Disclaimer: InuYasha no me pertenece, es de Rumiko Takahashi. No le digan, pero todavía tengo la esperanza de que me lo regale para mi cumpleaños.

Este intento de drabble nace del mero ocio, una idea mientras me cepillaba los dientes y tratar de practicar con un estilo de escritura más diferente.

Sin más, disfruten.


El amor lo puede todo, o eso dicen.

Bueno, el amor no tiene carajo idea de lo que es una fuerte dosis de cambio de época, ciertamente.

Y no malentiendan, por supuesto que Kagome se sentía conforme con su situación, ¿cómo no estarlo si por fin estaba con InuYasha luego de tres años separados llenos de agonía? Una parte suya no cabía en sí de gozo, felicidad y mariposas estomacales. Cualquier día estaba segura de que terminaría cagándolas de tantas que tenía, así de feliz estaba.

Su lamento iba más allá del amor, de almas que se pertenecen, reencarnaciones e hilos rojos. Iba ahí a esa necesidad intrínseca del entretenimiento y ocio que la corroían como una segunda piel.

Y, está bien, no es que en el Sengoku no hubiese nada que hacer. Estaba lleno de cosas por hacer, pero cosas aburridas.

Había días en que se había incluso encontrado analizando sus propios mocos mientras se los sacaba a las afueras de su cabaña, mientras buscaba con todas sus fuerzas olvidar para siempre que, 500 años más allá, existía la televisión, las computadoras, utensilios de cocina e internet.

Ah, jodido y amado internet.

Pero la cosa iba más allá. Había un tema fundamental de supervivencia que parecía atormentarla en cada momento en que se sentía desvalida sin sus artefactos que, un día, fueron sus amigos inseparables.

Había tenido que aprender a cuidarse los dientes con hierbas medicinales que siempre dejaban uno que otro trozo verde en su sonrisa. Prescindir de la máquina de afeitar, aceptarse como un ente plagado de vellos. Había pasado menstruaciones completas utilizando telas rasposas que irritaban ¡incluso en periodos de desesperación hojas de árboles varios!

Kagome conocía el simple y puro infierno. Estaba segura de que hasta el ser humano más hippie podría hartase de ello. Y apostaba a InuYasha si no era cierto.

¿Es que el maldito pozo no pudo haberle dado algún tiempo de espera? Estaba segura de que, de haber podido pensarlo detenidamente, habría cargado su mochila como si se tratase del jodido fin del mundo.

Y por supuesto que no había que malinterpretarla. El paisaje era lindo, sus amigos no podían ser mejores, sus pulmones jamás habían estado tan limpios y su piel más purificada.

Incluso no podía quejarse cuando su rutina solía constituir en dividir sus horas entre sus obligaciones de sacerdotisa y tener constante sexo con su ya esposo. Era lo que siempre había soñado para su futuro, pero hasta ella podría llegar a encontrarlo agotador y monótono algunos días. Y venga ella a explicarle eso a un tipo como InuYasha.

La vida parecía augurar cosas demasiado buenas y necesarias para el futuro, cosas que ella había vivido y decidido renunciar. Y por supuesto que había días en que se desesperaba por obtener su dosis de tecnología como una cocainómana de las peores, pero ¿La verdad? Luego de que esas crisis de una que otra hora pasaban, la vida en el Sengoku no podía ser mejor.

Y Kagome tenía la teoría, bastante acertada por cierto, de que tenía mucho que ver con esa forma especial que tenían los brazos de InuYasha de consolarla y mimarla, de una manera que siempre terminaba por superar la rutina y ella aún no puede comprenderlo del todo.

Así que, aprendida la lección, sabe que cada vez que se avecina una crisis debe lanzarse a devorar cierto erótico hanyô.


Espero que les haya gustado. Gracias por darse el tiempo de leer y comentar (sí, espero con ilusión que lo hagan) c:

¡Los quiero un jodido montón!

Celiane.

¿Un review por un abrazo sensual?

Gracias (L)