- ¡Maldiciones y maleficios!

La reina malvada no cabía en su enojo. Su conjuro estaba tardando demasiado en destruir Wonderland. Aunque estaba encerrada, su inmenso poder aún le permitía comunicarse con el exterior, y lanzar algunos hechizos menores. Después de murmurar unas palabras, un libro de la estantería de su castillo. En aquellas hojas se encontraban conjuros milenarios, pasados de cada reina malvada a su sucesora. Una vez que tuvo el libro en su poder, buscó alguno que le ayudaría a acabar pronto con aquella tierra que ya no había podido destruir, y mucho antes que Wonderland, uno que demostraría de una vez por todas que ella era la reina más malvada que jamás hubiera pisado esa tierra. Lanzó una carcajada siniestra al encontrar lo que buscaba, y empezó a decir en voz alta las palabras de un ancestral hechizo para llevar una temible amenaza de un lugar a otro.


Ante una multitud de soldados, sirvientes y por supuesto, sus marinos. Julián presidía un juicio de guerra. Kanon como enjuiciado. El castigo, de encontrarse culpable, era la muerte. Y lamentablemente lo era.

Después de que Saori y los de Bronce hubieran logrado por decirlo "resetear" – de un modo que el no comprendía- los sucesos ocurridos durante la batalla contra Hades y de muchas horas de negociaciones para volver a la vida a los caídos y decretar la paz entre las distintas órdenes, había recuperado a todos sus marinos. Los problemas empezaron cuando le pidió la custodia de Kanon a Saori, al que se habían girado varias órdenes de arresto según la ley en Atlántis, por los cargos de traición y crímenes de lessa humanidad. Si bien ella lo había perdonado, él no, y los acuerdos de paz eran claros. Ante la presión de los demás cargos de que se hiciera justicia, a Saori aceptó a regañadientes, tal vez aquello serviría como precedente de castigo a aquellos que se atrevieran, en un futuro, a transgredir los acuerdos de paz firmados por las deidades olímpicas.

- Su alteza, ¿no es suficiente con pedir perdón?

El enjuiciado habló, de rodillas y con la cabeza baja, al pie de la larga escalinata que conducía al trono de la Atlántida, en el que Julián, ataviado con su escama de Poseidón, presidía el juicio, ayudado por su leal amigo, ayudante y comandante de su ejército, Sorrento.

- Kanon. Estos son otros tiempos. Los dioses pensamos que al ejercer justicia contra ti será un referente de lo que podría pasar al desacatar las nuevas reglas entre reinos. Necesitamos hechos. Hechos que sobrepasen a las palabras. – Se levantó del trono y le apuntó con su tridente - ¡Ahora despídete de todo, Dragón Marino!

Sin embargo, antes de que pudiera lanzar el rayo que finalizaría la existencia de aquél traidor, una nube negra y verde se formó como por arte de magia encima de todos los presentes, y abruptamente succionó a Julián, la encarnación del Dios de los mares, y se esfumó tan súbitamente como se formó.

Un silencio sepulcral invadió Atlántis, ¿qué había sido eso? ¿Algún ataque de alguna otra orden? ¿Acaso Julián se había convertido en la próxima Saori? Kanon fue quien rompió el silencio.

- Supongo que con esto estoy exonerado de todos mis cargos, ¿no?

Mientras tanto, en medio de un bosque, la nube misteriosa volvió a materializarse y escupió a un Julián, que a pesar de estar usando su escama, se golpeó la cabeza en la caída, quedando inconsciente.