Disclaimer: Naruto no me pertenece. Es propiedad de Masashi Kishimoto
Armas de Destrucción
Prólogo
El sol que se ocultaba detrás de las montañas, teñía al cielo de un hermoso color anaranjado. El lago de aguas cristalinas donde se reflejaba el atardecer —rodeado por un frondoso bosque que protegía su majestuosidad— era el único sitio en el mundo en el que podía sentir completa paz y podía ser simplemente un hombre. En aquel precioso instante no existían nombres, títulos o seudónimos. Solo era él y lo otorgado por la naturaleza.
Aprovechaba ese regalo durante el tiempo suficiente y necesario para poner en control su sistema, aplacar la locura que amenazaba con salir, y alejar de su corazón emociones oscuras y dañinas.
Sentado en la orilla del lago, aprovechaba al sol que cedía su turno a la noche, así este podía demostrar que a pesar de su oscuridad, podía ser brillante y agradable. Su alborotada cabellera rubia caía pesada a causa del agua que momentos antes la mojó, sus ojos azul oscuro eran víctimas del efecto causado por el tono anaranjado que iluminaba el lugar —los cambiaba a un negro poco intenso—, usaba una vestimenta ANBU que combinaba con el color temporal de sus orbes, la máscara reposaba junto a la katana a su lado derecho sobre el pasto, y, como característica particular; sus manos estaban envueltas por guantes negros de un material parecido al cuero.
Había encontrado este paraíso personal el día en que fue ascendido a ANBU, cuando la emoción se había apoderado de su mente por haber llegado a otro piso de grandes logros alcanzados, gracias a pasos de esfuerzo y dedicación; cegándolo de la realidad que lo atormentaba día a día. Aquella tenue llama había sido apagada sin compasión por un comentario. Contrario a lo que todos pensaran, fue como un balde de agua helada que limpió los lentes sucios de ilusión, para así observar con claridad la verdadera imagen de su vida. Con la paciencia fuera de sus límites, lleno de ira y frustración; decidió abandonar la aldea para convertirse en un opuesto de la sombra que opacaba su brillo —un renegado que destruiría aquello que la sombra deseaba proteger— y llegado el momento, enfrentarla.
Corrió sin rumbo fijo durante un tiempo desconocido, hasta que su vista se topó con dos lunas —una encontraba su reflejo en una masa de agua que brillaba como diamante líquido—. Y bastó organizar sus ideas para recapacitar de su equívoca decisión mientras el suave viento refrescaba su cabeza acalorada por la furia. Al final regresó a la aldea, sin que nadie más supiera de su plan. Únicamente él y la luna fueron testigos de un error que quizás costaría más vidas, incluida la suya propia.
Desde aquel día, aprovechaba cualquier oportunidad para visitar su lugar especial; ya sea antes, después o durante una misión.
Supo que era momento de marcharse cuando el cielo cambió de adornos con los cuales iluminar su tinte negro. La luz del sol estaba lo suficientemente oculta para dejar a las estrellas mostrar su brillo. Se puso la máscara y ubicó la Katana en su espalda mientras se levantaba dándole una última mirada al lago, y giró para dirigirse hacia donde estaban los demás integrantes de su equipo.
En toda la mitad del claro verdoso, había una pequeña cabaña hecha de troncos delgados, sin ventanas y con una sola puerta. Justo al lado estaba uno de sus compañeros apoyado y cruzado de brazos en modo relajado. Su rostro estaba también escondido tras una máscara, pero era fácil deducir su sexo gracias al largo cabello negro y la forma exquisita y femenina de su cuerpo que, a pesar de esconderse tras el uniforme; podía apreciarse levemente.
— Avisa al resto que nos vamos. —Ella obedeció en silenció y se adentró a la cabaña. Yuto escuchó unos cuantos murmullos quejumbrosos desde el interior, y supuso que el sueño de alguno había sido interrumpido. Lo entendía, aquel sitio desbordaba calma.
— Podemos enviarles un mensaje como reporte y quedarnos otro rato —rogó con voz somnolienta el autor de las quejas, justo luego de cruzar la salida. Su cabello de un rojo intenso le llegaba a la altura de los hombros, y contrastaba, junto a sus ojos del mismo color; de la piel cuasi bronceada de su rostro.
— Nanashi ¿Debo recordarte siempre lo mismo? —El aludido reaccionó cómo autómata para adentrarse de nuevo a la cabaña, pero al girarse se encontró con aquello que olvidaba con frecuencia siendo sostenida por una mano masculina.
— Dudo que él lo olvide. La máscara no quiere estar en su horrenda cara —dijo burlonamente el dueño de la mano, mientras devolvía la máscara. Ningún gesto podía mirarse a causa de su cobertura, pero era tan fácil percibir que sonreía, como notar la completa ausencia de cabello en su cabeza.— No agradezcas.
— Ni pensaba hacerlo —contestó Nanashi entre dientes con un rictus de irritación que fue ocultado bajo la máscara. La diferencia de estatura entre ambos, le obligaba a mirarle desde una cabeza más abajo, motivo que aumentaba su enfado.
— Nanashi será un holgazán, pero esta vez tiene razón —habló con seriedad ignorando el berrinche y dirigiéndose hacia el rubio.
— Estoy de acuerdo. Podemos quedarnos más tiempo si así lo desea, Capitán Yuto —secundó la única mujer. El rubio observó a los tres, que además de ser sus subordinados, eran sus amigos; y sabía muy bien que si lo pedía, le acompañarían hasta el fin del mundo de ser necesario; así como él estaría dispuesto a ello.
— Ken. Emi. Agradezco la intención. Pero hoy es un día especial y debo regresar. Quizás una pequeña sorpresa me espera —A pesar de no poder ver sus caras, adivinó su confusión—. Les explicaré a su debido tiempo. Primero, regresemos a Konoha.
— ¡Hai! —exclamaron al unísono.
El camino hasta la aldea tomaba media hora. Saltaban de rama en rama con ágil rapidez y sus sentidos estaban alertas. La misión había sido cumplida, pero no debían confiarse. Y fue gracias a eso que estando diez minutos cerca de su destino, una abrumadora sensación los alarmó.
— ¡Nanashi! —gritó Emi preocupada acercándose junto a los demás, al pelirrojo que se había detenido repentinamente en una rama. Su cuerpo temblaba; y por la piel que su vestimenta dejaba mostrar, estaba sudando por un motivo diferente al esfuerzo por correr— ¿Estás bien? ¿Qué sucede?
— ¿No lo sientes…? Este horrible chakra… —decía entrecortado intentando vanamente levantarse. Pero antes que alguien respondiera, el rubio intervino.
— ¿De dónde proviene? —Esperó paciente mientras el pelirrojo se concentraba, y lo que escuchó confirmó aquello que temía.
— De la aldea… —La preocupación hizo acto de presencia. Sus pensamientos giraban en torno a una pregunta: ¿Qué emanaba un chakra tan aterrador? Y solo uno de ellos sabía con exactitud la respuesta.
— Ken, lleva a Nanashi en la espalda y síganme. —Bajó de la rama y se dirigió a una zona arenosa. Los tres observaban en silencio cómo su capitán dibujaba con el dedo índice derecho un círculo alrededor de los cuatro, seguidamente mordió su dedo pulgar izquierdo, siguió la línea circular manchándola de sangre, y comenzó a hacer una serie de sellos con agilidad — ¡Hiraishin no Jutsu!
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Sintieron un repentino mareo. La cabeza les daba vuelta. Lo último que escucharon fue la voz de su capitán pronunciando una técnica que conocían muy bien. Todo aquel que supiera del Rayo Amarillo de Konoha, la conocía. Pero, no era el hecho de haber experimentado aquel poder tan famoso —y a la vez temible lo que les sorprendió— sino que su amigo fuera otro usuario. Era algo lógico teniendo en cuenta su apellido, sin embargo, el hecho de que lo ocultara les provocaba consternación.
Estaban en una pequeña habitación iluminada por unas cuantas antorchas; no tenía ventana y había solamente una puerta. Podría ser tomada como una estancia normal si no fuera por el enorme sello circular dibujado sobre todo el piso, y que poco a poco perdía un extraño brillo; las líneas pasaron de doradas a negras hasta desaparecer por completo.
— ¿Dónde estamos? —Ken fue el primero en hablar.
— En Konoha —respondió el rubio.
— Yuto ¿Qué significa todo esto? —exigió Emi mientras se retiraba la máscara, dejando ver su fino rostro tenuemente iluminado, y sus ojos negros. Los demás la imitaron tirando sus máscaras al suelo. Al estar en la aldea y con la misión finalizada, ya no eran cuatro shinobis, sino cuatro amigos. Aquel grupo no pasaba de los 19 años de edad. Eran jóvenes y, a pesar de su edad, sus rostros demostraban una madurez iniciada prematuramente por la experiencia vivida.
— Sé que quieren explicaciones pero ahora no es el momento. —Sus ojos ennegrecidos por la escasa luz expresaban una profunda preocupación, y les rogaban sin palabras que lo comprendieran, a pesar de que su rostro demostrara neutralidad.
Entonces, Nanashi emitió un leve gemido y se desmayó sobre la espalda de Ken. Yuto tenía razón, el ser que emanaba tan espantoso chakra estaba en Konoha, y su pelirrojo amigo lo sentía a grados más altos que el resto.
— Dejaremos las explicaciones para después —dijo la pelinegra con seriedad, decidida a no dejar pasar el tema. El rubio asintió y se encaminó hacia la salida que llevaba a un largo pasillo; al parecer la habitación era uno de sus extremos. Mientras lo atravesaban, podían ver las numerosas celdas a cada lado —algunas con cadenas y grilletes, otras con una cama— y algo que tenían en común eran las telarañas y el moho que empezaban a adornarles. Justo antes de llegar al final donde se situaba la escalara, vieron que dentro de una de las celdas había un individuo. Su cabeza estaba agachada como alguien que se rinde ante lo inevitable, y sus muñecas apresadas por grilletes. Ni siquiera se inmutó por los pasos que hacían eco en el lugar y que delataban la presencia del grupo.
Subieron la escalera cuyo extremo superior estaba bloqueado por una puerta, y cuando esta fue abierta, Emi y Ken no pudieron ocultar su sorpresa.
— Esta es… ¿Cómo es que…? —Ken no podía completar frase alguna. Tenía muchas dudas y todas querían salir por su boca a la vez. Por su parte, Emi añadía más preguntas para hacerle a Yuto en el momento adecuado.
Se encontraban en una espaciosa instancia adornada con muebles y objetos finos.
— Lleva a Nanashi a su habitación y luego nos alcanzas —le dijo Yuto a un Ken en estado de confusión, y que únicamente asintió para luego irse con rapidez—. Emi…
— Lo sé. —Yuto sabía que estaba enojada. Dos de sus secretos fueron revelados de golpe, aun así, estaba seguro de que los tres entenderían.
Corrieron a través de numerosos pasillos, giraron algunas esquinas y bajaron por una escalera hasta toparse con una inmensa y majestuosa puerta de madera
— No puede ser. —Fue lo único que Emi pudo decir. En el momento que cruzaron la gran salida, sus ojos se toparon con el infierno que azotaba la aldea: Edificaciones derrumbadas o que desaparecían entre llamas, gritos de auxilio y cuerpos tirados al azar. Pero lo que más destacaba en aquella tétrica imagen era el colosal monstruo causante del desastre—. Esas nueves colas. Yuto ¿Es el…?
— Sí. Es el Kyubi.
— Pero… ¿Cómo es posible? Se supone que estaba sellado en tu…
— ¡Yuto! alguien del personal me dijo que el Kyubi estaba… —Su frase quedó incompleta en el momento en que su vista se topó con una imagen que segundos antes le había parecido irreal. Cuando Ken se encontró con una de las chicas del personal, luego de haber dejado a Nanashi; y escuchó lo que sucedía en la aldea, no podía creerlo. Pero ahora se unió a la estupefacción de sus dos amigos, con sus ojos avellanas muy abiertos por la impresión — ¡Ey! ¡Esperen! —gritó puesto que ellos empezaron a correr de repente, para luego intentar alcanzarlos, alejándose de la enorme estructura: una mansión hecha de madera fuerte y duradera que el tiempo no parecía afectar. Lucía como nueva.
Iban a la velocidad de Yuto, sobre tejados, por calles principales o callejones. Sea cual fuese la ruta, todo tenía el mismo panorama. Al estar más cerca se podía ver la magnitud del desastre. No importaba si eran Shinobis o civiles, adultos o niños: todos eran víctimas. Para cuando llevaban un recorrido considerable, el enorme zorro había sido obligado a salir de la aldea por los ninjas, entre los que estaba el Sandaime. Y luego de otros pasos más, junto al Biju apareció otro colosal animal que los tres reconocieron al instante. La batalla entre las dos bestias no tardó demasiado, ya que ambas criaturas desaparecieron de improviso dejando una nube de humo en su lugar.
Se detuvieron donde un grupo numeroso de ninjas estaban discutiendo, cerca del enorme agujero que el nueve colas había dejado en el muro que protege la aldea.
— ¡Es Yuto-sama! —gritó uno de ellos, y como resultado todos guardaron silencio dirigiendo sus miradas hacia el trío que llegaba. El rubio, ya acostumbrado; ignoró el hecho de ser el centro de atención y se fijó en varios sellos pegados a la pared. Supuso que había una barrera que cerraba invisiblemente el inmenso agujero vigilado por cuatro Jounin y por otros más apostados en la parte superior del muro. Al mirar con atención, notó que el grupo estaba conformado por ninjas menores de edad, de los cuales reconocía a unos cuantos.
— Yuto-sama, por orden del Sandaime Hokage-sama, no puedo dejar que nadie salga. Y eso lo incluye a usted —habló uno de los encargados de vigilancia parado justo en la mitad del hoyo. Ahora lo comprendía todo. Sarutobi protegía el futuro de la aldea, no quería arriesgarlo en un problema interno.
— ¿A dónde han llevado al Kyubi? —indagó Emi sin dejar de mirar al rubio quien observaba fijamente un punto más allá de la barrera.
— No sabemos con exactitud. Luego de que apareciera Yondaime Hokage-sama, se teletransportó junto a él, y no… ¡Qué ray…! —emitió una exclamación, a la par que esquivaba un Kunai lanzado súbitamente y que terminó cuasi enterrado en la tierra más allá del agujero. Entonces, todos vieron asombrados cómo Yuto desaparecía de la vista en menos de un segundo y terminaba al lado del mismo Kunai. Después de recogerlo, comenzó a correr hacia la lejanía y se perdió al internarse en el bosque. Los presentes terminaron confundidos a causa de su inusual comportamiento.
— Tengo un mal presentimiento —anunció Ken en voz baja con los ojos cerrados y brazos cruzados, como alguien que espera lo inevitable.
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Corría a todo dar. Saltaba velozmente de rama en rama como si flotara. Ya sabía dónde se encontraban; cada vez lo veía más cerca y sentía ese horrible chakra con más intensidad. No le importó que se descubriera su secreto. Ahora, más personas sabían que era otro usuario de una técnica famosa, pero su atención solo estaba puesta en un solo objetivo.
Y lo logró. Pudo ver al Kyubi siendo inmovilizado por cadenas a la lejanía, y al Sandaime —junto a uno de sus ANBU— parado frente a otra barrera. Sin perder tiempo, tomó el mismo kunai y lo lanzó con tanta fuerza y velocidad, que Sarutobi solo lo detectó cuando pasó centímetros junto a su cara, hasta terminar dentro de la barrera; y se cercioró de la llegada del rubio cuando este ya se había teletransportado al lado del arma.
— Yuto tú… — susurró Sarutobi sorprendido.
Continuó su camino. A cada paso que daba veía con más claridad una imagen que se grabaría permanentemente en su memoria; jamás la olvidaría, pues surgiría de lo más profundo de su subconsciente para vivirla como la primera vez.
Y sucedió. Se detuvo a pocos metros cerca, lo suficiente para escucharles hablar a un bebé acostado sobre lo que parecía una cuna de ritual que no distinguía, con un cariño que no encajaba en la situación —como si los dos no estuvieran unidos de una forma sangrienta, al ser atravesados por una de las garras del Kyubi—. Ese retrato pintado con desgracia y enmarcado con heroísmo era todo su punto de atención; lo único que su mente absorbía y le hacía ignorar el tamaño reducido del zorro y sus gruñidos de furia.
— Yuto… —dijo una de las figuras de aquel retrato. Lo miró con sorpresa, pero no duró demasiado ya que fue reemplazada por una débil sonrisa. A pesar de la sangre que brotaba de esos labios levemente curvados, reconocía esa expresión; una que antes había sido acompañada por palabras que calaron en su ser y le hicieron cambiar. Ahora, se lo repetía en silencio a modo de despedida, para que no lo olvidara junto a tal cuadro— Cuida de él —agregó, y con su último aliento dijo el nombre de una técnica letal.
El Kyubi desapareció; aquella cuna ya no estaba. Lo único que permanecía era el recién nacido cerca de los cuerpos sin vida de sus padres, personas que no llegó y no llegaría a conocer. Dormía inocente e ignorante de lo que minutos antes sucedió; libre de recuerdos. Caminó hasta el infante y lo tomó en sus brazos con tanta delicadeza, que dudó si era por su estado de shock o porque temía hacerle daño; o las dos. Lo observó detenidamente. Una delgada capa de cabello rubio cubría su pequeña cabeza; y aunque tenía los ojos cerrados, estaba seguro de que sus ojos eran azules. También notó las tres marcas en cada mejilla, que simulaban unos bigotes. Pero, primordialmente, resaltaba el sello en su abdomen, lo que decía el paradero del zorro. Se sintió mal. Ese pequeño ser estaba condenado a una vida más difícil que la suya. Portaría el mismo apellido y encerraría en su interior al demonio que acabó con la vida de decenas, y cambió drásticamente la de cientos.
Y fue por eso y más, que hizo una promesa personal, de las que solo se rompen con la muerte.
— Me encargaré de que brilles con tu propia luz… Yo seré el único opacado por su sombra… Cuidaré de ti como mi propio hijo, Naruto… —El niño soñaba tan profundo que las gotas salinas que caían sobre él, no lo despertaron.
