Ella era perfecta.

Cabello suave, largo y azulado que dan ganas de pasar horas y horas acariciándolo, sus ojos grandes y castaños con ese brillo especial que tienen.

Ese pequeño y frágil cuerpo, esas mejillas sonrosadas —cuando la hace pasar vergüenza—, su forma de caminar.

Su sonrisa, su tartamudeo, su amor por los gatitos —Lo linda que queda cuando la obligan a ponerse las orejas de gato—

La forma en que mueve sus dedos sobre su guitarra, la forma en que mueve sus labios al cantar.

Todo en ella era perfecto, y por eso la amaba.

Amaba sus besos, sus abrazos, sus caricias.

Azusa era la perfección hecha persona.