El Pottermundo pertenece a J. K. Rowling, hago esto sin fines de lucro. Este fic participa en el Amigo Invisible veraniego del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. Y está escrito para Xotug, yeei! Aquí está tú penúltima petición. Disfrútala :)


Para nada heroico

Wissh


En un día aburrido, hasta las cosas más insólitas pueden suceder. Y los del piso de Seguridad Mágica del Ministerio han visto cosas. Muchas cosas. Y la mayoría no es lo que uno cree que se pueda ver en el Departamento de Aurores.


I

Los duros también cierran los ojos

La calma antes de la tempestad. A eso olía los corredores del piso de investigación del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, además de Brisa de Media noche y Limón.

Se sentía el silencio. Cándido y acogedor, como un fiel amigo que llega de visita después de mucho tiempo sin verle. Les abrazaba, a todos los que ocupaban sus respectivos cubículos picándose la nariz y resintiendo a la bruja que fregó los pisos ese mañana. Cualquiera que viera la tranquilidad condensada en suspiros de pereza y gorgoritos de sueños profundos y salivosos, le tomaría trabajo hacerse la idea de que realmente ESE lugar consistía en las oficinas de trabajo de los Aurores.

Hasta los novatos estaban en trance. Ocupando sus incómodas mesas de trabajos, rodeado por filas y filas de papel acumulado y aviones de papel zumbadores, esos incómodos mensajeros que gustaban picarles las orejas. Los novatos movían las plumas con desganas, con los nudillos pegados a las mejillas y los codos a la mesa, cumpliendo un trabajo que los hacía añorar con fuerzas las heroicas misiones que se hacían leyenda en esos pasillos.

Porque rodeado de magnánimas personalidades, el mayor encanto de ser Auror era el llegar a ser algún día igual de memorable y osado.

Sin embargo, en un día de tanta desidia, hasta las más fervientes y ardientes convicciones del más decidido novato quedaban rezagadas bajo una buena siesta sobre la mesa de trabajo.

La bruja del servicio, colándose entre mesas, sillas y piernas extendidas, pasó la fregona añadiéndole al tufo de la Brisa de Medianoche y Limón el aroma de la Mandarina salvaje y pasteo con los Yetis. Ni incluso eso logró mover las masas adormiladas de ese piso, sólo consiguió hacer de sueños pesadillas sobre mandarinas gigantes con varitas y sus yetis secuaces queriendo dominar Londres. A no ser que te llamaras Nymphadora Tonk y encontraras tan nauseabundo la inoportuna elección de la bruja del servicio, como para levantarte de tu puesto.

―¡Joder! ¿Qué es eso? ―Espetó, cubriéndose la nariz con su suéter de Las Brujas de Macbeth mientras que la bruja con la fregona ni se dio por aludida, encogiéndose de hombros y continuando con su trabajo.

Le había relegado su trabajo de novata a otro novato menos ágil, quedándose con las manos vacías de deberes, viendo el vacío con la mirada ambigua y perdida, esperando que alguien surgiera de la Oficina Principal con la noticia de que al fin los Magos Oscuros estaban saliendo de sus escondrijos. ¡Caramba! Porque para ser tipos muy malos, eran verdaderamente muy flojos. Vale, quizás estuviera muy mal desear por la venida de las cosas malas, pero un poquito de caos no le hace mal a nadie. ¿O sí?

Incluso de conformaría con un triste altercado en el Callejón Diagon. O hacer patrullas. Tonks odiaba hacer patrullas. Las consideraba mortalmente aburridas y nada dignas de una larguísima temporada quemándose las pestañas en la Academia de Aurores. Pero en un día como ese, con tanto trabajo de escritorio por hacer y sin suficientes imbéciles a los cuales extorsionar para que lo hicieran por ella, hasta las patrullas en el Callejón Diagon se veían interesantes.

―¡Pst! ―Dos "Pst" más tarde, Tonks se percató de que uno de los novatos la llamaba―. ¿Escuchaste eso?

No realmente, hacía tanto silencio que le dolían las orejas. Pero tan aburrida como estaba preguntó. Posiblemente la tranquilidad había atrofiado los sentidos de sus compañeros y ahora oían cosas, primer símbolo de pérdida de la cordura.

―¿Qué cosa?

―¡Eso! ―espetó el chico, señalando la Oficina que todos miraban con anhelo―. ¿No lo oyes?

De ojos pequeños y expresión demencial, Tonks tuvo la imperativa necesidad de poner un reclamo en la dirección cuando vio a su compañero. La inactividad nos hace perder la razón, hagan algo para impedirlo. Tonks se rascó la barbilla, no haciendo movimientos demasiado bruscos, cuidando de no alterar a los presentes. Sintió la tenue picazón sobre su cabeza, indicándole que hasta su propio cuerpo se sentía nervioso, metamorfoseándose a cada minuto como si estuviera muy aburrido y ansioso.

―Hombre, ¿te sietes bien? ―su compañero la miró extrañado. No entendía la pregunta, mucho menos el contexto.

―Si ―contestó―. ¿Estás segura que no lo oyes?

―¡Caray, ya te dije que…!

Lo escuchó.

Sonaba con a un animal herido. Un hombre agonizando. Una sierra eléctrica amputando un brazo. Las uñas sobre una pizarra. El canto de su padre en las mañanas. A todo eso le sonó a Tonks y venía precisamente de la Oficina Grande.

―¿Qué es eso?

Otros novatos se pusieron alerta. Pero sólo Tonks se levantó de la silla giratoria, la que se hizo su propiedad luego de verla abandonada en el depósito, y se acercó con andar sigiloso y de pantera hasta las puertas de la Oficina Grande.

Para todo aquel que pise por primera vez ese lugar, sólo hay una regla de oro. Nunca. Jamás. Pises. La Oficina Grande. Sólo. De vida o muerte. Es decir: una invasión de Mortifagos, magos oscuros o arañas gigantes. Y ninguna era el caso en ese instante. A no ser que el terrible ruido lo hicieran una banda de arañas asesinas, bailando tap con un grupo de letales mortifagos.

No estaría mal. Para lo gris que ha sido este cochino día, yo me sentiría muy agradecida de que así fuera.

Tomó el pomo de la puerta y vio a sus espaldas. Los demás la miraban, como si en vez de una puerta estuviera sosteniéndole la mano al-que-no-debe-ser-nombrado. ¡Vamos, que era una tontería! Ni que un Dragón habitara la Oficina Grande. Bien, algo de muy malas pulgas y de rancio y escaso sentido del humor ocupaba ese despacho, y todos, incluso Tonks, tendían a evitar como a la Viruela de Dragón los alrededores de ese lugar para no enfurecer a la bestia embrutecida que ahí moraba.

Esa vez ameritaba el riesgo.

Abrió la puerta de sopetón y entró al despacho, blandiendo la varita con una expresión que gritaba Las manos arriba donde las vea, mariquitas.

No había sierras eléctricas torturando personas, ni arañas bailando tap con mortifagos. Sólo estaba Alastor alias Ojoloco Moody, como Tonks suponía debería de estar: ocupando su silla, frente a su escritorio desordenado y rodeado por miles de recuerdos de sus heroicas batallas con más magos oscuros de los que alguna vez Tonks pudiera contar. La cosa era su posición. Piernas extendidas, la buena y la de metal, brazos caídos a los costados, cabeza sobre el hombro izquierdo y la grotesca boca abierta en una enorme O mayúscula, que se abría y cerrada cada dos o tres segundos.

Dormía. Mejor dicho: roncaba.

O bueno, eso creía Tonks. La verdad era un poco difícil de saberse con tan incómoda posición. Sin mencionar que ahí todos encontraban antinatural ver a Ojoloco con el ojo bueno cerrado y el ojo mágico dando vuelta de un lado a otro, sin descanso.

―Vale, eso es nuevo. ¿Quién diría que el viejo loco de verdad duerme? Y yo que juraba que era de metal.

Con cuidado cerró la puerta tras de sí y miró a sus compañeros.

―Hombre, creo que hasta los más duros deben de cerrar los ojos para dormir.