"Una lúgubre noche de noviembre vi coronados mis esfuerzos. Con una ansiedad casi rayana en la agonía, dispuse al alcance de mi mano el instrumental capaz de infundir la chispa vital al ser inerte que yacía ante mí. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeteaba triste contra los cristales, y la vela estaba a punto de consumirse, cuando, al parpadeo de la llama medio extinguida, vi abrirse los ojos amarillentos y apagados de la criatura. Respiró con dificultad, y un movimiento convulsivo agitó sus miembros.

¡Cómo expresar mis emociones ante aquella catástrofe o describir al desdichado que con tan infinitos trabajos y cuidados me había esforzado en crear!"

Frankestein – Mary Shelley

Mis manos temblaban cuando cerré el libro que se encontraba entre ellas, había algo en él que perturbaba mi mente, interrumpía mis pensamientos y hacía que mi cuerpo se estremeciera, tal vez era algo sobre la superficie de tapa dura de un oscuro y gastado color marrón el cual no llevaba más que el titulo de "Frankestein" y el nombre de la autora en unas brillantes letras doradas que se hundían por el relieve. Tal vez fueron las hojas opacas y de bordes desgastados por el uso.

… O tal vez, fue aquel primer párrafo ubicado al inicio del quinto capítulo, un marcador de páginas de color verde oscuro colgaba de un extremo, pero incluso antes de tomarlo mis manos ya estaban temblando.

Releí el texto desde el comienzo, al parecer mi mente no registraba las palabras, las letras negras danzaban frente a mis ojos y después un segundo intento infructuoso terminaron por desvanecerse detrás de las lágrimas que se balanceaban al borde de mis ojos, contenidas únicamente por el deseo de volver pronto a casa y desahogarme en la soledad de mi habitación, bajo la protección de los brazos de mis seres queridos.

Acomodé el libro entre mis brazos apretándolo con fuerza, ahora era todo mi cuerpo el que temblaba y no sólo mis manos. El frío inexistente calaba mis huesos.

Ahogué un sollozo mientras apretaba mis dientes. Era un día precioso, pero mi interior se sentía igual que una tormenta arrasando cualquier otra emoción a su paso dejando tras de sí el miedo, la duda, la confusión y la tristeza… la desolación. Mi alma estaba destrozada.

Las voces se habían vuelto un leve murmullo tras esa mente inconsistente, de pensamientos que revoloteaban sin detenerse en uno fijo, tras la emoción que embargaba mi corazón manchando de desesperación mi alma. Mi aliento contenido dejó escapar en una exhalación un ruido bajo, leve y repleto de angustia, me sonaba ajeno a mí, y no quería admitir que había huido de mis labios. Entonces, maldije mi debilidad.

- Tranquila, Hermione.

Una voz susurró en mi oído con extrema dulzura. Sus fuertes brazos me cobijaron en su ancho pecho, y una mano gentil acarició mi espalda. Repitió sus palabras de calma, sabía que estaba tratando de contenerse tanto como yo. Le conocía y era capaz de percibir los quiebres escondidos en la madurez de su voz, en el frágil consuelo. Éramos patéticos.

Quise llorar de nuevo, ahora con mayor ímpetu que antes, la garganta me escocía por los lamentos reprimidos… quería llorar, quería llorar, quería llorar… Me acurruqué aún más en ese abrazo compasivo de, tal vez, la única persona capaz de comprender mi dolor. Una mano atrajo mi cabeza hasta la curva de su cuello y un beso casi imperceptible fue depositado en mi frente sobre mi cabello revuelto. Todavía estaba temblando.

Esta vez maldije nuestra debilidad, porque a pesar de todo ninguno de los dos había podido hacer algo, algo que valiera la pena al menos.

- ¿Por qué ahora? ¿Por qué no podía dejarnos en paz? Dime Ron. – Alcé mi rostro, cuando quise observar directamente a sus ojos desvió su mirada y sostuvo su agarre en mi cabeza, sus manos se tensaron, creí que temblaban, aunque no podría saberlo jamás ya que en mi propio cuerpo no habían cesado los estremecimientos que lo recorrían de extremo a extremo. Quise envolverlo en un abrazo similar al que me mantenía sujeta, al contrario de lo que deseaba apreté contra mi cuerpo el viejo y desgastado libro. - ¿Por qué ahora, incluso aún cuando está…?

- Cálmate, por favor. Aún no.

Cerré los ojos con fuerza, tratando que esas lágrimas traicioneras no escaparan por entre mis pestañas. ¿De qué serviría llorar ahora en todo caso? Aún quedaba tanto por hacer, sabía que intentándolo podríamos devolver todo a la normalidad.

Miré, entonces, a la habitación que se extendía detrás de mí, antes la había visto en su gloria plena, en sus días oscuros que encerraban los aún más oscuros pasados y tormentos, pero hoy, en ese momento, en ese día, rebosaba de una tristeza cegadora. Era mediodía y parecía quela luz no era capaz de rellenar ni alcanzar los rincones sumergidos en sombras, todo parecía muerto, sin aire, sin luz, sin esperanza… sin vida… Las flores que solían estar en una vieja maceta ahora están aplastadas y marchitas en el piso, las piezas de cerámica esparcidas en la alfombra; un sillón volcado, su sillón favorito; las cenizas casi extintas dentro de la chimenea, algunas brasas todavía ardían de un leve color rojo escondidas tras los escombros de los restos de unas cartas amarillentas y arrugadas; una manta que fue dejada de lado en algún momento de la calidez de la mañana… y luego, el libro que ocultaba cerca de mi pecho. No podía dejar que se dieran cuenta o se lo llevarían. Era algo estúpido, pero era lo único que me ataba a la realidad.

Ron y yo salimos, dejando a los Aurores continuar con su trabajo. Escondí obstinadamente el libro bajo mi abrigo.

Si lo hubiese pensado aquel día tal y como lo pienso ahora me hubiese dado cuenta que ese párrafo de un usado libro Muggle, el cual ya había leído mucho tiempo atrás, marcaba un inicio…

… El monstruo que había creado la guerra, las muertes, las pérdidas y el dolor, la tristeza y el temor había despertado. Aquellas lágrimas no derramadas eran tan sólo el comienzo al terror que se avecinaba sin piedad alguna en manos de nuestro verdugo…

Lo que había acontecido la noche anterior, esa fría y tenebrosa noche de Noviembre desataría nuestra pesadilla… y no existía otro culpable más que yo, más que Ron, más que cualquier otro mago vivo, o muerto en medio de la Segunda Guerra Mágica.

Harry estaba loco y esto es lo mejor. Eso pensé, lo creí y me convencí de ello.

Hoy comprendo que era una premonición de la muerte que se aproximaba. Del dolor que albergaría mi corazón… y el de todos…

Lo lamento tanto, y sin embargo, ya no me quedan lágrimas para llorar.