Sepia
Lograba escuchar aquellos susurros pasionales en los más efímeros sueños. Se aferraba con la totalidad de un deseo innato al aroma salado de su perfume masculino.
Aquella sonrisa difusa en medio de la lluvia. Las suaves manos de porcelana surcando con una ternura inmensa sus sonrosadas mejillas. Sus abrazos sumamente cálidos. Su adicción al hechizo de un baño de oro coronándolo con grácil elegancia cada verano.
Un beso en la frente y lágrimas desbordadas en medio de un tacto hermoso. El viento hacia de las suyas despeinándolo de cuando en cuando y a ella trayéndole un rubor carmín cada vez que el brillo de los iris se encontraban. Suele pensar continuamente que el color azul de aquellos ojos jamás sería igualado por la luna que silenciosamente alumbraba las olas del mar.
Estaba orgullosa, porque su bondad era inquebrantable tras esa pesada carga ceñida en el cada día. Lo observaba en secreto, porque tenía un carácter en ocasiones imprevisible. Juraría haberlo visto llorar por su soledad cada noche, levantándose con sutileza para recostarse a su lado, frente a las llamas de la fogata.
Y al abrir sus ojos, una brisa fría golpeaba sus costados. Solo la luz de la leña moribunda devorada con parsimonia en el fuego podía ser escuchada. El sueño fugaz se había ido. Pero nada detenía los destellos de la realidad, porque solo un par de segundos después se encontraría a su lado, tomando de la mano de Chizuru y entrelazando sus dedos aquellos que seguramente se sentirían más pequeños que los suyos, pero cálidos y embriagantes como un buen sake.
Acercaría sus labios hacia los de la pequeña, como una imperceptible travesura, la punta de su lengua se limitaría a saborear un tenue sabor a dango y luego percibir millones de esencias y sabores con cada latir. Tras separarse, el ritmo de su respiración estaría perfectamente acompasado mientras el viento se convertía en un testigo fiel de todo.
Y cuando el invierno llegara, caminarían por horas en el bosque, permitiendo que sus pies se hundieran en la nieve. Las espadas reposarían en un tronco hasta la mañana siguiente con su metal cubierto de escarcha y la agilidad obtenida les permitiría ser petirrojos que volaban en la tierra.
Buscarían la vieja casa abandonada a la que recurrían solo en invierno y sin pena harían el amor toda la noche. Y aunque pareciera una rutina, era un consenso susurrado al oído de toda la pasión, uno que excluía al mundo entero. En más de una ocasión, Hijikata-san sospechaba de ellos, delatándolos al mirar acusadoramente a Chizuru, pero siempre guardando la palabra para sí, incluso sonriendo pícaramente para ambos como un confidente prudente.
Sin embargo, se había ido hace tanto tiempo que sonaba como una vieja historia hecha leyenda. La promesa de su regreso era un fantasma en la niebla que caminaba por las hojas marchitas.
La cera de aquella vela se había desgastado tanto que la luz se había extinto.
Entonces, la danza en la copa de cada árbol y la nostálgica nieve cayendo en diminutas bolitas de algodón lucían carentes. Todo parecía centrado en una fotografía sepia guardada en la memoria.
Estoy un poco deprimida porque me quedaba la esperanza de que Saito sobreviviera hasta el final de Hakuouki, ahora, al no ser así, escribo de él para compensar mi tristeza. Espero les haya gustado (¡dejen reviews por favor!).
