Boring
Uno podría llegar a pensar que por encontrarte en el lugar que te mereces, el que te has ganado luego de toda una existencia siguiendo tu personal manera de pensar, serías de lo más feliz y completo. En ocasiones puede ser el caso pero en otras, muchísimas otras, resulta ser todo lo contrario. Y esto es algo que afecta tanto a buenas personas como a… bueno, no tan buenas aunque, no por ello, deban ser consideradas malas.
Una de estas personas, o sería mejor dicho referirse como personaje, responde, si le apetece responder cuando llamas por ella, al nombre de Robin, Devil Robin para ser más precisos. Y lo de "Devil" no es ningún tipo de apodo si no que resulta ser una verdadera diablesa, en todos los sentidos de la palabra.
Devil Robin responde físicamente a una esbelta mujer de gran atractivo físico, en su metro ochenta y ocho centímetros de altura, y largo cabello negro que nunca se opaca al no perder su brillo natural, ¿o sería mejor decir antinatural? Sus labios rojos rubí parecerían pintados y, aunque así fuera, lo eran con la sangre más pura y virginal en lugar de un simple pintalabios. Sus largos y afilados colmillos siempre se mostraban al sonreír o al hablar logrando mostrar ese diabólico aspecto cargado de sensualidad con el que podrían llegar a subestimarla. Sobre su cabeza, justo por encima de su flequillo, surgían un par de simples cuernos de unos diecisiete centímetros sin ningún tipo de aristas o malformaciones siendo lisos y muy suaves al tacto. De su espalda, justo a la altura de sus omóplatos, surgían un par de alas semejantes a las que poseían los murciélagos aunque, en el caso de Devil Robin, eran la extensión de unos brazos extra bastante particulares.
Su vestuario, más habitual, consistía en una minifalda tan negra como su cabello y que permitía una excelente visión de sus largas piernas junto a un corsé que se anudaba por el centro del mismo y que, como no podía ser de otra manera, hacía resultar su exuberante busto, que gastaba noventa y nuevo centímetros.
Por difícil que pudiera parecer Devil Robin poseía un olor natural a flores pero, para sorpresa de todos, no de flores marchitas o, directamente, muertas si no todo lo contrario. Por eso era considerada la bella Flor del Infierno.
Makai no Shan Hana.
Pero, como toda hermosa flor, Devil Robin también poseía sus propias espinas con lo que había que tratar de andar con sumo cuidado al tratar con ella porque lo último que uno quisiera es encontrarse como objetivo de su furia. Y lo peor era cuando se encontraba aburrida sin saber muy bien a qué dedicar su tiempo, y tener la eternidad para uno resulta ser demasiado tiempo para caer en una espiral de aburrimiento.
Dos docenas de demonios muertos más tarde decidió que no estaría nada mal el darse una vuelta por el mundo de los humanos porque, además de resultar de lo más interesante, viendo los cambios que se suceden con el paso de las décadas, resulta ser la única fuente de almas para poseer y condenar a sufrimientos para toda la eternidad o, en el caso de Devil Robin, hasta que se aburra de ellas. Entonces las suele cambiar por algo que pudiera interesarle.
Claro que el salir del Infierno para acceder al mundo de los humanos no resultaba tan sencillo como cruzar una gigantesca puerta que ya permanecía abierta desde la visita más importante que jamás hubiera tenido el Infierno en toda su existencia. Bueno, en realidad sí era así de sencillo si no cuentas los formularios que había que cumplimentar en primer para que te dieran el permiso necesario. ¿Ciertamente no era el relleno eterno de formularios uno de los castigos presentes en uno de los círculos del Infierno? Porque, de no ser así, deberían pensarse seriamente el implantarlo. Dejando atrás diez segundos de sí misma para encargarse del papeleo Devil Robin despliega sus alas para sobrevolar el Aqueronte y dedicarle una sonrisa a Caronte que estaba transportando a un futuro par de nuevos condenados.
Lo curioso de la puerta del Infierno es que tiene esa inscripción tan manida en el lado de entrada pero ni una sola palabra en el otro lado aunque, pensándolo bien, ¿qué podrían poner si se supone que al final todos los que salen, por el motivo que sea, como ahora sucede con Devil Robin, al final tendrán que regresar? ¿"No cerrar al salir"?
¿Cuánto tiempo hacía que no se encontraba en el mundo de los humanos? Pues ya hacía el suyo por lo que tenía que comprobar cuánto habían cambiado estos durante todo este tiempo porque, quién sabe, podrían haber cambiado lo suficientemente, para bien, de manera que ahora sean capaces de resistir las tentaciones usadas con la intención de conseguir, no arrebatarles, si no que les cediesen sus almas.
Busquemos una primera prueba.
Su objetivo se fijó en una extraña embarcación, que en nada se parecía al barco que estaba anclado junto a ella y que tenía un mascarón de una enorme cabeza de pescado además de que la nave estaba construida de forma oval. Ciertamente era una nave de lo más particular. Tanto que en realidad se trataba de un restaurante flotante llamado Baratie.
Devil Robin aterrizó justo ante la puerta que llevaba al interior del restaurante de manera que su contorno destacaba con la luz del día pero ninguno de los clientes, y trabajadores, presentes en el restaurante le prestaron algún interés. Y no era porque no se lo mereciese, que lo hacía y bastante, si no porque nadie era capaz de verla o sentir su presencia si Devil Robin no lo quería.
Tomando posesión, no de una manera diabólica si no sentándose a ella, Devil Robin se sentó en una de las pocas mesas libres que había en el restaurante para dedicarse a observar a todos los presentes antes de elegir a su objetivo-víctima.
—¿Qué tal tiene todo?
—Muy bien— respondió la muchacha ofreciéndole una sonrisa al rubio que, en lugar del camarero como muchos lo tomaban en primer lugar, resultaba ser el maître—. Arigatou por todo.
—¡Y qué lo digas!— no era solamente la amplia sonrisa, de lo más pervertida dirían algunos, si no que su mirada caía con todo descaro en el amplio escote que presentaba la muchacha—. Todo está muy bien.
Devil Robin no pudo evitar rodar los ojos, literalmente, ante aquella muestra de descarada lujuria que en el futuro mantendría al rubio de lo más ocupado en el segundo círculo siendo arrastrado por otro tipo de tormentas de manera que su cuerpo resultase destrozado una y otra vez al envestir contra montañas. De seguro que ahí no se le formularía ningún pensamiento lascivo.
No iba a resultar ser ningún tipo de reto puesto que los lujuriosos siempre habían sido los blancos más sencillos desde el principio de los tiempos.
—¡Mellorine!— gritó todo emocionado el maître con palpitante corazón en su mirada cuando Devil Robin se hizo visible. Sin perder tiempo fue a atender su mesa—. Las estrellas del cielo esta noche no saldrán avergonzadas por no brillar con mayor belleza que lo hacen vuestros ojos.
—Arigatou— le agradeció Devil Robin ofreciéndole una generosa sonrisa que hizo las delicias del rubio.
—No, por favor. Yo soy quien debería dar las gracias por poder presenciar una belleza como nunca se ha visto en este mundo— y no andaba muy desencaminado—. Mi nombre es Sanji y soy su más humilde servidor para todo lo que se le ofrezca. Mis manos son suyas, todo mi amor…
—¿Su alma, aruji-san?— preguntó con aire inocente Devil Robin.
A Sanji casi se le salió el alma ante aquella manera de referirse a él. ¡Aruji! Por supuesto que para Sanji le estaba llamando marido aunque no fuera así para Devil Robin.
—Por supuesto que sí, mi hermoso ángel del Cielo— bueno, más o menos—. Mi alma es toda suya como también lo es…
—Sake.
—¿Nani?— aquello pilló a contrapié a Sanji.
—Me gustaría un poco de sake si no es mucha molestia— pidió con tanta dulzura que parecía estar bañada en caramelo. Algo que luego podría arreglarse, según la mente de Sanji, por supuesto.
Devil Robin ni tuvo tiempo para sentirse desatendida puesto que Sanji regresó raudo y veloz a su mesa con una bandeja donde le traía la botella de sake y el vaso para beberlo. Con gran diligencia le sirvió el primer trago.
—Kanpai— de un solo trago se bebió el sake relamiéndose con sumo cuidado y placer—. Delicioso— la mirada de Devil Robin, maliciosa como solamente ella podía poseerla, se centró en Sanji mientras alzó el vaso en su dirección para que se lo volviera a llenar.
—Me alegro de que sea de su gusto— respiró aliviado Sanji al ver que el sake era del agrado de Devil Robin—. Me habría dado algo si no la hubiera satisfecho como debiera.
—Hablando de darle algo. Usted me ofrece sus manos, tan valiosas, su amor e incluso su alma pero yo no le he podido ofrecer nada a cambio— dijo con voz apenada que la hacía sumamente adorable—. Me gustaría darle a cambio de todo lo que me ofrece. Su alma por…
—No hace falta que me dé nada porque en su presencia ya me siento más que bien pagado por poder…
—… ¿un chuu?— le sugerió Devil Robin mientras se mordía el labio inferior.
A Sanji casi se le salió el corazón ante aquella sugerencia aunque habría resultado mucho menos lascivo que la cara que se le puso ante la posibilidad de poder besar aquellos labios de rubí.
—¡Hai!
Demasiado sencillo. ¿Es qué la humanidad había ido cuesta abajo durante todos estos años que no se había pasado por este mundo?
—Su alma por… un chuu— repitió Devil Robin mientras le cogía de las manos a Sanji que le ofrecía sus labios—. Es un trato.
Pasaban los segundos y aquel beso prometido no llegaba por lo que Sanji abrió los ojos para encontrarse… ¡con que no había nadie ante él! Ni rastro de la hermosura de cabellos oscuros como la noche.
—¿Nani?— Sanji no entendía nada hasta que bajó su mirada a sus manos que se encontraban sujetando… ¿un vaso?—. ¿Sake?
Su alma por un chuu había sido el trato pero Devil Robin no se estaba refiriendo a un beso si no a un sake. ¿Un alma por un trago de sake? Ciertamente había salido bien barata… si contamos que el sake lo puso el propio Sanji.
Una vez más Devil Robin sobrevolaba los cielos pero, en esta ocasión, con poco entusiasmo puesto que se sentía algo decepcionada por lo sencillo que le resultó el conseguir un alma luego de cierto tiempo alejada del mundo de los humanos. No es que se quejase realmente si no que no había sido ningún reto y tenía la impresión de que así sería con el resto de intentos porque, para bien aunque por desgracia para sus intereses, los seres humanos no habían mejorado en poder controlar sus deseos.
Ese aroma… es el delicioso aroma resultante de una sangrienta matanza.
Sin dudarlo ni un solo segundo Devil Robin cambió su rumbo en dirección al origen de aquel, para sus gustos, delicioso aroma con la esperanza de encontrar algo que pudiera levantarle el ánimo luego de tan sonora decepción con la sencilla adquisición de una nueva alma.
Al poco rato, aunque a bastante distancia del Baratie debido a que Devil Robin es capaz de volar a grandes velocidades, llegó al lugar de origen de donde procedía aquel aroma sangriento y se encontró con unas tres docenas de cadáveres recientes que, por las heridas mortales que presentaban, estaba bien claro que la causa de sus muertes se debía a un arma blanca.
—Katana— se dijo Devil Robin viendo un trozo roto de katana en el suelo con restos de sangre manchando la hoja—. Esta sí es un alma que merece ser recolectada.
Y hablaba en singular porque, a pesar del ingente número de cuerpos, solamente había un único enemigo que resultaba ser la única persona en pie, y viva, aparentemente sin un solo rasguño a pesar de la ardua batalla que se debió de haberse producido.
—¡Shimatta!— maldijo por lo bajo el kengou mientras observaba una de sus katana rotas—. Además tuvieron que ser dos las que se me tuvieron que romper. Ahora no me quedará otra salida que… tener que usar el ittou ryuu para pelear. Además de buscar un reemplazo para mis dos katana rotas, por supuesto— añadió de pronto como si se le hubiera podido haber olvidado ese punto tan importante.
Así que busca dos katana para poder reemplazar las que se le rompieron, Devil Robin no pudo evitar una maliciosa sonrisa. Tal vez no iba a resultar tan difícil como se le había pasado por la cabeza en primer lugar. Ni siquiera será necesario engañarle si no que, con un simple trato, es más que probable que logre su alma.
Aunque era una pena puesto que Devil Robin estaba esperando encontrarse con un reto pero no parecía ser que lo fuera a encontrar con este kengou.
—¿Necesitas ayuda, kenshi-san?
Solamente fue el terminar de realizar la pregunta para que Devil Robin se encontrase bajo la amenaza de la última katana restante en perfecto estado. La katana y el brazo que la empuñaba y que precedían la dura, y asesina, mirada que le estaba ofreciendo aquel kengou peliverde.
—¿De dónde sales onna?— aunque no la perdía de vista con aquella intensa mirada, que si pensaba amedrentarla se llevaría una buena decepción, Devil Robin podía sentir como no se le escapaba ninguna zona de los alrededores en donde pudieran ocultarse alguien para emboscarle—. Hace un momento me encontraba solo— si no se contaba esa extraña sensación que le había estado perturbando su espíritu.
—Cierto es, kenshi-san. Y ahora me encuentro yo aquí— la tranquilidad con la que se mostraba Devil Robin no cuadraba con lo que uno podría esperarse de alguien que se encontrase en su situación—. También me gustaría decirte que no me gusta el que se me apunte con algo tan peligroso— dijo señalando la punta de la katana.
—No me has contestado— le recordó el kengou sin que bajase lo más mínimo la katana que apuntaba directamente al pecho de Devil Robin. A su corazón… o dónde debería encontrarse.
—Cierto pero crees qué esto es realmente necesario— le preguntó señalando la katana—. ¿Tan peligrosa te parezco?
Devil Robin se cogió de las manos colocándolas a su espalda mientras le ofrecía una mirada inocente al kengou cuyos ojos no titubearon en ningún momento.
—Las apariencias suelen engañar para los que se fían de ellas— le aseguró.
—Es cierto pero te aseguro de que no tengo la intención de hacerte ningún tipo de daño, kenshi-san. ¿Qué te parece si nos presentamos?— le preguntó pero sin esperar por la respuesta del kengou Devil Robin se presentó en primer lugar—. Mi nombre es Devil Robin.
El kengou enarcó una ceja al escuchar aquel nombre y estaba bien claro lo que significaba dicho gesto. Para fiarse de alguien con semejante nombre que asegura ser alguien inocente.
—Me llamo Roronoa Zoro— bramó el kengou para luego, y tras no perder de vista a Devil Robin, enfundó su katana. En realidad no hacía falta tenerla desenvainada puesto que sería capaz de desenvainarla antes de que Devil Robin pudiera siquiera parpadear.
—Es un auténtico placer conocerte, kenshi-san— Zoro no diría eso mismo—. Me gustaría preguntarte una cosa, ¿por qué has matado a toda esta gente?
Zoro se dedicaba a comprobar el estado de las espadas de sus enemigos pero ninguna se encontraba en buen estado a se adecuaba a sus necesidades. Ninguna katana. Iba a tener que conformarse con un par de sables pero no sería lo mismo.
—Trataron de matarme en primer lugar. Su último error en este mundo.
—¿Les estás robando luego de matarlos?— no es que le pareciera mal, lo contrario habría resultado de lo más hipócrita por su parte, si no que tenía curiosidad por lo que estaba haciendo.
—Se me rompieron dos katana y necesito reemplazarlas aunque aquí solamente puedo encontrar algo temporal— dijo mientras realizaba algunos mandobles con los sables para testarlos—. No hay otro remedio.
Tal vez sí lo hubiera pero, antes de que Devil Robin pudiera presentarle un trato mejor, se fijó en la única katana que llevaba Zoro. Una katana de una pieza y dos rotas, ¿cómo hacía para usar tres katana?
—¿La que llevas ahí se salvó por no haberla usado en el combate?
—No, se salvó porque tiene un mejor temple— le respondió sin molestarse en dirigirse a ella.
Aquello no parecía ser comprensible para Devil Robin.
—No lo entiendo. Las tres son katana, ¿qué diferencia puede haber entre ellas?
Zoro se detuvo un instante y volvió su rostro, de manera perezosa, hacia Devil Robin como si le fuera a responder pero luego de darle vueltas interiormente, bajo algún tipo de criterio que solamente él podría saber, decidió volver a lo suyo que, en estos momentos, era marcharse de aquí y continuar con su viaje. Pero había algo que se le estaba pasando.
—¿No piensas responderme, kenshi-san?
El kengou soltó un bufido contrariado, tanto por sus propios problemas como por la insistencia de Devil Robin.
—Tengo cosas que hacer como, por ejemplo, recordar quién de todos estos era el que tenía precio por su cabeza para poder tener algo de dinero para poder pagar meshi y alojamiento— aunque la parte del alojamiento no es que le quitase el sueño en realidad.
—Yo sé quién es— Zoro se volvió hacia la diablesa que le dedicó una maliciosa sonrisa que le dejaba bien claro cual sería el precio por dicha información—. ¿Qué diferencia puede haber entre esas katana?
No tenía otra salida, ¿verdad? No, ninguna.
—No solamente se debe a la habilidad de su forja si no en la manera en que ha sido empuñada desde que la han forjado— Devil Robin no parecía muy impresionada con aquello si no todo lo contrario pues parecía decepcionada por algún motivo—. Además que esta katana representa mucho más para mí pues cargo con el sueño de su anterior propietaria. Mi sueño, su sueño… y su alma.
La atención de Devil Robin cayó en la katana de blanca empuñadura mientras sus ojos se abrían denotando sorpresa por aquella revelación.
—¿Su alma?
Pero al estar concentrada en aquella katana no se percató del movimiento de Zoro corriendo en su dirección hasta que la katana fue desenfundada y el brillo que provocó la hizo perder un instante de vista a Zoro… y no fue necesario nada más.
—Ittou ryuu— una atónita Devil Robin vio como le sobrepasaron dos flechas que volaron justo a ambos lados de su cabeza pero pronto se dio de cuenta de que no eran dos flechas si no una sola partida justo por la mitad— Sanjuuroku Pondo Hou.
El ataque de Zoro destrozó tanto el arco como las manos que lo empuñaban para acabar rematando al arquero en cuestión.
—¿Sería esto lo que me estaba perturbando?— se preguntaba Zoro mientras volvía a envainar su katana—. No se sentía como un enemigo a cubierto pero también podría equivocarme— al volverse Zoro se percató de que Devil Robin no se había movido ni lo más mínimo desde el ataque y no pudo evitar preguntarse si había sido herida de alguna manera—. Oi, onna. ¿Te encuentras bien? ¿Estás herida?
Lentamente Devil Robin se volvió para encarar a Zoro mientras seguía procesando lo que había ocurrido instantes antes. Porque, por mucho que lo mirases desde todos los ángulos posibles, e imposibles, la realidad, y verdad, resultaba por completo inmutable.
—¿Dices que tu katana tiene alma?
—¿Eso es lo único que te ha quedado de lo que ha pasado?— gritó Zoro dándole una cachetada con el dorso de la mano al aire. Ciertamente no parecía muy preocupada porque una flecha hubiera estado a punto de ensartársele en la cabeza.
—¿Puedo tocártela, kenshi-san?
…¿?…
—¿Nani?
—La katana— aclaró Devil Robin señalando a la katana de empuñadura blanca—. Nunca antes me encontré con un alma en un objeto inanimado aunque, es cierto, algunas personas casi lo parecen.
Zoro se quedó mirando para aquella, y nunca mejor dicho, extraña muchacha durante lo que parecieron unos eternos segundos hasta que, de improviso, se dio la vuelta para marcharse.
—¿No era qué querías la cabeza del que tenía precio por la suya?— preguntó Robin con un tono descaradamente provocador.
Zoro, resignado, volvió a encarar a Devil Robin.
—¿Y piensas decirme quién…?
—Son estas— le dijo Devil Robin mostrándole las cabezas decapitadas de dos kaizoku—. ¿Las quieres, kenshi-san?
—¿Para qué se las cortaste?— le gritó Zoro aunque no podía negar que la imagen de Devil Robin, con semejante vestuario, junto al gore de aquellas sangrantes cabezas decapitadas tenía su buen morbo.
—Vivo o muerto— le recordó Devil Robin—. Y como ya los mataste no veo el motivo por el que tener que llevarse todo el cuerpo si con tan solo las cabezas pueden identificarlos y pagarte la recompensa.
No se dijo nada más cierto.
—Y ahora tengo que encontrar donde cobrar la recompensa y poder comprarme un par de katana nuevas— dijo echándoles una dura mirada a los dos sables con los que se tuvo que conformar.
—Sé donde puedes encontrar una katana muy especial, kenshi-san— le dijo Devil Robin mientras hacía girar las cabezas decapitadas agarrándolas por el pelo—. Y también podrás cobrar la recompensa.
Demasiado bueno para ser cierto pero, al mismo tiempo, ¿qué había de malo el intentarlo a su manera?
—¿Por dónde queda?— preguntó Zoro con el mismo gesto serio con el que se dirigió todo el tiempo a Devil Robin.
La maliciosa sonrisa de Devil Robin dejaba bien claro que ella sería la que saldría ganando con lo que fuera.
—Permíteme a mí, kenshi-san— Devil Robin le lanzó las cabezas a Zoro que no tuvo ningún problema, salvo el tener que esquivar aquella sangre, para cogerlas al vuelo.
—¿Nani?
Antes de que pudiera darse cuenta Zoro se encontraba a gran altura sobrevolando el mar habiendo dejado bien atrás la tierra de aquella isla. Estaba volando o, para ser más exactos, ¡estaba siendo llevado volando!
—Devil Robin Airlines— le susurró la diablesa al oído—. Ponte cómodo y disfruta del vuelo, kenshi-san.
Podría estar llevándolo cogido de las manos o pasándole los brazos por debajo de los de Zoro pero no. Devil Robin lo llevaba abrazado contra su cuerpo de manera que sus manos podían sentirse todo lo aventureras que quisieran con el trabajado torso del kengou que se encontraba como paralizado ante semejante situación. Tampoco es que pudiera hacer mucho al respecto puesto que la caída, en medio del mar, resultaba ser de consideración. Además tampoco es que Devil Robin tuviera otra salida al llevarle de esta manera, ¿verdad? El que sus pechos se presionasen de esa manera contra la espalda de Zoro era algo imposible de evitar, ¿verdad? Oi, ¿alguien me está escuchando o qué?
—Me has salvado la vida, kenshi-san— ¿y ahora se acuerdo de eso? Aunque se trataba de una manera de decirlo en realidad—. ¿Por qué lo hiciste si ni siquiera me conocías lo mínimo para hacer algo semejante? Sin olvidar todo ese asunto de no fiarse de las apariencias.
—El que te hubiera salvado la vida con mis acciones resultó ser una consecuencia de las mismas y nada más— esto sí que era más cierto.
Estas palabras querían decir que no había querido salvarla si no que, simplemente, quiso partir la flecha y acabar con el último kaizoku que quedaba en pie, o vivo, aunque era lo mismo de las dos formas. Pero Devil Robin no parecía muy molesta con esta perla de realidad y continuaba volando con las mismas intenciones.
—Pero igualmente me salvaste la vida— sigue siendo cierto—, ¿quieres recibir mi recompensa por haberlo hecho, kenshi-san?
Claro que Devil Robin no le dejó tiempo para que le ofreciera una respuesta si no que, sin aminorar la marcha, rodeó a Zoro para encontrarse cara a cara con él y propinarle un beso de esos que quitan la respiración. Aunque, en este en concreto viniendo de Devil Robin, resultaba ser cierto al ciento por ciento.
—Say my name and I will come, kenshi-san.
—¿Nani?
No podría decirse si esa pregunta era por lo que le había dicho Devil Robin o porque esta le había soltado y, aunque no lo hizo sobre el mar si no sobre la ciudad a la que le pretendía llevar, seguía siendo una caída desde una gran altura.
—Dí mi nombre y vendré, kenshi-san— le tradujo Devil Robin sin perder su maliciosa sonrisa y guiándole un ojo mientras se despedía moviendo la mano.
Segundos más tarde, en el suelo de la ciudad, Zoro aterrizó de una manera no muy elegante, o segura, llegando a hacer un gran agujero a causa del impacto a pesar de que el suelo fuera de puro adoquín reforzado. El impacto asustó a la gente que se encontraba por la zona y algunos de ellos, los más valientes, se atrevieron a acercarse para comprobar qué había sido eso.
—¡Shimatta!— maldijo Zoro mientras se arrastraba fuera del agujero que él mismo hizo con su caída—. ¡Maldita onna! Como si fuera a llamarla luego de esto.
—Oi, ¿te encuentras bien?— le preguntó un concienzudo ciudadano al ver como se asomaba Zoro en el agujero—. Espera que te echo una mano… o mejor ayudo a tu amigo para que no tengas que arrastrarlo del pelo— dijo al ver la mano de Zoro agarrando por el pelo a otra persona.
—Para mí como si no existiese porque como la vuelva a ver…— al salir del agujero la mano que le ofrecía aquel tipo se retrajo al ver que no estaba tirando de una persona si no que se trataba solamente de una cabeza… ¡decapitada! Y la mirada asesina que se gastaba Zoro en estos momentos tampoco jugaba a su favor. El pánico se formó en la calle con gente gritando y corriendo para alejarse de Zoro que recogía la segunda cabeza que se le había escapado—. Nunca me escucharán decir el nombre de Devil Robin…— dijo al tiempo que trataba de poner en orden sus molidos huesos.
—¿Llamabas, kenshi-san?— preguntó una voz a espaldas de Zoro.
Había dicho su nombre, ¿verdad? Sí, lo había dicho y la culpa era toda suya por no darse cuenta de que estaba diciendo su nombre aunque su intención no hubiera sido el decirlo… ¿o no?
—No, no lo hacía— respondió endureciendo su mirada pero sin volverse para evitar el tener que encararla.
—Pues yo juraría que lo he oído salir de tus labios, kenshi-san— le replicó con una sonrisa en sus labios que no podía ver Zoro—. Además que has hecho bien puesto que aún me quedaba el llevarte hasta el cuartel más cercano de la Marina para que puedas cobrarte esas cabezas que llevas ahí además de que te muestre una katana que le sentará muy bien a tu diestro brazo.
¿Y cómo iba a poder contradecir todo eso si era la pura verdad? Pues sin hacerlo, tragarse el orgullo y continuar como si nada hubiera sucedido.
—¿Y a qué esperas? Indícame el camino de una vez— bramó Zoro.
—Claro que sí— pero ella no se movió en absoluto si no que se cruzó de brazos mientras recorría la figura de Zoro en toda su complejidad—. Vuelve a pedírmelo pero diciendo mi nombre.
Esto sí que logró que Zoro se volviera hacia Devil Robin pero, por lo menos por su mirada y actitud, no tenía pensado ceder a sus pretensiones. Claro que, de no hacerlo, ¿cuánto tiempo tardaría en encontrar esos dos lugares? Además se le haría tarde y tendrá que pasar la noche en la ciudad… ¿ciudad?
—¿En qué ciudad estamos?— ¿y por qué lo dijo incluyéndola a ella también como si estuvieran juntos en todo esto?
—Su nombre es Loguetown— le respondió antes de humedecerse los labios en un gesto de lo más sensual—. ¿Ves? No es tan difícil el decir un nombre.
Zoro llegó a la conclusión de que tampoco era para tanto y que lo único que estaba logrando con todo esto era perder un valioso tiempo que jamás se podrá recuperar.
—Indícame el camino, Devil Robin.
Claro que, como no se le especificó el tono a usar, más pareció como si la estuviera amenazando de muerte que pidiéndole un favor. En ocasiones resultaba muy difícil el distinguir ambas acciones viniendo de Zoro.
—Puedes llamarme Robin solamente— le ofreció Robin sin perder su sonrisa para luego empezar a ponerse en marcha—. Es por aquí. Puedes seguirme, kenshi-san.
No se partió los dientes al apretarlos porque eran bastante resistentes pero no estuvo muy lejos el que hubiera sucedido. Tenía valor para hacer que él la llamase por su nombre para que ella fuera luego y no dijera el de Zoro si no que siguió llamándole por el apodo que le puso de kenshi-san.
Solamente hasta que cobres la recompensa y consigas esa nueva katana. Si no puedes soportarlo, ¿para qué tanto entrenamiento? Tú síguela y pronto acabará todo esto.
Claro que, para seguirla, caminando tras ella, resultaba bastante complicado el que la mirada no cayese al fluido movimiento que realizaban aquellas caderas al caminar dándole una gran vida a su trasero que, enfundado en aquella minifalda, estaba tan marcado que incluso las manos se sentían atraídas a tocarlo. Acariciar aquel par de prietas nalgas de manera que se deslizasen entre ellas…
¡CÉNTRATE, BAKAYAROU! ¡Pero no en ella o en cualquier parte de su cuerpo! Claro que resultaba mucho más sencillo decirlo que hacerlo puesto que no podía perderla de vista. Pues céntrate en algo inocente, ¿en alguien que lleva "Devil" en su nombre? ¡Su cabello! No pasará nada si te centras en su melena oscura, ¿verdad? Solamente es una cascada de brillante azabache que…
—¡Shimatta!— farfulló Zoro para sí mismo.
—¿Decías, kenshi-san?— la voz de Robin sonaba demasiado inocente para ser cierta y más como si le estuviera provocando.
—Nada— se defendió Zoro—, pero me preguntaba cuánto más vamos a tardar.
—Bueno, considerando que ya llevamos unos cinco minutos en el cuartel de la Marina y estos están esperando a que les entregues las cabezas para poder comprobar su identidad… yo diría que unos momentos más, kenshi-san.
A pesar de la buena cantidad de berries que poseía ahora mismo Zoro no estaba muy contento que se diga y, como nunca antes, ansiaba por algo de beber y, si fuera posible, con la mayor graduación alcohólica que hubiera. De ahí que estuviera recorriendo las calles de Loguetown con un aura de asesina violencia que lograba que nadie se le acercara. Nadie con la excepción de…
—¿No es qué querías sustituir tus katana rotas, kenshi-san?— si tuviera sus tres katana era más que posible que acabase usándolas contra ella por lo que era mejor para su salud que dejara ese tema. Aunque, por la manera en que se le curvaba el extremo de sus labios, levantándosele, estaba bien claro que no iba a ser así—. Fíjate, un momento de elección se presenta ante ti— le dijo Robin señalando a una tienda de armas para luego señalar, más al fondo de la calle, un bar—. ¿Qué será, kenshi-san?
Ese último kenshi-san le dio el empujón necesario a Zoro que no dudó en entrar con paso firme a la armería con un peligroso brillo en su mirada que fue lo que echó para atrás al dueño de la tienda cuando abrió los ojos luego de darle la bienvenida a su tienda y se encontró con una bestia a punto de liberar sus colmillos.
—¡Puede llevarse lo que quiera pero no me mate!— gritó el dependiente alzando las manos al aire y pegándose contra la pared a su espalda. No se le podía culpar por llegar a dicha equivocación, ¿verdad?
La absurdez de la confusión podía haber sido suficiente para calmar a Zoro pero al escuchar las ligeras carcajadas de Robin dicha posibilidad se esfumó de la misma manera, y rapidez, en que lo haría dentro de poco la bebida que se tomará en el bar.
—Quiero comprar dos katana— dijo poniendo el dinero de la recompensa sobre la mesa. Cinco millones de berries. Ni que decir que el dependiente se rehizo al instante con la posibilidad de hacer una buenísima venta.
—Mi nombre es Ippon-Matsu y le estoy agradecido por haber elegido mi tienda para realizar su compra, señor. Le voy a mostrar…
—Esta es la que debes llevarte, kenshi-san— le interrumpió la voz de Robin que, a diferencia de las últimas intervenciones, carecía de esa tonalidad maliciosa aunque no había dejado atrás su peligrosidad—. Si te atreves… o puedes— añadió con una media sonrisa que le ofreció a Zoro cuando este se volvió hacia ella.
—¿Y tú quién diablos se supone que…?— los gritos, junto a la pregunta, que estaba diciendo Ippon-Matsu quedaron ahogados, y olvidados, al encontrarse con la figura de Devil Robin cuya mirada, si cabe, parecía igual de peligrosa como la que había visto previamente en Zoro. Eso y, sin olvidarse, de que tenía una figura que te dejaba sin habla.
Zoro entrecerró los ojos cuando se encontró con la katana que le estaba ofreciendo Robin y que había sacado del grupo de las de solamente cincuenta mil berries, segunda mano, por lo menos.
—En realidad no es segunda mano si no tercera— le dijo Robin, acentuando su sonrisa, antes de lanzarle la katana a Zoro—. Será una buena compañía para tu solitaria katana, kenshi-san. Créeme.
Ippon-Matsu palideció tanto por ver la katana que aquella muchacha había elegido para el kengou como la katana que este llevaba a su cintura porque si su vista no le engañaba, y en materia de katana nunca lo hacía, se trataba de una de las veintiuno O Wazamono cuyo nombre, tampoco equivocándose en ello, era Wadou Ichimonji. Estaba claro, para él, que Zoro debía manejar dos katana. Aquí sí se equivocó pero no se le podía culpar por ello.
—Esa katana no puedo vendértela— le aseguró Ippon-Matsu mostrándose de lo más nervioso, o angustiado—. Además de que tienes dinero suficiente para no tener que comprar de las de segunda mano.
Zoro, por supuesto, ni caso le hacía ya que estaba muy centrado en esta nueva katana que desenvainó para ser recibido por un filo que susurraba peligro. Había algo en la katana que no se encontraba en las demás y Zoro solamente podía llegar a una conclusión.
—¿Qué te parece la katana, kenshi-san?— le preguntó Robin casi incapaz de contener su interés.
—Oi, ¿qué no acabo de dejar claro que no puedo, ni voy, a vendérsela?— preguntó Ippon-Matsu pasando del nerviosismo al enfado por ser ignorado con tanto descaro.
Y siguió siendo ignorado.
—Al final resultará que fue una excelente idea el que aceptara tu invitación para que me buscases unas katana— si eso era un cumplido era uno made in Zoro porque mejor, en teoría, no podría darse.
—¡HE DICHO QUE NO VOY A VENDÉRTELA!— anunció Ippon-Matsu a voz en grito.
Finalmente captó la atención de la pareja que volvieron su atención en la, ahora mismo, cohibida figura del dependiente que, a pesar de encontrarse en su propia tienda, se sentía en zona sumamente peligrosa para su salud.
—¿Y eso por qué?— preguntó, o amenazó más bien, Zoro con una mirada de esas que te hacían adelantar la escritura de tu testamento.
Ahora sí que se sentía realmente cohibido.
—Porque… bueno, es que yo… no puedo… porque…
—Está maldita— Zoro zanjó los balbuceos de Ippon-Matsu directamente.
Decir que el dependiente se sorprendió resultaba inncesario.
—¿Ya lo sabías?— preguntó asombrado para luego mudar a consternado—. ¿Y aún así quieres comprarla?
—No lo sabía— respondió Zoro admirando aquella peligrosa hoja afilada.
—Yo sí— la sonrisa de Robin dejaba clara su superioridad en este tema.
Por supuesto que Ippon-Matsu no se tomó aquella revelación con tranquilidad.
—¿Y aún así quieres que se la compre? Debes saber entonces que tanto esta katana, Sandai Kitetsu, como sus otras dos hermanas, Nidai Kitetsu y Shodai Kitetsu, cargan con una maldición que lleva a aquellos que se atreven a empuñarlas a terminar con una muerte horrible y sangrienta— le contó Ippon-Matsu con la esperanza de que Zoro entrase en razón.
—Muy bien— el alivio que sintió Ippon-Matsu contrastaba con la decepción de Robin al escuchar como Zoro iba a dejar pasar a Sandai Kitetsu por algo tan nimio como una maldición. ¿Si al final todo el mundo se va a morir qué importa el cómo suceda? Esta era una línea de los pensamientos de Robin—, comprobaré que es más poderosa si mi suerte o esta maldición.
Antes de que tanto Ippon-Matsu como Robin pudieran pararse a pensar a qué se podía estar refiriendo Zoro este lanzó hacia arriba a Sandai Kitetsu para luego levantar su brazo izquierdo y estirarlo en perpendicular con su propio cuerpo. Cerrando los ojos dejó que lo que sucediera sucediese.
No podía ser verdad. Si el negocio ya iba renqueante por culpa del cuartel de la Marina presente en la ciudad, y que no hacía más que apresar a cuanto kaizoku que fuera tan baka por tratar de comprar suministros en esta ciudad, ahora por culpa de este kengou le iban a cerrar el negocio. Resultará irrelevante el que les diga que fue el propio kengou quien decidió cometer la locura de probarse contra la katana jugándose un brazo que acabó siendo sesgado con suma facilidad debido a lo afilada que se encuentra el filo de Sandai Kitetsu y… ¿no debería haber sucedido algo a estas alturas?
Ippon-Matsu abrió los ojos, sin recordar el momento en que los había cerrado, para encontrarse con que la katana, en verdad, había cortado algo pero, para su sorpresa, no fue el brazo de aquel kengou si no el suelo donde acabó ensartándose. También se fijó en que aquella muchacha, tan peligrosa como sensual, se encontraba temblando con sus ojos completamente abiertos, además de tener entreabiertos sus labios. ¿Es qué lo había visto todo? Ciertamente eso es lo que parecía en verdad y, por eso mismo, no era de extrañar el gesto en su rostro.
—Me la llevo— sentenció Zoro con una mueca, más que sonrisa, totalmente diabólica en su rostro.
No podía creerse lo que no había visto pero había sucedido. Aquel tipo había logrado mantener su brazo y superado la maldición de Sandai Kitetsu. Ciertamente había tiempo que Ippon-Matsu no veía un kengou con semejante espíritu. Y pensar que en lo único que se le había pasado por la cabeza era en hacer un buen negocio con él vendiéndole unas katana.
—¡Espera un momento!— le dijo antes de salir corriendo a la trastienda.
Zoro prácticamente ni le prestó atención volviéndose hacia Robin mientras enfundaba a Sandai Kitetsu y la colocaba junto a su katana en el haramaki verde.
—En verdad sabes lo que te hacías trayéndome aquí— le cumplimentó como no podía ser menos—. Podrías buscarme una segunda para poder ir a celebrarlo a lo grande.
Robin era incapaz de pronunciar ni una sola mísera palabra.
—Esta es Yubashiri— anunció Ippon-Matsu regresando tras el mostrador y colocando sobre el mismo dicha katana en su soporte—. Es una katana con empuñadura de laca y hoja corta pero muy afilada…
—Cóbrate— le interrumpió Robin colocando sobre la mesa el maletín con la recompensa que se había cobrado Zoro apenas unos minutos antes y que se abrió dejando a la vista la ingente cantidad de billetes de los que Robin se llevó una buena cantidad que agarró con una mano mientras que con la otra se agarró a Zoro arrastrándolo, o casi, fuera de la tienda.
—¡Oi, qué pensaba regalarle la katana por haber demostrado que es un verdadero kenshi y…!
—¡Cierra esa bocaza!— le interrumpió la esposa de Ippon-Matsu arreándole una cachetada en la cabeza—. Si a la chica le apetece pagar para que te calles porque tiene prisa, ¿quién eres tú para decir lo contrario?— dijo mientras recogía el maletín con los millones—. Ciertamente ha sido la mejor venta en años.
Aunque, ciertamente, se trataba de una venta para Ippon-Matsu no se lo pareció porque había algo en aquel kengou que iba más allá de querer comprarse dos katana más para acompañar a la excelente meitou Wadou Ichimonji, una de las 21 Ō Wazamono existentes en todo el mundo.
¡Un momento! ¿Tres katana? ¿Y no tenía también un haramaki verde?
—¡Ese tipo era Roronoa Zoro!
Ajeno a lo que dejaban atrás en la tienda, Zoro se veía siendo arrastrado por Robin sin ningún tipo de consideración por su parte.
—¡Oi, qué el bar estaba en la otra dirección!— se quejó Zoro viendo como dicho bar se iba quedando atrás hasta que desapareció de la vista—. ¿Se puede saber a dónde vas tú ahora?— aunque sería mejor decir a dónde les llevaba.
Robin siguió sin decir palabra hasta que los metió en una casa que resultó ser…
—Una habitación— dijo Robin, tirándole algo del dinero al tipo que se encontraba tras el mostrador del pequeño motel, sin llegar a detenerse para arrastrar escaleras arriba a Zoro.
—¡Un momento!— le gritó el conserje casi saltando por encima del mostrador aunque solamente se quedó en tumbarse encima—. Tengo que entregarles una llave… ¿y cómo sabré en que cuarto se encuentran?— el sonido de una puerta, por el mismo uno diría que la habían arrancado de los goznes, fue toda la respuesta que necesitaba—. Por lo menos han pagado de más… ahora solamente espero que no tenga que usar el dinero extra en pagar los destrozos que causen esos dos. Por lo que me imagino una nueva cama estará a la orden del día.
A pesar de haber arrancado la puerta Robin no tuvo ningún problema en volverla colocar en su sitio, y que se mantuviera cerrada como si nunca la hubieran roto. Tal vez bajo la premisa de si no le das notoriedad pues no existe y, por tanto, no está rota. Y así fue porque toda la atención de Robin se encontraba en un único lugar, en toda su extensión.
—¿A qué viene todo est-…?
La pregunta, porque no podría definirse como queja ya que hay que ser bastante cerrado para no aceptar lo que se te está entregando, fue interrumpida por los labios de Robin cubriendo los de Zoro mientras sus cuerpos llegaron a entrar en total contacto. La fuerza empleada, como su intensidad, llevaron a lograr que Zoro tuviera que retroceder hasta acabar junto a la cama del cuarto. Mientras sus manos recorrían aquella amplia espalda y sus dedos se perdían en el cabello de Zoro, Robin se subió a él sujetándose con ambas piernas a la cintura del kengou. Todo sin dejar de besarse por un ínfimo instante.
Varias manos, salidas de alguna parte, le quitaron las katana a Zoro lanzándolas a la otra parte del cuarto en donde otras manos (en serio, ¿de dónde salían?) las recogieron para dejarlas a salvo sobre la cómoda, de manera que Robin estaba libre para poder quitarle la camiseta a Zoro aunque, realmente, lo que hizo fue arrancándosela sin ningún tipo de miramientos. A diferencia del corsé de Robin que, luego de deshacer el nudo del cordón, lo dejó caer de sus brazos deslizándose hasta el suelo de manera que ambos se encontraron medio desnudos… e incapaz de dejar de besarse. Claro que querían mucho más, y por el enorme bulto que Robin sentía en la entrepierna de Zoro era algo que ambos iban a conseguir.
Su lengua marcó una zona palpitante en el cuello del kengou pero solamente fueron sus labios quienes lo probaron porque, cuando sus resplandecientes colmillos se encontraron a milímetros de perforar aquella salada piel fueron los dientes de Zoro quienes mordieron primero en el cuello de Robin logrando sacarle un sorprendido gemido de placer. Cuando su espalda se encontró contra el colchón de la cama sus manos ya no eran suficientes, y decir eso de alguien que podía hacer florecer miles de ellas era decir mucho.
Zoro cubría el cuerpo de Robin mientras sus manos lo recorrían disfrutando de aquellas largas piernas que semejaban interminables de igual manera en que se centró en sus brazos, sus hombros y bajando desde ellos acabar en sus manos. Juntándolas, palma contra palma luego se las ofreció a sí mismo para besárselas. Fue un gesto que cogió completamente por sorpresa a Robin, y no era algo que le sucediera muy a menudo. Claro que luego de haberse sobreexcitado en la tienda de armas viendo como Zoro había puesto en juego, no solamente su brazo, si no el sueño que ansiaba alcanzar gracias a él, resulta del todo esclarecedor el que un kenshi se pueda a exponer a la pérdida de un brazo.
¿Alguien tan violento podía llegar a ser dulce y cuidadoso en sus acciones? Uno podría responder que no, sobre todo viendo de lo que es capaz de hacer, pero debería rendirse a las evidencias viendo su comportamiento en estos momentos. Robin se sorprendió al darse cuenta de que no pensaba sobre sí misma si no que lo hacía de Zoro. Lo que era algo de lo más absurdo porque, de los dos, si había alguien violento y peligroso no era el kengou, el humano.
Una de aquellas manos acariciaba la frontera de sus pechos provocándole crecientes sensaciones que necesitaba completar pero que, en su lugar, se complementaban con los besos con la que estaba llenándole todo su cuerpo. Bajó por su cuello, luego de habérselo marcado, y se dirigió a sus clavículas subiendo y cayendo por sus hombros. Finalmente la mano se internó sobre el pecho acariciándoselo pero sin llegar a rozar siquiera la zona de sus aureolas por lo que sus pezones se quedaron ansiosos por algo de atención al sentir toda aquella creciente excitación.
—Uh, sí…— susurró al sentir aquellos labios recorriendo su pecho mientras una mano la acariciaba entre ellos—, kenshi-san.
La tensión crecía al tiempo en que los besos, y las succiones de sus labios, iban dejando sin zona marcada en los pechos hasta que solamente quedaban, como zona virgen, los pezones de Robin.
Lentos movimientos circulares realizados con la punta de su lengua resultaron ser como descargas eléctricas enviadas desde sus pezones al resto del cuerpo de Robin lográndola hacer gemir de gusto. Era intenso, tanto pero, a pesar de ello o, precisamente, por ello Robin necesitaba más. Mucho más.
—¡Sí!— espetó cuando el pezón fue atrapado por aquellos labios para que luego se deslizasen sobre el pecho para acabar con una buena porción en la boca y se la empezase a chupar. La succión resultaba enloquecedora—. No pares, kenshi-san. Sigue así… sí, así… me gusta mucho…
Las intenciones de Robin quedaron totalmente claras, si es que no lo estaban ya, cuando Zoro descendió por aquel sinuoso cuerpo hasta superar el ombligo, al que su lengua provocó, para alcanzar la minifalda. Botón desabrochado y cremallera bajada fue lo único necesario para que Robin se dejase quitar dicha prenda, facilitándole a Zoro la acción con todo el gusto.
—¿Rosa?— no pudo evitar señalar Zoro, o se le escapó, al ver el diminuto tanga de encaje que llevaba puesto Robin.
Se la veía sensualmente adorable con aquel color.
La mano de Zoro que había estado descansando sobre el vientre de Robin, mientras se lo acariciaba con lentos movimientos circulares, descendió para acariciarle las piernas. Aquellos muslos torneados se encontraban cálidos al tacto y te obligaban a centrarte en ellos, sobre todo porque el resto de la pierna estaba oculto bajo unas botas altas, moviéndose hacia el interior de sus muslos llegando a rozarle aquella diminuta prenda íntima de color rosa.
—Kenshi-san…— el tono de voz de Robin era de pura necesidad. Deseo de sentir las acciones de Zoro en esa zona oculta de su cuerpo. Y no, no se refiere a sus piernas, aunque no le diría que no a un buen masaje en sus pies, por supuesto—, onegai.
Cuando la mano de Zoro, quien estaba colocado estratégicamente entre las piernas abiertas que Robin le ofreció, cubrió aquel tanga, y por tanto el sexo de Robin, le arrancó un gemido de gusto al comprobar lo intensamente excitada que se encontraba. ¿Con tan solo las acciones previas estaba en tan alto estado de excitación? No tan solo debido a ellas si no que todo había comenzado en la tienda de armas cuando vio a Zoro jugarse su brazo, su sueño y, por tanto, su vida, ante una katana maldita. Se sintió totalmente sobrecogida por aquel acto y, sin lugar a dudas, excitadísima de tal manera que tenía que poseerlo… ¡en cuerpo y alma!
Otro gemido se escapó de sus labios cuando, aún por encima de la tela de su tanga, aquella mano se frotó contra su ya excitado y erecto clítoris. Había algo que se debería saber acerca, no concretamente del clítoris de Robin si no en general, del sexo para una diablesa ya que el sexo es considerado, a partes iguales, tanto una muestra de amor como algo pecaminoso, lo que resultaba a todas luces irónico. En Robin el sexo la dejaba, prácticamente, indefensa ante sus deseos y sensaciones puesto que estas las recibe con una intensidad tan alta que a una mujer humana la deshidrataría, le desgarraría la garganta y la partiría en dos. Y ni qué decir de lo que le sucedería a su compañero de cama…
¡Eso último era importante! Pero cuando sintió la húmeda lengua de Zoro lamerle la humedad de su tanga todo raciocinio voló de la mente de Robin siendo el deseo de hacerlo con el kengou lo único que dirigía sus acciones.
Tumbaba boca arriba Robin vería el techo si no fuera porque tenía un brazo cubriéndose los ojos mientras su otra mano se dedicaba a masajearse los pechos y sus pezones erectos. No recordaba cuanto tiempo hacía de la última vez que se había sentido así pero no podía dejarlo pasar sin retener cada una de las imágenes para conectarlas con las intensas sensaciones que estaba viviendo. Apartando el brazo bajó la vista para ver, tras sus pechos, a Zoro con la cabeza medio oculta entre sus piernas mientras le lamía la zona de su sexo… a pesar de todo esto nada la preparó para cuando sintió el contacto directo de aquella lengua sobre sus labios recorriendo su sexo.
—¡Oh, joder!— y nunca mejor dicho—. ¡Sí, no pares!— ¿realmente podría pensar en parar lo que estaba haciéndole Zoro? Eso sí que sería déficit de atención—. ¡Qué bien se siente!
La respiración de Robin se recargó y se hizo más grave y profunda y la espera tortuosa al sentir aquella lengua acercarse a su clítoris para, solamente, moverse a su alrededor pero sin llegar a entrar en contacto directo. La expectación no hacía más que crecer, como su excitación, por lo que, cuando se lo lamió no fue de extrañar el "¡Kenshi-san!" que espetó Robin. A continuación fue una mezcolanza de gemidos y monosílabos mientras le instaba a continuar. Incluso hubo momentos, cuando le succionaba el clítoris, que perdía por completo la capacidad de habla.
Levantándole una pierna, bien separada para dejar una buena vista de la entrepierna de Robin, y apartando el tanga aunque sin llegar a quitárselo, Zoro continuó chupándole y lamiéndole el sexo junto a un poco de penetración digital. Y lo de digital era porque le metió un dedo en su interior moviéndolo con un ritmo pausado y tortuoso. ¿Tendría algún significado que en primer lugar la hubiera penetrado con su dedo corazón?
La lengua torturaba el clítoris mientras su mano izquierda sobaba aquellos voluptuosos senos, y se provocaba agradables escalofríos al pasar la palma por aquellos pezones erectos que parecían poder llegar a cortársela, y ya la penetraba con dos dedos, corazón y anular. La espalda de Robin se arqueaba facilitándole las acciones sobre su sexo a Zoro que no tardó mucho en introducirle un tercer dedo, su índice, para llevar su técnica de lucha con tres katana al sexo con tres dedos.
Las manos de Robin se encontraban agarrando las sábanas y haciendo fuerza para levantar la espalda del colchón, ayudada por sus pies que estaban firmemente colocados sobre dicho colchón. Finalmente tuvo que dejar caer la parte superior de su espalda, justo la zona de sus omoplatos, bajo el cuello, para hacer fuerza al sentir la enorme marea que brotó de su bajo vientre cuando Zoro la hizo alcanzar su clímax.
Nunca un sonido describió antes el significado de un orgasmo como el que brotó de los labios de Robin aunque, a pesar de haber sido dicho en un susurro entre aquellas piernas calientes y tensas en los instantes previos al clímax, como consecuencia, casi directo, a la palabra que susurró Zoro. Más que palabra, un nombre.
—Robin…
—¡ZORO!— gimió Robin en pleno éxtasis de placer mientras sus jugos se desbordaban dando de beber a un Zoro sediento que se merecía un buen trago luego de su buen hacer y, a falta de bar, bien estaba el orgasmo de Robin.
Todo el cuerpo de Robin cayó sobre la cama mientras trataba de controlar su, no podía ser de otra manera, descontrolada respiración para volver al presente cuando sintió a Zoro bebiéndose sus jugos con ansia y avidez. Acción que logró, esa boca debería ser considerada un tesoro nacional, que Robin tuviera otro orgasmo.
—Joder, joder, joder— era la letanía de Robin entre fuertes jadeos—. Ha sido…— intenso, indescriptible, asombroso.
Con su mente embotada en estas sensaciones Robin logró imponerse sobre Zoro de manera que ahora era él quien se encontraba boca arriba sobre la cama aunque, por la situación en la que se encontraba previamente, casi podría sentarse al pie de la cama. Claro que eso le venía bien para las intenciones de Robin que, a pesar de sus temblorosas piernas, logró ponerse en pie sobre Zoro y quitarle el pantalón. Por fortuna en esta ocasión la prenda de ropa no sufrió el mismo destino que la camiseta de Zoro y solamente fue removida y dejada en el suelo una vez logrado quitarla de en medio. Y no solamente fue el pantalón si no que también lo fue la ropa interior de Zoro puesto que Robin se vio ante la completa erección del sexo del kengou. A no ser que, desde un principio, no hubiera estado llevando ropa interior. Un pensamiento para más tarde y a tener en cuenta por parte de Robin, aunque no cuando estuviera llevando minifaldas.
Su mano se cerró sobre la erección de Zoro y tuvo que tragar sonoramente cuando su mano fue incapaz de rodear completamente su miembro, además de toda aquella cantidad que sobresalía de la mano y que ni usando la otra podría coger por completo. Y lo supo porque no tardó en llevar a cabo dicha acción.
Ella era Devil Robin (conocida como Akuma no Ko debido a su juventud, a pesar de que, para los humanos, tendría siglos de vida como por su antigüedad y otras cuestiones, el que Ko también significase pecado podría indicar dicho camino…) y no se arrodillaba ante nadie, ni siquiera ante un buen sexo que llevarse a la boca. Otra cosa es que se inclinase sobre él pero si esto resulta malo para la espalda… ¿quién piensa en ello cuando se tiene una polla en la boca?
La imagen de Robin chupándosela, obviamente, resultaba muy erótica pero lo que la hacía sublime era como su larga melena no dejaba de actuar como cortina medio ocultando la acción. Eso y que el gesto que hacía para apartarse el pelo resultaba muy sensual. Pensar en pequeños detalles de sensualidad y erotismo en medio de una acción puramente lujuriosa y sexual denotaba algo especial en esta pareja. Como Robin levantó lo suficiente la mirada para ver la reacción de Zoro cuando se metió todo lo que podía llegar a tragarse de aquel enorme falo. No le había considerado de los que hablan sucio en estos momentos y acertó al comprobar como Zoro parecía más una bestia salvaje. Y Robin había visto a todo tipo de bestias copulando para saber de lo que hablaba. No se la podía culpar porque quién no tendría curiosidad por ver cómo se lo monta una esfinge con un pobre desdichado al que le apeteció follarse.
Sin dejar de chupársela, bueno, sí dejando de chupársela pero no parando de frotársela usando la mano, Robin se subió a la cama para tumbarse sobre ella como si pretendiera acomodar la cabeza en el regazo de Zoro aunque, de dicha idea, solamente era cierta ¿la mitada? puesto que lo que hizo fue seguir chupándosela mientras se encontraba tumbada boca abajo sobre la cama.
La nueva postura le permitió a Zoro acariciarle la espalda a Robin, además de hacer lo propio, pero con una delicadeza que no respondía a alguien con semejante presencia de monstruo y oni que se gastaba el kengou, sobre las, en apariencia, frágiles alas de Robin. Alas que se plegaban y desplegaban siguiendo el camino de aquellos dedos para luego quedar replegadas cuando la mano de Zoro recorrió toda la espalda y cruzó la frontera para alcanzar las nalgas del prieto y bien torneado culo de Robin.
—¡Joder!— soltó Zoro inesperadamente cuando Robin se tragó la polla del kengou y la mantuvo en el interior de su boca sin dejar de succionársela hasta el límite de su aguante.
Por supuesto que haber logrado sacarle algo más que aquellos excitantes gruñidos salvajes levantó algo más que el ego a Robin claro que, como debía haberse esperado, se trataba de una acción que no iba a pasar sin recibir su propia reacción.
—¡Iaaah!— gimió Robin cuando sintió la mano de Zoro cruzar la zona entre sus nalgas con su dedo corazón como avanzadilla. Pasó por encima de su ano pero se introdujo, junto al dedo corazón, de regreso al húmedo sexo de la diablesa—. Fuck!— esa era para devolvérsela pero con eso, simplemente, habrían quedado igualados—. ¡Sainte Merde!
El exclamativo grito de Robin se debió como reacción al sentir el pulgar de Zoro introduciéndose en su ano para luego empezar a ser penetrada con esos tres dedos tanto analmente como vaginalmente.
Y lo estaba disfrutando.
Claro que, al mismo tiempo, Zoro la estaba superando en hacerla disfrutar más que ella a él, a pesar de que estuviera disfrutando del buen hacer de su boca. Claro que no se podía comparar el haber logrado que le saliera el líquido preseminal a que Zoro la hubiera hecho tener dos orgasmos y encontrarse en camino de uno más.
¿Cómo podía ser que a pesar de estarle chupándole polla y huevos además de masajeárselos con frenesí ella estuviera nuevamente ante el abismo de un nuevo orgasmo mientras que Zoro ni siquiera se acercaba al suyo? Estaba claro que iba a tener que esforzarse más y subir un nivel porque, como buen kenshi, tiene que tener un excelente autocontrol y serenidad. Aunque era algo bueno, incluso en materia sexual, resultaba un engorro cuando te encuentras intentado darle sus merecidos orgasmos.
Cogiéndole de la muñeca le obligó a que le quitara aquellos, benditos, dedos del interior de su cuerpo para poder colocarse a horcajadas sobre él y, dirigiendo con cuidado su miembro, introducírselo con sumo cuidado. Esto ya era otra cosa. Ahora mismo tenía el completo control de la situación, de los cuerpos de ambos y de sus futuros orgasmos.
Robin estaba al mando y se lo iba a demostrar.
Con la palma de sus manos descansando sobre el cuerpo de Zoro, recorriendo con gusto su torso delineando cada uno de sus músculos, Robin empezó a moverse marcando el ritmo a seguir, uno en el que ella siguiese teniendo el control pero ella también sufría las mismas sensaciones que quería provocarle al kenshi por lo que era un juego de doble filo que empezó a decantarse, nuevamente y sin poder evitarlo, al lado de Zoro. Sus manos acariciaron el cuerpo de Robin, incluso se atrevió a provocar a su clítoris mientras su otra mano ascendió con controlada candencia siguiendo, y tenía nervio para ello, el ritmo de Robin. abandonando su clítoris, sin saber Robin si era algo bueno o malo, empezó a jugar con sus generosos pechos y logrando hacerla gemir mientras que ella, a todo lo que llegó, fue a que se le agravase la respiración.
No podía evitar sentir sensaciones encontradas.
Claro que todo pareció ir cuesta abajo, para Robin, cuando las manos de Zoro, luego de haber dado buena cuenta de aquellos pechos, rodaron hasta sus caderas para terminar por asentarse en su trasero al que se agarró como si la vida le fuera en ello. Y por la manera en que empezó a acompañar los movimientos de Robin pareciera que así fuera. ¡El muy… pretendía tomar el control! Y aunque se sentía delicioso Robin no podía permitirlo, no cuando podía sentir como se estaba acercando a un nuevo clímax.
¡Lograré que se venga primero como mi nombre es Robin!
Media docena de brazos surgieron a ambos lados de Zoro para agarrarle por las muñecas y apartarle sus manos del trasero de Robin. Sin oponer resistencia, o aún lo suficientemente sorprendido por lo que sucedía para poder hacerlo, Zoro se encontró con sus brazos colocados sobre su cabeza e inmovilizados por una docena de brazos extra con la obvia intención de impedirle tocar el cuerpo de Robin.
Hablando de la cual se inclinó sobre el cuerpo sudoroso de Zoro, siempre sin dejar de realizar los movimientos sobre el miembro del kenshi, para volver a besarlo y saborearle nuevamente. Inundarse del aroma de su cuerpo mezclándose con el suyo propio y sus pechos apretándose con firmeza mientras se restregaban contra el torso de Zoro. A pesar de ser ella quien se encontraba con el control de la situación, y viendo que Zoro empezaba a perder su autocontrol, no tenía ninguna duda de que sería ella quien acabaría por venirse en primer lugar… ¿venirse? Una idea le vino a la cabeza pero con el peligro del resultado obtenido la primera vez. Claro que, sin más salida, ¿qué tenía que perder?
Sus labios se separaron de los de Zoro, no sin antes morderle el inferior clavándole los colmillos lo suficiente para llegar a atravesarle la piel y poder saborear su sangre que, más que caliente, parecía estar a punto de ebullición. Recorriendo la línea de su mandíbula aquellos labios tentadores alcanzaron la oreja de Zoro llegando a atrapar su lóbulo entre los dientes para mordisqueárselo todo mientras emitía los sonidos, gemidos, más sensuales y eróticos jamás pronunciados. Cuando parecía que dicha tortura había llegado a su fin acercó los labios al oído de Zoro y susurró… su nombre.
—Zoro…
Fue como si le hubiera alcanzado un rayo a Zoro que hizo la fuerza justa para lograr liberarse de la presa con la que Robin le mantenía sujeto y, una vez en completa libertad, cambió sus posturas dejando a Robin boca arriba sobre la cama aunque sus piernas, vete tú a saber si por dicho movimiento o qué, se encontraban descansando sobre los hombros del kenshi mientras este empezó a penetrarle con los tres elementos clave. Intensidad, profundidad y rapidez. Robin se encontró desbordada por todas aquellas oleadas de placer que le arrancaban gemidos sin que nada pudiera hacer para impedirlo aunque, si su mente fuera consciente de lo que sucedía fuera de las sensaciones de su cuerpo, podría haber llegado a escuchar los jadeos violentos que emitía Zoro. Entonces todo sucedió rápidamente…
—¡Robin!— rugió Zoro al tiempo que alcanzaba su clímax y liberaba toda su semilla con largas descargas que amenazaban con llenar el sexo de Robin. Hablando de la cual al sentir aquella explosión en su interior, y no hablamos solamente de su sexo, sintió como su clímax también fue liberado violentamente provocándole un fuerte espasmo que a punto estuvo de partirle la espalda por la manera en que se arqueó al tiempo que sus alas se desplegaron en toda su envergadura. Todo su cuerpo sufría estremecimientos que iban más allá del placer de la lujuria.
Era imposible. Era irreal… Joder, ¡era absurdo!
¿Era amor?
La mente sobrecargada de Robin no pudo si no hacerle una pregunta que, en el estado en que se encontraba, era más que posible que no se pudiera acordar de ella cuando volviera en sí misma.
¿Te has enamorado de este humano? ¿Tú? Tiene nombre, se recordó Robin. Cierto, perdóname, sarcasmo para sí misma de sí misma. ¿Te has enamorado de Roronoa Zoro?
Robin no tuvo necesidad de ofrecer una respuesta, ni en voz alta ni para sí misma. Lo único que necesitó fue el verse reflejado en aquellos ojos que la miraban desde lo alto y entonces la creación se estremeció.
Devil Robin sonrió de corazón.
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ENDorFin
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