Finalmente, aquí está segunda parte de la historia de Albus. Quiero dedicar este fic a jjaacckkyy, por haber seguido con tanta pasión Albus Potter y el Espejo Maldito, y a mi mamá, por insistirme constantemente que continuará con la saga.

Bueno, así que ya saben, este es el segundo año de Albus en Hogwarts. No es necesario que lean la primera parte, pero sí recomendable.


1. Falso señuelo

Aquello era sencillamente imposible. No podía ser cierto que alguien hubiera entrado a la casa.

Mientras el hombre corría, la alarma de la casa seguía sonando. Una alarma que solo sonaba en caso de que un individuo mágico desconocido hubiera entrado en la casa.

Finalmente, Minus Famont llegó a la sala principal de la casa. La alarma seguía sonando, pero al parecer no había nadie dentro.

Appaga —exclamó Minus—. Homenum revelio.

El hechizo no reveló nada inusual dentro de la sala. Pero aquello no tenía sentido. ¿Cómo iba a sonar la alarma contra enemigos mágicos cuando ningún mago había entrado en la casa?

Minus Famont negó con la cabeza. Tal vez simplemente se estaba volviendo paranoico. Pero de todas formas, decidió reforzar los encantamientos que protegían cada uno de los valiosos objetos que se encontraban en su mansión. Aquella casa había pertenecido a la familia Famont desde tiempos inmemoriales, y se decía que en la sala en la que ahora se encontraba Minus habían sido recibidos grandes personajes del mundo de la magia.

Minus salió de la sala y decidió dirigirse hacia el jardín, donde se encargaría de revisar los encantamientos que protegían la casa. Tal vez alguno había fallado y eso había activado la alarma, pero el intruso se había escapado asustado al oír la alarma.

Precisamente cuando Minus salió de la estancia, dos figuras se materializaron al centro de ésta.

—Pensé que nunca se iría —dijo la primera de ellas.

—Debemos de cuidarnos más de todos esos estúpidos hechizos protectores —comentó la segunda figura.

A juzgar por las voces, ambos personajes eran hombres. Sin embargo, era imposible saberlo a ciencia cierta, ya que ambos portaban capuchas que los ocultaban por completo.

—Sigo pensando que sería mejor acabar con él desde ahora —opinó el primero.

—No —le respondió el otro—. Necesitamos pasar lo más desapercibidamente posible. No podemos darnos el lujo de que nos persigan. Recuerda que nadie tiene que saber sobre la existencia de la orden.

—Sí, secreto absoluto, lo sé —aceptó molesto el otro—. Entonces deberíamos ponernos a buscar el espejo.

—Pues vayamos a eso.

Ambos individuos registraron por completo aquella habitación, contemplando los maravillosos objetos que en ésta se encontraban.

—¡Aquí no hay ningún espejo! —exclamó molesto el primer personaje, que al parecer tenía un carácter bastante irritable.

—Debemos asegurarnos por completo. Le tomó siglos a la orden encontrar la manera de entrar en esta casa como para irnos sin estar completamente seguros —le recordó el otro, que parecía ser más paciente.

—Sí, lo sé, lo sé —contestó el primero—. Tal vez se encuentre en otra habitación de la casa.

—Ve tú, yo seguiré examinando esta habitación —le dijo el paciente—. No me sorprendería que el espejo se hallara oculto mediante un encantamiento de ocultación.

El primero de los individuos se retiró, mientras el segundo seguía revisando la habitación.


—Esto es todo lo que necesitaba saber —exclamó contento Minus Famont.

Uno de los hechizos protectores alrededor de la casa había fallado. Sin embargo, aquello no era para sorprenderse. Aquel hechizo era uno de los más viejos que poseía la mansión, y seguramente el paso del tiempo lo había debilitado. Seguramente un mago vagabundo entró a la casa pensando que podría conseguir un buen botín de robo, pero se había asustado en cuanto escuchó la alarma interna. Rompió el primer hechizo, pero no había tenido tanta suerte con el encantamiento alarma.

—Bueno, será mejor que repare esto —dijo Minus mientras se arremangaba y levantaba la varita.

El señor Famont empezó a recitar un largo y complicado hechizo. Con aquello debería de bastar para volver a establecer la protección y no tener que preocuparse por nada como aquello durante varios años.


—Creo que Vatius tenía razón. Aquí no hay ningún indicio de un encantamiento de ocultación —expresó en voz alta el individuo encapuchado paciente.

Golpeó con el puño una pequeña mesita. Le molestaba no haber encontrado nada en aquella habitación. Sin embargo, de repente se le ocurrió pensar que los Famont no guardarían un objeto como el Espejo Maldito con sus demás tesoros. No, seguramente habrían ocultado el espejo en la habitación más segura de la mansión, en una habitación oculta a la que nadie pudiera tener acceso y, aun más importante, donde ellos no tuvieran que ver un objeto como lo era el espejo.

Pues no importaba cuanto trabajo les costara, encontrarían el Espejo Maldito, lo entregarían a la orden y una vez ahí la Gran Maestra se encargaría de traer de regreso al Señor de las Tinieblas. Hecho eso, el mundo entraría en la era de la oscuridad, donde ellos serían los terratenientes del Señor de las Tinieblas.


—Esta mansión es enorme. Nos tomará mucho tiempo revisarla a mí y a Cornus solos —exclamó molesto el individuo de carácter irritable.

Aquello era odioso. Vatius no soportaba esperar en lo más mínimo. De por sí la orden había tenido que esperar una gran cantidad de tiempo para averiguar como entrar a la mansión, y ahora deberían perder incluso más tiempo buscando dónde se hallaba el espejo.

Bueno, pero pasara lo que pasara, el espejo tenía que ser hallado esa misma noche, ya que Cornus y él no podrían regresar al día siguiente, o resultaría muy sospechoso que se volviera a romper el encantamiento que les impedía entrar a la mansión. Seguramente Minus sospecharía de quien se trataba, y se encargaría personalmente de que el espejo nunca cayera en las manos de la orden. Eso era algo que no podían permitir. Así que encontrarían el espejo aunque eso le costara la vida a uno de los dos; y si no fuera porque uno de ellos debía llevarle el espejo a la orden, podrían morir los dos en la búsqueda del espejo.

—Vatius.

Vatius se dio la vuelta inmediatamente, con la varita en alto. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que solo se trataba de Cornus.

—¿Qué sucede? —inquirió Vatius mientras bajaba un poco la varita.

—¿Has encontrado algo? —preguntó Cornus, el paciente.

—Nada aún —contestó Vatius el irritable.

—Pues en la habitación principal no había nada —comentó Cornus—. Seguramente lo tienen en una habitación secreta, una habitación de difícil acceso, de manera que no tengan que toparse con él.

—Tal vez tengas razón. Pero eso no hace más que complicarnos las cosas —dijo Vatius—. No tenemos ni idea de donde deberíamos buscar una habitación secreta.

—Pues tal vez…

—¿Quiénes son ustedes? —les espetó Minus Famont.

Ambos personajes voltearon lenta y tranquilamente la cabeza. Minus Famont los miraba con una expresión de pánico total, algo que agrado a ambos hombres.

—¿Quiénes son? —repitió Minus apuntándolos con la varita—. Respóndanme o…

—¿O qué? —inquirió amenazadoramente Vatius.

—O acabaré con ustedes —dijo débilmente Minus.

Su tono de voz no convencía a nadie. Aquello hizo que Vatius soltara una carcajada.

—Vatius —le llamó la atención Cornus.

—Mira, creo que llegó el momento de divertirme —le dijo Vatius—. El tipo ya nos vio, así que dejarlo vivo es hacer que peligre nuestra identidad.

Aquello le puso los pelos de punta a Famont. Aquel individuo hablaba tan tranquilamente acerca de matarlo.

—Estoy de acuerdo —expresó Cornus, ocasionando un mayor temor en Minus—. Pero creo que antes podríamos utilizarlo para buscar en la mansión.

—¡Oye! Tienes razón —exclamó Vatius divertido.

Vatius levantó la varita dirigiéndola hacia Minus. El pobre hombre ni siquiera se podía mover.

Imperio —exclamó Vatius.

Aquello fue todo un alivio para Minus. Ya no tenía que pensar más, solo obedecer órdenes. Lo malo es que aquel era el principio de su fin.

—¿Existe alguna habitación secreta en esta mansión? —inquirió Cornus.

—Sí —respondió Famont sin emoción.

—¿Cuántas? —preguntó Vatius.

—Solo una —contestó Minus.

—¡Vaya! Eso nos facilita enormemente las cosas.

—¿Es difícil llegar ahí? —preguntó Cornus.

—Demasiado —respondió Minus—. La habitación fue creada para encerrar un objeto que nunca debe ser visto por nadie.

—Es ese —dijo muy alegre Vatius.

—Haz que nos guíe a ese lugar —expresó muy feliz Cornus.


La puerta se abrió lentamente. Vatius y Cornus estaban más que exaltados. Las trampas habían sido innumerables, aunque gracias a que controlaban a Minus Famont no habían tenido problemas para atravesarlas.

Una vez abierta la puerta, los tres individuos entraron en la habitación. Era una habitación que se encontraba totalmente oscura, sin un atisbo de iluminación o siquiera de ventilación.

Lumos —murmuró Cornus levantando su varita.

El cuarto se iluminó, y ambos individuos de la orden se emocionaron cuando vieron un espejo en medio de la habitación.

—¡Por fin! —exclamó totalmente emocionado Vatius.

Cornus caminó lentamente hacia el espejo, y en cuanto puso una mano sobre él, una figura apareció en el Espejo.

—¿Es él? —inquirió excitado Vatius.

—Mi señor —dijo Cornus haciendo una ligera inclinación.

La figura dentro del espejo no realizó ningún movimiento, como si fuera indiferente a lo que sucedía fuera del espejo.

—¿Qué sucede? —cuestionó Vatius.

—Es solo un señuelo —expresó muy molesto Cornus.

—¿Qué? —dijo sin poderlo creer Vatius.

—La segunda senescal ya me había advertido que algo así podía suceder —respondió Cornus intentando serenarse.

—¡Entonces esto fue una pérdida de tiempo! —exclamó Vatius enfadado.

—Supongo que sí —contestó Cornus—. Ya no tenemos nada que hacer aquí.

Y dicho esto se dio la vuelta para salir de la habitación.

—Solo una última cosa —dijo Cornus deteniéndose en la puerta.

—Yo me encargo —indicó Vatius mientras apuntaba a Minus con la varita—. Avada Kedavra.

Afortunadamente, el maleficio tocó a Minus antes de que se rompiera la maldición imperius. De lo contrario, habría sido totalmente conciente de lo que aquellos magos le hacían.


—¡Así que solo era otro señuelo! —exclamó tranquilamente la Gran Maestra.

La Gran Maestra se hallaba en una oscura habitación, acompañada de sus tres senescales.

—Me temo que sí —expresó tranquilamente la segunda senescal—. Y pensar que yo estaba tan segura de que aquel tendría que ser el verdadero espejo.

—Hay algo que yo no entiendo —declaró el tercer senescal—. ¿A qué se refieren con otro señuelo?

—Es cierto —recordó el primer senescal—, tú no sabes mucho al respecto, ya que te acabas de convertir en senescal. Bueno, tienes que saber que al parecer, los individuos que encerraron al Señor de las Tinieblas en el Espejo Maldito crearon copias, copias que les impidieran a los miembros de la orden localizar el verdadero.

—¡Oh, ya veo! Así que el día de hoy nos hemos tropezado con una de esas copias —concluyó el tercer senescal.

—Así es —confirmó la segunda senescal.

—¡Esos tontos de Gryffindor, Slytherin, Hufflepuff y Ravenclaw! —exclamó la Gran Maestra—. Seguramente guardaban la esperanza de que algún día nos rindiéramos y paráramos de buscar el espejo. Pero eso será algo que nunca haremos. La Orden de Venus no descansara hasta dar con el Espejo Maldito.

—Hablando de esos tontos, he oído últimamente un extraño rumor —comentó el primer senescal.

—¿Qué rumor? —inquirió la segunda senescal.

—Que el espejo se encuentra en Gran Bretaña —respondió el primer senescal.

Aquella noticia produjo un silencio demasiado incómodo.

—Pero… ¿no la orden está totalmente segura de que el espejo no se encuentra en Inglaterra? —inquirió el tercer senescal.

—Bueno, es solo un rumor —comentó como quien no quiere la cosa el primer senescal.

—Eso sería algo arriesgado, aunque también posible —expresó la Gran Maestra—. La Orden de Venus lleva siglos buscando el espejo fuera de Gran Bretaña, convencida de que a los enemigos nunca se les hubiera ocurrido esconder el espejo en el mismo lugar donde el Señor de las Tinieblas fue encerrado. Sin embargo, tal vez fuera exactamente lo que aquellos tontos querían hacer creer a la Orden, y por eso ocultaron el espejo en Inglaterra.

—Entonces, ¿toda la Orden nos moveremos hacia Inglaterra? —inquirió la segunda senescal.

—No —respondió tajantemente la Gran Maestra—. Eso sería algo ridículo y arriesgado. La Orden de Venus se ha establecido con gran éxito en la Europa continental, mientras que Inglaterra es un territorio inexplorado para nosotros. Nos estaríamos arriesgando demasiado a que nos descubrieran y atraparan. Sin embargo, creo que tampoco debemos negar la posibilidad de que el espejo se encuentre en las islas británicas. En mi opinión, lo mejor es mandar a un pequeño grupo que se encargue de buscar el espejo en la isla. Ya después ellos podrán decirnos si lo han encontrado, o si por lo menos han encontrado un lugar que consideren apto para esconder el espejo.

—Estoy de acuerdo mi señora —dijo el primer senescal.

—También yo —expresó el tercer senescal.

—Igualmente —exclamó la segunda senescal.

—Bueno, entonces solo falta decidir quienes compondrán el grupo —dijo la Gran Maestra.

—A riesgo de parecer osado, le pido que me mandé a mí —pidió el primer senescal—. Creo que soy la persona adecuada para dirigir una expedición de este tipo.

—Yo también lo creo —expresó sonriente la Gran Maestra—. Así que estoy de acuerdo contigo Uther. Tú serás el encargado de ir a buscar el Espejo Maldito en Gran Bretaña.