Lo se, no tengo perdón de Dios DX pero es que acabo de ver la película hace poco y me dije a mi misma "mi misma, esa podría ser una buena adaptación OsoChoro, IchiKara" y por eso boom XD aquí esta :3 para quienes no conozcan la película les recomiendo encarecidamente que la vean, de verdad que es súper bonita :3 además de tener una banda sonora preciosa TwT
Los personajes no me pertenecen, todo es de su respectivo creador, solo hago esto sin fines de lucro :3
La película "Suite Francesa" tampoco me pertenece, como dije, todo es de su respectivo creador.
Gracias por leer y comentar :D
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SUITE FRANCESA
El ejercito Alemán invade la frontera de Francia, es solo cuestión de tiempo para que llegue a la capital. Muchos hombres, mujeres y niños tuvieron que ser trasladados hacia otras regiones con el avance del Nacional Socialismo en nuestro amado país, solo podemos esperar que mágicamente llegue ayuda a la nación Francesa…
–¿Sigues leyendo ese periódico?– Choromatsu dio un pequeño brinco en el sofá en el que estaba cómodamente sentado. Una fría taza de café descansaba en la pequeña mesita de vidrio a sus pies mientras que en su regazo había quedado el ultimo ejemplar del diario matutino que había llegado con nuevas noticias de Paris. Karamatsu, con las manos en la cadera, negó levemente.– No deberías torturarte la cabeza con eso Mon Cheri.
–¿Debería esperar a que los alemanes me torturen, entonces?– Se mordió el labio, no quería sonar tan rudo, pero la maldita guerra, Alemania y todos sus aliados incluidos, estaban destruyendo todo lo que conocía, además de recordarle constantemente que ese pequeño castillo de cristal en el que vivía no era mas que eso, cristal, cristal que en cualquier momento podría ser destruido ante el mas mínimo roce. La tristeza en los azules ojos de Karamatsu calaron hondo en su pecho, su hermano mayor no tenia la culpa de nada. – Desolé, Karamatsu.
–No te disculpes.– Le sonrió con ternura, Karamatsu jamás se había enojado con él antes, ni siquiera cuando quiso enlistarse, a escondidas de la familia, en el ejercito fronterizo en Alsacia. – La comida estará lista en unos minutos, no demores mucho.
Choromatsu asintió centrando de nuevo su vista en el periódico que tenia en el regazo. Afuera el día pintaba prometedor, el cálido sol de verano golpeaba los arboles y las flores con sus suaves rayos, los pájaros y las mariposas revoloteaban de aquí para allá en los verdes campos y campiñas, un clima de los mas contradictorio a la situación en la que muchos de los ciudadanos de Francia estaban viviendo en estos momentos, sobre todo en las zonas fronterizas a la nación germana.
Muchos de los hombres habían sido reclutados por el ejercito, dejando el campo y los trabajos abandonados, mujeres y niños resguardados en sus casas rezando por que todo se solucionara pronto; él había querido enlistarse voluntariamente, defender al país que lo vio nacer, junto a Karamatsu. Pero jamás pudo lograr su cometido pues su padrastro, el Vizconde Iyami, no dejo que pusiera un pie lejos de la enorme propiedad que tenían en Bussy, una pequeña provincia cercana a la capital.
–¿Qué necesidad tienes de ir a pelear una guerra perdida?– Fue el estruendoso grito que resonó por los enormes pasillos de la mansión de estilo victoriano. Choromatsu miraba con sus intensos ojos verdes el furioso rostro de Iyami.– ¡Solo harás que te maten! Jamás has manejado un arma antes y dudo mucho que puedas hacerlo ahora ¿Por qué dejar atrás los lujos y la seguridad de tu hogar para pelear una batalla que no te corresponde?
–¡Claro que me corresponde!– El rostro del mayor comenzó a ponerse aun mas rojo. Choromatsu no se dejo amedrentar, una oleada de nacionalismo resurgiéndole en las entrañas, pero en su interior sabia que solo era su ego queriendo vanagloriarse bajo un acto de hueca valentía. – Soy un ciudadano de esta nación, es mi deber pelear por ella.
–Que peleen los campesinos.– Una mueca desdeñosa surcándole el rostro, Iyami chasqueo la lengua en sus enormes dientes frontales para afianzar aun mas su comentario despectivo.– La perdida de un noble vale mil veces más que la de mil campesinos comunes y corrientes.
–¡¿Cómo puedes…?!– Menudo cretino.
–La respuesta es no. Y si sigues insistiendo te echare a patadas de la casa, veamos cuanto te dura el gusto viviendo entre la escoria callejera.– Choromatsu miro a Karamatsu buscando un poco de apoyo pero el de ojos azules simplemente se mantenía con la mirada baja y sin decir nada. – Aprende cual es tu lugar y cuales son tus obligaciones, mocoso insolente.
Iyami dio por terminada la discusión y los mando a ambos a sus habitaciones, aquella noche no cenaron y Choromatsu solo pudo lamentar el hecho de que, por mucho que golpeara su orgullo admitirlo, si no podía aguantar una simple noche sin cenar jamás podría aguantar días en trincheras en el campo de batalla. A las semanas de la discusión que tuvo con Iyami, muchos de los criados de la casa fueron reclutados en por el ejercito.
–¿Y bien?– El de prominentes dientes poso una mano en su hombro derecho.– ¿Lleno tu solicitud, soldado?
Choromatsu se alejo de su toque como si quemara, la burla en los rasgados ojos del mayor le revolvía el estomago. Abandono la habitación para encerrarse en su recamara hasta muy entrada la noche, Karamatsu fue a tocar su puerta repetidas veces rogándole por que bajara a comer algo, lo que fuera, pero en esos momentos no quería ver a nadie. Se paso la noche entera tocando el piano o simplemente mirando el paisaje nocturno de su ventana, su lugar estaba ahí, entre pomposos lujos e inútiles presentaciones en la alta sociedad francesa que se ocultaba cobardemente sintiéndose seguras en sus mansiones y castillos, intocables.
–Intocables…– Arrojo el periódico sobre la pequeña mesilla mientras caminaba hacia el ostentoso comedor de pulida madera de cedro blanco. Karamatsu ya se encontraba sentado en una de las muchas sillas de la enorme mesa. La comida servida pródigamente en la costosa vajilla de plata.
–Una mademoiselle me entregó esta mañana un encargo de Iyami.– Karamatsu fue el primero en romper el silencio; Choromatsu siempre pensaba que tal vez sentía que aun estaba molesto por no haberle apoyado aquella vez. Como única respuesta asintió con la cabeza mientras comenzaba a comer.– Debemos ir al pueblo, ya sabes, cobrar la renta de las propiedades que están siendo ocupadas por los criados de las parcelas.
–¿Y porque no va a hacerlo él personalmente?– Volteo a mirar al mayor por primera vez.– Creí que, cuando se trataba de dinero, nos consideraba unos inútiles y débiles. Sobre todo a ti, siempre decía que si te encargabas de las finanzas de la familia nos dejarías en la calle, eres demasiado amable Karamatsu y mucha gente allá afuera podría aprovecharse de eso.
–Bueno, creo que en estas situaciones no esta mal ayudar al prójimo.– Sonrió transparente. Choromatsu odiaba la sonrisa de Karamatsu, era demasiado cálida, demasiado dulce, en resumen, demasiado inocente para el podrido mundo, un mundo desesperado por sobrevivir. Si había algo que estaba seguro protegería con su vida de cualquier invasor esa definitivamente era la sonrisa de su hermano mayor. – Estamos en una guerra, debemos ayudar a los mas necesitados, no hundirlos mas en la miseria.
–¿Vez a lo que me refiero?– Karamatsu, simplemente, era demasiado bueno para ser verdad y eso, eso le aterraba de sobremanera. – A todo esto ¿a dónde se fue Iyami?
–Tenia que ir a visitar a unos parientes en Orleans.– El de azul se encogió de hombros. – Creo que es algo mas bien diplomático, solo menciono que no regresaría si no hasta la próxima semana, tal vez.
Ninguno de los dos dijo mas, simplemente comieron en total silencio siendo el único ruido los cubiertos que chocaban en los platos. Cuando ambos terminaron se subieron a uno de los muchos autos que Iyami poseía, un Renault negro, y emprendieron el rumbo por los extensos campos que eran parte de sus tierras hasta llegar a la ciudad. El pequeño pueblo de Bussy contaba apenas con las suficientes casas y edificios para albergar a la población, una escuela primaria por la mañana y secundaria por la tarde, si uno quería estudiar un nivel mas alto de educación debía viajar a Paris, a unas dos horas de distancia.
El ayuntamiento era lo que ciertamente mas resaltaba, un enorme edificio de ladrillos pintado de un seco color crema con unas largas y ostentosas escaleras al frente. Iyami siempre solía decirles que, si los alemanes llegaran a bombardear Bussy lo primero que caería seria el ayuntamiento, el edificio era un insulto al buen gusto del Vizconde y ciertamente Choromatsu no lo culpaba, a él tampoco le agradaba, de hecho, no le agradaba casi nada arquitectónico de Bussy, tal vez solo la pequeña fuente que se encontraba en medio del parque, y la modesta biblioteca donde solía pasearse de vez en cuando a leer algún libro.
La primera parada fue en una de las pequeñas granjas aledañas al pueblo, Iyami la había puesto en renta pues se encontró deshabitada desde hace años. Ahora vivían en la propiedad los señores Matsuno junto a su única hija, Todoko. El señor Matsuno había sido uno de los pocos hombres que no habían sido enlistados en el ejercito, el hombre no podía caminar bien, una ligera cojera permanente por haber caído de su caballo tiempo atrás, ahora se dedicaba junto a su esposa e hija al cuidado de los animales de la granja y de la tierra; mucha de la comida que se consumía en la mansión venia de aquella modesta granja.
Todoko fue quien los recibió en la entrada, la guapa castaña de veinte años nunca los miro con buena cara, sobre todo porque siempre que ellos iban a visitarlos Iyami se encargaba de hundir mas a la humilde familia con sus comentarios despectivos y pedantes. La señora Matsuyo, por suerte, fue la única que los recibió con una sonrisa; la visita no duro mucho, el dinero le fue entregado a Karamatsu y ambos procedieron a irse del lugar, así fue en las siguientes paradas, una igual a la anterior.
–Deberíamos darles mas tiempo a las personas para reunir el dinero.– Le comento el mayor cuando se encontraban ya en el automóvil de camino hacia la mansión.– Estamos en una guerra, es comprensible que las personas no tengan los recursos suficientes para pagarnos.
–¿Y como se lo diremos a Iyami?– Choromatsu apretó el volante con algo de fuerza ¿Era su imaginación o a lo lejos venía una procesión de personas?– El muy maldito no desperdicia ni un solo céntimo.
–Choromatsu detén el automóvil.– No, no era su imaginación, una enorme fila de personas, todas cargando pesadas valijas, se encontraban recorriendo los campos. Al parecer se dirigían a Bussy. – ¿Qué es todo esto?
–No tengo idea.– El de verde no perdió tiempo y bajo rápidamente del automóvil. Las personas pasaban a su lado, algunos con prisa, otros simplemente ignorándolo y otros, unos pocos, lo saludaban antes de retomar su camino.
–Disculpe, madame. – Karamatsu se acerco a una mujer que venia con su pequeña hija.– ¿Qué significa todo esto? ¿Qué esta ocurriendo?
–¿No se ha enterado?– La pobre parecía alterada, apretaba la mano de la pequeña con algo de fuerza mientras movía los ojos de un lado a otro nerviosamente.– Los alemanes entraron a Paris, una de mis hermanas vive allá y nos hizo llegar la noticia, todos nosotros buscamos alejarnos lo mas posible de la capital, estoy segura que no tardaran en llegar a Bussy también.
–Debemos irnos…– Pero antes de que pudiera tomar la mano de Karamatsu unas enormes sombras aladas se proyectaron como fantasmas sobre las personas, sin duda aviones de bombardeo alemán.
Todo paso demasiado rápido, lo único que Choromatsu atino a hacer fue jalar a Karamatsu hacia el automóvil; las pequeñas bombas caían sobre las personas explotando y levantando la tierra a su paso. La muchedumbre comenzó a dispersarse histérica, muchas personas cayeron al suelo producto del golpe de las explosiones, algunas muertas, muchas otras inconscientes. Cuando los aviones pasaron lo único que dejaron a su paso fue una estela de polvo y muerte.
–¡Karamatsu!– Toco el rostro de su hermano solo para asegurarse de que se encontraba bien, el terror brillaba en los ojos azul cielo del mayor. –¡Tenemos que volver, ahora!
Ambos corrieron hacia el automóvil de nuevo emprendiendo rumbo hacia la mansión. Choromatsu cerro la puerta a cal y canto, sintiendo que volvía a respirar. Karamatsu seguía como en trance, demasiado para jóvenes criados en cunas de plata y oro. La noticia de la ocupación del pequeño poblado de Bussy llego a todo lo largo y ancho de la región. El alcalde había mandado a llamar a todas y cada una de las familias de la zona en la plaza principal, los alemanes habían tomado el ayuntamiento como cuartel de operaciones y todas las personas del pueblo y aledañas a el debían de entregar cada una de las armas que tenían bajo su registro.
Además, varias de las casas de la zona serian ocupadas también por los soldados alemanes el tiempo que durara la invasión del lugar, algo así como un asilo autoimpuesto por los mismos soldados. Choromatsu apretó con fuerza la escopeta que sostenía entre sus manos, a su lado Karamatsu apretaba contra su pecho una caja de tamaño mediano que guardaba en su interior dos pistolas. La fila de personas para entregar las armas en el ayuntamiento era larga, todos los ciudadanos del pequeño pueblo rodeados de soldados alemanes que se paseaban a sus anchas por las empedradas calles en sus vehículos. Al final del día el teniente coronel, el rango mas alto de ahí, dio un pequeño discurso sobre como serian las cosas de ahora en adelante, si se portaban bien, prometían no dejar el pueblo reducido a cenizas, de lo contrario…
–Sabia que este día llegaría.– Choromatsu alejo su plato de comida violentamente. El estomago y posiblemente todo su tracto digestivo se había cerrado abruptamente. Karamatsu y él ya se encontraban de nuevo en la mansión, ambos a la espera de la visita de los alemanes a los que tendrían que darle asilo.
–Iyami mando una carta.– Fue lo único que el mayor dijo.– Se quedara en Orleans.
–Debí suponerlo.– Mascullo el de verde entre dientes, maldito cobarde, poniendo su pellejo por encima de todo.
–Disculpen, mis señores.– Interrumpió suavemente una de las criadas, la tensa mueca en su rostro solo podía significar una cosa.– Los alemanes llegaron.
–Hazlos pasar, Clarisse.– La joven se retiro rápidamente, parecía asustada y no era para menos, su casa, el lugar mas seguro e intimo que alguna vez pudo tener, estaba siendo invadida por invitados no deseados. Su libertad y todas las cosas que alguna vez pudo disfrutar le estaban siendo arrebatadas sin que él pudiera hacer algo. Choromatsu apretó la mandíbula tan fuerte que por un momento temió hacerse daño.
Las pesadas pisadas hicieron eco en el suelo de madera. Karamatsu mantenía la vista fija en su plato, Choromatsu fue el primero que inicio el contacto visual. Eran dos, uno de ellos, el mayor al parecer, lo miraba con esos intensos ojos escarlata y una sonrisa despreocupada en el rostro aparentando ser amigable, el otro tenia el cabello revuelto, los ojos de un profundo violeta y una mueca de molestia en el rostro. Ambos llevaban el uniforme desarreglado pero no había que ser demasiado listo para darse cuenta que no eran simples soldados, sobre todo el de mirada rojiza.
–Buenas noches señores.– La burlona voz hizo que el estomago de Choromatsu se encogiera de coraje, tenía tantas ganas de ir quitarle a ese idiota la molesta sonrisa del rostro.–Lamentamos interrumpirlos en medio de su cena. Mi nombre es Osomatsu y este amargado que esta a mi lado es mi teniente, Ichimatsu.
–Las habitaciones al final del pasillo.– Fue la seca respuesta del de verde, Choromatsu prefirió centrar su atención a su plato de nuevo. Karamatsu parecía congelado en su lugar.– La orden fue darles la mejor habitación de la casa.
–No hay necesidad de ser tan parco.– Ichimatsu simplemente chasqueo la lengua, molesto y aburrido de todo aquello, Osomatsu decidió ignorarlo.– Pense que todos podríamos llevarnos bien.
"¿Sera estúpido?" fue el primer pensamiento que cruzo por la mente de Choromatsu "¡Estamos en una maldita guerra! ¿Cómo puede, siquiera, mencionar tremenda estupidez?". El comedor quedo en total silencio, Karamatsu en su mutismo autoimpuesto y Choromatsu peleando contra el enorme impulso de asesinar con sus propias manos a esos malditos alemanes. Osomatsu suspiro cansado, el viaje hacia ese pueblucho lo había dejado cansado, decidió dejar a ambos hermanos solos y comenzó a subir las escaleras con Ichimatsu a su espalda como si fuera su sombra.
–Creo que perdí el apetito.– Karamatsu se levanto repentinamente de la silla del comedor. Las manos le temblaban mientras las apretaba en un puño fuertemente cerrado. –Buenas noches, Choromatsu.
–Espera Kara…– Pero el mayor ya se encontraba subiendo apresuradamente las escaleras. Ambos se quedarían en las habitaciones de las visitas mientras que las habitaciones principales serian ocupadas por ambos intrusos, como Choromatsu los había apodado.
El de verde dejo caer su cabeza sobre la madera de la mesa, se sentía atrapado en su propia casa, se sentía un completo inútil por no poder hacer nada por impedir que aquello pasara pero por sobre todo se sentía desesperado, ese tipo de desesperación que te corroe las venas y te perfora los huesos, el sentimiento de una persona que se ahoga en el mar sin poder salir a la superficie por algo de oxigeno y que sabe que, tarde o temprano, terminara muriendo. Justamente así se sentía en aquellos momentos.
–Disculpa por molestar de nuevo.– Levanto la cabeza como si tuviera un resorte en ella, Osomatsu lo miraba desde el marco de la puerta recargado en una de las esquinas de manera despreocupada, solo traía los pantalones y los calcetines dejando al descubierto el fuerte pecho, Choromatsu desvió la mirada con algo de nerviosismo, era la primera vez que veía a otro hombre de esa manera, Karamatsu era su hermano y por ende no contaba. – Me gustaría saber si podrías darme las llaves del piano, el que se encuentra en mi habitación.
Su piano, su precioso piano en manos de aquel idiota que seguramente no sabia ni tocar la tecla de Do. Con un largo y pesado suspiro se quito la cadenita que siempre llevaba consigo, el dije era, en efecto, la pequeña llavecita que abría la compuerta para dejar al descubierto las teclas de marfil de su amado instrumento. Se la arrojo al otro con desdén mientras volvía a centrar su verde mirada en su comida ya completamente fría.
–Es un hermoso piano.– Osomatsu seguía parado en el marco de la puerta y Choromatsu rogaba por que se fuera lo mas rápido posible, su sola presencia lo incomodaba demasiado.– ¿Es tuyo?
–No creo que eso sea de tu incumbencia.– Seguía sin mirarlo ¿Por qué simplemente no se iba? Ya le había dado la llave ¿Qué mas quería de él?– Aun si fuera mío lo tomarías igual
–Bueno, de donde yo provengo.–Comenzó mientras se acercaba y se sentaba en la silla en la que antes estaba Karamatsu.– Dicen que las cosas se parecen al dueño.
Choromatsu lo miro alzando una ceja y la boca fruncida con una ligera molestia, si ese alemán no se iba entonces seria él quien abandonara el comedor. Osomatsu tomo una de las manos del de verde sin que éste pudiera preverlo, con cuidado beso el dorso y volvió a soltarlo sonriendo tranquilamente. Choromatsu quedo estático en su lugar, como si un rayo le hubiera caído encima y hubiera partido su cuerpo a la mitad.
–Voy a tratarlo bien.– Le mostro la pequeña llave refiriéndose al piano. – Te lo prometo.
Solo cuando pudo dejar de sentir la presencia de Osomatsu fue que Choromatsu se permitió bajar la guardia de nuevo. Su piel le ardía, al igual que las mejillas. Aquellos iban a ser unos días muy, muy largos.
