos con curiosidad, otros únicamente por distracción; pero todos ellos asomaban sus manos agarrando los barrotes que sellaban la ranura abierta, esforzándose por ver lo mejor posible el televisor.
Todos, menos uno.
Aquel condenado era el único de los reclusos que no prestaba atención a la noticia, aunque tampoco se había interesado nunca por ningún informativo desde que fue encarcelado en la prisión hacía dos años. Siempre se mantenía sentado en el único banco que había al final de su celda, con los hombros caídos, la cabeza gacha y la mirada perdida en la puerta de hierro. Tan sólo se incorporaba del atril en algunos momentos del día, como para recoger la comida, los días que él consideraba necesarios, o para atender a las pocas visitas que recibía, que en su mayoría eran policiales. Ellos creían que aquel preso jamás atendía a lo que se decía u oía en el corredor.
Se equivocaban.
En ese momento, al escuchar las infructuosas quejas de la joven a la que entrevistaban, se dibujó una media sonrisa en sus labios; en aquellos labios, antes remarcados en un acusado carmesí y que resaltaban en una máscara de pintura blanca mal extendida, ahora desaparecida, dejando ver una pálida y demacrada piel sobre un rostro enjuto.
Había llegado la hora de la comida. Los dos guardias de turno iban llamando a los internos en sus respectivas cámaras para que recogiesen su ración. Entonces, golpearon su puerta con violencia. En la celdilla que se abría al exterior se asomaron los dos guardias. Uno de ellos, introdujo el brazo entre los barrotes para acercarle el cazo de comida. De nuevo servían las lentejas de la noche pasada… El hombre se levantó pesadamente y recogió el cuenco. Los dos guardias continuaron avanzando por el pasillo.
Al dejar libre la apertura de visión de su celda, el preso posó levemente su mirada en el monitor que de la pared al fondo del pasillo. Sus ojos, hundidos y ennegrecidos en las cuencas pintadas de azabache, se encontraron con la imagen del informativo con desinterés. Sin embargo, algo le llamó la atención; algo que le impidió volver de nuevo a su asiento. En el televisor, apareció de pronto el rostro de la entrevistada: una chica joven, aunque de expresión jovial y exaltada, hablaba con autoridad y valor a la cadena televisiva. No era el cabello rubio y atrevidamente rizado, o la carpeta de propaganda universitaria que sujetaba en el brazo lo que llamó su atención, sino sus ojos verdes. No tanto el color, sino más bien el brillo de su mirada que acentuaba la personalidad de su expresión.
Los ojos del recluso quedaron fijos en la pantalla, buscando encontrarse con los de aquella chica, tratando de captar en ellos su persona, corroborar en la intensidad de su mirada lo que al instante había reconocido. Permaneció allí, de pie, durante unos tensos segundos, absorto en el rostro de la estudiante, analizando sus facciones, estudiando su apariencia y con ello, revolviendo la mente para tratar de indagar en su pasado, un pasado que había permanecido enterrado y olvidado desde hacía mucho tiempo.
Entonces, se dio la vuelta y lentamente, se sentó de nuevo en el banco de madera, apoyando la espalda en la acolchada pared y reposando las manos en sus rodillas, retomando otra vez aquella postura retraída. Aún trataba de ordenar las extrañas sensaciones y múltiples recuerdos que le habían sobrevenido de pronto al descubrir a la joven. La visión de la entrevistada, sumada a sus justicieras palabras, lo animó a hilvanar una ingeniosa y retorcida idea. En ese momento, todo se mezclaba en su mente, y su caos personal volvía a aflorar sobre la extensa capa de polvo acumulado.
De pronto, apareció un brillo en sus ojos, que reflejó el rencor y sentimiento de venganza que tanto había mantenido hacia la persona que más odiaba. Un odio que además se había potenciado durante sus últimos años en prisión.
