Disclaimer: Dragon Ball es propiedad de Akira Toriyama y sus personajes son utilizados en este fanfic, sin fines de lucro.


Idea elaborada entre Ashril y Nadeshico023


...

—Después de todo lo que les di. Mi hospitalidad, planetas qué gobernar, formar parte de mi vasto imperio… —Hizo un gesto, simulando amargura—. Es difícil para mí creerlo, Vegeta —Miró de forma llana y evidente al Rey de los Saiyajin, y no pudo evitar formar una sonrisa ladina—, creí que nuestros acuerdos habían favorecido a tu familia lo suficiente… pero resultaste ser avaro. No sabes cuál es tu lugar, aún después de todos estos años no lo has aprendido. Creo que a tu pequeño cerebro le cuesta asimilar que jamás serás más fuerte que yo —En sus oscuros labios se dibujó una sonrisa, se sentía pleno. Sin mover su rostro un ápice, dirigió el foco de su pupila al pequeño hombre se encontraba de pie junto al Rey. Su sonrisa se borró, la tranquilidad con la que se veía el viejo humano, le disgustaba. Hubiera esperado verlo con el rostro desencajado, temblando, temiendo su muerte. Pero, en cambio, se lo veía sosegado, dueño de una calma inquebrantable—. ¿No se da cuenta que va a morir?

—Lo he sabido desde hace mucho tiempo. Sin embargo, volvería a hacerlo todo de nuevo, una vez más —contestó, esbozando una sincera y serena sonrisa.

No pudo soportar por un segundo más ese estado de calma inalterable y, sin hacer demasiado esfuerzo, alzó su mano derecha y un rayo de luz se disparó desde la punta de su dedo. El haz de luz rojizo recorrió la habitación a velocidad imperceptible. La impoluta bata del anciano se pintó en el pecho, de una mancha bermellón intenso, que se escurrió a lo largo de su vestimenta hasta crear un cenagal sanguinolento, en el que cayó rendido con la misma expresión impasible.

—Es una pena, era una buena adquisición para mi imperio —soltó, mirando con desagrado el cuerpo desangrándose en el suelo—. No supo elegir sus lealtades —volvió la mirada al Rey. Lo notó descompuesto, pálido. Parecía más consciente de su porvenir que aquel pequeño hombre que acababa de morir. Y, como si lentamente asimilara lo que había sucedido, notó cómo presionaba en demasía sus puños, al punto de hacer temblar sus extremidades. Se sonrió una vez más.

—Maldita sabandija —dijo, apretando la quijada. Se controlaba por no saltar sobre él y atacarlo. Sabía que transitaba sus últimos segundos.

—¿Son tus últimas palabras? —le cuestionó divertido, ensanchando su sonrisa.

—Esto no terminará, aunque me asesines ahora —dijo, seguro de sus palabras y aun midiendo sus pasos.

La sonrisa burlona del emperador, se borró, sustituyendola por una expresión de descontento e irritación. Su ceño se frunció con fuerza.

—Ahora sólo estás fanfarroneando —aseguró albergando duda—. ¿Estás hablando de tu hijo? Pisaré como a una cucaracha a ese insolente muchacho.

El Rey sonrió, a sabiendas de que esa sería la última vez.

—Mis hijos ya están fuera de tu alcance. Al igual que los mejores soldados saiyajin del planeta.

Freezer no necesitó de más hostigamiento. Con un movimiento de su mano, produjo un nuevo haz de luz que se posicionó sobre el pecho del rey Vegeta. Éste, lo observó con cierto temor, sintiendo cómo una fuerza implacable se posicionaba dentro de su pecho. Colocó una mano, sobre el emblema de su patria y soltó un quejido, al percibir que su caja torácica se extendía más allá de sus límites. Sintió instantáneamente cómo sus órganos se desgarraban en su interior y gritó, presa del profundo dolor en lo más profundo de sí. En cuestión de segundos, su cuerpo entero se había desvanecido en una explosión que pasó de desmembrarlo a combustionarlo por completo. Los restos ennegrecidos del Rey se regaron por la habitación, cubriendo a varios guardias que observaban con horror la atroz escena. Freezer había tenido el recaudo de protegerse con su energía, de la explosión que había manchado de brutalidad al resto. Sin embargo, aunque lo había asesinado sin dejar pieza reconocible de él, sus palabras se le habían colado bajo la armadura.

—Busquen a Vegeta —aseveró con el rostro fruncido y, el más alto de los presentes, aceptó las órdenes y luego de una reverencia se retiró.

—Mi Señor… —dijo una voz temblorosa, limpiándose los restos de los que se había bañado. Freezer lo miró, conteniendo en su férreo semblante la exasperación que lo corroía. La turbia mirada del mandatario, hizo temblar al soldado que se había atrevido a dirigirle la palabra—. Dijo… que sería recompensado… por la información que le brindé —murmuró mientras tiritaba, pero sólo logró incrementar el desagrado del emperador.

—Oh, por supuesto que serás recompensado, querido súbdito —contestó imitando una sonrisa que se percibió macabra. Alzó la misma mano con la que acababa de asesinar al científico y al Rey, y un par de haces de luz se encargaron de desmembrar al soldado, por su atrevimiento.

—Tengan presente que la lealtad no debe ser recompensada. Es obligatoria.

...


Más allá de la libertad


Capítulo I


—¡Atácalo! No te quedes ahí parada como una imbécil —gritó, cruzado de brazos, mientras observaba cómo una mujer de armadura verde musgo, se posicionaba en posición de pelea frente a uno mayor—. ¡No tengo todo el día! —rugió y la mujer se lanzó sobre su contrincante, atizándole una serie de puñetazos a una velocidad invisible al ojo humano.

Mientras ella se esforzaba en dejar su máximo en el entrenamiento, el otro se sonreía, esquivando cada golpe como si de caricias se tratara.

—Te estás avergonzando a ti misma —le dijo con fastidio, el que los observaba—. Son una maldita pérdida de tiempo —soltó por lo bajo, sordo a los oídos del resto de guerreros que lo acompañaban en el salón. Mas no al más pequeño, que se encontraba atento a su lado.

—Padre me pidió que le informara de sus progresos —le dijo con voz tímida, revisando las cifras que se presentaban en su scouter.

El mayor lo miró por encima del hombro, arqueó una ceja y gruñó. Le hastiaba la tarea que tan energéticamente le habían encomendado.

—Han llegado a sus límites —siguió—. Podría estar invirtiendo mi tiempo en cosas más importantes que esto.

—Oí que tuviste una discusión con nuestro padre… —empezó con cierto temor. Conocía perfectamente el volátil temperamento de su hermano y, aunque estaba seguro de que le ordenaría callarse, se aventuró a indagar.

—No tientes a tu suerte, Tarble —contestó sin descuidar los movimientos de los guerreros frente a él, con un semblante inflexible—. Pero si tanta curiosidad te da, recibí órdenes de no abandonar el planeta para seguir con las misiones que teníamos programadas. Debemos quedarnos aquí, hasta nuevo aviso —carraspeó y no pudo controlar las palabras que se le aglomeraban en la boca—. Es un maldito cobarde, está lamiéndole las botas a Freezer junto con ese pequeño anciano con el que siempre anda. Es una vergüenza para su raza, es una vergüenza que debamos llamarlo nuestro Rey, y es aún una mayor vergüenza que deba llamarlo mi padre. No tiene las agallas de enfrentarlo.

Tarble intentó hacer caso omiso de las duras palabras de su hermano mayor, prosiguiendo con su tarea de monitorear las fluctuaciones de poder del escuadrón al que entrenaba. Cuando el turno de aquel par terminó, Tarble notó cómo la frustrada mujer se retiraba del cuadrilátero, maldiciéndose por su desempeño. Del otro lado, el hombre mayor que había luchado contra ella, le comentaba algo con suficiencia a su hijo, que era su viva imagen. Quizás la única diferencia notoria entre ellos, era la cicatriz antigua en forma de equis que llevaba en la mejilla izquierda.

Vegeta y Tarble percibieron en sus rastreadores, una emisión entrante, al mismo tiempo. El mayor bufó, disconforme de comunicarse nuevamente con él. A pesar de ello, presionó el interruptor junto a su oído y la comunicación entre los tres se estableció. En la pequeña pantalla vio el rostro de su padre, parado en una habitación inmaculada, con una expresión turbada y con dificultades para comenzar esa conversación.

—¿Qué sucede? —le preguntó Tarble, y la imagen de su padre se tornó más resuelta, determinado a pronunciar lo que cavilaba en su mente.

—Abandonen el planeta —comenzó. Vegeta se extrañó inmediatamente, escuchó con atención, aunque deseaba cuestionarle impaciente los motivos—. Tarble, busca coordenadas de algún planeta desértico. Estoy seguro de que no me queda mucho tiempo, Freezer ya ha tomado la determinación de eliminarme y probablemente a ustedes también, junto con el resto de los saiyajin. Retírense de Vegetasei y reagrúpense.

—¿Estás bromeando? —vociferó Vegeta, exacerbado, captando la atención de los que entrenaban a su alrededor—. ¿Quieres que huyamos? ¿eso pretendes?

—No pretendo que huyas Vegeta, pretendo que salves tu vida —dijo, intentando controlar la forma en la que su hijo lo exasperaba—. Maldición… —susurró—. ¡No podrás enfrentarlo! ¿Crees que durarías un segundo contra él? Eres más inteligente que eso Vegeta, piensa. Piensa y vete ahora mismo, lleva contigo todos los soldados que puedas. Entrena, hay una manera.

—¿Manera de qué? —le gritó una vez más—. ¡¿Qué no tienes dignidad?!

—¡La manera más digna que tengo de morir es dejándote un legado! Sé que puedes alcanzarlo, pero ahora mismo debes irte de ese planeta. No sé cuánto tiempo te quede antes de que ellos lleguen.

—¿Cómo sabes que Freezer va a asesinarte? —le cuestionó Tarble, saliendo de su ensimismamiento.

—Sé que teme de lo que somos capaces los saiyajin —contestó ladeando una sonrisa—. Encárgate de hacer entrar en razón a tu hermano. Esta será la última vez que os vea, no se rindan. No puedo decirles mucho porque seguramente han monitoreado mis movimientos. Y si no lo han hecho, lo harán ahora. Pero les puedo asegurar que hay una buena razón para retirarse ahora, porque volverán con más fuerza de la que se imaginan —finalizó esperanzado—. No te rindas Vegeta, sé que jamás has entendido mis razones, pero espero que encuentres el camino que te lleve a las respuestas que tanto esperas.

—Ya es hora —se escuchó, no muy lejos. Ambos pudieron darse cuenta de que se trataba de la voz del anciano Briefs.

—Adiós —dijo sin más y culminó la transmisión.

Vegeta se quedó estático, por un segundo, luego volvió a enfurecerse y salió disparado de la habitación, a pasos agigantados. El más pequeño tomó la tarea encomendada con mucha voluntad. De inmediato salió detrás de él y apresurado, lo tomó por un brazo alcanzando a rozar levemente uno de sus guantes. Él se giró irritado, el cólera se le desprendía de los poros.

—¡Suéltame cobarde! —le gritó a Tarble, quien se alejó un paso hacia atrás—. ¡Quítate! ¡No estorbes!

—Vegeta, debemos irnos. Él tiene razón, no podemos contra Freezer, ni siquiera todos juntos contra él podríamos enfrentarlo.

—Eres tan débil, Tarble. Y lo peor de todo es que no tienes una pizca de orgullo por tu raza. Prefiero morir peleando contra él a que se burlen de mí por haber huido. ¡Prefiero que desaparezca el planeta entero aún si yo peleo hasta el final!

—¿¡Qué no prefieres ganarle!? —le gritó por primera vez en su vida y pudo percibir el asombro de él ante su repentina audacia—. ¿Y si hay una forma? ¿Y si después de todo Padre tenía razón y podemos derrotar a Freezer? —continuó—. ¿Qué tal si pudieras derrotarlo con tus propias manos? ¿Prefieres morir derrotado aún con la duda de si aquello era cierto? —Vegeta se sintió presa de la duda, maldijo su infortunio y sintió la presión de saber a Freezer acercándose a ellos. Lamentó no tener más tiempo. Tarble notó la incertidumbre que lo invadía, y sabía también lo obstinado que podía ser. Lo miró asimilar sus palabras con impotencia y decidió insistir—. No permitas que tu orgullo te hunda, Vegeta. Eres el más fuerte de todos nosotros, ¡tú no tienes límites! Desde que tengo memoria sólo has logrado hacerte más y más fuerte. Sólo necesitas el tiempo necesario para lograrlo, para ser más fuerte que él. Si te quedas ahora sólo lograrás darle la satisfacción de haberte asesinado, no se lo permitas. ¡No dejes que se quede con esta victoria! —Él lo miró a los ojos, transmitiéndole cierta convicción. Sabía que había verdad en sus palabras y aunque su orgullo le recriminaba lo que estaba pensando, se doblegó.

—¡Maldita sea! —Apretó con fuerza los puños y miró a su hermano con cierta complicidad—. ¿Qué demonios estás esperando? ¡Busca las coordenadas de una vez!

El más joven se sonrió. Jamás había logrado calmar la fiera que podía ser su hermano y se sintió victorioso. Asintió y de inmediato buscó las coordenadas de algún planeta lejano que hubiera sido abandonado, y que pudiera albergar las condiciones mínimas de vida que ellos requerían.

—Agrupa a los más leales… —dijo, casi arrepintiéndose de sus propias palabras—, y llévalos estación de aterrizaje —aseveró cruzando los brazos sobre el pecho y caminó hasta el ala de naves—. ¡Muévete mocoso inútil! —finalizó carraspeando sus palabras.

Tarble se hizo a un lado, dejándole el camino abierto a Vegeta, se sonrió con satisfacción y salió a paso rápido a cumplir con las órdenes que le acababan de dar.


Con el filtro blanco pendiendo de sus labios, revisó los mensajes de su padre, encontrándose sin novedades, tal y como venía sucediendo hace semanas. Lo conocía bien, sabía lo despistado que podía ser, muy a pesar de su descomunal intelecto. Así que no se extrañó. Aspiró de su cigarrillo y dejó los restos de la ceniza montadas en el cenicero que tenía junto a ella, para luego seguir con el trabajo de campo que realizaba en la base militar en la que trabajaba. Alzó la vista y vio a los soldados saiyajin que la vigilaban, tanto a ella como al grupo de científicos que la acompañaban.

Luego del insípido almuerzo que les servían en el comedor, continuó su día como lo había venido haciendo hasta entonces. Desde el día en el que los saiyajin conquistaron su planeta. No fue hasta que, desde la ventana del laboratorio, pudo ver una gigantesca nave nodriza adentrarse en el cielo, que supo que no era un día como los demás.

De la nodriza salieron miles de soldados, vistiendo armaduras similares a las de los saiyajin y portando potentes armas entre sus manos. Repentinamente los soldados que la custodiaban salieron del recinto y las explosiones comenzaron. Escuchó cómo escombros de edificios caían a su alrededor y presa del pánico, se escondió debajo de una mesa junto varios hombres y mujeres de batas blancas. Temiendo que una amenaza peor que ellos, haya arribado al planeta.

Luego de unos minutos interminables, decidió asomarse a ver qué sucedía. Su curiosa ímpetu se lo suplicaba. El vidrio explotó antes de que pudiera llegar, pero pudo cubrirse para evitar el daño. Luego de asomarse pudo ver claramente cómo los soldados, de diversas razas y colores, se encargaban de acabar con las vidas de todos los saiyajins que pudieran encontrar. Erradicándolos del planeta.

—¿Qué está pasando? —se preguntó a sí misma y vio cómo un gigantesco hombre de piel celeste claro, caminaba entre la desolación con total tranquilidad, con una serena y satisfecha sonrisa.

La científica se maravilló ante el etéreo aspecto del soldado. Lo observó acomodarse los rebeldes cabellos turquesa que le acariciaban el rostro, para luego ordenarlos en la gruesa trenza que se le mecía en la espalda. Él se giró y la vio a los ojos. El pavor que la recorrió cuando lo vio se esfumó ante su galante sonrisa. La idea de que alguien tan apuesto no podía ser malo se le presentó, y le creyó a sus pensamientos.

El guerrero se acercó a ella, que ahora estaba parada junto a la ventana destrozada de su laboratorio.

—Estoy buscando a Bulma Briefs —le dijo, siempre manteniendo ese aire de galantería como si fuera innato.

Ella se ruborizó al escuchar su nombre pronunciado de la boca, de tan perfecto espécimen.

—Soy yo —le contestó, como si fuera un sueño. Se creyó por un momento que ese era el príncipe con el que había soñado desde muy pequeña. Que venía a rescatarla de la monótona miseria en la que estaba sumergida.

—Debes venir conmigo —le ordenó un tono tan sosegado que lo hizo parecer una petición—. Lord Freezer quiere conocerte —culminó con una sonrisa ladeada.

Embelesada por su aspecto, accedió sin cuestionamientos. Salió del laboratorio observando con duda y regocijo, los cuerpos inertes de los saiyajins que la custodiaban hace años. Admiró el desenfado con el que aquel soldado se habría paso entre la destrucción que acababan de provocar.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó entusiasmada, deseando tomarlo del brazo lo que quedara de camino.

—Zaarbon —contestó sin prestarle demasiada atención.

Bulma se arregló el cabello. Todo el arrebato, entre esconderse y evitar ser impactada por un vidrio, le habrían hecho olvidarse de su presentación. No podía dejar que el soldado Zaarbon la viera desarreglada, sin importar las circunstancias. Miró su bata, cubierta de polvo y ceniza y se la retiró de inmediato. Estaba satisfecha de haberse puesto una de sus mejores playeras y unos no tan viejos pantalones cortos. Sin embargo, por mucho que se esforzó en captar la atención del soldado, durante el camino al llamado Freezer, no logró su objetivo. Maravillada, lo observó deshacerse de un saiyajin que le cuestionó su presencia en la Tierra. Zaarbon no tuvo reparos en aniquilarlo de un solo golpe, para luego mirar con sumo desagrado su cadáver.

La nave nodriza parecía estar cada vez más cerca de ellos. Los soldados le habrían paso a Zaarbon a medida que se acercaba. Los rostros, entre temor y respeto, de los soldados a sus alrededores, hicieron que Bulma inflara el pecho por encontrarse escoltada de él. De ese gallardo guerrero.

Cuando finalmente los soldados más grandes de todo el ejército, se habían aglomerado entre ella y la nave nodriza, vio una nave esférica suspendida en el aire. Dentro de ella el ser que le sonreía le penetró debajo de la piel. Un escalofrío intenso la invadió. Tragó saliva y miró a Zaarbon, quien le hizo una seña para que se acercara sin temor.

Bulma se hizo de valor y caminó hasta él. Miró su enorme cola ofidia, meneándose detrás de él. Lo miró a los ojos, pero sus pupilas rojizas la turbaron.

—Adelante, pequeña. No tengas miedo —le dijo Freezer, mas no logró infundirle calma.

—Quería verme —comenzó—, señor… —Por un instante se preguntó si le había errado al género de la criatura frente a ella, pero al no ser corregida, soltó un suspiro aliviada.

—Acompáñame, quiero que hablemos en privado.

La nave en la que se movilizaba se giró, mientras la compuerta de la nave nodriza se inclinaba, apoyándose sobre el suelo. Bulma se tranquilizó al ver que Zaarbon aún la acompañaba, en su camino detrás de Freezer. Pero, una vez adentro, la esperó junto a una puerta mientras ella ingresaba a lo que supuso era, la oficina de esa criatura.

—Bulma, ¿no es así? —le preguntó y ella asintió—. Siéntate, debes estar confundida aún… —En el medio de la habitación, había dispuesta una silla que parecía estar esperando ese momento. Presintió que él había planeado todos sus pasos, desde el momento en el que llegó—. He liberado a tu planeta de esos monos salvajes de los saiyajin, como podrás haberte dado cuenta —comenzó, con un tono que, aunque intentaba ser calmo, era aterrador, casi amenazante—. Voy a ser claro contigo, Bulma. Tu padre, que trabajaba para el Rey Vegeta, fue asesinado por su hijo… también llamado así… Al parecer Vegeta no soportaba que su padre fuera el rey y no él, y acabó formando una alianza rebelde y asesinándolo. Lamentablemente tu padre sufrió el daño colateral.

Bulma comenzó a recordar el día en el que la habían separado de él. El momento en el que el colosal intelecto del científico, lo puso en la mira de los saiyajin y terminaron llevándolo consigo. Él se había despedido de ella, con esa afable sonrisa que lo caracterizaba y, le prometió a Bulma que no se preocupara por nada.

—¿El tal Vegeta asesinó a mi padre? —le cuestionó haciendo presión en sus frágiles manos, sobre sus piernas.

Freezer escuchó cómo la humana contenía su sollozo. Intentó ocultar el regocijo que le provocaba ver su plan, hilándose frente a sus ojos. Con pena fingida continuó:

—Asi es… —Suspiró pesadamente, aunque sentía intensas ganas de echarse a reír—. Me han dicho que tu padre era un genio, hizo grandes descubrimientos mientras trabajaba para el Rey Vegeta, lamentablemente muchos de ellos han quedado inconclusos… —Bulma miró con recelo la rojiza pupila de Freezer. Sentía cómo en su interior, todo el desprecio que había sentido desde siempre por los saiyajin, se incrementaba al punto de odiarlos, de desearles la muerte a todos y cada uno de ellos—. Iré al grano… quiero que trabajes para mí. Tendrás comodidades que los saiyajin jamás hubieran pensado en darte, un mejor laboratorio, una vivienda más grande, no sé qué otras cosas gustan ustedes los humanos, pero lo conseguiremos para ti. Recuerda… la peor venganza que podrías tomar en contra de ellos, es trabajar directamente para el que los está exterminando.

Ella sabía que no tenía mucho que meditar al respecto. El menosprecio que sentía por los saiyajin en ese mismo momento superaba el temor natural que le inspiraba Freezer.

—Lo haré, Lord Freezer —aseveró poniéndose de pie—, sólo tenemos un par de cosas qué negociar.

Freezer se sonrió, dichoso de haberla enroscado en su suerte de manipulación.


Continuará.


N/A:

Ashril: Es un gusto para mí, crear esta historia en compañía de una gran autora como Nadeshico. Espero hayan disfrutado tanto como nosotras hacerla. Saludos para Schala S, que nos ha ayudado en algunas dudas y evitado que entremos en conflictos jajajaja te amamos, y también para Dev Davis que explotó como el rey Vegeta (¿?)

Nadeshico: Hola, a los que me leen por primera vez y bienvenidos a un nuevo fic. No voy a adelantarles mucho, sólo mencionarles, como han leído arriba, la idea de este fic ha sido desarrollada en conjunto con mi amiga Ashril. Los invito a leer sus fics y les adelanto que el Vegeta que ella escribe es el mejor logrado que he leído, y soy una veterana de los fanfics. A los que me siguen en otros fics, no se preocupen. Nos leemos en el próximo, ¡un abrazo, lectores!