No sabía las razones por las que corría, se le había olvidado todo sentimiento y se había borrado de su mente todo pensamiento en el momento que comenzó a correr, se detuvo en seco sobre la sombra de un árbol, en aquel día de otoño en el que el sol golpeaba, pero el viento competía soplando fuerte. Respiró hondo y como una torrente sus recuerdos se agolparon, todo comenzó en una sutil caricia, quién iba a sospechar que en un arrebatado segundo se hubiera transformado en un intento por poseerlo a la fuerza, lo golpeó con todas sus fuerzas y salió corriendo dejando que las lágrimas brotaran de sus ojos por la ira, esta vez no se lo iba a perdonar, había ido demasiado lejos.
Estaba solo y no pensaba regresar a aquel lugar, si volvía a la casa, él lo volvería a buscar y por más que quisiera que lo fuera a buscar, él estaba consciente de que esto no era una historia de amor. Pudo ver a la cercanía una casa grande con un amplio parque en la cual se podían notar las hendiduras hechas por el tiempo y la soledad a simple vista, era un paisaje casi hipnótico que lo obligó a adentrarse en la espesura del mismo. Caminó por las crecidas hierbas hasta pisar el viejo piso de caoba que amortiguaba los crujidos gracias a una capa de polvo que tenía encima. Su propia respiración hacía eco, pero al mismo tiempo podía sentir algo bajo sus pies una sensación hueca sobre la madera y desde que había entrado tenía la noción de sentirse observado, caminó unos pocos metros hasta un librero y observó un gordo fascículo sobresalir de un estante, los decorados fucsias, negros y dorados sobre el lomo del mismo eran una invitación a tomarlo. Extendió su mano hasta tocar el fascículo y pudo sentir como por la espalda, en una fracción de segundo, lo sujetaban y le ponían un pañuelo en la nariz; lentamente cerró sus ojos y sus músculos se distendieron.
Sus manos sobre su espalda, empujándolo contra el frío suelo, despojándolo de sus ropas, formando manchas moradas sobre la blanquecina piel, no le importaba que le implorara el detenerse, si el no quería, no lo haría, porque así siempre había sido desde que lo conoció.
- Hibari-san, por favor, basta.- articulaba dificultosamente ahogando los gritos de dolor y la sensación de quemazón que provocaba el roce con su áspera y fría piel, casi tan fría como su propio corazón; al no recibir respuesta alguna cerró sus ojos y una ráfaga de acciones que podrían haber desembocado en la demencia lo invadieron, sus músculos se tensaron y en sus ojos se reflejó un brillo que jamás había aparecido, se volteó sin pensarlo dos veces y su puño se clavó contra la mandíbula del mayor. No atinó siquiera a ver el estado en el que él mismo se encontraba, solo se levantó y salió corriendo, aún con ganas de seguir golpeándolo. La realidad se vio cortada por un lapso de ficción, una grieta profunda en la que podía sentir como su cuerpo abandonaba toda gravedad y sentía que caía infinitamente.
Abrió sus ojos exaltado y se vio en un cuarto blanco, miró de arriba abajo y de izquierda a derecha, pudo distinguir un espejo; caminó frente a el y posó sus manos, las cuales estaban vendadas a tal punto que ni siquiera podía ver una mínima parte de piel en ellas. Miró sus tristes ojos y el mínimo espacio que tenía para movilizarse.
- Comiencen las pruebas- Dijo una tranquila voz.
- Hola? Dónde estoy?.- Preguntó a la voz, esperando una respuesta a lo que recibió un golpe directo un robot.- Qué es esto?
- Si todo sale bien, este será el fenómeno perfecto.- Decía aquella voz para sus adentros.- Tendría que acabar con el gola mosca en 5, 4, 3, 2, 1...-
Pudo escucharse una explosión; una vez que se disipó el campo se pudo apreciar claramente a un costado del cuarto el gola mosca se encontraba completamente quemado y roto y del otro costado al chico de cabellos marrones, luciendo unas flamas alrededor de sus manos incineradas y una en su frente; se podía apreciar claramente en la palma de sus manos unas ventosas por las cuales salía el fuego, una vez que vio el objetivo incapaz de moverse sus llamas cesaron y cayó de rodillas, llorando de dolor, mientras las ventosas en sus manos se cerraban.
- ¿Qué piensas Mammon?.- Dijo un científico de cabellos verdes el cual había hablado por el micrófono anteriormente.
- Pienso que este experimento podrá dejarnos un buen dinero, Verde.- Al lado del científico había otro hombre, cubierto con una sotana negra y un casco que dejaba sus ojos escondidos a través de este.
Detrás del vidrio observaban al joven retorcerse del dolor, sin siquiera una mínima mueca de lástima.
-¿Por qué lo ha elegido a él, Verde?.- Preguntó Mammon tranquilamente
- Solo me pareció un espécimen bastante particular de ser humano.- Verde levantó la vista y vio al joven desmayado, incapaz de soportar aún más sufrimiento.- Sawada Tsunayoshi, será un muy buen experimento.
