Rojo y Azul

Un FanFic de Monster Musume

Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.

Capítulo 1: Milagro

-¡Por fin se terminó…!

Casi no creía que hubiera conseguido marcar la tarjeta para cerrar su turno. La jornada entera se le había ido en cuatro largas reuniones, cada una más tediosa y compleja que la anterior. Las palabras de la mañana mutaron en ecos incomprensibles durante la tarde mientras él sólo pensaba en llegar a casa y echarse a dormir una semana entera. Hacia las cinco, no sabía si estaba cabeceando a medio morir saltando o con el alma separada del cuerpo. Cuando sus pies tocaron la mullida alfombra a las afueras del salón de conferencias, supuso que así debió sentirse Dante tras pasar del purgatorio al paraíso.

Bostezó con ganas al salir del ascensor que lo llevó al primer piso. No tenía ganas de hablar y sólo pensaba en tomar algo antártico para quitarse la modorra. Cruzó la puerta automática y el húmedo calor del verano tokiota le abofeteó la cara.

"He aquí la mayor razón para odiar los trajes y las corbatas", pensó mientras una mueca de desprecio aparecía en su cansado rostro. ¿Cuántas veces había propuesto oficializar la tenida casual para toda la semana y no sólo los viernes? Más de las que podía recordar, pero todas habían caído en el frío pozo de la indiferencia. Ese proverbio japonés era dolorosamente cierto: "el clavo que se levanta será martillado".

"Conformidad sobre todo", se dijo. "Vaya montón de basura. De cualquier modo, en ninguna otra parte me pagarían como aquí".

Caminó lentamente por el lado más alejado de la acera hasta el semáforo. Como vivía a apenas cinco calles de la empresa, se ahorraba cada mes una pequeña fortuna por no usar el transporte público. A esta hora el metro era un pandemónium en toda regla y los taxis se peleaban por ganar un centímetro de espacio mientras buscaban pasajeros dispuestos a desembolsar una córnea o un riñón (e incluso ambos) en un trayecto de tres kilómetros.

-Son las seis y veinte -dijo tras mirar su reloj-. Tengo tiempo de sobra para pasar a comprar algo de beber antes de llegar a casa… si es que este semáforo se digna en cambiar de color.

Si había algo que le sacaba de quicio eran los cruces donde se topaban cuatro, cinco y hasta seis calles más un par de avenidas. Vista desde arriba, la maraña de pasos peatonales parecía una tela de araña traicionera que se deleitaba en hacer pasar sustos continuos a los menos favorecidos: bocinazos, improperios de todas clases y un deseo inconmensurable de ser tragado por la tierra para acabar con la tortura eran pan de cada día en los distritos centrales de la capital.

Tras quince segundos que parecieron horas, el rojo cedió su lugar al verde. Comenzaron a moverse las moscas en ordenada y lúcida procesión; romper el paso significaba retrasar a todos los que iban detrás. A estas alturas se sabía los pasos de memoria: el tramo completo se cubría en 19. Sabía que, en alguna parte, estaba la depredadora de la vergüenza colectiva esperando la más mínima vibración anormal para saltar a la acción y asegurarse la cena.

"15, 14, 13…"

Nada todavía. Aún así permanecía con todos los sentidos en guardia.

"Ocho, siete, seis…"

Aún nada. Una "tensa calma", como la llamarían los periodistas de medio pelo.

"Tres, dos, uno…"

Tenía el umbral del paraíso en frente. ¿Moriría si daba el último paso y atravesaba la puerta?

"Cero".

Abrió los ojos. Aún estaba entero. Lo había logrado.

Miró hacia atrás, donde una nueva fila de penitentes se formaba al otro lado de la calle. En lontananza podía ver el edificio del que había salido; mucha diferencia no había entre ese y los muchos otros que campeaban por Ginza.

-Soy un tipo con suerte, sin duda.

Giró hacia la derecha y siguió su camino. Total, esas botellas de agua tónica no se iban a comprar solas.

-1/G-

Kuroko Smith se preguntó, por décima vez ese día, por qué había decidido aceptar su actual empleo.

¿La paga? Mala. ¿El horario? Peor. ¿Posibilidad de vacaciones pagadas? Cero tirando a nada. ¿Y los problemas? Para qué decirlo, especialmente si se relacionan con cambios culturales.

El reconocimiento de la existencia de las extraespecies y su propuesta de integración al mundo humano aún se encontraba en etapa de prueba en Japón. La noticia, inicialmente, había causado tal revuelo que hasta el mismo béisbol (el deporte nacional por excelencia) fue relegado a segundo plano durante los primeros meses. Más allá de las dificultades iniciales, los casos prototipo se manejaron con precisión clínica, evitando problemas potencialmente letales para ambas partes y consolidando el prestigio de la agencia… al costo de obligar a todos los empleados de MON a vivir el día a día caminando sobre un montón de cristales rotos. Varios compañeros de la unidad habían cogido la baja por estrés y el déficit de personal se estaba haciendo incontrarrestable. Las familias apropiadas para el rol de anfitriones habían bajado su cantidad a un mínimo histórico mientras las listas de espera crecían como la espuma. En resumen, un desastre hecho y derecho.

Para la pelinegra, sin embargo, todo esto quedaba chico al lado de no tener una cafetera decente en la oficina. El vicio líquido era lo único que le permitía hacer más llevaderas las soporíferas jornadas de papeleo.

"Y justo hoy me tocó quedarme sola entre cuatro paredes", suspiró, mirando su taza vacía y la enorme pila de informes que recién había terminado de visar. Por primera vez en dos meses había logrado legalizar el ingreso de cuatro chicas monstruo: una centauro, dos lamias y, lo más raro de todo, una wyvern. Sudor frío recorrió su frente cuando pensó en el "afortunado" que aceptó llevársela a casa. Las wyverns eran cosa seria: más grandes, fuertes y salvajes que las arpías; cazadoras de mirada penetrante y garras como navajas; innatas e infalibles; orgullosas y explosivas. Le recordó una y mil veces al pobre desgraciado que tuviera objetos brillantes a la mano si no quería ir a parar a la UTI.

Los pensamientos de Smith se detuvieron en sus camaradas de aventuras y desventuras. Zombina terminó pasándose de la raya con su última broma, cambiando las gotas para los ojos de Manako por una mezcla de jugo de limón y salsa picante. ¿Resultado? La pobre cíclope acabó en el hospital con su ojo seriamente irritado y llorando como una niña mientras Tionishia la consolaba gracias a su derrochador instinto maternal. Usualmente esta última era paciente y muy tranquila, pero terminó cantándole las cuarenta a la zombie y por poco no la desmembró en el acto. Fue una escena chocante para todas las involucradas. Manako quedó con tres semanas de reposo absoluto y Zombina recibió, por su "gracia", un mes y medio de suspensión sin goce de sueldo.

"Nos estamos desarmando. Y todo por culpa de este maldito trabajo", volvió a suspirar. Dejó la taza junto a la lámpara y guardó la columna de informes en el primer cajón del escritorio. En el preciso momento en que se levantó para estirar las piernas, pasó a llevar otro reporte que había ignorado y lo arrojó al frío suelo.

-¿Tú otra vez, Pachylene? -dijo tras echarle una mirada a la primera página-. Eres como un alma en pena que insiste en seguirme a todos lados.

Arrojó el expediente sobre su escritorio como si le quemara la mano y salió de la oficina. Necesitaba aire fresco. Tomó el ascensor y se dirigió a la azotea del cuartel general de MON. Una hermosa vista del atardecer la recibió, bañando la ciudad en tonos rojizos y anaranjados mezclados con la brisa marina soplando de este a oeste.

-Es un bonito atardecer, ¿no?

Smith se volteó para encontrarse cara a cara con su interlocutora, una arpía vestida sobriamente con peto y calzas de color azul oscuro que contrastaban con su piel blanquísima y el carmesí intenso de su larga cabellera, tono también extendido a sus plumas. Sus ojos, reforzando las contradicciones, eran de un azul intenso muy similar al zafiro. Muy alta para los estándares de su especie, se empinaba casi hasta el metro setenta de estatura gracias a un imponente par de garras que, con tiempo suficiente, podrían triturar piedras. La figura general era esbelta, con piernas bien torneadas y amplias alas de casi tres metros de envergadura.

-Ah, Pachylene -contestó Smith-. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

-Casi todo el día -dijo la arpía, moviéndose más cerca de la baranda para contemplar mejor las vistas-. Ya sabes que el estar mucho tiempo encerrada me deprime. Además…

Smith la entendió en el acto. Ambas sabían perfectamente que, según las disposiciones vigentes, una chica monstruo debía ser asignada a un anfitrión en un plazo máximo de diez días hábiles. La agente le había buscado sin cesar una familia, incluso sacrificando parte de sus ratos libres y echando mano a su enorme pila de trucos basados en carisma. Pero el destino, esa amarga roca contra la que todo se hace pedazos, le había cerrado las puertas una y otra vez.

-…el saber que yo misma soy un obstáculo no facilita las cosas, ¿sabes? -continuó Pachylene-. Porque… ¿tiene alguna utilidad una arpía que no puede volar?

La liminal bajó la vista hacia su busto de copa D, no tan voluminoso pero hermosamente contorneado. Un buen número de humanas habría matado por tener uno parecido, pero para ella no eran más que un enorme lastre.

-Querida, no te recrimines por algo fuera de tu control -dijo Smith, tratando de calmarla-. Algo saldrá, estoy segura de ello.

-¿Con apenas un día de plazo? Para ser honesta, Smith, sólo un milagro puede salvarme de tener que volver a casa y resignarme a vivir el resto de mis días como "la tetona que no puede volar".

Pachylene no dijo esto último en tono ofensivo; sólo se sentía frustrada de pasar una hoja tras otra sin salir de la primera casilla. Realmente apreciaba los esfuerzos de Smith por encontrarle un hogar, más allá de su tendencia a ironizar en exceso e "invitarse" a almorzar y cenar en casas de otras familias anfitrionas; sabía que detrás de esa fachada despreocupada habitaba una persona competente. Hace poco habían conversado sobre un tal "Cariño", quien tenía a su cargo a nada menos que ¡siete! chicas monstruo (incluyendo una pariente suya, nada menos) y aún así se las arreglaba para cocinar como los dioses y mantener balanceado el presupuesto doméstico.

"Aunque sería gracioso imaginar qué pasaría, no puedo llevar a Pachylene donde Cariño", pensó la pelinegra mientras una suave brisa le acariciaba la frente. "Aguantar a seis en la misma casa no es menor, aunque Miia da más problemas que las otras cinco juntas; Lala no cuenta porque, digamos, es rara a un nivel superlativo. Pachylene podría beneficiarse de alguien como él, pero ¿dónde voy a encontrar a alguien así en tan poco tiempo?"

-Quizás tengas razón -se decidió a hablar-. Pero aún falta un día. Son 24 horas en las que aún tenemos el control.

-¿Así que estás optimista?

-Totalmente, Pachylene. A veces las soluciones llegan de donde una menos lo espera.

-Me gustaría ser como tú, Smith. Al menos a ti no te critican por tener los pechos grandes -la aludida sonrió levemente al escuchar su réplica.

-Si supieras cómo me miran cuando voy por la calle… Ojo, no es que no me guste, aunque algunas veces ciertos elementos indeseables -hizo énfasis en estas palabras- tratan de sobrepasarse. Me encantaría tener tus garras, querida. Así les daría una buena patada en la entrepierna.

Pachylene se rió con ganas. Fue una risa clara y sincera, casi como agua cayendo por una cascada. Smith no pudo contenerse y la imitó.

-Gracias, Smith. Realmente lo necesitaba después de estos días tan amargos.

-No fue nada, querida -le dio un gran abrazo-. Ahora debo irme. Recuerda que debes entrar antes de que cierren el edificio si no quieres dormir a la intemperie.

-Pierde cuidado. ¡Nos vemos mañana! -Smith la vio alejarse hacia el otro extremo de la azotea; siempre lo hacía cuando necesitaba pensar con tranquilidad.

"Al menos ya me siento un poco mejor", se dijo la agente. "Hora de marcar tarjeta e irme a casa".

-2/D-

Salió de la pequeña tienda con una sonrisa de oreja a oreja, cargando en su mano izquierda una voluminosa bolsa plástica rellena hasta los topes. El bulto pesaría unos ocho o nueve kilos, pero a él le daba lo mismo: por fin tenía su preciada agua tónica.

"Un día de estos voy a tener que erigirle una estatua a la buena de Saiyuki", meditó. "A saber por lo que debe pasar para guardarme unas botellas…"

Pensó una vez más en la dependienta que siempre lo atendía cuando pasaba a comprar de camino a casa. Era una estudiante de preparatoria bastante normal en lo físico, pero sumamente inteligente y con excelente disposición. Además, ambos compartían un pasatiempo en común: la historia universal. No era extraño que se demorara una eternidad en pasar por la caja mientras conversaban sobre temas tan variados como las primeras civilizaciones, el auge del Imperio Romano, las conquistas de Genghis Khan y el colonialismo europeo. Del mismo modo, así le ayudaba a repasar la materia para sus siempre complicados exámenes. Esa tarde, en concreto, habían hablado sobre las Guerras Napoleónicas y cómo Francia llegó a tener una veintena de estados clientes, eufemísticamente llamados "repúblicas hermanas".

Respecto a la quinina, la racionaba como si se tratara de champaña francesa auténtica, bebiendo el equivalente de un vaso de whisky al día con cuatro hielos y sólo después de cenar. Después, al refrigerador hasta la noche siguiente sin excepciones de ningún tipo.

Ahora sólo estaba a dos calles de la tierra prometida. Apuró un poco el paso para intentar cruzar antes de que el semáforo cambiara.

-Vamos, más rápido. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres… -repetía a modo de mantra, ignorando la tensión que la bolsa ejercía en su brazo-. Mantén el paso, que no es tan difícil.

Sus zapatos repiqueteaban contra el asfalto de las calles, aún cálido por la temperatura incluso a esta hora de la tarde. Esta vez no lo esperó ninguna araña malvada para burlarse desde las alturas anónimas.

-Sólo una cuadra más.

Ahora sí que decidió apurar el paso. Recordó a esos atletas olímpicos compitiendo en la marcha de 50 kilómetros con la recta final a plena vista. ¿Acaso ese murmullo era de la multitud emocionada?

La ilusión se cortó cual rollo de película gracias a un empujón. O al menos él creía que fue un empujón. Miró hacia abajo tras regresar al mundo de los vivos y se quedó pasmado.

Había chocado con una mujer.

Nota del Autor: Bueno, aquí está el primer capítulo de la primera historia que me he animado a mostrar al mundo en mi perra vida. Parto por aclarar que, aunque es de público conocimiento que la acción estándar de Monster Musume se lleva a cabo en Asaka, Saitama, esta ciudad está a un tiro de piedra del centro de Tokio (28 kilómetros medidos con regla), así que creo un punto válido el suponer que Smith se somete al viaje desde la periferia hacia el centro para marcar tarjeta durante los días hábiles (vamos, lo que hacemos casi todos sin importar donde vivamos). Habiendo aclarado esto ante el honorable jurado, espero que les haya gustado este primer capítulo de lo que, espero, sea una historia larga y moderadamente fructífera. Como dicen por ahí, su review es mi sueldo, así que estaré pendiente de sus comentarios. Total, dejarlos es gratis, no engorda y les hará ser mejores personas humanas.

Así que… ¡hasta el próximo episodio! O como se dice en japonés, "como los de Humor Amarillo vean que les tomé prestada la fórmula de los cierres, me van a echar la bronca".