Rebound


00. Prólogo

El mejor punto para iniciar esta historia, se sitúa doce años atrás, en mi primer día de escuela primaria. Si mi memoria no me falla, se trataba de una bonita mañana de otoño, con una fresca brisa que poco a poco se volvía más fría. En la entrada de la Escuela Primaria Tomoeda (la escuela pública de la ciudad donde nací) me encontraba yo abrigada por una sencilla pero bonita gabardina gris, que me llegaba poco arriba de las rodillas.

Desde siempre, he tenido el cabello de un negro azabache, muy intenso, muy espeso, muy lacio y muy largo. Las primeras tres características hacen que la coleta en la que lo llevo sujeto, sea muy oscura, muy gruesa y muy recta. La última descripción lo hace llegarme a la altura de la cintura. Una longitud considerable para tratarse de una simple niña de seis años. El color de mi cabello juega un curioso contraste con mi pálida piel, blanca con mejillas sonrosadas, y labios rojizos. Para enmarcar mejor mi rostro, mis padres (gracias a los genes) me han regalado unos ojos color gris claro, casi del mismo color que mi abrigo, el cual deja ver por debajo de él, la falda negra tableada, parte del uniforme escolar. Llevo también unas cortas calcetas blancas (con holanes que decoran mis tobillos) y zapato escolar negro. Un poco nerviosa, me acomodo el gorro de marinero (color blanco) que llevo en la cabeza.

-¿Emocionada por tu primer día? –pregunta mi madre, una mujer alta y delgada, de cabello corto y rojizo. Esta es la única diferencia que se puede notar entre ella y yo, pues tenemos el mismo tono de piel, el mismo color de ojos. A veces deseo que ese color rojo fuego fuese producto de una botella, para que de la idea de que es mi hermana mayor, pero desgraciadamente es natural.

Esta mañana, mientras sonrío por la felicidad que me inunda, mi madre mantiene una expresión de determinación en su rostro. Desde el día en que mis padres se divorciaron (hace dos años) el mundo profesional de mi madre gira entorno a su compañía, y su vida personal entorno a mí. Se le nota orgullosa, como si su única hija acabara de graduarse de Harvard con honores…

-Definitivamente –le respondo de manera alegre, aunque no admito que lo que más me emociona de dicho día es que ella esté allí conmigo. Después de volverse la única dueña de la compañía familiar (es CEO de una empresa de computadoras) le cuesta un poco más el poder estar conmigo. Y no la culpo, después de todo, gracias a ella tenemos donde vivir, qué comer. Se siente su ausencia, pero también se siente su esfuerzo por seguir presente en el día a día de su hija.

Y que hubiera estado conmigo en aquel primer día de primaria, hizo a mi yo de seis años sentirse como la niña más feliz de universo.

Aquella mañana, mi madre y yo conversamos durante un par de minutos, sentadas lado a lado en el auto, mientras mirábamos a los otros niños entrar a la escuela. Entonces, con un elegante movimiento de muñeca, mi madre comprobó la hora en su reloj, y anunció:

-Ya es hora. ¿Te veré en la noche para cenar? Mandaré un chofer a recogerte.

-Ten bonito día en la oficina, mamá –me despido de ella, mientras le doy un abrazo, y me apuro a salir del vehículo. La fresca brisa me golpea en el rostro y puedo sentir como me colorea las mejillas.

Escucho al auto arrancar y alejarse, mientras yo me adentro en el colegio, cruzando por el portón y caminando rumbo al patio principal, donde varios tableros anuncian los grupos de primer año. Me acerco a mirar las listas, buscando mi nombre.

Daidouji Tomoyo.

Daidouji Tomoyo.

Daidouji Tomoyo.

No tarde mucho en encontrarlo. Mi nombre es de los primeros en la lista del salón 2 del 1er grado. Así que después de mirar el plano de la escuela (colocado en el último pizarrón), localizo mi salón y me dirijo allí, con paso tranquilo.

¿Qué porqué esta historia comienza aquí, y porqué estoy contando todo esto?

Bueno, pues porque fue en ese día, cuando conocía a la que sería mi mejor amiga, durante estos últimos doce años.

Aquel primer día de escuela primaria, las clases habían sido aburridas, aunque como buena niña que era (o intentaba ser), me esforzaba en prestar atención a lo que explicaban los profesores. Sin embargo, me fue fácil distraerme en la lección de matemáticas, cuando vi como una pequeña goma de borrar fue empujada por accidente, del escritorio de mi compañera de clase, sentada a mi izquierda. Vi la goma rebotar un par de veces (tenía forma de un pequeño conejito blanco) y detenerse junto a mis pies. Me agaché y lo tomé, apurándome a mirar a la persona que lo había tirado por error, para devolverlo.

Se trataba de una niña de piel rosada, corto cabello castaño claro, sujeto en dos coletas adornadas con prendedores rojos, y unos enormes y hermosos ojos verdes. No pude evitar sonreírle, y ella me sonrió de vuelta. Le coloqué la goma de borrar en la palma de la mano, y me respondió con un alegre y dulce:

-Gracias.

Ese día compartimos nuestro primer almuerzo juntas, donde conversamos de cosas triviales. Su nombre resultó ser Kinomoto Sakura, y al igual que yo, tenía la ausencia de uno de sus padres en casa. Mientras que yo me encontraba creciendo con un padre inexistente debido al divorcio, ella vivía sin la presencia de su madre, quien había muerto hacía apenas dos años.

Desde entonces, todas las tardes que salíamos de la escuela, regresábamos a casa juntas, hasta que nos tocaba separarnos en el parque local, donde nos despedíamos alegremente, y prometíamos vernos al día siguiente.

Una semana después de nuestro primer encuentro, Sakura me invitó a comer a su casa, para conocer finalmente a su familia, de la que tanto me había hablado. El primero en presentarse fue el cabeza de clan: Kinomoto Fujitaka, profesor de arqueología de la Universidad de Tomoeda. Se trataba de un hombre alto y atlético, con el mismo cabello castaño claro que Sakura, aunque sus ojos eran color avellana. El segundo en hacer aparición, enredándose en los pies de mi mejor amiga, fue su mascota, Kero, un enorme gato atigrado de ojos color miel, demasiado consentido por todos los que vivían en aquella casa. Excepto por el tercer integrante de la familia…

Kinomoto Touya.

Si he de ser sincera, la primera vez que lo vi, sentí mariposas revolotear en mi estómago, y por un momento me quedé sin habla. Ahora que lo pienso, creo que hasta llegué a sonrojarme.

-Buenas noches, me llamo Daidouji Tomoyo –fue lo único que conseguí decir, mientras miraba al piso, realizando una exagerada reverencia, e intentaba enfocarme en el gato.

Touya era un muchacho cinco años mayor que Sakura y yo. Se encontraba en ese momento en su último año de primaria, una estrella imposible de alcanzar para una novata como yo. Era bastante alto para su edad, y al igual que su padre, tenía una complexión musculosa. Pronto descubrí que esto era debido a sus gustos por el futbol, basquetbol y prácticamente cualquier deporte que se jugase en la escuela.

Al igual que el resto de la familia, su cabello era castaño, aunque el suyo era un poco más oscuro. Del mismo modo que su padre, sus ojos eran avellana, y su piel un poco morena. Y a diferencia del resto de la familia, en su rostro había una constante expresión de seriedad, que le daba un aire maduro y atractivo.

Estuve enamorada de Touya Kinomoto durante casi cinco años, aunque fue solo el primero que resultó ser una verdadera tortura para mi persona, pues al toparme con él en la escuela, me era imposible saludarle. El solo verlo me hacía perder súbitamente la capacidad del habla. Hubo ocasiones en que inclusive me había sido necesario desviar mis pasos para alejarme de alguna zona donde él estuviera.

Sin embargo, al pasar a segundo grado, Touya se fue a la secundaria y yo pude relajarme un poco más durante mi estancia en el colegio. Aún solía verlo de vez en cuando, en aquellas ocasiones en las que ocurrían eventos en la primaria, y la familia de Sakura asistía a animarla, o cuando los fines de semana visitaba a mi mejor amiga en su casa. Pero aquello no me afectaba tanto ya. Después de todo, Sakura y yo permanecíamos la mayor parte del tiempo conversando en su habitación, y Touya rara vez se encontraba en casa, pues había comenzado a realizar diversos trabajos de medio tiempo.

En cuarto grado, las cosas dieron un giro aún mayor. Dos nuevos compañeros extranjeros se habían unido a nuestro grupo: Li Syaoran y Li Mei Lin, un par de primos provenientes de China. Mei Lin era una niña muy enérgica, de largo cabello negro y grandes ojos azabache, con una piel hermosamente bronceada, como el oro. Siempre estaba de buen humor y defendía a su primo, quien se avergonzaba de que una chica tuviese que cuidar de él. Syaoran, por su parte, era un niño un poco tímido, de cabello castaño oscuro y ojos cafés, también de piel morena. Era bueno en los deportes, y era bueno en lo académico, por lo que muy pronto se volvió una sensación en cualquier tipo de competencia, en la escuela.

Sensación que fue perdidamente atrapada por Sakura. Después de casi dos años de amistad, Syaoran finalmente se percató de sus sentimientos por mi mejor amiga, y con un poco de ayuda y apoyo de Mei Lin y yo, el niño finalmente pudo confesar sus sentimientos. Una declaración un poco falta de tacto, pero muy especial, a fin de cuentas.

De toda la vida, Sakura ha sido un poco lenta para asuntos del corazón. Durante todos los años que llevaba ya de conocerla, nunca se había percatado de que poco a poco despertaba los sentimientos de los niños. Con Syaoran no fue la excepción, y le tomó un poco de tiempo el darse cuenta de que ella también tenía sentimientos por él. Sin embargo, para cuando el quinto año estaba por terminar, Sakura y Syaoran ya eran novios.

Aquel verano, no pude evitar pensar en aquel sentimiento que tenía por Touya Kinomoto. Un poco olvidado y enterrado, pero que de una forma u otra siempre había estado allí. Pensé (y vaya que demasiado) en aquella probabilidad del 0% de que una niña de sexto de primaria, pudiese algún día tener de novio a un muchacho de segundo de preparatoria. Aquellos cinco años de diferencia cada día parecían ser más. Así que después de estar poco más de un mes dándole vueltas al asunto, me decidí a enterrar aquel sentimiento imposible, y buscar a alguien más de mi edad, que me hiciese tan feliz como Syaoran hacía a Sakura.

Fue como si el universo hubiese esperado a que mi cerebro y corazón se pusieran de acuerdo en aquel asunto, y realizaran aquella petición, pues al iniciar el sexto año, otro nuevo compañero había entrado a nuestro salón:

Hiragizawa Eriol.

Mitad japonés por parte de su padre, mitad inglés por parte de su madre, él, su hermana mayor y su gato negro venían desde Inglaterra a involucrarse con la cultura de aquel lado de su familia. Eriol era un chico muy interesante. Su cabello era negro azulado, igual que sus ojos, y como yo, su piel era muy pálida. Tenía una mirada enigmática, una voz dulce y modales impecables. Definitivamente tenía todo lo necesario para ser considerado un muy buen partido. Extremadamente inteligente, bueno en los deportes, parecía estar siempre atento al mínimo de los detalles.

¿Qué si fue también amor a primera vista? Mi respuesta honesta es no. Se trató más bien de un sentimiento de intriga, que después de casi un año de amistad se convirtió en interés adolescente. No fue hasta que nos volvimos novatos en la secundaria, cuando me decidí a darle una oportunidad al chico Hiragizawa. Su confesión había sido muy simple y directa al grano, dándole un aire maduro y decidido, por lo que accedí al considerar que sería interesante invertir tiempo en una persona tan culta, educada e instruida como él.

Eriol seguía siendo un caballero, un chico amable y respetuoso. Su actitud detallista se había vuelto ahora un poco sobreprotectora, aunque debo admitir que esto simplemente me encantaba. Puede hacer maravillas a la autoestima de una persona, que alguien note cuando estás triste y haga todo lo posible por cambiar ese estado de ánimo azul, por uno más alegre. Hiragizawa siempre estaba allí para mí, al alcance de una llamada telefónica, o un mensaje. Nunca permitía que nada malo me pasara. Si ocurría algún problema, o necesitaba ayuda de alguien, él era la persona a la que había que llamar.

Conforme pasaban los años, y nos adentrábamos más en la adolescencia, los bajos instintos comenzaron a aparecer. Es interesante ver como las hormonas y adrenalina cambian a un muchacho educado, y poco a poco aquellos instintos básicos luchan por surgir. De una simple relación de niños que se toman de la mano, y se sonrojan después de un casto beso, comenzaron los acercamientos más personales e íntimos. Profundos y húmedos besos, con juego de lengua incluido. Manoseos no tan inocentes, escondidos en el parque. Tocar, besar, chupar, intentando no hacer ruido, mientras estamos en mi habitación. Hasta que finalmente, en nuestro último año de preparatoria, ambos perdimos la virginidad. Después de todo, tras casi seis años de noviazgo, no podíamos seguir posponiéndolo por mucho tiempo. En especial cuando en aquel momento me encontraba ya locamente enamorada de él, y confiaba en que lo nuestro fuera a durar para siempre.

Lo que nos trae al día de hoy.

Hola, mi nombre es Daidouji Tomoyo. Soy una típica muchacha de diecinueve años, que acaba de entrar a la universidad. Y a la que su novio de toda la vida la ha dejado.


Primero que nada, déjenme presentarme: Hola, soy hedwig-theme y hace años que no publico una historia en ff dot net. ¡Que vergüenza con todas aquellas personas que leyeron mi última historia, y me pidieron que no dejase de escribir! No saben cuánto me dolió el no tener tiempo de poder pulbicarles algo, por mínimo que fuera, cuando tengo mil y un historias en mi cabeza (y un par ya redactadas en unos documentos de word)... Pero es que la vida no es justa. Durante todo el tiempo que estuve desaparecida, ocurrieron un millón de cosas, que si se las platico ahora, este comment se volverá tan kilométrico como este prelude... Que bueno, no es como si mis comentarions fuesen cortos.

Espero y esta pequeña cucharada de fic les haya gustado. Es apenas una introducción a lo que será mi nueva historia... Que tampoco se emocionen mucho, no es muy larga. A los que ya me conocen y saben que no me gusta spoilear, simplemente diré que este fic incluye escenas para mayores de 18, así que si son sensibles y esas cosas, no lean... Pero si son pervers y esas shits, pues adelante, quien soy yo para decirles que no miren~~

Punto final (e insistiendo a mi ya acostumbrada clientela), saben que publico historia hasta el fin. Yo no ando dejando fics inconclusos por más que la vida me ocupe con cosas "importantes". Del mismo modo, días de subir capítulo: ¡Todos los domingos! (Por que el trabajo no me deja de otra, porque las/los que me conocen saben que amo los lunes) Espero y de nueva cuenta me aguanten hasta el final, que como les comenté, no tardará mucho.

Saludos, y (para variar) ¡sigan bellos! Nos leemos en el siguiente capi, para ahora sí comenzar con esto.

Hedwig-theme~