Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Esta historia ha sido creada para los Desafíos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
Aclaraciones:
→ Lo único que sé sobre las Bóvedas Malditas es lo que está en la wikia inglesa. No sé cuál es el funcionamiento de esta o qué repercusiones tendrán en los afectados, así que lo inventé.
→ Es un WI? que responde a la premisa: ¿Y si Stan Shunpike realmente fuera un mortífago?
«So I put my faith in something unknown. I'm living on such sweet nothing.
But I'm tryin' to hope with nothing to hold.»
Sweet Nothing, Calvin Harris.
Capítulo I:
Lo que está a la distancia
«Off in the distance there is resistance, bubbling up and festering.»
Ready Aim Fire, Imagine Dragons.
No le gustaba ser el cobrador del autobús noctámbulo.
No era la coartada idónea para uno de los estudiantes que se graduó con excelentes méritos, pero nadie sospecharía de un mago que parecía tener una nula empatía hacia los demás y que no mostraba entusiasmo hacia su trabajo. Existía la posibilidad de que rebajara a conseguir un empleo en el Caldero Chorreante. No lo haría, no aguantaría estar rodeado de hormonas alborotadas y de gente sin sentido de la decencia, del estilo o, peor aún, con escaso amor propio.
El incidente de Lockhart le recordó por qué estaba soltero. ¿Qué había de genial en un puñado de jovencitas que adulaban el suelo en el que escupía o que formaban filas para obtener un autógrafo suyo? Además que uno de los fraudes más patéticos del que había oído; ese mago no tenía ninguna idea de cómo comportarse en compañía de un licántropo, ¿y pretendía que Stan realmente se creyera que arruinó las artimañas de algunos magos oscuros? Puso los ojos en blanco mientras que inspeccionaba a los pocos pasajeros que había: nadie era relevante o útil para la causa.
El Señor Tenebroso se esfumó hacía doce años. No creía que realmente hubiera muerto. Era una corazonada.
Terció una sonrisa cuando recordó su época estudiantil. No se rebajó a estudiar para aprobar los TIMO. Un hechizo y una poción al empollón adecuado hacían maravillas, pero no pudo hacer lo mismo para los ÉXTASIS. Los señores Shunpike se enorgullecieron de él cuando vieron sus calificaciones. «¡Este es mi hijo! Un digno Ravenclaw», dijo la señora Shunpike. El señor Shunpike le llevó a ver uno de los partidos de los Tornados y le consiguió un pase tras bambalinas.
Sólo McGonagall sospechó de él durante un tiempo; no obstante, ella tenía que lidiar con sus propios estudiantes descarriados para investigarlo a él. La pobre mujer todavía creía que pasaría una semana sin que ellos se metieran en problemas. O era una optimista o era una crédula estúpida. Y teniendo en cuenta que era McGonagall, no sabía qué pensar. Aprendió muy rápido que no debía meterse con ella o se crearía una adversaria a la que no le podría ganar.
Fue cordial con ella, no causó un revuelo al entrar a la época de la rebeldía, la obedeció en cada momento e incluso hizo sus propios deberes.
La mujer tenía un sexto sentido para detectar cuando un estudiante le copiaba a otro.
Flint cometió ese error; aunque cambió algunas palabras, McGonagall lo descubrió.
Eso fue impresionante. Le echó una mirada a su antebrazo izquierdo y chasqueó la lengua. ¿De qué servía haberse afiliado a los mortífagos si no hacía nada divertido? Él se dedicaba a recoger información de los posibles aliados o enemigos y se la pasaba a Gustav Nott. Era un excepcional partidario para el Señor Tenebroso pero no era un buen prospecto para un padre. Ellos se distanciaban en cada ocasión que Theodore se escapaba durante la noche y regresaba hasta el amanecer. O Gustav lo notaba o sencillamente no le importaba mientras que su hijo no los pusiera en evidencia.
La única vez que conversaron fue al conocerse. «Te daré quinientos galeones si no me mencionas», dijo el muchacho. «¿Mencionar a quién?», preguntó. No fisgoneó en la vida del muchacho de buenas primeras: pasó dos semanas para que él sintiera curiosidad y quisiera saber por qué un niño de doce era tan reservado. Le hizo una ronda de pregunta–respuesta cada cierto tiempo. Le cogió simpatía al niño; le permitió tomar una taza de chocolate caliente y le reservó una cama de manera permanente. Uno no podía saber cuándo Theodore elegiría tomar un poco de aire fresco… de nuevo.
Actualmente se encontraba en Gales. Le indicó a Ernie que se detuviera y que se regresara a Little Whinging al recibir un alto. Sonrió divertido cuando el desgraciado se les quedó mirando como si no tuviera de qué decir o qué hacer; por supuesto, aparte de recuperar la varita y levantarse del suelo. Le dio la impresión que el adolescente empacó lo que consideró pertinente antes de fugarse, lo que era un común denominador entre los más jóvenes.
Ah, la hermosa rebeldía. A veces la echaba de menos.
Saltó del autobús y le miró brevemente. Estaba en una posición que reflejaba que tuvo un buen susto y parecía estar inspeccionando hacia uno de los callejones de la zona. La sonrisa se ensanchó cuando notó cierta cicatriz.
«Tenemos al Niño Que Vivió aquí. ¿Qué problema en el paraíso tiene esta vez?»
Esta era una oportunidad de oro. Sin embargo, no iba a conseguir nada si aparecía abruptamente con demandas que no le importaban una mierda al niño, a menos que le hiciera pensar que fue idea de Potter.
—Bienvenido al autobús noctámbulo, transporte de emergencia para el brujo abandonado a su suerte. Alargue la varita, suba a bordo y lo llevaremos a donde quiera. Mi nombre es Stan Shunpike. Estaré a su disposición esta noche —se presentó, en un tono cordial.
Era de conocimiento común que Stan tenía un humor variable: pasaba de ser formal con un pasajero a ser bastante maleducado con otro. No tendría tanta libertad para hacer lo que quisiera si no fuera por su jefe tan liberal.
Potter le miraba detenidamente. Stan se dio cuenta que el otro se usaba unos vaqueros que parecían de segunda mano y que era más delgado de lo que se veía. Tenía ojeras, ¿se desveló para hacer las tareas?
No pudo evitar recordar a Beatrice Haywood. Ella fue la estudiante que quedó atrapada en una de las pinturas por causa de la apertura de las Bóvedas Malditas y que no pudo ser liberada por Patricia Rakepick. Le tomó meses deducir que la chica en la pintura no estaba por propia voluntad; fue un arduo trabajo de dos años para encontrar un modo y la liberó antes de irse de Hogwarts. La ayudó a escapar por medio del pasadizo detrás de la estatua de Gregory Smarmy. «¿Por qué lo haces? ¿No extrañas a tu familia?». «Ellos me creen muerta. No lo estoy pero nadie, ni mi propia hermana, me buscó cuando Rakepick declaró que nunca iba a ser liberada. Tal vez estuve atrapada pero no estaba inconsciente. ¡Lo oí todo! Les voy a dar lo que quieren. Por favor, prométeme que no se lo dirás a nadie.»
Beatrice vivía en la antigua casa de Scarlett. «Solíamos venir aquí cada verano. Me divertía jugando con Scarlett hasta que fue asesinada por un licántropo. Penny no deja de culparse por la muerte de su amiga, ella dice que debió hacer algo más para salvarla. Ni la familia de Scarlett ni la mía han regresado aquí… Bueno, hasta hoy», le explicó a Stan. Consideró preguntarle qué hacía ahí pero lo más seguro era que Potter le daría una respuesta esquiva y desconfiara de él, además que podría presentar aprensiones hacia él si lo pillaba inspeccionado la cicatriz. De hecho, Stan no esperaba fuera a confiar en él desde el momento en que lo viera, pero nada le impedía manipular la situación para que funcionara a su favor.
—¿Has visto algo grande y negro? —preguntó Potter, mirando hacia el callejón oscuro—. Creo que es un perro enorme…
—No. ¿Cuál es tu nombre?
—Neville Longbottom —respondió. Lo hizo demasiado rápido para que cualquiera con medio cerebro le creyera. Teniendo en cuenta que el muchacho salvó a algunos estudiantes en Hogwarts en los últimos dos años, posiblemente sabía cómo ocultar la verdad—. Entonces… ¿Este autobús va hacia cualquier parte que yo quiera, sin excepción?
—Siempre y cuando haya un camino por tierra, sí.
—¿Y por cuánto me llevas a Londres?
Stan le sonrió con ironía mientras que Potter se ocupó de dar un último vistazo a aquel callejón. Le respondió que por once sickles y añadió que por trece le daría además una taza de chocolate caliente, por quince una bolsa de agua caliente y un cepillo de dientes del color que eligiera. El muchacho le pagó e inspeccionó el interior del autobús con una mezcla de sorpresa y expectación. Le ayudó a subir el baúl, que era más liviano de lo que debería ser, y el otro se encargó de la jaula vacía. Según recordaba, Potter tenía una lechuza blanca como la nieve. Era muy reconocible y darían con el niño si el mantenía comunicación con sus amigos. Lo más plausible sería persuadirlo para que no lo hiciera.
Corrección: debería disuadirlo en todo sentido.
¿Cómo lo iba a hacer?
La cama de Potter estaba detrás del conductor. A Ernie le daba igual que los pasajeros se posicionaran a conveniencia de Stan, pero le dio una mirada interrogativa que le prometía que iba a tener que explicarse en un momento u otro. «Ten cuidado», dijo Stan a nadie en particular y Ernie pilló la indirecta. Al conductor no le gustaban las moderaciones para manejar el autobús pero no solía entrometerse en los planes de Stan, en especial cuando lo veía tan interesado en alguien. Sabía que se estaba arriesgando a que el niño lo notara, pero Potter no se veía muy consciente de lo que estaba haciendo Stan.
¿Qué tan acostumbrado estaba el mocoso a que el mundo lo estuviera adulando por algo que hizo hacía más de una década?
Era el lugar óptimo para iniciar una conversación casual con el adolescente mientras que lo «llevaba» a su destino. Potter se quedó mirando a través de la ventana, parecía impresionado por la velocidad a la que se movían. No le preguntó nada en todo el camino, ni siquiera para saber por qué los muggles no se daban cuenta del autobús. Ernie le pidió que despertara a la señora Marsh ya que casi habían llegado Abergavenny. El autobús se mantenía en el centro de la calle, haciendo que los demás transportes se desviaran por unos segundos para que ellos pudieran pasar. En ocasiones quería saber qué tipo de magia se había utilizado para que esto fuera posible.
No lo iba a negar, se alegró que la vieja bruja se fuera; ella se creyó la dueña del autobús cuando se subió y tuvo que sedarla —poción para dormir en el chocolate— antes de hacer una estupidez. Arrojó el equipaje y cerró las portezuelas antes que Marsh pudiera quejarse de nuevo. Hasta Ernie lo festejó: prácticamente se fueron escopetados de ahí.
Abrió el ejemplar de El Profeta y siguió leyendo en dónde se quedó. Había un par de promociones de artículos para la escuela; sonrió con añoranza. Los años en que vagó por el callejón Diagon sin rumbo era un grato recuerdo, debería hacerlo más a menudo pero estaba atascado aquí. Con un viejo loco que descubrió sus manías a los pocos días de que llegó y con un mago que podía ser la perdición para el mundo mágico; eso último no sabía si era bueno o malo. Supuso que mientras no le afectara directamente a él, no le daría importancia.
Dato importante: no era un luchador, era un informante. O un chivato si uno no quería adornar la realidad.
«¿Y quién más apropiado para este trabajo que el mago que soporta a un puñado de imbéciles cada noche?»
—¡Ese hombre salió en el telediario de los muggles! —chilló Potter.
—¿Uh? —dijo Stan. Vio por el rabillo a Potter. Revisó la primera página y enarcó una ceja cuando vio la imagen del ex convicto. Terció una sonrisa, le aplicó no verbal a la página, la desprendió del diario y se la dio a Potter—. Su nombre es Sirius Black. Por supuesto que ha aparecido en las noticias de los muggles, Neville. ¿Lo puedes leer en voz alta para mí? Este Black me ha dado mucho en qué pensar últimamente.
Potter asintió.
EL TERROR ESTÁ AL ACECHO. CUIDADO CON BLACK.
El Ministerio de Magia comunicó que Sirius Black sigue prófugo. Es uno de los más malvados que ha acabado en Azkaban y es el primero que ha hallado de romper la fortaleza impenetrable. Es un misterio cómo se ha escapado pero, teniendo en cuenta los crímenes que ha cometido hace doce años, no genera ninguna sorpresa. La comunidad mágica vive aterrorizada de que Black complete el trabajo que dejó a la mitad el 31 de octubre de 1,981. Todos conocemos la tragedia de James y Lily Potter, y todos sabemos que el pequeño Harry Potter ha aparecido después de una larga ausencia.
Todavía está la incógnita de por qué asesinó a trece personas con un solo hechizo. El ministro de Magia, Cornelius Fudge, insiste en que están haciendo todo lo posible por encarcelar a Black y defiende que ha sido de vital importancia que el Primer Ministro Muggle haya sido informado. Puede que haya sido imperativo que los muggles conozcan el peligro en que están, pero no nos podemos olvidar que la seguridad de los nuestros está en peligro por un desquiciado con una lealtad ambivalente. No confíen en nadie; y si Harry Potter está leyendo esto, cuídate. No queremos que te mueras después de sobrevivir aquella noche.
Cuídense.
Potter observó a Black con la cabeza ladeada hacia un costado, intentando hilar toda la información recibida en una única verdad que fuera comprensible e irrefutable. Stan acomodó la historia en base a la primera idea que se le ocurrió mientras que recordaba una de las quejas de Aberforth. Se quedó viendo el resto de las noticias de El Profeta, esperó a que Potter quisiera investigar qué sucedió. Nada llamaría más la atención que Stan intentando que Potter se creyera algo que no era su interés. Bostezó y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento, analizó al muchacho a través del reflejo del espejo.
—¿Esto es verdad? —preguntó Potter, confundido y le devolvió la página—. ¿Black estuvo relacionado con el asesino de mis… los señores Potter?
—Es una teoría —concedió Stan—. Si pudo asesinar a trece personas con un solo hechizo, ¿por qué no quitar a uno de los enemigos de El Que No Debe Ser Nombrado? Se corre el rumor que Black aspiraba a ser el lugarteniente del Innombrable una vez que él hubiera ganado la guerra, pero eso nunca sucedió. Sospecho que la masacre de aquellas personas fue su forma de descargar su furia y deseos de venganza.
—¿Fue un gran partidario de…? —La voz se le cortó a Potter—. ¿Por qué lo hizo?
—¿Quieres una lección acerca del pasado? Aunque me temo que no está completa. ¿No te importa, Neville?
—No —dijo Potter. Estaba confundido pero parecía dispuesto a escuchar lo que tuviera que decir.
—Empecemos desde el inicio. Sirius Black y James Potter, y otros dos, se conocieron en Hogwarts. Es muy sabido que ese par siempre ha causado un montón de problemas en Hogwarts, desde las bromas más estúpidas que puedas imaginar hasta intentar escaparse del colegio. No sé si lo han intentado, pero nada quita que lo imposible pase. Sé que Sirius Black no tiene una buena relación con el resto de su familia, siendo esa la razón por la que los abandonó a los dieciséis años.
»La única razón por la que sabemos esa parte es por el desastre en Cabeza de Puerco del 1977. Aberforth siempre responde con un: fuegos artificiales, pudín que cobró vida, vino derramado, mesas y sillas que nunca se encontraron. En otras palabras, la destrucción de la cuarta parte del local.
—¿Qué?
Potter parpadeó.
—Aberforth se enfada si alguien se lo recuerda. Aunque él se enfada por todo, así que no te lo tomes personal —dijo Stan. ¿Era un crimen que quisiera los detalles de la vida de los demás?—. Ellos fueron aurores junto a Lily Potter. Sin embargo, y por alguna razón, los Potter tuvieron que esconderse. Nadie supo de ellos durante meses. ¿Y cuál es la casualidad de que Peter Pettigrew fuera asesinado después de la muerte de James y Lily Potter? ¿O cuál es la casualidad que Sirius Black haya sido uno de esos «amigos tan leales» a lo que les confías cualquier secreto, por muy importante que sea? Piénsalo, Neville. Tiene sentido si lo ves así.
—¿Qué demonios…? —gruñó Potter. Hizo un débil intento por mascullarlo entre dientes, pero falló por completo. Frunció el ceño y empuñó la varita inconscientemente, aplicó más fuerza de la un extraño usaría después de escuchar la tragedia ajena.
Tuvo una vaga idea de qué pudo pasar antes que escapara. A veces bastaba que apareciera una emoción muy fuerte para que el caos fuera mágicamente desatado. Dumbledore ocultó donde vivía Potter por años, pero el viejo debía tener una protección especial en aquel lugar. Después de todo, era el Niño Que Vivió.
—Si estás huyendo de la ley, te sugiero que no vayas al único lugar al que te van a ir a buscar. Por amor a Merlín, no eres el primer caso desesperado que escapa de casa y que pretende no ser encontrado yéndose a Londres.
—No voy a ser localizado.
—Entonces supongo que no te vas al Caldero Chorreante, no alquilarás una habitación y no esperarás que tu compañero en el crimen te vea allá. Y definitivamente no estará el ministro Fudge para cuando Potter no se presente eventualmente para no ir a su cuarto año en Hogwarts, para no alertarlo que Black no lo estará buscando para no acabar lo que sí ha terminado hace doce años. ¿No estoy en lo correcto, Neville?
—Viéndolo así…
—Quédate aquí y duerme un rato —le propuso. Potter dudó. No estaba seguro de si atender al consejo de un perfecto desconocido. Chico inteligente, pero sólo tenía trece años—. Recapitulemos. Estás escapando y no tienes a dónde ir. Tu primera opción ha sido el Caldero Chorreante, lo que me da a entender que ninguno de tus amigos sabe lo que te ha pasado. Es probable que quién sea que esté a cargo de ti los contactará para confirmar si conocen tu paradero o no. Y me atrevo a decir que no quieres que ellos estén en problemas por algo que tú has hecho. ¿Y exactamente qué has hecho?
—Inflé a mi tía —respondió y sonrió.
—Te expulsarán de Hogwarts. Y probablemente a tus amigos también, por cómplices —dijo. Tal vez estaba exagerando en la última parte, pero haría lo que fuera para que Potter accediera a ir con Stan. Potter aflojó el agarre en la varita y un brillo de culpabilidad apareció en sus ojos. Stan le puso una mano en el hombro y compuso una sonrisa amigable—. ¿Harías lo que fueras por tus amigos, cierto? Entonces, supongo que no quieres que ellos estén en problemas por ti.
—¿Qué hago?
—No hace falta que rompas tu varita, sólo no hagas magia. Hasta que cumplas diecisiete años tendrás el detector activado. Es un encantamiento que le ayuda al Ministerio de Magia saber en dónde estás, qué hechizo has hecho y la hora. Imagínate qué pasará después para ti.
—No lo sabía —dijo Potter, incrédulo—. ¿Es así como Voldemort…?
—No usamos el nombre del Innombrable —le corrigió Stan. Ignoró el giro brusco que Ernie le dio al volante y maldijo. Ese niño sería su perdición. Él todavía no se acostumbraba a llamarlo por su nombre y el mocoso lo decía como si fuera la respuesta a un acertijo—. Antes de su caída, su nombre tenía una especie de rastreador. Sólo los que se atrevían a decirlo eran lo que combatían contra él, por norma general, y así es cómo se acaban sus días. No sé si todavía funciona ahora que ha caído, pero es mejor que no corras riesgos innecesarios —le explicó.
La boca de Potter estaba brevemente abierta e intentó articular aunque fuera un monosílabo, no lo consiguió. Ni el más mínimo sonido salió de sus labios y apartó la vista hacia la ventana, como si buscara un tipo de consuelo en su reflejo. La reacción se le antojó dramática y exagerada; no obstante, recordó el tipo de vida que había tenido desde aquella noche. Se suponía que lo que les rodeaban le habían cuidado a cualquier precio, y eso significó que le omitieran información que le podría asesinar en el peor de los momentos. Eso era excederse.
Ni siquiera sabía una de las razones por las que no se aludía al nombre del Innombrable, ¿y qué hubiera pasado si el rastreador todavía estuviera activado? ¿Qué tan rápido llegarían los aurores a la escena del crimen? ¿Cuánto tiempo podía sobrevivir ante los mortífagos antes de sucumbir a su destino?
Permitió que un bufido de exasperación se escapara. Era por esto que nunca le había gustado socializar con sus ex compañeros. Los adolescentes tendían a escandalizarse fácilmente, hacían que el más pequeño de los problemas pareciera que no tenía solución. Pese a eso, lo hizo. Merlín sabía que los pocos lazos que había forjado habían sido de utilidad hasta la fecha. Ser un cobrador de un autobús no traía tantos beneficios; con el salario que poseía era incapaz de alimentar a dos personas.
Sin embargo, se repitió, que el chico tenía una pequeña justificación. En primera instancia, estaba el tipo de ropa que usaba. Uno no podía ser tan ciego para no notar que era heredada —un par de tallas más que él— y que fue remendada a mano. Era extraño que un mago tuviera problemas con un simple muggle. ¿Qué se podía hacer cuando defenderse vinculaba revelar el secreto? En segundo lugar, era delgado. Una cosa era que fuera parte de su complexión física y otra era que no se alimentara debidamente. Y, añadiéndolo a la vestimenta, le dio una idea de con qué tipo de muggles estaba obligado a vivir.
¿Qué tan deprimente, qué tan patético era?
¡Al carajo con la sutileza!
Si Potter no accedía por las buenas, él lo obligaría.
—Supongo que realmente no sé nada —susurró Potter. Todo el mundo que conoció se desmoronó. Stan casi sintió lástima por él—. Yo… ¿A dónde voy ahora?
—Te puedo ayudar.
—¿A cambio de qué?
—No lo sé —respondió Stan—. Supongo que no podrías no causar problemas para que no estemos en uno grave, Neville. Pero te advierto una cosa: si vienes conmigo, no podrás volver atrás. Lo que quiere decir que no podrás relacionarte de ninguna manera con nadie que hayas conocido, sin excepción.
—¡No dejaré a Hedwig! Ella es mi confidente, ella es la única que… que me queda.
—Ella está permitida —dijo Stan. Al menos el mocoso no recurrió a sentimentalismos. Miró la jaula—. No está aquí.
—Hedwig encuentra su camino hacia mí.
—Eso…
—No te preocupes. No irá a ninguna parte sin mí o sin que yo la envié.
El viaje en el autobús noctámbulo continuó sin inconvenientes. Potter estaba acostado en el colchón de plumas, deprimido y pensativo. ¿Fue así cómo Beatrice se sintió cuando abandonó a los Haywood? Las dos razones eran muy distintas; Beatrice le dio la espalda a la familia que todavía tenía, Potter se estaba convenciendo que dejaría a la poca familia que hizo. Apartó la vista del muchacho y recordó que pagó por chocolate caliente. Se levantó del asiento, se acercó hacia el recipiente donde guardaban el lote de la noche y lo sirvió en una taza.
Se apoyó cuando el autobús pasó entre Anglesea y Aberdeen. «¡Tú nunca te fijas!», le gritó uno de los pasajeros la semana pasada. Recalentó el chocolate después que los demás pasajeros se bajaron, se sentó a la par de Potter y le ofreció la bebida. Por una vez, no la adulteró.
Ernie conducía sin rumbo. Potter se giró hacia un costado y veía hacia la pared aunque Stan dudaba que se fuera a dormir. ¿Estaba haciendo lo correcto? Consideraba que los muggles eran una compañía irrisoria y que un mago podía vivir toda una vida sin dialogar con uno, quería probar que estaba capacitado para recibir la marca de los mortífagos y que, en un futuro, hasta podía conocer al propio Innombrable en persona. ¿Este era el precio que quería pagar? Capturar al Niño Que Vivió era un logro que Gustav no había conseguido —en caso de que lo hubiera intentado— y le aumentaría el estatus entre ellos.
«¿Por qué no se siente correcto? Esto era lo que quise desde que acepté la oferta de Gustav, ¿por qué es diferente ahora?»
Posó la mirada al suelo. El chocolate quedó en el suelo a medio terminar y se estaba enfriando lentamente, como si el tiempo se estuviera burlando de él. Nunca le preguntó a Beatrice qué sucedería si ella cambiaba de opinión; no obstante, eso no había sucedido. Ella era feliz con la vida que tenía. Potter podía tener el mismo destino si Stan mantenía estos pensamientos lo más lejos posible de su mente.
En algún momento de la noche, pasaron por la entrada del Caldero Chorreante. El ministro Fudge se encontraba en la puerta con un aspecto descorazonador plasmado en todo el rostro. Era bastante seguro que los pasajeros no podían ver lo mismo que Stan. ¿De qué modo llevarían a los pasajeros a sus respectivos destinos si eran incapaces de ver a través de la magia del autobús? Se acostumbró a distinguir los detalles que solían pasar por alto los demás; Ernie aparentemente no poseía el control del volante, pero se equivocaban. El día, o la noche, en que ellos pudieran decirle a Stan por dónde pasaban en cuestión de segundos él les iba a dar la razón.
¿Esa era su imaginación o había una lechuza blanca como la nieve encima de uno de los faroles a cuatro cuadras del Caldero Chorreante?
—Oye, Ernie. Alto —pidió al conductor—. Neville, ¿qué tan excéntrico eres?
—¿Excéntrico? —repitió, confundido.
—Dijiste que tu lechuza encuentra su camino hacia ti y ahí está una —explicó y salió del autobús. Le hizo una señal a la lechuza para que ella entrara y, en cuanto vio a Potter, ululó como si estuviera alegre de hallar a su dueño. Potter se sentó con cierta rapidez y una sonrisa apareció en su rostro. ¿No era adorable? Qué asco—. No sé si te lo han dicho, pero tienes una lechuza bastante impresionante —añadió. Prefirió no mencionar el nombre asumiendo que había aurores por la zona.
Regresó al autobús y Ernie volvió a manejar. Potter le sonrió avergonzado.
—¿A dónde vamos, Stan?
—A la casa de campo de Beatrice —contestó. Potter se puso rígido—. No eres el único que quiere escapar de alguien, Neville. La ayudé hace años. Técnicamente no fue de su propiedad cuando ella se mudó pero le apliqué varios encantamientos de protección. El más poderoso es el Fidelio.
—¿Fidelio?
—Yo sé el secreto. Tú sabes el secreto. Tú no lo puedes revelar pero yo sí; y si le digo voluntariamente a la persona equivocada el secreto, es nuestro fin —dijo Stan.
Ernie gruñó mostrando que estaba de acuerdo.
—¿Crees que estoy tomando la decisión correcta?
—No —respondió, valiéndose de la honestidad por una vez en la noche—. Pero tus prioridades son diferentes a las mías. Si crees que es lo correcto, quizá tengas razón.
—No lo sé, Stan.
—¿Qué te parece si te echas una siesta por unas horas? Todavía nos queda una ruta por cumplir y a ti una decisión que tomar.
—¿Estás seguro que mis amigos estarán bien si estoy lejos, lo más lejos posible, de ellos?
—Están más protegidos si no te vuelven a ver nunca más —respondió Stan.
A las siete de la mañana llegaron a la casa de Scarlett.
Estaba ubicada en el extremo sur de St. Peter Pot, en la isla de Guernesey. Para llegar había que viajar por dos horas desde el ferry de la costa. Potter se durmió la mayor parte del trayecto y Stan leyó uno de los periódicos de los muggles. Normalmente evitaba las noticias de esa gente ya que eran poco interesantes en comparación con las de los magos, pero era un pasatiempo adquirido.
Los primeros días que se transportó desde Londres hasta Guernesey cedió al sueño y tuvo que ser despertado por uno de los cobradores. Fue un viejo gruñón que no toleró a los pasajeros que lo hacían. En su momento le sonrió con burla y superioridad antes de bajar, aunque se prometió que no quería que la escena se repitiera. Beatrice se rio de él cuando le contó lo que pasó.
Sintió un retorcijón en la boca del estómago. ¿Qué iba a decir Beatrice cuando ella los viera llegar? Ella nunca aceptó a nadie más que Stan en la casa de Scarlett y se enfadó la única vez que insinuó revelarle el secreto a Ernie. «Díselo y nunca más me volverás a ver», advirtió. ¿Qué pasaría en esta ocasión: haría las maletas o esperaría a que Stan explicara qué razón tuvo para hacer esto? Le echó un vistazo a Potter y se convenció que hacía lo correcto. Más allá de los mortífagos y el desprecio que mostraba hacia los muggles, Potter parecía suplicar por ayuda a simple vista.
No tuvo inconvenientes para despertar a Potter. El muchacho apenas durmió y se veía desfallecido, como si hubiera estado toda la noche pensando en lo que estaba a punto de hacer. Le dio una gorra que hechizó. La apariencia sería completamente diferente para cualquiera que lo viera y no supiera quién era él. Potter le mencionó que Hedwig odiaba viajar enjaulada, la hechizó y ella se quedó cerca de su dueño, como una vigía dispuesta a atacar al primer sospechoso que apareciera en el camino.
Para ser honesto, no sabía qué pensar del animal. Leyó que las lechuzas de campanario* eran muy protectoras con los suyos. No vacilarían a la hora de proteger a los suyos ante cualquier tipo de peligro que se presentara; generalmente eran las madres y padres protegiendo a los polluelos de los depredadores, pero Hedwig veía a Harry Potter como su humano. Suyo. De nadie más que de ella. Sensatamente, mantendría su distancia del muchacho hasta que fuera seguro acercársele sin que Hedwig le atacara, o que le mirara como si le estuviera desafiando a que le hiciera daño.
Potter no estaba suscrito a El Profeta, El Quisquilloso o cualquier revista del mundo mágico, no tendría que preocuparse por entregas que no se podían completar.
Se armó de valor al encontrarse con Beatrice. La muchacha tenía su larga cabellera atada en un moño mientras observaba a las aves descansar en el bebedero con una expresión de aburrimiento plasmada en todo el rostro. Ella soportó su propia maldición desde que salió del retrato: el tiempo transcurrió en el exterior pero se congeló en el interior; no creció físicamente ni un minuto aunque conservó la consciencia para escuchar cada informe que le dio su hermana mientras estuvo en Hogwarts. Era una de las pocas cosas que conocía del pasado de Beatrice, ella era muy reservada respecto a lo que le sucedió antes que Stan la conociera.
A pesar que Beatrice aparentaba trece años, debería tener más. No comprendía hasta qué magnitud la perjudicó la Bóveda Maldita y no quería abrir una herida que nunca sanó.
Cuando la muchacha se volvió hacia él, el brillo en su mirada se oscureció y se preguntó si debió dejar a Potter a merced de Fudge y las fuerzas del bien. El ministro probablemente estaba histérico ya que no pudo encontrar al mago al cabo de unas horas y para este momento se imaginaba el peor escenario. Sonrió. Era divertido atormentar a las autoridades en el mundo mágico, en especial a la que carecían de sentido de la decencia y un mínimo de sensatez. El ministro era un imbécil por asumir que Potter aparecería en el Caldero Chorreante. Sin embargo, el chico estaba solo así que tenía sentido. Se encogió de hombros y se resignó a su destino. Tal vez debió preguntar a Beatrice pero había algo en Potter que le podría ser de beneficio.
Además de, por supuesto, crearle algo de reputación entre los mortífagos después que diera el informe de su captura.
Esperó un gruñido que nunca llegó. Beatrice lo analizaba mientras que su mente cavilaba en un millón de posibilidades para explicar la presencia del Niño Que Vivió en su casa. Stan le informaba de los eventos más importantes que transcurrían: la elección de Fudge como ministro, el encarcelamiento de Sirius Black, el asesinato de los Potter, el niño que sobrevivió a la maldición asesina, la apertura de la Cámara de los Secretos —Gustav mencionó que Malfoy decía que era la segunda apertura. Stan no le creyó. No confiaba en Lucius Malfoy—, la muerte de Nicholas Flamel y su esposa, la caída de la gracia de Bartemius Crouch, la tortura de Frank y Alice Longbottom, el encarcelamiento de los Lestrange y Barty Crouch junior…
Ella suspiró e intercambió una mirada con Stan. Potter se removió en su lugar, incómodo por el silencio que había entre ellos. Al menos el encantamiento Fidelio haría imposible que vieran a una niña desaparecida y que se creía muerta, el mocoso favorito de Dumbledore y el cobrador del autobús noctámbulos parados como imbéciles en medio de la nada. Potter quería decir algo pero no se atrevió.
—Te quedarás en la habitación de huéspedes —ordenó Beatrice a Potter. Él asintió—. ¿Y por qué lo has traído? Acordamos que no tendríamos invitados.
—El chico estaba huyendo de su familia —explicó. Le hizo una seña para que mirara la cicatriz. Beatrice enarcó una ceja—. Neville es de fiar. No se va a escapar… Hasta dónde sé, no se escapará. ¿O me equivoco, Neville?
—No lo haré —respondió Potter.
—Estarás a salvo siempre y cuando no salgas de los límites del encantamiento —dijo Beatrice—. A menos que quieras disfrazarte para ir al pueblo. No lo hagas aún. Dale tiempo y se olvidarán de ti tal y como lo hicieron conmigo.
—Pero pensé que sólo ocultaba tu casa.
—Fidelio es un encantamiento multifacético. Beatrice insistió en que ella no sería una reclusa de esta vivienda por mucho que no quisiera ser localizada por su familia; investigué las complejidades del hechizo y me arriesgué con un pequeño experimento que fui expandiendo poco a poco. La gente no te reconocerá aunque esté mirándote durante horas a menos que sepan que estás aquí —dijo Stan—. Mientras el secreto sea conocido por un número reducido de personas, no existirá esa posibilidad.
—Entonces… —comenzó Potter. Hedwig ululó mientras se posaba en el bebedero. Beatrice sonrió encantada al ver al animal—. No quiero ser desagradecido ni nada por el estilo, pero me gustaría seguir aprendiendo sobre la magia. Hechizos y encantamientos, quizá un poco de historia y de criaturas fantásticas. ¿No puedo hacer eso mientras estoy aquí?
—Puedes —aseguró Beatrice.
—Pero…
—El encantamiento Fidelio es uno de los más antiguos de todos. No se conoce para qué, por quién o con qué propósito fue creado —explicó Stan—. La ubicación en donde está la vivienda… Muy bien. Normalmente son viviendas las que son encantadas pero también se aplica a un terreno más amplio si eres tan talentoso como yo. En fin, el hechizo hace que sea invisible, intangible, insuperable y que esté insonorizada. Sospecho que en los inicios de Hogwarts, los fundadores usaron el Fidelio para proteger a los estudiantes.
»Todavía no he encontrado un indicio que fundamente mi teoría. Tendría sentido que fuera de esta manera ya que Hogwarts fue aumentando en prestigio y reputación conforme el tiempo fue pasando. Los muggles pudieron encontrar el colegio a menos que se usara el Fidelio para…
—Stan, no divagues. Hogwarts está marcado como ilocalizable, igual que el resto de los colegios mágicos —interrumpió Beatrice, monótonamente. Esta escena se repetía constantemente entre ellos—. Y Neville, mantén a tu lechuza controlada. Es muy llamativa para andar volando por ahí.
—¿Puedes restringir la distancia de tu vuelo, Hedwig?
La lechuza volvió a ulular. Stan y Beatrice lo interpretaron como un sí.
Beatrice Haywood (Hufflepuff) y Scarlett (una muggle) aparecen en Harry Potter: Hogwarts Mystery. La trama de las Bóvedas Malditas aparece en el videojuego.
Stan (Ravenclaw para mí) fue a Hogwarts de 1986 a 1993, lo que lo pone en el mismo que Marcus Flint (si él no hubiera repetido séptimo).
