Kruger
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En los primeros días del año nuevo japonés, miles de familias se reúnen como dicta la costumbre a pedir una buena fortuna en el año venidero, Kioto, mi hogar, no es la excepción. Kioto fue antes la capital de Japón y es tal su tradición, su cultura y su arquitectura, que incluso los grandes generales estadounidenses se negaron a bombardearla debido a su magistral belleza. Kansai, pintada por su diversidad de paisajes, con sus nevados, sus bosques, sus ríos, sus costas; toda la región era hermosa. Pese a todo, yo deseaba abandonarla...
Recuerdo esa mañana con claridad, fue la última discusión que tuve con mi madre justo antes de entrar a la puerta principal del templo para celebrar las festividades de año nuevo, pues le conté mis planes los cuales me venían a la mente cada vez más frecuentemente; no estudiaría en la universidad de Kioto, sino en la universidad de Tokio...
- De ninguna manera.
- Pero madre...
- He dicho que no Shizuru, la universidad de Kioto es igual de prestigiosa que la de Tokio además tu padre y yo realmente quisiéramos que no estuvieras muy lejos del negocio familiar...
- Madre, para eso creo que ya tienes gente suficiente, están mi hermana y mi cuñado.
- Shizuru, no quiero recordarte que tu hermana mayor tuvo la misma loca idea que tú y ya sabes en qué terminó el asunto. - Sí, mi hermana se embarazó de mi cuñado y fueron rápidamente enlazados en un fugaz e innecesario matrimonio, si me lo preguntan. - Creo que a tu padre no le va a...
- Primero – Alcé la voz un tanto mortificada – Yo no soy mi hermana y segundo, tampoco quiero estudiar veterinaria ni agronomía, sino medicina humana así que en el rancho no le sirvo a papá en lo absoluto.
- Está fuera de discusión, he dicho.
- ¿Insinúas que no confías en mí? - Espeté indignada. - ¿Es eso? Puedo castrarme como las gatas si eso te complace, madre.
- Shizuru la capital no es para ti, hay muchos peligros en la ciudad, se ve en las noticias todos los días, esos tokiotas y sus vicios...
- ¿Es en serio madre? - Resoplé el aire fuertemente casi resignada – Eres increíble y detestable.
- Shizuru, discutamos esto en otro momento, vayamos para no dejar solo a tu padre.
- ¿Sabes? - Me sobé las sienes para no perder la compostura frente a los extraños que empezaban a mirarnos más fijamente desde que ambas subimos el tono de voz. -Anda tú, estoy segura de que a papá le dará lo mismo verme aquí o allá, mientras siga bajo sus alas.
- Shizuru no seas así... ¡Regresa!
Pero para cuando mi madre gritó el segundo regresa yo ya me encontraba en los jardines del templo Kiyomizudera imaginando una vida lejos de esta ciudad. Tan lejos, como las columnas del templo mismo, donde se puede ver las colinas que le rodean. Dicho de otra manera, lejos de mi familia. Mi padre había heredado un negocio ganadero que perteneció a su madre, quien heredó la tierra de su padre; así hasta un linaje perdido de muchos años. Terrenos donde lo mismo criaban ganado que cosechaban arroz, un paraíso perdido en Kioto e igualmente, un pueblo maloliente donde la civilización aún era lejana. Pese a todo conseguí concluir mi bachillerato en ese medio, pero siempre con los ojos puestos en fronteras lejanas donde el tedio y la monotonía serían algo poco frecuente en mi nueva vida. Tokio. La actual capital del Japón y ciudad muy, pero muy lejana de todo lo que los Fujino pueden controlar.
Me senté a los pies de un viejo árbol, miraba las mariposas revolotear a mi alrededor y contaba las hojas de los árboles que aún le quedaban al viejo sugi, de la nada, un globo rojo voló hacia el cielo atorándose en una de las ramas del árbol y casi de inmediato, una voz infantil me despertó de mis ensoñaciones.
- Disculpe, ¿podría bajarme ese globo del árbol?
- ¿Es a mí? - ¿En serio? ¡Ese árbol debe medir como cien metros!
- No veo a nadie más.- Mocoso malcriado te voy a enseñar buenos modales...
- Yo te puedo ayudar. - Otro personaje apareció en escena, sí, otro intruso que sólo quiere mortificarme aún más de lo que ya estaba. - Puedo subir hasta ahí, dame un minuto.
Al principio pensé que era un muchacho, dado su singular vestuario que consistía en un atuendo de motociclista con un casco negro que no dejaba verle el rostro, sin embargo, cuando trepó el árbol distinguí que usaba unos jeans tan apretados que me fue casi imposible no reparar en mirarle ese enorme trasero que escalaba con torpeza el viejo árbol, afortunadamente el globo se encontraba en una de las ramas más bajas. Para cuando bajó y le entregó el globo al chiquillo ya no me quedaba la menor duda de que se trataba de una mujer; de estatura un tanto menor que la mía y de un tono grave de voz. El chiquillo le dio las gracias a la joven pero noté que algo le molestó a la motociclista, pues su postura era desgarbada denotando frustración.
- ¿Ocurre algo?
- Sí - dijo mientras alzaba la vicera del casco, lo que me permitió contemplar sus ojos verdes – Me dijo señor...
- ¿Qué esperabas? - Contesté sin poder evitar una carcajada – No estás usando un kimono.
- Sí, lo siento, vengo de Tokio, estoy buscando a una persona que debe estar por aquí...
- ¿De Tokio en motocicleta? ¡Has de estar toda rozada! - Volví a burlarme, era inevitable, estaba de mal humor y esta extraña me estaba sirviendo de mucho.
- Ash, hice paradas... Tenía mucho tiempo que no venía a esta parte del país y quise recorrerle en motocicleta.
- ¿De dónde eres extraña? Tu acento no suena ni de kiotoka ni de tokiota...
- Es porque pasé mucho tiempo en... Bueno, he estado en muchos lados, pero al fin tengo unas merecidas vacaciones – Respondió con un tono alegre, sus rasgos me quedaban inciertos con el casco, sin embargo no percibí ninguna mala intención de su parte. - ¿Qué tal la vida en Kioto? He escuchado que este templo es muy famoso por ser uno de los más bellos de estas tierras...
De la nada, me encontré relatándole mi vida a esta desconocida, le conté que pensaba estudiar en la universidad de medicina de Tokio, le conté cómo había sido mi niñez en el rancho de los Fujino, le hablé sobre mis padres a quienes amaba, le conté sobre cómo un día mi hermana se enamoró de mi cuñado y se inventó unas asesorías extra curriculares con él para estar bien preparada en la carrera de administración. Le dije que sería tía prontamente y que esa era la razón por la que mis padres se encontraban algo sobreprotectores conmigo sobre el tema, pero que eso no mermaría mi ímpetu de salir de la vida campirana de donde crecí.
- Tus padres han de quererte mucho, es lo normal.
- Sí pero todos los polluelos vuelan, ¿no?
- Algunos se caen del nido y se los come el gato. - Aquí la miré con ganas de matarla pero sólo me ignoró y cerró los ojos para evitar contacto visual.
Hasta ese momento, no me había percatado de que la motociclista tenía una mochila al hombro, la cual abrió y en su interior se encontraban objetos como mapas, algunas mudas de ropa revueltas y latas de comida. Sí, tengo unos ojos entrenados para verlo todo en cuestión de segundos. De uno de los bolsillos de la mochila, sacó un pequeño libro que en realidad era una guía para turistas de Kioto; abrió el libro y buscó en su interior algún artículo el cual no tardó en compartirme.
- Mira, aquí dice que si te lanzas de la plataforma del Hondo, se te concederá un deseo...- Casi reí por su ocurrencia en este punto pero en vez de eso me contuve y le respondí con otra tonta leyenda.
- También dicen que si caminas a ciegas en el templo del amor, del extremo de una de sus piedras a la otra, encontrarás al amor de tu vida.- A pesar de tener el rostro oculto, sus ojos brillaron con cierta incredulidad y enarcó una de sus oscuras cejas viéndome con curiosidad. - ¡Ah vamos! Todos los kiotokas conocemos esa anécdota, incluso en la mayoría de los colegios de Japón, escogen este punto de Kioto para traer a sus estudiantes para conocer el relato de Onamuji y el conejo... El cual es obvio que desconoces.
- Onamuji curó a un conejo malherido y en agradecimiento el conejo vaticinó que él sería el elegido de entre sus ocho hermanos para quedarse con la mano de la princesa Yagami, la cual todos le hacían la corte.- A pesar de no poder mirar su sonrisa era obvio que la tenía en la cara, sus ojos decían más que sus palabras – Está en mi guía de Kioto en la página 35.- Sí, debí suponerlo.
-¿Pero quien usa una guía en estos días? ¿Acaso desconoces lo que es un gps o un smartphone?
- Shizuru - Suspiró y me miró fijamente. - Eres tal y como...- Pero nunca terminó esa frase, ya que a lo lejos escuché la voz de mi madre quien me llamaba y no se encontraba sola, mi tía Midori estaba con ella, la terrible pelirroja Midori.
Les saludé con la mano para indicarles en dónde me encontraba y cuando volteé para decirle a mi compañía que nos acercáramos donde ellas se encontraban, la extraña se había desaparecido como el aire. Por un momento pensé que lo había imaginado todo, porque el ambiente se encontraba tan tranquilo como al inicio, pero a lo lejos divisé al chiquillo con el globo rojo quien correteaba en la sala principal del templo de agua alrededor de la cascada. Entonces supe que no lo había imaginado y que esa forastera simplemente se había largado sin despedirse. Seguro sí era una tokiota por sus malos modales, aunque los míos también dejaron mucho por desear, pues pasé charlando largo tiempo con ella y nunca supe su nombre.
- Shizuru, creí por un momento que te habías ido a casa.
- No madre, sólo necesitaba despejarme un poco.
- Tú tan prematura como siempre. - Comentó la pelirroja con una enorme y misteriosa sonrisa. - Has crecido mucho desde la última vez que te vi.
- En cambio tú te ves exactamente igual tía Midori.- No era broma, mi tía debía rondar los cuarenta y cinco años y sin embargo no parecía tener más de veinticinco. Mamá solía decir que seguramente tenía un buen cirujano.
- Ay, estate... - Respondió con un falso ademán de vergüenza cual colegiala.
- Shizuru – Llamó esta vez mi atención mamá. - Te tenemos una buena noticia.
- Te escucho.
- Tu tía Midori tiene una casa en Tokio, me asegura que puedes disponer de ella y que estará muy pendiente de ti mientras vivas ahí.
- Me he perdido, ¿de qué estamos hablando? - Inquirí con desconcierto.
- ¡Vas a estudiar en Tokio!- Exclamó la pelirroja con su característico ímpetu el cual siempre era extrovertido.
- ¿Es en serio mamá? - Aún no me la creía - ¿Qué ha dicho papá? No me interesa. ¿Es en serio mamá?
- Sí pero tienes que prometer que vas a llamar todos los días y que...
- ¡Gracias, gracias mamá! - La abracé y la besé y hubiese hecho una danza ahí mismo si no fuera porque había demasiada gente cerca.
- No cantes victoria Shizuru, que aún tienes que pasar el examen de admisión y...
Pero ya no la escuché, es decir, ¿el examen? Eso era pan comido, lo que yo más deseaba era salir huyendo de ese lugar, ahí me sentía atrapada y axfisiada todos los días. No veía la manera de salirme de ese ambiente tan aburrido y conocer más sitios, más gente, más vivencias... Estaba tan feliz, realmente lo estaba... Yo nunca imaginé que ese era el principio de una pesadilla, no lo vi venir, realmente no.
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- ¿Es ella, no?
- Masashi, debes evitar espiarme todo el tiempo, no es bueno escuchar las conversaciones ajenas.
- Natsuki, no olvides que es mi deber como tu guardián estar detrás de ti como tu sombra.
- Deberías hacer como Nao, a ella le importa un bledo mi pellejo. ¿Verdad Nao?
- Muérete.
- Yo también te amo Nao. Pero volviendo a tu pregunta Takeda, sí, es ella, Shizuru Fujino.
- Se te va a caer el teatrito Kruger, cuando Reito se entere de esto nos matará a todos.
- Calma Nao, estamos de vacaciones hasta las fiestas de Obon, hasta ese momento tengo carta abierta para radicar en Japón y hacer lo que me plazca con mi vida. Y mi vida ahora le pertenece enteramente a esa joven castaña.
- ¿A dónde ahora Natsuki?
- Tokio, iremos a Tokio.
