Se pasea el crepúsculo del otoño entre las hojas color cobre de la estación, y entre el viento juguetón y curioso, recuerda su rostro en tal esplendor. Su voz vívida en la mente, como jamás la oyó… ¿Sabrá aquel qué tanto se lo recuerda, aquí, en el horizonte lejano de un viejo ayer?
Sumando gota tras gota, Kherion conmemora su llegada al reino del Bosque Negro, siendo apenas un niño. Nacido para servirle al futuro rey, ha llegado con sólo ese propósito.
El recuerdo se tiñe de colores sepia entre los tantos años que lleva viviendo lejos de su pueblo, por decisión propia, cabe decir. Pero tal vez, pensó, ya sea hora de rememorar, de desentrañar lo que ha sido su vida junto al más noble guerrero, junto al más bravo de los elfos… Por mucho que le duela decirlo, junto a su más grande amor secreto.
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Sí, había llegado con apenas unos pares de años cumplidos, apenas siendo un niño. Su padre le encomendó la tarea de jurarle lealtad y eterno servicio al futuro rey, al entonces príncipe del Bosque Negro. Aunque en aquel tiempo no le resultara demasiado llamativa la idea, por el honor de su padre, juraría cualquier cosa. Así que, sin ánimos de ofenderle, -pues su padre mismo había ocupado un rol idéntico, el que ahora se le daba a él dentro del reino, sirviendo fielmente al rey Oropher-, decidió tomar la tarea encomendada.
Mas por alguna razón inexplicable, su padre había abandonado, junto a su madre, el flamante Bosque Verde, procurando llegar a los límites de otros bosques y encontrar allí hospedaje necesario para criar a su hijo. Él nació entre esos bosques desconocidos, criado de manera prácticamente salvaje, pues en sus venas corría sangre pura de los silvanos, criaturas magníficas con dotes para la caza mucho más brutales y menos agraciadas que la de los grandes elfos sindar. Kherion permaneció rodeado de la más vasta vegetación, luchando el día a día, aprendiendo el arte de la arquería desde que comenzó a caminar, prácticamente, siempre sabiendo cuál era su destino.
De noche, recordaba también, su padre se desvelaba contándole, bajo el resplandor de las estrellas, historias sobre las guerras que batalló al lado de su rey, y siendo su fiel vasallo, combatió con el único propósito de asegurar el bienestar de su majestad. Tanta devoción carecía de sentido para el pequeño elfo silvano que no hacía más que escuchar sin siquiera poner algo de atención. ¿Qué tenía de bueno proteger al rey si para eso se ponía en riesgo su propia existencia? Con su mente poco desarrollada, a una edad demasiado temprana, no podía encontrar respuesta a aquello.
Y ahora, con tan sólo algunos pares de años, el deber lo obligó a dejar atrás a su madre, a su padre, en el bosque querido que lo acunó tantas noches, para servirle al príncipe sindar del Bosque Negro. Había oído hablar de él a su buen padre, diciéndole que su nombre era Thranduil, y que por el honor de toda su familia, debía serle fiel y cumplir con su demanda real hasta que su ser dejara de existir. Las palabras sonaban duras, pero nada de eso, -ni la ardua preparación a la que se sometió anteriormente, ni la palabrería de sus padres para que no desesperara-, le sirvieron para no sentirse perdido y asustado en aquel extenso salón real, una vez arribó dentro.
¿Y cómo olvidar su reacción cuando observó por primera vez al joven príncipe? Ya contaba con sus buenos años encima, y según oyó, estaba a punto de contraer matrimonio. Su elegancia y su carácter duro lo dejaron petrificado desde el momento en que tuvo el placer de posar sus ojos en él. ¿Y qué era lo que estaría pensando Thranduil cuando lo vio tropezar torpemente en su primer encuentro? Seguramente nada bueno…
Día tras día, se esforzó en aprender de él todo lo que pudiera enseñarle sobre el arte de la espada, ya que se destacaba bastante bien en la arquería. Fue creciendo plenamente en un reino donde jamás se lo echó a menos por el lugar del que procedía, y a medida que los años pasaron, sumándole algo de madurez a su juventud. Y entre tantos momentos plácidos, se mantuvo siempre al lado de su ya ahora Rey Thranduil; y estuvo a su lado presenciando la muerte de su anterior rey, y también el día en que su joven esposa abandonó el mundo de los vivos. Lo vio criar a su hijo con el mayor de los honores, y servir a su pueblo como un gobernante poco grato pero justo. De mano dura cuando debía serlo, impasible y siempre digno.
Entre su desarrollo, debió haber algo dentro de él que creció en la forma que no correspondía, piensa ahora. Pues lo que sentía por su rey era una inagotable fuente de admiración pura, de honra al saberse a su lado para servirle en batalla junto con los demás guardias reales. Su pensamiento jamás hubiera cambiando como lo hizo, de no ser por el rango que se le dio cierto día donde su vida se marcó para siempre. Recibió el noble deber de ser el vasallo personal de su señor, estar allí para él, en lugares donde jamás había osado entrar, pues le pareció que sería abusar de la intimidad de su majestad.
Ahora, como sirviente personal que era, debía estar el mayor tiempo posible al lado de Thranduil, Señor del Bosque Negro, y tratar de satisfacer sus demandas al pie de la letra. Recordaba aún el miedo y los nervios que sentía al saber aquello, pues por mucho que admirara a su rey, había cierto rechazo en la actitud del otro con respecto a ser "perseguido" por alguien la mitad del día, y ese rechazo se notaba demás en la expresividad de sus gestos, de sus ojos, de su rostro de mármol frío e inconfundible. Sólo había aceptado aquello porque Legolas insistió, porque le recordó que para eso estaba Kherion allí, y que era una tradición prácticamente imposible de eludir. La historia mandaba sobre ellos, nada más.
Fue así como comenzó a desarrollar su personalidad a favor de los actos de Thranduil, ya que había ciertos días en que éste estaba totalmente intratable, y era preferible amoldarse y guardar silencio para no atrofiar más su malestar. Y otros en que parecía querer hablar para sí mismo cuando debía servirle la merienda o la cena, y él lo oía plácidamente, pues no había nada más confortable que escuchar su voz retumbante en los salones, en los pasillos, o en la cámara real. Los momentos que se volvían incómodos, como en los que le pedía su opinión, -aunque rara vez se daba esta situación-, y no sabía qué decir exactamente para que no desagradara el oído de su señor, se ponía tan nervioso que por lo general Thranduil terminaba por acabar la conversación ahí mismo sin permitirle concluir la oración.
En alguna parte de su convivencia tuvo que ocurrir…
Ese día en particular, Kherion lo recordaría para siempre, pues sería el comienzo de todo: De todos sus problemas, de la tortura que se volvió su vida, de la madurez equivocada dentro de sus pensamientos y de sus sentimientos…
El día había amanecido con lluvia, y los ríos, por demás inquietos. Kherion, vasallo personal del rey, se disponía a iniciar su rutina como siempre, llevando el desayuno al cuarto real. Como sus pensamientos habían estado algo inquietos últimamente, prefirió no cruzar muchas palabras con Thranduil, para no exasperarse en su empeño por no revolotear su cabeza más de lo que estaba. Algo extraño se traslucía en su mente, algo que jamás había pensado tener. Era admiración por él lo que sentía, pero estos últimos días, no podía detener su entusiasmo por pensar constantemente en su rey. Y no solamente eso, era además la opresión repentina en su estómago lo que lo perturbaba aún más, el leve malestar que lo acosaba cuando oía su voz, pero a su vez, el regocijo que encontraba al saber que se estaba refiriendo a él… Había algo extraño en todo aquello, pero se confió pensando en que sería algo súbitamente pasajero, que todo volvería a ser como antes si dejaba pasar algo de tiempo sin estar constantemente cerca de ese elfo en particular.
Por lo que, esa misma mañana en que se determinó a culminar con la rara sensación, prefirió llevarle el desayuno una hora antes de que éste despertara, para evitar cruzarse con él. Sólo Eru mismo conoce lo que tuvo que afrontar, la pesadez de sus pasos nerviosos que atravesaron la puerta de entrada al cuarto y el leve temblor de sus manos con la bandeja de plata que llevaba el desayuno. Ese condenado día en particular, su mente le jugó en contra mucho peor que los días anteriores, y eso podía notarse a la legua.
Más allá de eso, puso todo su esfuerzo por no delatarse tan tontamente y alejar sus pensamientos apabulladores de aquel lugar donde se encontraba. La bandeja hizo un sonido demás ruidoso cuando la dejó sobre la mesa de los alimentos, y dicho sonido en efecto despertó al rey, quien se encontraba en la cama a espaldas de Kherion. Se tensaron todos sus músculos cuando oyó cómo se incorporaba éste, quedándose en silencio hasta que él tuvo el coraje de voltearse y mirarlo. Sus ojos demandantes le dieron de lleno en el corazón, el cual no paraba de latir fuertemente dentro de su pecho. Abrió la boca para poder decir algo, pero su mezquina voz se negó a salir, dejándolos en un incómodo momento de silencio.
-No pienso desayunar hoy. Llévate eso-
La orden lo dejó aún más indefenso. El tono en que se lo dijo le dejó en claro que hoy no estaba de buen humor, como casi siempre sucedía. Con sus manos temblorosas, no hizo más que derramar agua donde fuera y luego, sin siquiera atreverse a volver a mirarlo, salió de allí prácticamente corriendo. Cuánta vergüenza viajaba por su rostro, al sentirse un simple adolescente inmaduro. Sí, lo reconocía, nunca había sido el más despierto de los elfos de su edad, y la madurez aún no llegaba en sus años de juventud, pero eso no era excusa para hacer el ridículo de la forma en que lo hizo. ¡¿Y ahora cómo tendría cara para volver al cuarto y limpiar ese desorden?!
Como toda persona que está en la flor de su juventud, su cabeza daba vueltas en ideas que en realidad no eran tan graves como aparentaban ser, y su embrollo mental le impidieron regresar a la habitación de inmediato para remediar lo que hizo o siquiera ir a averiguar si su rey requería algo de su vasallo personal. Él lo entenderá, pensó. Sí, de seguro su señor entenderá que aunque ya hacía un par de años que cumplía con su rol, no se le podía exigir que fuera impecable en todos sus días de servicios, y éste no era más que un mal día… Nada más. Mañana todo volvería a la normalidad…
Así que se dispuso a llevar algo con qué limpiar el agua derramada sobre la mesa y de alguna forma juntó ánimos suficientes para volver a la habitación real. Cada escalón que daba para bajar le era eterno, y a su vez, insuficiente. Deseaba llegar rápido y al mismo tiempo, no. Era extraño todo lo que le estaba pasando, jamás se sintió tan inquieto.
Finalmente, logró llegar a la puerta, y frente a su llamado, nadie contestó. Sentía su corazón ahuecarse con cada minuto, con cada señal de indiferencia que su rey mostraba cuando no quería a nadie a su alrededor. Pero entonces pensó que sería mejor entrar, limpiar el desorden y salir de allí sin decir nada… Tal vez suene tonto para uno, pero a él, fue lo mejor que se le ocurrió. Así que así actuó, entrando por la puerta con sigilo, como si temiera que por alguna obra mágica, la visión fría de Thranduil lograra desintegrarlo pieza por pieza y se le revelara esa bochornosa sensación que recurría a él cuando lo tenía cerca. No, preferiría morir mil veces a que el otro descubriera lo que le estaba pasando… Era demás raro, ni siquiera él mismo sabía describirlo, así que ni en su más loca desesperación lo confesaría.
Kherion se adentró en el cuarto frío y casi a oscuras. Con pasos eternamente lentos, caminó sin dirigir la mirada hacia la cama. Sólo se concentró en su objetivo, que era limpiar el agua derramada, y luego irse sin pronunciar palabra alguna. Mas cuando terminó, no pudo retener su extraña necesidad de dar un vistazo… Lentamente, espió de soslayo sobre su hombro, para encontrarse con que su señor no se encontraba en la cama.
"Tanto drama para nada", dijo para sus adentros. ¿Dónde estaría, entonces? No había muchos lugares donde pudiera estar, si se encontraba allí dentro… Pero algo en su interior le exigía que pidiera perdón por su torpe actitud. Sí, debía hacerlo o no podría volver a hablarle de frente sin sentirse un idiota por lo ocurrido. Lo mejor sería encontrarlo y disculparse.
Comenzó a caminar de un lado al otro, espiando de soslayo los rincones, pegando vistazos hacia otras habitaciones contiguas, donde se encuentra el armario y la biblioteca. No había señal alguna de Thranduil en esos lugares… ¿Entonces?
Salió desanimado totalmente de la habitación. Su intento por superar el incómodo momento falló; tal vez no era tan buena idea, después de todo, se dijo.
Mientras caminaba por el pasillo, otra idea se le vino a la mente tan directa y radiante como un rayo de luz en medio de la oscuridad. Recordó que había una escalera conectada al cuarto real, otra habitación que jamás exploró, y quizás su rey se encontraba allí. Sí, decidido a volver otra vez, se dio la vuelta sobre su tobillo cual niño pequeño, con gran agilidad y determinación.
Se encaminó nuevamente hacia la habitación real, y esta vez la atravesó sin perder tiempo, hasta llegar a una entrada que contenía una escalera bastante estrecha, que bajaba hacia cierto lugar. Mientras descendía, la oscuridad se apoderó del ambiente, y sólo cuando terminó de bajar pudo encontrar algo más de luz.
Sus pasos eran tan lentos que ni siquiera emitían sonido, y de repente sintió algo de miedo por si alguien lo encontrase donde no debía estar… ¿Sería bueno que estuviera allí, después de todo? ¿Qué clase de cuarto era este? ¿Para qué fin se usaba? Como nunca había entrado antes, no podía decirlo.
El lugar donde estaba era circular, con columnas talladas, simulando ser ramas, a sus costados. El piso, bastante brilloso, con una limpieza impecable que no se podía apreciar mucho debido a la tremenda oscuridad que ahí dentro había; sólo halló un pequeño haz de luz en el centro de la habitación que daba algo de iluminación, y entonces, lo descubrió.
Era una suerte de laguna, al parecer, donde desembocaba un arroyo pequeño. Las columnas delimitaban la circunferencia de dicha laguna, y allí mismo, con las piernas dentro del agua, en el centro de la cuenca, se encontraba su rey. Los ojos curiosos del joven elfo se abrieron ante la visión de una espalda desnuda, de una figura contorneada por algunos músculos, de unos hombros anchos y masculinos, de una cintura estrecha y al descubierto, de una piel tan pálida como hermosa y brillante. Incluso pudo observar otros detalles que no se supone que debiera ver, pero por alguna razón inexplicable, no podía apartar la vista, simplemente no podía.
Su corazón latía a mil, tanto así, que tuvo que llevarse una mano al pecho y presionarse para cerciorarse de que no saliera disparado en ese mismo instante.
"¡Tengo que salir de aquí!", se repetía, pero no encontraba la voluntad de abandonar el cuarto de una buena vez, hasta que notó cómo Thranduil miraba de soslayo sobre su hombro, donde precisamente él se encontraba; y aunque la oscuridad probablemente le ofrecía un refugio seguro, no estaba tan confiado de que no se lo vería de todos modos.
Asustado, comenzó a correr de manera cuidadosa, casi de puntillas, para evitar emitir sonido alguno. Ni bien atravesó la puerta que lo llevaba fuera de la habitación real, se apoyó sobre ésta y se cubrió la boca con la palma de su mano, completamente exaltado. Notó la piel por demás caliente de sus mejillas, que seguramente se encontraban coloreadas exageradamente debido a la situación. Y su corazón que se resistía a tranquilizarse, mientras repasaba mentalmente todo lo que vio ahí dentro…
"Fue un accidente, yo no podría saber que…", se convencía, para intentar sentirse mejor, pero ni así lo conseguiría. Con lo que ocurrió ahora, sí que no tendría el valor para volver a verlo a la cara, por lo menos por hoy. Lo mejor sería quedarse al margen todo el día, evitar cruzárselo lo más que pudiese…
Prácticamente se escondía dentro de la cocina, de los salones reales, en los "rincones seguros", esos lugares donde sabía que su rey rara vez visitaba. Así se mantuvo durante horas, hasta que finalmente la noche decidió aparecer. Entonces, sintiendo algo parecido a una roca en el medio de su estómago, atrofiándolo, decidió ir a su cuarto a descansar y relajarse un poco.
Además de todo eso, tuvo también que soportar las preguntas acosadoras de sus compañeros, quienes notaron lo raro que actuaba últimamente, y más ese día en particular. No queriendo contestar nada en absoluto, - porque, ¿de qué manera podría describir lo que sucedió sin que pensaran algo extraño de él, quien ni siquiera estaba en condiciones de defenderse a sí mismo?- simuló un carácter esquivo y se tiró en su cama, completamente agotado física y mentalmente.
Su larga cabellera castaña, color de almendras, colgaba de la almohada mientras se tendía para dormir un poco. Las largas pestañas escondieron totalmente sus ojos verdes mientras sus párpados los cubrían lentamente. Allí, en el mundo de los sueños, estaría a salvo de sí mismo, pensó vanamente.
Pues cuando un sentimiento llega, es difícil que se vaya así como así, y el joven Kherion aún no había descubierto eso. En la llanura de su inconciencia, la sensación extraña que sintió con mayor fuerza hoy, sumado a lo que observó en secreto, le tendieron una trampa indecorosa al telón de sus sueños.
