Retofic presentado para Clan Alba Highland's Andrew en el Especial de Febrero 2015. Espero sea de su agrado. :)
ALBERT FACETAS: Piloto Aviador
Sentado en uno de los asientos de primera clase, un hombre miraba distraídamente por la ventanilla. En su mano sostenía una copa de vino que previamente una de las azafatas le había ofrecido, la bebía lentamente dando pequeños sorbos. Hacía un momento su vista había tenido acceso a la cabina donde contempló por detrás el cuerpo de otra azafata. Se parecía tanto a su Candy pero por supuesto, no podía ser ella. No obstante, el anhelo de desear tenerla nuevamente frente a él, había hecho que su corazón volviera a estrujársele por el dolor, sumergiéndolo en sus recuerdos de cómo la conoció.
(Inicio del flashback)
Con cabello rubio que brillaba cual rayo de sol; intensos ojos azules que se escondían debajo de unas espesas pestañas; con una seductora sonrisa que dejaba al descubierto una perfecta dentadura blanca, marcando unos hoyuelos en las mejillas; de nariz recta y respingada; con un cuerpo atlético, definido y fuerte y con más de 1.90 metros de estatura, ese era William Albert Andrew o simplemente Albert, como sus amigos lo conocían. Filántropo, carismático, millonario y playboy, parecía haber sido esculpido por la misma Afrodita, su sola presencia cortaba la respiración de cuanta mujer pasaba a su lado.
A sus treinta años de edad parecía tener el mundo a sus pies. Siendo el único hijo de Sir William C. Andrew, heredaría el ducado escocés y toda su cuantiosa fortuna cuando éste falleciera. Esto, aunado a su irresistible atractivo y carisma, hacía que todas las jóvenes casaderas de la alta sociedad británica o las madres de éstas, lo asediaran en las fiestas en busca de un buen partido. Y qué decir de las bellezas de la clase trabajadora que creían que con su físico podrían atraparlo. Que equivocadas estaban todas ellas. Él solamente aprovechaba lo que la vida le ofrecía y a pesar de la insistente presión familiar, todavía no se sentía preparado para sentar cabeza sumando que tampoco había conocido a una mujer con la que quisiera formar una familia.
Le gustaba disfrutar de su libertad y podía experimentarla a plenitud únicamente cuando se encontraba en el aire. En la etapa rebelde de su adolescencia había descubierto que volar era su pasión y como lo indicaba la ley escocesa, todo joven varón debía prestar por un tiempo servicio militar, por lo que se había enrolado en la Fuerza Aérea. Ahí fue donde aprendió a pilotear todo tipo de aviones y más adelante, cuando culminó su servicio, tomó algunos cursos libres sacando su licencia para volar aviones comerciales.
Hastiado del constante roce social, el guardar las apariencias y las cada vez más insistentes presiones de su madre junto a las de la hermana de su padre por casarlo con la hija de los Leagan, tomó la decisión de apartarse por un tiempo de su familia y de todo ese sofocante entorno que lo envolvía. Quería alejarse y vivir por su cuenta sin que nadie lo reconociera y eso solamente lo podría hacer yendo a América. Ahí haría lo que mejor sabía hacer, pilotear. Su madre y tía no tomaron muy bien la noticia pero su padre reconociendo lo que él mismo había vivido en su juventud, lo apoyó. Incluso le ofreció conseguirle empleo con uno de sus amigos, propietario de la mayor flota aérea estadunidense pero él se negó. Quería hacerlo todo por sus propios medios sin que absolutamente nadie tuviera conocimiento de sus antecedentes familiares, viviendo la vida como lo haría cualquier otra persona. Al fin y al cabo, tenía ya una excelente trayectoria como piloto aviador, sabía que no le costaría.
En esas condiciones llegó a la ciudad de Chicago, acompañado de unos cuantos dólares en el bolsillo. Rentó un modesto apartamento en los suburbios, esperando así poder pasar desapercibido, y que ningún miembro de las adineradas familias pudiera llegar a reconocerle.
Y al parecer, su plan había funcionado aunque era hasta ahora que se daba cuenta que venía acompañado de un grave problema. Tendría que atravesar toda la ciudad para llegar a su nuevo trabajo y hoy siendo el primer día, llegaría con retraso.
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Después de una satisfactoria noche de descanso, Candy abrió los ojos incluso antes de que su despertador sonara. Su día libre había terminado y hoy junto a su compañera de piso, debían llegar más temprano al trabajo. Hacía poco más de un año que las dos trabajaban como azafatas de vuelo en la prestigiosa Aerolínea Continental, cubriendo únicamente vuelos domésticos en los Estados Unidos. Debido a su afable carácter, a ella la habían asignado a los pasajeros de primera clase pero a su compañera, en la clase turista. Así fue como se conocieron convirtiéndose al poco tiempo en amigas y tratando de ahorrarse algún dinero, habían rentado juntamente un apartamento.
Después de ducharse, Candy salió del baño pero al observar que no salía luz por debajo de la rendija de la puerta del dormitorio de su amiga, cruzó la pequeña sala con el fin de despertarla. Tocó varias veces la puerta pero al no tener respuesta, la abrió lentamente.
"Luisa, despierta. Ya es hora de levantarse." Le dijo con la voz un poco más suave de lo normal. En la penumbra de la habitación, vio que su amiga ni se movió así que empezó a avanzar hacia la cama, abriéndose camino por el caos que ahí había. Cuando empezaron a vivir juntas, el desorden de Luisa cubría hasta el último rincón de la vivienda pero Candy finalmente había logrado que este se redujera a esas cuatro paredes donde ella dormía. Al estar al lado de su cama, con la dulzura que la caracterizaba, nuevamente empezó a hablarle.
"Hey, Luisa, despierta," dijo mientras la movía suavemente por encima de las frazadas. "Date prisa que hoy debemos llegar más temprano, recuerda que nos presentarán al nuevo capitán."
"Ya voy, dame cinco minutos más." Dijo con voz pastosa.
"No estarías tan cansada si anoche hubieras regresado temprano en lugar de irte de fiesta con Michael."
"No me regañes, es que ese hombre está hecho un bombón. Vete a arreglar, ya me levanto ahora." Respondió mientras retiraba las frazadas de su cuerpo.
"Date prisa y ve a darte un baño, también te servirá para despabilarte." Y habiendo logrado su objetivo, se dio la vuelta dirigiéndose a su habitación.
oOoOoOo
Abriéndose camino entre la multitud que se desplazaba entre los pasillos del Chicago O'Hare International Airport, Albert decidió que la primer cosa que haría en cuanto regresara de ese viaje, sería empezar a buscar un nuevo apartamento que se encontrara en una ubicación que le favoreciera.
"El vuelo 512 de United Airlines con destino a la ciudad de Los Ángeles, anuncia su próxima salida en diez minutos por la puerta J5."
La constante voz de los altoparlantes del aeropuerto, solo hacían que su impaciencia fuera en aumento. Concentrado en rebasar la increíble afluencia de personas que se encontraban ahí, seguramente para tomar sus vacaciones de verano, no se dio cuenta que pasó atropellando con su maleta a una chica que iba delante de él.
"¡Oiga! ¡Tenga más cuidado y fíjese bien por dónde camina!" le gritó una voz femenina, audiblemente enfurecida. Esto hizo que se detuviera al instante y se diera la vuelta.
Frente a él, una menuda rubia de grandes ojos verdes, lo miraba fijamente con el ceño fruncido de manera fulminante y ante ese cuadro, él se quedó sin palabras. ¿Cómo era posible que tan sonora voz proviniera de alguien, que si no fuera por su expresión, bien podría ser la viva imagen de un ángel?
"¡Al menos, discúlpese!" le exigió.
"Candy…" Luisa le tocó el brazo tratando de calmarla, "Para. Fíjate en su…"
"Nada, Luisa, este individuo me debe una disculpa." La interrumpió de manera tajante, cruzándose de brazos.
Al ver aquella escena, Albert no pudo evitar esbozar una sonrisa y quitándose la gorra, hizo como la rubia le exigía. "Disculpe señorita, fui un torpe al no darme cuenta que la lastimé." Y después de hacer una pequeña pausa, en la que recorrió brevemente su cuerpo con la mirada, notó un uniforme similar al que él llevaba. "Ahora si me vuelve a disculpar, llevo algo de prisa. Le deseo tenga muy buen día." Y después de hacerle un guiño, asintió levemente y volviendo a ponerse la gorra, siguió su camino perdiéndose entre la multitud. Si esa chica formaba parte de su tripulación, sería un reto que estaría dispuesto a asumir.
"¡Candy! ¿Qué acabas de hacer? ¿Cómo pudiste hablarle así?" le preguntó una pasmada Luisa.
"Pues nada. Solo exigí un poco de educación."
"¿Pero no te diste cuenta la manera en que vestía?"
"Luisa," empezó a decir exhalando con fuerza, "aunque hubiera llevado puesto un Armani, sabes muy bien que yo no me fijo en ese tipo de cosas. Además, la educación va por encima de todas las cosas, incluso por…"
"Llevaba puesto el uniforme de capitán de nuestra línea aérea…" dijo mientras levantaba las dos cejas, como invitándola a analizar y luego de haberlo hecho, continuó con su perorata, "…y nunca antes lo había visto. Solo ruega que no sea tu futuro jefe, Candy. Además, es cierto que no te fijas en las vestimentas pero… ¿Acaso estás completamente ciega? Ese hombre era un adonis en todo el sentido de la palabra. Esos ojos, esa boca, ¡Ese cuerpo! ¿Ni siquiera te diste cuenta de eso?"
¡Futuro jefe!... Candy únicamente se llevó una mano a la boca tratando de asimilar las palabras de su amiga. ¿Su jefe? ¡Por todos los cielos, eso no podía ser posible! ¡Y claro que se había dado cuenta de su tremendo atractivo! pero eso no lo absolvía de la falta que había cometido. Eso solo indicaba que seguramente se trataba de uno de esos hombres que se creían por encima de los demás, los que ella con todas sus fuerzas evitaba. Por lo pronto, era mejor empezar a caminar, ellas tampoco querían llegar tarde como ese detestable individuo de deslumbrante sonrisa ahora lo hacía, rogando en silencio que Luisa se equivocara.
Después de pasar la inspección, rápidamente se dirigieron al ala donde su avión las esperaba. Ya estaban empezando su rutina de revisar que todo estuviera en orden antes de que los pasajeros abordaran, y fue en ese momento cuando se convocó a toda la tripulación a pasar a primera clase para presentarles a la persona que sería su nuevo capitán. Al ser la encargada de la primera clase, no tuvo que desplazarse. Únicamente lo hizo al sentir una presencia a sus espaldas y cuando se volvió, se encontró con que el "detestable individuo de deslumbrante sonrisa" le sonreía divertido. En efecto, él sería el nuevo capitán y para colmo, ella también era la encargada de atender la cabina. ¡Qué la tierra se la tragara!
oOoOoOo
"Alistair Cornwell, a sus órdenes capitán." Lo saludó un hombre, un par de años menor que él. "Bienvenido a bordo, yo seré su primer oficial."
"Albert Andrew," respondió, estrechando la mano que éste le ofrecía, "pero por favor, trátame de tú y llámame Albert. Todo eso de las formalidades no van conmigo."
El hombre le sonrió añadiendo, "Me alegra escuchar eso Albert. Pensé que serías como el antiguo capitán que creía que todos debíamos ponernos a sus pies, solo por ser hijo de un duque inglés. Si gustas puedes llamarme Stear como mis amigos lo hacen y presiento que tú y yo seremos grandes amigos."
"Gracias Stear pero vamos, tenemos que poner a este bebé en el aire."
Y con esas palabras, Albert tomó el intercomunicador anunciando a sus pasajeros el inminente despegue. Al alcanzar cierta altitud, el resto de la tripulación empezó a hacer sus respectivas tareas y Candy después de haber atendido a los pasajeros de primera clase, tocó la puerta de la cabina.
"Adelante."
Se estremeció al escuchar esa profunda voz hasta ahora desconocida y respirando profundamente, trató de calmarse. Sin duda alguna se trataba de su nuevo jefe así que con paso vacilante, hizo su entrada, quedando de pie sobre la entrada con una postura bastante rígida. "Buenos días. ¿Les gustaría algo de tomar?"
"¡Candy! No sabía que fueras tan seria, ven pasa." Pronunció un sonriente Stear. "Permíteme presentarte personalmente a nuestro nuevo capitán... Albert." le dijo haciendo un ademán y luego, continuó hablando de la misma manera, "¿Y sabes que es lo mejor de todo? No es tan presuntuoso como el anterior… Capitán Grantchester por favor."
"Mucho gusto… Candy." Respondió Albert con una radiante sonrisa haciendo que ella se enrojeciera hasta la coronilla… pero de la cólera. ¿Qué le pasaba a ese hombre? No solo mal educado sino encima de… irrespetuoso. ¿Quién se creía para llamarla así a primeras?
"Mucho gusto, Candice White." Respondió acentuando su nombre.
Albert sonrió para sí. Definitivamente, esa chica sería todo un reto. "Muy bien… Candice. Por favor, tráeme una botella de agua."
oOoOoOo
Sentado en el sillón de la sala, Albert meditaba cuán rápido el tiempo estaba transcurriendo; llevaba ya varias semanas trabajando en Chicago y no había nada igual como trabajar en lo que más le gustaba hacer. Aquí podía ser él mismo, no como en los negocios familiares en Escocia, donde día a día estaba inmerso en fastidiosas reuniones de trabajo. Y tal como Stear le había comentado en un principio, pronto se hicieron buenos amigos y es más, ahora eran compañeros de piso. De alguna manera salió a colación que éste se encontraba más apretado de dinero; ahora debía cubrir totalmente la renta de su apartamento en lo que encontraba otro compañero que le ayudara a compartir los gastos. Y para cuando regresaron a Chicago, el propio Stear le había ayudado con la mudanza. Disfrutaba de su nueva vida. Un empleo soñado, con un cuantioso salario, al que podía llegar en un santiamén desde donde vivía. Pero a pesar de que las mujeres seguían cayendo a sus pies cual moscas a la miel, hacía algún tiempo que no disfrutaba de ese tipo de placer. Una menuda rubia de ojos esmeralda era la causante de ese dilema.
Al principio había utilizado sus más sencillas tácticas seductoras para conquistarla pero al parecer, en ella, no funcionaban. Poco a poco fue poniendo más empeño pero lo mismo, nada. ¿Qué le pasaba a esa mujer que se le resistía? Ni regalos, ni palabras, ni gestos, ni mimos, nada de nada lograban persuadirla. ¿Podría ser que sus gustos fueran otros y no le gustaran los hombres? "Nooo…" gritó repentinamente espantado, negando frenéticamente con la cabeza. ¡De esa manera, semejante mujer sería un completo desperdicio!
"¿Qué sucede?" salió precipitadamente Stear de su habitación, visiblemente preocupado, "Te escuché gritar, ¿Te pasó algo?"
"Eh, nada." Respondió ligeramente avergonzado. "Estaba leyendo en el periódico una noticia sobre Escocia y… y… pasó algo que nunca antes había pasado."
"Mmm… ¿Se trata de algo que pueda afectarte?"
"No es nada, Stear. Perdona que te haya preocupado." Dijo de manera despreocupada, tratando de apartar su atención.
"Está bien, si hay algo en que pueda ayudarte, estaré en mi habitación."
"Gracias." Y cuando su compañero empezaba a retirarse, rápidamente lo detuvo. "Stear, de hecho hay algo sobre lo que me gustaría hablar contigo."
"Dime." Respondió tomando asiento en otro sillón.
"Se trata de Candy. Me llevo muy bien con toda la tripulación pero ella no me permite siquiera acercármele. Siempre es tan fría y distante. No sé qué es lo que estoy haciendo mal…"
"¿Quizás se trate de tus aires de don juan con que te muestras ante ella?" Por un momento Albert se quedó de piedra, ¿Tan evidente había sido? Pero Stear percibió instantáneamente su expresión, "Si, así de evidente eres. Cualquiera puede darse cuenta que estás interesado en ella. ¿Con qué propósito? Eso solamente tú lo sabes. No había querido tocarte este tema porque no se había prestado la ocasión y no sabía cómo lo tomarías si lo abordaba repentinamente." Su voz sonaba con un dejo de seriedad. "Candy es una excelente muchacha… dulce, sencilla y honesta. De esas que se entregan por completo cuando se enamoran de un hombre. La conozco muy bien ya que es la mejor amiga de la novia de mi hermano y si no deseas algo serio con ella, por favor, deja ese intento por conquistarla."
Albert solamente asintió en silencio y después de agradecerle a su compañero, se retiró a su habitación. Recostado sobre su cama, reflexionaba en las palabras que acaba de escuchar. Una muchacha dulce, sencilla y honesta… de esas que se entregan por completo cuando se enamoran de un 'hombre'… ¡Bingo! Al menos ahora sabía que no le tiraba al bando contrario pero algo más seguía dando vueltas en su mente… Si no deseas algo serio con ella, por favor deja ese intento por conquistarla… Si era sincero consigo mismo, le atraía como ninguna otra mujer lo había hecho pero ¿Estar interesado en una relación seria? Eso era algo que empezaba a cuestionarse y para su sorpresa, la respuesta a esa pregunta parecía ser positiva.
A partir del siguiente día dejó a un lado sus planes de conquista. En verdad era una mujer que había logrado capturar su atención y lo menos que se merecía era ser seducida para después ser abandonada. Ahora, él en realidad deseaba con todos sus fuerzas llegar a conocer a la persona que se escondía en su interior. Y con ese nuevo pensamiento se quedó dormido.
oOoOoOo
Un par de meses habían pasado desde entonces y Albert no se arrepentía de su decisión. A pesar de que Candy aún seguía manteniendo arriba una barrera que a él le impedía avanzar, poco a poco parecía que ésta comenzaba a ceder, dejando al descubierto una mujer que le interesaba cada vez más. Queriendo estirar un poco las piernas, por un momento dejó a Stear a cargo. A pesar de ir en piloto automático, debido a los fuertes vientos de la nueva estación, siempre tenía que estar uno de ellos en la cabina en caso de que surgiera cualquier imprevisto. Y cuando salió, la vio acercarse hacia él llevando la carretilla de las bebidas. Aunque era para colocar la carretilla en el área de la cocina, a él le pareció que ella avanzaba a su encuentro por lo que no pudo reprimir una dulce sonrisa.
"Hola Candy."
"Buenos días cap…" pero su frase fue interrumpida por un jadeo, al perder el equilibrio por una fuerte sacudida. Si no fuera por un fuerte brazo que la sostenía por la cintura, seguramente en estos momentos estaría por los suelos. Perdida en su intensa mirada, no se dio cuenta del estrecho abrazo en que sus cuerpos se encontraban ni de la cercanía de sus labios sobre los de ella. Parecía que los dos se encontraban en un trance del que no querían escapar pero justamente eso fue lo que ocurrió, cuando se escuchó una voz por las bocinas.
"Atención pasajeros. Por favor abróchense sus cinturones y suban las rendijas. En unos minutos terminaremos de pasar por un área de fuertes vientos. Por su seguridad, manténganse en su lugar. No hay motivo de alarma."
"Disculpa Candy," Albert fue el primero en hablar mientras la soltaba con rapidez. "¿Te encuentras bien?"
"Si… gracias…" Respondió levemente ruborizada. Desde un inicio había luchado con todas sus fuerzas en contra de todas las sensaciones que él le provocaba. Después de asimilar la vergüenza de su primer encuentro, le fue relativamente fácil rechazar sus insinuaciones estando cien por ciento convencida que él quería que ella fuera una más de sus tantas conquistas. Pero eso de pronto había cambiado en el transcurso de las últimas semanas. Detrás de todo ese atractivo, había empezado a vislumbrar poco a poco su verdadero ser y Luisa, Luisa no le había ayudado en nada. Solamente confirmaba lo que ella ya había empezado a darse cuenta, haciendo que su atracción se incrementara. Y ahora, de no ser por Stear, ¡Casi estuvo a punto de permitir que la besara!
El tiempo siguió avanzando y poco a poco la barrera que ella había levantado finalmente fue derribada. Lo que había empezado como una linda amistad, al poco tiempo se convirtió en un romance como de cuenta de hadas. Jamás en sus vidas se habían sentidos tan felices, tan plenos. Pasaban sus días libres en paseos por la ciudad que terminaban en profundos besos y caricias cuando ingresaban al apartamento de cualquiera de los dos. En el trabajo, parecía que el amor de ambos era lo que hacía al avión volar. Él la amaba profundamente y sabía que ella le correspondía de la misma manera. En sus mentes habían empezado a hacerse a la idea de casarse para luego formar una familia hasta que llegó ese nefasto día. El sonido de un insistente llamado a la puerta interrumpió esa conversación.
"Espera, solo voy a abrirle a Stear. Seguramente volvió a dejar su llave." Le dijo besando su mano mientras se levantaba para ir a abrir. Pero en el momento en que lo hizo, fue el principio del final de su relación. "¡Elisa! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabías donde encontrarme?"
"Amor, ¿Qué son esas maneras de recibir a tu prometida?" respondió la mujer acercándose de manera sensual a él para depositar un beso en sus labios, cosa que él apenas pudo esquivar volteando el rostro.
"¿Prometida? ¿De qué hablas?" Dijo visiblemente irritado. Podría jurar que su sangre hervía.
"Vamos querido, ¿Por qué lo niegas? Sabes muy bien que nuestras familias pactaron este compromiso desde que éramos unos niños. Ya pasó un año desde que te fuiste de Escocia y es hora de que vuelvas para que me ayudes a organizar todo para la boda. Un evento de la aristocracia británica debe planearse con cuidado." Respirando agitadamente, Albert miró de soslayo con preocupación en dirección de Candy, gesto que la pelirroja pudo interpretar a la perfección.
"¿Aristocracia?" Una temblorosa Candy finalmente logró pronunciar una palabra. ¿Qué era lo que estaba pasando ahí?
La recién llegada mirando por encima del hombro de Albert en la misma dirección en que este lo había hecho, añadió de manera despreocupada. "Así es querida." Respondió la mujer de manera arrogante. "Albert es hijo de Sir William Andrew, Duque de Escocia, ¿Es qué no lo sabías?" y esbozando una maliciosa sonrisa, volvió a dirigirse hacia Albert, "Querido, creo que va siendo hora de que dejes a un lado todas tus aventuras y dejes de engañar a chiquillas ofreciéndoles matrimonio. He soportado que lo hagas hasta ahora pero ya llegó la hora de ponerte un alto."
"¡Cállate Elisa! ¡Todo lo que has dicho no son más que sucias mentiras!"
"¿Mentiras? ¿No es cierto que nuestros padres desean nuestra unión y que eres hijo del Duque de Escocia?"
"Si pero que eso llegue a su…" su oración fue interrumpida por la voz entrecortada de Candy.
"Permiso, debo retirarme."
"Candy, espera por favor. Permíteme explicarte." Albert trató de detenerla sujetándola por el brazo.
"No hay nada que explicar, capitán. Todo está muy claro." Y soltándose bruscamente de su agarré, salió del lugar con el corazón destrozado. Tarde se había dado cuenta que había caído en las manos de un sinvergüenza. Si tan solo le hubiera hecho caso a su sentido común desde un principio.
Mientras corría escaleras abajo con el rostro cubierto en lágrimas, podía escuchar la desesperada voz de Albert. "Por favor Candy, espérame despierta en tu apartamento. Sólo déjame resolver esto e iré a buscarte. Tienes que escucharme. No es como te lo imaginas."
Pero ese momento jamás llegó. Cuando Albert la fue a buscar para solucionar las cosas y explicarle, fue recibido con la noticia que Candy, había abandonado el apartamento. Al día siguiente tampoco se presentó a trabajar y aunque él movió cielo y tierra tratando de encontrarla, jamás dio con su paradero. La había perdido, y para su desgracia, era para siempre. Lo último que hizo antes de regresar a Escocia, fue pedirle de favor a Stear que le entregara una carta a Annie para que en caso que ésta la viera, pudiera dársela. Y rogando al cielo que algún día la leyera, abandonó América.
(Fin del Flashback)
Si tan solo no hubiera sido tan estúpido y hubiera sido honesto con ella desde un inicio, revelándole su rango social y los dementes planes que su adorada familia tenía para él desde su niñez, seguramente, ahora Candy sería su esposa. Posiblemente le hubiera costado en un principio asimilar su título de nobleza, pero él se hubiera encargado de mostrarle que a pesar de todo seguía siendo él y también la habría hecho saber que nadie podía obligarlo a casarse con una mujer a la que no amaba y que era una de sus peores pesadillas, solo por intereses familiares. Hubiera luchado por ella y sabía que habría resultado vencedor. Pero desafortunadamente, el hubiera y el habría no existen y ya un año había pasado desde la última vez que la vio.
"Señor, ¿Desea más vino?" Albert fue sacado de sus cavilaciones al escuchar una voz femenina pero por extraño que pareciera, su corazón dio un pequeño vuelco.
"Si, por favor." Respondió de manera autómata sin prestar demasiada atención al timbre de la voz, y continuó con la mirada perdida sobre el horizonte a través de la ventanilla. De pronto, ese vuelco se convirtió en un frenético latido que amenazaba con salirse de su pecho. Cayó en cuenta que conocía esa voz. Lo que sus oídos se negaron a escuchar, su corazón lo reconoció enseguida. Lentamente giró su cabeza y sus ojos se encontraron con el amor de su vida.
"¡Candy!" quiso gritar, aunque su voz sonó poco más fuerte que un susurro.
"Señor, ¿Desea más vino?", repitió fríamente fría la sobrecargo pero en su interior, ella se debatía entre arrojarse a sus brazos o insultarlo. Ahí frente a ella estaba con gesto inocente el hombre que le había hecho tanto daño y su traicionero corazón muy a su pesar, daba saltos de alegría.
Removiéndose en su lugar, Albert extendió su mano tomando la de ella y la obligó a sentarse a su lado. El leve contacto parecía ser un fuego abrasador que se extendía por sus cuerpos, haciendo que sus corazones una vez más latieran al unísono.
"¿Por qué desapareciste de esa manera?" Le exigió a manera de reproche, haciendo que a Candy le hirviera la sangre en las venas y le dirigiera una mirada fulminante. Ella había sido la engañada, ella era la víctima y ahora el muy cínico ¿Quería reprocharle? Estuvo a punto de espetarle unas cuantas verdades cuando de pronto le escuchó decir, "Por favor, disculpa. No era mi intención recriminarte." Por un momento entre los dos no hubo más que silencio y ella suavizó un poco la mirada. "Te dejé una carta explicándote todo… tenía la esperanza que algún día la leyeras, entendieras lo que pasó, pudieras perdonarme y…", Albert resopló y sonrió con frustración, "…continuar donde nos quedamos."
Candy volvió a verlo con escepticismo, ¿A qué carta se refería? Seguramente era una más de sus mentiras pero, por la expresión de sus ojos y el tono de su voz, parecía no serlo. En ese momento una pequeña luz en la parte superior de la puerta de la cabina empezó a encenderse de manera intermitente. "Señor Andrew, si me disculpa debo retirarme."
Él la observó estupefacto, ¿Qué quería decir con eso? ¿Es que acaso no le diría nada más? ¿Lo dejaría todo como estaba y no le daría una posibilidad a su amor? "Candy, ¡Tenemos que hablar!", exclamó levantando la voz al tiempo que sujetaba con fuerza una de sus muñecas cuando ella hizo el intento de retirarse. Ella miró rápidamente a su alrededor y Albert notó su repentina incomodidad; su voz había llamado la atención del resto de pasajeros de primera clase. Así que hablando en voz baja, se aventuró a añadir, "Tenemos que hablar sobre nosotros. Pensé que cuando supieras la verdad de alguna manera podríamos solucionarlo."
La rubia lo miró directo a los ojos con recelo. ¿Qué nosotros? Pero ya sabía lo persistente que él podía llegar a ser, ahora que la había encontrado no se detendría hasta que hablaran y a decir verdad, si ella quería ponerle fin de manera oficial a lo que había sido su relación, este era el momento perfecto. "Está bien. Hablaremos después de aterrizar. Ahora si me disculpa, no puedo descuidar mi trabajo."
Albert asintió en señal de aceptación, a pesar de lo distante y fría que ella se había comportado, tendría una oportunidad para aclararle una vez más todo lo sucedido.
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"Muy bien, de qué quieres hablar." Le dijo Candy de manera desafiante, a la vez que cruzaba los brazos frente a ella. Estar en apartamento la hacía sentirse un poco más segura. Después de tocar tierra y salir del avión, Candy le había propuesto hablar en una cafetería pero él se opuso a ello. Le sugirió ir a un lugar más privado para poder hablar con libertad sin llegar a ser víctimas del acoso de las cámaras. Ella accedió entornando los ojos al recordar su posición social. Si bien no le prestaba atención a los chismes de la clase alta, no quería verse involucrada en uno de ellos y mucho menos, con ese playboy escocés que estaba ahora frente a ella de pie en su pequeña sala.
"De que pasará con nosotros, Candy." Dijo Albert acercándose a ella y tomando suavemente su rostro con una mano, empezó a acariciarlo con sus largos dedos, "Quiero saber si me perdonas y si todavía tenemos una oportunidad."
Candy cerró los ojos y se estremeció ante la caricia. Había creído que su cercanía no le afectaría de esa manera pero era evidente que su cuerpo y corazón reaccionaban con violencia a sus caricias. Se giró con brusquedad alejándose unos pasos y luego le habló con una furia contenida. "No entiendo cómo puedes hablar de un futuro entre nosotros cuando está claro que estabas comprometido y a estas alturas, ¡Seguramente ya te casaste! ¿O quieres que así por así te perdone tu engaño y me convierta en tu amante?"
Albert negó con la cabeza y puso una expresión de horror, "¿De qué hablas? ¿Es que no entendiste nada de lo que decía la carta?"
"¡Carta! ¿De qué carta estás hablando?"
"¡La que te dejé con Annie!", exclamó desesperado.
"¡Deja de decir mentiras! No dejaste nada. Dudo que Annie haya caído en algo tan bajo como para no entregármela." Explotó, subiendo sus barreras de defensa hasta el cielo.
Albert se dio la vuelta y respiró profundamente. Repitió el movimiento de su pecho varias veces mientras se pasaba las manos por su rubio cabello a manera de calmarse. Ahora comprendía la frialdad de Candy; seguía sintiéndose burlada, engañada. La carta donde le explicaba todo lo ocurrido nunca había llegado a sus manos pero a pesar de todo, no podía culpar a Annie. Recordó como su amigo Stear una vez le advirtió no lastimarla y con toda certeza, lo mismo había pretendido hacer Annie.
Albert echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y empezó a hablar con suavidad. "Aquel día que Eliza se presentó en el apartamento, tú saliste casi corriendo después de escuchar sus palabras." Hizo una pausa y se dio la vuelta para quedar frente a ella. "No quise retenerte. Tenía que poner en su lugar a Eliza y asegurarme que se marchara de Chicago. Fue por eso que te pedí que me esperaras en tu apartamento para explicarte las cosas pero cuando finalmente pude llegar ahí, tú ya te habías marchado." Candy lo observaba fijamente. "Día a día esperé me llamarás, que te presentarás a trabajar, quería tener una noticia tuya, saber algo de ti. Por meses invertí la mayor parte de mis ingresos contratando investigadores para que me ayudaran a dar con tu paradero pero fue imposible. Nadie sabía nada de ti.", Albert nuevamente dejó de hablar y suspirando, alzó su mirada al techo como si recordara algo, "Todo lo que me rodeaba me recordaba a ti. Sin darme cuenta había dejado de ser el hombre de siempre y había empezado a caer en una fuerte depresión. Tenía que hacer algo para evitar eso, Candy. De pequeño fui testigo como la hermana de mi madre cayó en ese estado, no sé qué lo motivo, no recuerdo, pero sí recuerdo que no pudo superarlo y eso la llevó a la muerte. No quería eso para mí. Si moría ahí moría la esperanza de encontrarte y formar una familia contigo." Las barreras de Candy empezaron a descender y su corazón a latir con violencia cuando él volvió a verla con intensidad. "Fue entonces que decidí regresar a Escocia pero antes de hacerlo, le pedí a Stear que te hiciera llegar a través de Annie una carta donde te explicaba lo sucedido con Eliza."
"Nunca la recibí…", respondió en voz baja. Todo lo que le había escuchado decir de alguna manera la había afectado y de ser cierto todo lo que decía, mañana le daría un visita a su amiga.
"Si," dijo obligándose a sonreír, "ya me di cuenta." Candy le devolvió una media sonrisa. "Es cierto que desde que éramos pequeños, mis padres y los de Eliza soñaban con una boda que uniera a ambas familias y entre ellos firmaron un acuerdo para que eso se llevara a cabo. Siempre hacían fiestas donde me acorralaban para que ella fuera mi acompañante y así, finalmente parara interesándome. Mi madre junto mi tía por parte de mi padre, constantemente me atormentaban con que ya era tiempo que me casara, que diera un heredero a la familia y que mejor partido que Eliza Leagan. Llegó el momento que no soporté más y fue cuando decidí viajar a América… Fue entonces que tú entraste en mi vida." Poco a poco se fue acercando a ella con un brillo en la mirada y volvió a repetir la caricia sobre su rostro, pero esta vez, ella no se apartó. "No te voy a mentir que al principio representabas el reto de una nueva conquista pero mientras más me esforzaba en conquistarte, más profundamente fui cayendo en mi propia trampa. Dejé de hacer todos esos inútiles intentos y me fui interesando genuinamente en ti hasta quedar perdidamente enamorado. Fue entonces que iniciamos una relación pero una mañana, recibí una llamada de mi Tía Elroy exigiéndome saber quién era la joven con quien estaba saliendo. Simplemente le respondí que era mi futura esposa. A los días estaba frente a mi puerta Eliza, el resto ya lo sabes. Candy, Por favor perdóname por haberte ocultado mi verdadera posición y también por la atrocidad de mi tía y Eliza. Si hubieras sabido todo nada habría pasado y estoy seguro que todavía estaríamos juntos. Por favor perdóname, Candy. ¿Todavía queda alguna oportunidad para nosotros?"
Candy lo observó por un momento a los ojos y luego bajó la mirada. Que tonta había sido, no la había engañado y es más, le había comunicado a su familia que quería convertirla en su esposa. Pero ella sabía lo insoportable que podía ser la vida de una persona cuando la familia de su pareja se oponía a la relación y al cabo del tiempo, por lo general los dos paraban odiándose. No quería ni imaginarse como sería al agregarle el asunto de las diferencias de clases sociales. "Albert, después de escuchar soy yo la que tengo que pedirte perdón por la manera en que me comporté… pero…"
El corazón de Albert se agitó con incertidumbre, "¿Pero qué?" le preguntó.
"No creo que podamos estar juntos." Respondió volviendo a alzar la mirada. La pregunta escrita en los ojos de Albert la obligó a continuar. "Tú familia…"
Albert al observar en sus ojos el conflicto de sentimientos que la invadían, le preguntó suavemente, "¿Me amas?"
"No." mintió.
"¿De verdad?"
"Sí.", volvió a mentir.
"Comprobémoslo." Albert la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él. Sus ojos lo vieron con sorpresa y pánico al comprender su intención. Si llegaba a besarla su cuerpo inconscientemente la delataría. Tenía que salir de aquella situación, pero cuando él se inclinó hacia ella y rozó sus labios, supo que estaba perdida. Dulcemente empezó a recorrerlos, jugando con ellos pero cuando presionó su boca con más fuerza, ella separó los labios invitándolo a invadirla. Un mar de sensaciones estalló en todo su cuerpo y la intimidad del contacto de sus lenguas entrelazándose dejó al descubierto todas sus emociones. Candy le rodeó el cuello con sus brazos y enterró las manos en las suaves ondas de su cabello y él, al sentir su urgencia la atrajo más cerca profundizando el beso.
Lentamente, fue bajando de intensidad y cuando finalmente se detuvieron aun encontrándose en un íntimo abrazo, con la respiración agitada Albert volvió a preguntar, "¿Me amas?"
"Si." Respondió ella jadeante sin vacilar.
Albert sonrió. Tomando su rostro entre sus manos se separó ligeramente de ella y mirándola profundamente a los ojos, sin más le preguntó, "Candy, ¿Quieres ser mi esposa?"
"Pero… tu familia…"
"Por ellos no te preocupes, déjamelos a mí. ¿Quieres ser mi esposa? Si o no.", volvió a inquirir.
"Si." Dijo ella con una radiante sonrisa.
oOoOoOo
Seis meses después, volvían a unirse como tantas veces lo habían hecho ya, sellando con un profundo beso el pacto eterno que acababan de hacer frente al altar.
En este nuevo viaje que ahora emprendían muy lejos de su familia, él sería el capitán y ella su primer oficial. Lo que era seguro es que desde ya, él se encargaría de ponerse a trabajar para reclutar al resto de su tripulación.
FIN
Si les gustó, las invito a leer el fic que estoy desarrollando basado principalmente en CCFS. Es la historia de Candy y Albert a partir que él se fue del apartamento en el Magnolia pero estoy tratando de llenar todos los espacios en blanco que Mizuki nos dejó en la novela.
