Prólogo
-Sera como si nunca hubiese existido.
Mentira, aquello fue una pura blasfemia. Desde que él se fue, hace ya seis meses, mi vida es un infierno. Como, duermo, estudio… todo esto lo hago, pero la cuestión es: ¿Cómo lo hago? Charlie ya llevaba meses, desde que él se fue, preocupado por mi salud, tanto física como mental, incluso había considerado llevarme a un sicólogo. Ya me había hartado de vivir. Si no era con él, ¿Qué sentido tenía seguir adelante? Ninguno, a demás mis padres se preocupan demasiado, si yo ya no estuviera, se entristecerían, pero solo al principio, luego lo superarían. Jacob… él imprimo a Leah y aunque seguimos siendo amigos no es lo mismo. Ya no me necesita como antes. Y los demás, simplemente lo superaran. Mi muerte no iba a cambiar nada. Ahora me hallaba en mi habitación, tumbada boca arriba, pensando en diferentes maneras de suicidio. Sé que suena un tanto macabro, pero era lo que quería. En el limbo ya no sentiría dolor. No sentiría nada y eso era lo que yo ansiaba. Olvidarme de todo, en especial de él, mi demonio particular. Pase unas horas así, sumergida en mis pensamientos, cuando Charlie llamó a mi puerta.
-Pasa-le dije con voz neutra y monótona. Esta era mi nueva yo. Un zombi.
-Cariño, sé que esto no te va a gustar pero es lo mejor-dijo mi padre entrando en mi habitación, sentándose en el borde de la cama.
-¿Qué has hecho papá?-le pregunte con un poco de ansiedad. Yo no me quería ir de Forks, me gustaría pasar con él mis últimas horas. Deseé con todas mis fuerzas que fuese otra cosa.
-He llamado a un famoso sicólogo de Londres. Se llama Andreu Tomes y es especialista en casos como el tuyo hija-me dijo apenado, mirándome serio.
-¿No hablaras en serio? ¿Quieres que me mude a Londres a la consulta de un loquero?-dije chillando. Notaba que las lágrimas me iban a abordar de un momento a otro.
-Cariño, es lo mejor para ti. Allí seguramente podrás reponerte. Aquí hay muchas cosas que te recuerdan a…él –dijo con rabia contenida- pero allí no. Por eso creo que es lo mejor.
-Papá me quiero quedar aquí. Por favor no me obligues a marcharme de esta casa-le dije seria, pero a la vez suplicante.
-No me vale, que te vayas de casa, Isabella. Tu avión sale en dos horas. Así que ve preparando tu maleta-me dijo serio, más serio de lo que nunca le había visto y con un tono amenazante en su voz que no pedía réplica.
Cerró la puerta de un portazo, bajando ruidosamente las escaleras. Me deje caer en la cama sollozando. Al minuto una idea cruzo mi mente. Tal vez Charlie tuviese razón. Podría olvidarme de todo. Aquel doctor me haría olvidar. Un poco más alegre, cosa muy extraña en estos últimos meses, prepare mi maleta. Metí toda mi ropa, mi neceser de aseo personal, mi ipod,
mis discos, unas fotos de René y Charlie, y como no mis libros, incluso me metí un cofre pequeño, en el cual mi madre metía los colgantes, anillos y pulseras que me compraba. En todo caso me lo llevaba todo. Abrí un momento el cofre, rebuscando una cosa en especial. Al fondo, cogí un pequeño corazón de cristal. Lo observe con una expresión que ni yo misma supe reconocer en ese momento.
-Sera como si nunca hubieses existido-dije lanzando el corazón a la parte trasera del jardín.
Hay iba mi último recuerdo suyo…
Dos horas después, en el aeropuerto…
-Adiós papá-dije abrazando a Charlie.
-Te echare mucho de menos, Bella.
-Yo también, bueno he de irme-dije entrando en el avión.
-¡Escríbeme! ¡A mí y a René!-me grito despidiéndose con la mano.
-¡Lo hare!-le dije ya a lo lejos.
Y después de aquella despedida me dispuse a sentarme y dejarme llevar por la música de mi ipod, todo un invento.
Había unas siete horas de aquí a Londres, por lo que sería mejor dormir. No me di cuenta, pero en unos minutos de pensar aquello ya estaba en los brazos de Morfeo.
-Disculpe, señorita, ¿pero podría hacer el favor de quitarse de encima mío, para que me pueda levantar, sin tirarla?-me preguntó una voz masculina arrogante y musical, un raro conjunto pero era así.
-¡Oh, Dios! Discúlpeme, lo siento, no me di cuenta-dije sonrojándome como un tomate, bajando la mirada a mis pies.
-No se preocupe. Me llamo Adrian Miller, Encantado de conocerla señorita-dijo tendiéndome la mano.
-Isabella Swan, un placer-dije estrechándosela. No me había dado cuenta de cómo era hasta ese momento. Era realmente guapo, tanto como ellos. Su pelo era negro con mechas verdes oscuras, de unos grandes ojos verde esmeralda y tez pálida. Era alto, mediría uno ochenta y algo. Parecía realmente encantador.
-Bueno Isabella…
-Bella. No me gustan que me llamen Isabella-le dije cortándole.
-Entonces Bella, te ayudare a cargar tus maletas-se ofreció sonriendo.
-Muchas gracias pero no quiero ser molestia.
-No lo eres, eres mi primera amiga de Londres-me dijo risueño.
-Entonces he de suponer que tu eres mi primer amigo de aquí, ¿cierto?
-Cierto-me respondió con una sonrisa.
Adrian, me ayudo a llevar las maletas a un taxi y nos despedimos, pero antes como buenos amigos nos intercambiamos los números de los móviles. Así estaríamos en contacto. En verdad, aquel chico me había caído a las mil maravillas. Sería bueno que entablara amistad con gente de por aquí. En poco tiempo llegué a una gran mansión, rodeada de bosque. Era igualita a las de los años XVIII. Tenía unos grandes jardines con fuentes y flores a montones, incluso tenía árboles frutales. Vi que en el porche, me esperaba un hombre. Me acerqué él, al tiempo que veía sus fracciones. Era un hombre bastante mayor, de unos sesenta años, casi sin pelo y el poco que tenía era blanco por las canas, sus ojos eran azules y debajo de la nariz tenía un poblado bigote. Era rechoncho, es decir barrigudo y vestía traje con corbata. A primera vista me pareció una persona amable.
-Hola, tú debes de ser Isabella. Encantado yo soy Andreu Tomes y seré tu amigo, compañero, doctor y abuelo hasta que te mejores y quieras seguir aquí, como no-me dijo dándome una cálida sonrisa.
Este hombre ya me caía bien. Sin más dilación, comenzó mi nueva estancia y mi nueva vida.
