Érase una vez, hace muchos, muchos años, en la época medieval, un reino muy próspero al que la gente se refería como el reino de Otonakizaka. Sus tierras cubrían una gran y magnífica extensión de terreno, en las que la ganadería y la agricultura eran siempre muy bien cultivadas a lo largo de los años. Las personas nativas de aquel reino se sentían muy orgullosas de su lugar de procedencia, ya fuese por las maravillas que se hablaban de su patria, o por la buena gente que allí habitaba, en su mayoría de gran corazón, leales a sus reyes, y humildes con todo el mundo.

Mucho antes de la formación del reino, aquel terreno estaba completamente devastado. Los reyes y emperadores de reinos cercanos se enzarzaban en batallas épicas y mortales por conseguir aquellas tierras y poder expandir su poder, pero todas esas guerras acababan sólo con un millar de fallecidos y ninguna respuesta a sus plegarias. Con el paso de los años y las batallas, la gran mayoría de los árboles se quemaron, y los que quedaban, tenían un color grisáceo, al igual que sus hojas, en un principio verdes y vivaces, que más tarde acabaron perdiendo toda su vida para dejar paso a un tono triste y vacío. Los cultivos de ganaderos que cultivaban en aquella tierra de nadie se perdieron, los animales domésticos y el ganado común huyeron de aquel infierno, dejando sólo aquellos animales fantásticos que poca gente solía ver.

En pocas palabras, el egoísmo de las personas destruyó aquel paraíso. Pero lo que ellos no sabían, era que no eran los únicos seres viviendo allí. No existían sólo personas; había criaturas superiores en muchas cualidades. Criaturas que ellos creían, sólo existían en los cuentos y leyendas. Pero se equivocaron.

En aquella época, era común encontrarse con varias razas.

La más abundante era la raza humana, extendida por todos los reinos. Los humanos estaban dotados de unos valores que fueron enseñando a las demás razas desde el principio de los tiempos, hoy en día se los conoce como valores humanos, ya que fueron ellos los primeros que los poseyeron de naturaleza.

Después del inmenso número de humanos que había, la población se dividía en otras cuatro razas mucho más diminutas: orcos, enanos, elfos y elfos oscuros. Los orcos eran conocidos por su gran fuerza y su carácter intenso, por sus colmillos similares a los de los jabalíes y por la forma de su cabeza, similar a la de un primate. Los enanos, como su nombre indica, eran fáciles de divisar debido a su pequeño tamaño y sus cortas extremidades, aunque tenían mucho más valor que toda una legión de soldados humanos y en ocasiones, mejor corazón que todos ellos. Los elfos y elfos oscuros eran similares a los humanos, a excepción de sus habilidades como alquimistas y sus largas orejas, que en la mayoría de los casos intentaban esconder, sobre todo después de La Gran Masacre;

Un día, un rey humano, fue encantado por un elfo oscuro. Este le hizo beber un brebaje que ocasionó su total pérdida de los valores humanos tales como la amabilidad, la solidaridad y la bondad. Movido por el egoísmo y las mentiras que el elfo oscuro le contaba, ordenó a todos sus caballeros despejar su reino de todas las razas no humanas que hubiese, y estos, como fieles y leales seguidores de su rey, así lo hicieron. Asesinaron sin piedad a todos los enanos, orcos y elfos que se encontraban, y los que conseguían escapar, se escondían en aquella tierra de nadie que muchos años después llegaría a ser Otonakizaka. Algunos de ellos, como los elfos, intentaban esconder sus orejas para no tener que abandonar su hogar, pero cuando el elfo oscuro le contó al rey la pequeña trampa que utilizaban, mandó comprobar aquella parte del cuerpo de todos y cada uno de los habitantes de sus tierras. La gran inmensa mayoría de elfos murieron, los pocos que quedaron se escondieron en tierra de nadie, donde ya estaban los pocos orcos y enanos que quedaban. Los seres fantásticos se refirieron a aquel estrago causado por el egoísmo humano como La Gran Masacre, y desde entonces, se conocieron como 'seres fantásticos' porque poder ver uno se convirtió en algo extremadamente extraño que, con el paso de los años, acabó haciéndose llamar leyenda, y los humanos que no vivieron en la época anterior a La Gran Masacre, creían firmemente que sólo se trataba de simples cuentos de hadas, historias y personajes ficticios.

Cuando el efecto del brebaje que ingirió el rey dejó de funcionar, y se dio cuenta de lo que había echo por culpa de la maldad de aquel elfo oscuro, ordenó, una vez más, la extinción de aquella raza. Causaron muchas batallas, muchas muertes, mucha sangre derramada, pero al final, como aquel rey había ordenado, los elfos oscuros pasaron a ser un simple mito, casi como el resto de las razas.

Mucho tiempo más tarde, durante las batallas por conseguir el poder sobre la tierra de nadie, un ser místico fue durante la noche a aquel campo de batalla, mientras los soldados y caballeros dormían, y plantó una hermosa flor justo en medio, a la vista de todos. A la mañana siguiente, cuando su deber por continuar la guerra les había despertado, se encontraron con aquel pequeño milagro de la naturaleza, y tan contrastante fue encontrar una flor en un mar de desolación y muerte, que decidieron llevársela a su propio reino como conquista, pero sus oponentes de reinos vecinos pensaron lo mismo, y una vez más, el egoísmo acabó incitándolos a seguir luchando, y sin a penas darse cuenta, destruyeron la pequeña flor por la que estaban peleando.

Cuando los pétalos de esa flor tocaron las cenizas del suelo y perdieron su vida, el cielo se oscureció, y el viento empezó a soplar con fuerza y frío. Los caballeros dejaron sus espadas caer en el suelo, y se quedaron atónitos cuando una enorme sombra descendió de las nubes, aterrizando justo en frente de todos aquellos miles de pares de ojos asombrados ante lo que estaban viendo. Ni más ni menos, que un dragón.

Vuestro ego ha corrompido vuestra naturaleza, vuestros líderes han corrompido las leyes sagradas, y vuestros mandatos han corrompido vuestros corazones. Yo, Alduin, señor de los cielos, os ordeno como raza superior, dejar estas tierras en manos del próximo humano que nazca, sea un pobre, un plebeyo o un noble. Corred y transmitirle mis deseos a vuestros superiores, y sabed que si os negáis, la furia de mi pueblo recaerá sobre vuestras familias.

Tras decir esas palabras, al igual que apareció, el dragón de nombre Alduin desapareció entre las nubes, y nunca nadie más volvió a ver ningún dragón en más sitios que libros e historias.

Los caballeros, temerosos por sus vidas y las de la gente que amaban, corrieron a sus respectivos reinos e hicieron saber las palabras de Alduin. Los reyes egoístas, sucumbidos por el miedo, decidieron hacerle caso, y fue cuando todos y cada uno de los hidalgos de la corte recorrieron todas las viviendas de sus tierras para descubrir que, el primer retoño nacido después del discurso del dragón, se trataba del hijo legítimo de una familia de costureros que vivían de lo que cosechaban en su propio huerto. Eran dueños de la Casa de Costuras Minami, un pequeño negocio que rentaban con hilares y ruecas de coser.

Al transmitirle la noticia a la familia Minami, estos aceptaron su destino con la cabeza bien alta y un poco de indecisión, pero demostraron ser los mejores indicados para cuidar de aquellas tierras de nadie, a las que le pusieron el nombre de Otonakizaka, y con el paso de los años, acabaron siendo unas de las más conocidas, respetadas, adoradas, y queridas.

En la época en la que nos encontramos, muchos, muchísimos años después de aquellas batallas, el reino corría a cargo de la reina Minami, cuya primogénita, la princesa Kotori, estaba perdidamente enamorada del príncipe Sonoda, primogénito del reino Akiba. Con frecuencia, los Sonoda viajaban hasta Otonakizaka para que su hija, aún así portando un título masculino como era el título de príncipe, pudiese disfrutar de la compañía de Kotori, quien, al igual que ella, no tardó mucho en enamorarse de aquellos encantos tan peculiares. Los reyes Sonoda y la reina Minami llegaron a un acuerdo, para que sus dos hijas contrajesen matrimonio, y ambos reinos celebraron la fantástica noticias con una fiesta que duró siete días y siete noches. Los días siguientes toda la corte pensaba con tiempo en los preparativos para el futuro enlace, que se dispondría a ser dentro de nueve meses y catorce días exactamente. La princesa Kotori aguardaba el día con alegría y nerviosismo, al igual que el príncipe Umi. Pero todo se empezó a torcer cuando encontraron un cadáver cerca del río de Otonakizaka.

Y aquí es donde comienza nuestra verdadera historia. No la historia de un reino, de una leyenda o de una princesa. Si no la historia de un caballero de brillante armadura, que servía a la princesa Minami con su alma y corazón. Un caballero de nombre Ayase Eli, desde cuya perspectiva viviremos los echos sucedidos al igual que los vivió ella, porque no deja de ser su historia.


Habitación de Ayase, temprano en la mañana;

Como cada día, los rayos de tenue luz que dejaba ver la cortina fueron los causantes de despertar a Eli, una joven rubia, encantadora, elegante, y siempre fiel a su querida princesa. Siguiendo la rutina, se acomodó sentándose sobre el colchón, dispuesta a quitarse su camisón de dormir hecho con seda importada desde Yokuda y cosido expresamente por Kotori, ya que se empeñó en 'lo mejor para el mejor caballero'.

Teniendo en cuenta sus pobres principios, Eli era una persona muy respetada en todo Otonakizaka, ya que era el caballero de más confianza de la princesa Kotori y su madre, la reina Minami. Los taberneros la invitaban a una copa de vino o una pinta de cerveza si ella se pasaba por allí para hacer una ronda comprobando que todo estuviese en su sitio y nadie quisiese hacer algún acto de vandalismo, en los días de mercado en la plaza principal, alguna confitera le daba a probar sus pastelillos recién echos y en los fríos y duros inviernos, cuando le tocaba hacer rondas al aire libre, los pueblerinos le invitaban a un trago de algo caliente.

Aunque en ocasiones, sobre todo antes de ser de tanta confianza, cuando a penas era una extranjera de Páramo del Martillo, una pequeña comarca al norte de Akiba, nueva y pobre en Otonakizaka, la gente huía de ella. Sus palabras toscas y su aptitud ruda y despreocupada, hacían de ella una joven bella por fuera con carácter de orco en el interior. Los ciudadanos la culpaban de ser un monstruo, e incluso la llevaron al punto de realizar un juicio en palacio con acusaciones simples como 'su sospechosa identidad' o 'su carácter peligroso'. Por supuesto, la reina Minami, conocida por su buen acto de justicia y corazón, clasificó a Eli como 'no culpable' de los cargos que ponían contra ella, y le ofreció un puesto en su corte como moza de establos, que poco a poco fue subiendo de rango, pasando por escudera, antes de convertirse en caballero, y no uno cualquiera, si no el mejor de todo Otonakizaka. Los plebeyos y nobles le pedían perdón constantemente por lo que le habían echo en un principio, y la trataban mejor que a nadie para que ella viese sus buenas intenciones. Al fin y al cabo, no estaba tan mal ser Ayase Eli, tenía a su disposición todos los lujos del palacio y todos los buenos tratos que le ofrecía la gente, aunque sentía que le faltaba algo. Estaba en sus jóvenes veinte, y todavía no había encontrado a nadie que hiciese que su corazón latiese a mil por hora.

Aunque era un caballero, y sólo se tenía que preocupar de sus labores diarias, como la de ese día, por ejemplo. Después de quitarse su camisón, se colocó con paciencia su túnica de tela, sus botas de cuero con refuerzos de hierro, y su cota de ébano, parte de su armadura de batalla, esencial por si entraba en el recinto real alguna persona con malas intenciones y era necesario luchar y estar protegida. Se desperezó dando un bostezo antes de ir al baño de su habitación, y mojarse con agua fría la cara, intentando deshacerse de esas molestas fuerzas de gravedad que actuaban sobre sus párpados queriendo cerrarlos. Se ató su cabello rubio y sedoso en una coleta alta, y se dispuso a salir de su cuarto hacia el salón comedor, queriendo disfrutar de un buen desayuno antes de comenzar sus tareas.

Caminaba por los pasillos del palacio, a esa hora de la mañana aún vacíos y silenciosos, admirando su decoración tan entrañable e histórica. Retratos enormes de la familia real desde el primer primogénito de los Minami hasta la princesa Kotori, la moqueta roja de terciopelo que conducía hacia el salón del trono, las armaduras feudales con yelmos y escudos en los laterales como reclamo de protección ante los Dioses, las paredes de piedra, etc. Por mucho tiempo que Eli llevase viviendo el en castillo, cada vez que veía su belleza le asombraba. De todas formas, había venido de una familia pobre e insignificante, por eso para ella tener esa oportunidad de servir a la realeza y poder compartir sus días con gente tan maravillosa como importante, era algo que agradecía cada noche antes de dormir.

No tardó demasiado en llegar al comedor, una estancia increíblemente enorme, dotada con varias mesas muy largas de madera de roble, y bancos del mismo material. Como de costumbre, no era la única, allí ya se encontraba Hanayo, una joven aprendiz que había llegado a palacio hacía a penas medio año, y que en ese poco tiempo ya había demostrado su buen corazón y su inocencia, demasiada según Eli, para vivir en un mundo cruel como en el que vivían.

"Buenos días, Hanayo." Saludó Eli con una pequeña sonrisa formal, sentándose en un banco, cerca de dónde Hanayo preparaba el desayuno a los caballeros, damas de compañía e hidalgos más reconocidos, como la rubia, por ejemplo.

"B-Buenos días, Eli-senpai."

"Ya sabes que no tienes por qué llamarme así... Eli-chan está bien."

Por mucho que Eli lo intentase, la joven de ojos lilas era muy pero que muy vergonzosa, no tenía a nadie, ningún familiar allí en el castillo, y le costaba coger confianza, sobre todo con personas tan amenazantes como la norteña que tanto respetaba.

"D-De acuerdo..." Respondió con un leve sonrojo justo antes de acercarle un plato con varias piezas de fruta y un trozo de bizcocho casero. Sus cualidades culinarias para cocinar postres eran bastante reconocidas en Otonakizaka. "¿Quieres algo más?"

"Una taza de leche estaría bien. ¿Podría ser caliente?"

"P-Por supuesto, iré ahora mismo a la cocina, avísame si necesitas o quieres algo."

"Claro, gracias." Después de eso, Hanayo se marchó apurada de la sala, por una puerta que conectaba directamente con la cocina.

Eli se tomó con calma todas sus acciones. Disfrutando con calma de su desayuno, del silencio de la sala, del ambiente tranquilo. Le gustaba mucho aquel sitio, sentía una paz en el ambiente que no había en otros reinos. Se preguntaba con frecuencia a qué se debería eso, no es que Eli fuese una persona demasiado curiosa, es más, para ella su trabajo, sus tareas, eran lo más importante y lo primordial, pero ese afán por saber tan propio de los humanos existía en todos, incluso en ella.

No pasó mucho tiempo hasta que Hanayo volvió a aparecer con la leche de Eli en una taza de madera y metal, y un libro. Eli no pudo evitar sonreír, estaba acostumbrada a ver a la chica leyendo en la biblioteca o comentando cosas sobre los libros que leía con ciertas personas. Si bien ella no era una persona de lo más curiosa, Hanayo era todo lo contrario. Siempre ansiosa por saber y descubrir.

"Aquí está tu leche, recién ordeñada por los mozos de los establos."

"Muchas gracias, y veo con no sólo me traes eso." Dijo, señalando con la cabeza el libro que portaba.

La joven sonrió ampliamente mostrando un pequeño sonrojo muy típico en ella, al igual que sus usuales tartamudeos cuando se encontraba nerviosa. Se sentó a la vera de Eli y abrió el libro, encantada porque la rubia mostrase interés.

"¿'Leyendas y Mitos de la Era del Amanecer'?" Leyó la rubia. Sin duda le fascinaba como la joven aprendiz disfrutaba aprendiendo simples cuentos de fantasía.

"¡Sí! Es un libro fantástico, Eli-chan. Deberías echarle un vistazo."

"Bueno, gracias por la recomendación, pero no me parecen interesantes simples mitos... Deberías aprovechar tu tiempo en aprender cosas útiles y reales, Hanayo."

"No son simples mitos, son historias, recuerdos." Hablaba la chica de cabello castaño, dándole vueltas a las páginas, mientras Eli sorbía la leche de su taza y escuchaba lo que la aprendiz tuviese que decir. Le gustaba conversar con ella, su inocencia le parecía absolutamente encantadora.

"La diferencia entre los recuerdos y los mitos, es que los primeros perduran en la existencia, y los segundos se olvidan. Ahora dime una sola persona que hable de hechizos y enanos hoy en día."

Hanayo suspiró. Por supuesto que sabía que nadie que ella conociese hablaba de eso, ningún historiados ni bibliotecario, ningún ebanista, caballero, hidalgo o panadero. Absolutamente nadie compartía aquella pasión, pero estaba segura de que todo lo que leía era cierto, y le fastidiaba que Eli no la quisiese creer.

"Pero existieron de verdad... Hay toda una sección en la biblioteca del ala oeste para libros de este tipo."

"¿Y cómo se llama esa sección?" Preguntó Eli con una sonrisa vacilona.

"... Leyendas antiguas..." Hanayo volvió a suspirar y cerró el libro. Quizás Eli si que tuviese razón y no eran más que cuentos ficticios, historias que se leían a los niños antes de dormir, personajes inventados por personas con mucho tiempo libre. Al fin y al cabo, la vida y el trabajo de su senpai era mucho más serio que el suyo, era mayor que ella, y seguramente sabía mucho más de la vida que ella. Prefirió no seguir insistiendo por si era una molestia, y se quedó en silencio mientras Eli terminaba su último pedazo de bizcocho.

La rubia, por su parte, había notado como el ánimo de la castaña había decaído al escuchar aquellas afirmaciones que ella esperaba negar de alguna manera. Le dio un vistazo al libro con la mirada, no parecía muy largo, y tenía alguna que otra ilustración. Puede que hacer algo por aquella chica tan buena la hiciese sentir mejor consigo misma, e incluso puede que aprendiese algo nuevo con lo que ampliar sus conocimientos.

"¿De verdad es un libro tan bueno como dices?" Al escuchar eso, Hanayo levantó la vista con un tono brillante en sus ojos.

"¡Sí! Es increíble, muy interesante." Sonrió.

Eli no pudo evitar sentirse conmovida por lo fácil que era hacer sonreír a la muchacha.

"En ese caso," Comenzó a decir al tiempo que se levantaba de la mesa para comenzar con sus tareas. "llévalo a mi alcoba y le echaré un vistazo, ¿de acuerdo? Mis responsabilidades me llaman."

Mientras salía del comedor, en el que ya había algunas más personas de la corte desayunando y conversando, escuchó las palabras emocionadas de Hanayo diciendo que así lo haría, y sin más distracciones, se condujo hacia los establos, para comprobar que todo estuviese en su sitio.

Al salir al aire libe pudo sentir un leve airecillo señalizando los últimos días del verano. El sol ya estaba en la mitad del cielo, y los aldeanos parecían haber empezando sus labores. El herrero echaba leña a su horno, al igual que la panadera, quien se había acercado al pozo a recoger agua para las dulces masas de sus panecillos. Los niños ya corrían por las calles de piedra y los caminos de tierra con sus perros y sus amigos, disfrutando de los últimos días de sol y calor.

Todos los aldeanos saludaban a Eli a su paso mientras ella les contestaba con una leve reverencia mientras caminaba o una simple sonrisa. A penas tardó cinco minutos en llegar a los establos, no muy lejos del pozo, para que así los caballos pudiesen disponer de agua fresca todo el día. Dentro de las caballerizas de madera se veía el movimiento energético de una muchacha, quien Eli, por supuesto, ya conocía de sobra. Era una pueblerina a la que se le había ofrecido un puesto cuidando los caballos ya que necesitaba el dinero, y ella, con euforia, aceptó sin pensárselo. A la rubia le apasionaba ver como la joven trabajaba con tanta gracia y esfuerzo.

"Buenos días, Rin."

Al escuchar su nombre, la muchacha levantó la cabeza de sus tareas y sonrió ante la imagen del caballero que se acercaba al establo.

"¡Buenos días-nya!" Acostumbraba a usar ese sufijo en todas sus frases, nadie sabía la razón, pero estaban acostumbrados. "Jyggalag está en perfectas condiciones, como siempre-nya."

Jyggalag era el caballo personal de la rubia. Un semental blanco como la nieve del norte y dócil como los colibríes que se dejaban ver en primavera. Cada día pasaba por allí para hacer un reporte de como andaban las cosas por el reino, y de paso, le hacía una visita a su fiel corcel.

"Me alegro. ¿Alguna novedad por aquí?"

Rin, la joven muchacha de cabello corto y naranja, hizo amago de pensar. Intentó recordar lo ocurrido desde el día anterior, pero no había nada fuera de lo normal. "No, ninguna. Todo bien-nya."

Se acercó a los sacos de comida, y de uno de ellos sacó una zanahoria que le lanzó a Eli para que se lo diese a Jyggalag, era una costumbre, una rutina. Mientras tanto, Rin informaba de las cosas a las que Eli debería echar un vistazo.

"Kaname-san, el pescador del otro lado del valle, apareció el otro día quejándose de que todos los peces que pescaba sufrían convulsiones-nya. ¿Me pregunto si habrá algo en el río-nya?"

"¿Convulsiones?" Preguntó Eli confundida, justo después de darle la zanahoria a su caballo.

"Sí-nya, o algo parecido. El herrero se acercó a medir las pezuñas de los caballos para las herraduras del mes que viene-nya, pero dijo que últimamente el metal con el que las hacía escaseaba en las cuevas de las montañas de Hircine." Rin no parecía entender muy bien la seriedad de la situación que significaba eso, al contrario de Eli, quién estaba empezando a sospechar que algo no muy bueno estaba ocurriendo.

"Creo que voy a ir al río antes que nada. ¿A cuántos minutos está andando, Rin?"

"Calculo que unos veinte minutos-nya. Pero ya que las herraduras de Jyggalag no están en muy buenas condiciones a estas alturas del mes, te aconsejaría ir a pie-nya."

"Sí, tienes razón... Gracias por tu ayuda." Dijo Eli, ofreciéndole una sonrisa a la joven que seguía afanosa en su trabajo.

Comenzó a caminar con cierto tono de preocupación hacia el río, pensando a qué se podía haber referido el pescador con lo de las convulsiones de los peces. ¿Quizás el río estuviese envenenado? Si ese era el caso, debería prohibirse la pesca, así como beber de aquellas aguas. Sería un gran bache para la economía pesquera, ya que, no en Otonakizaka, pero en otros lugares por donde pasaba ese mismo río, la pesca era una actividad realmente importante.

Debería informar a la reina Minami de esto en cuando llegue a palacio. Aunque quizás sólo sean paradojas de ese viejo pescador.

Eli disfrutaba en todo su esplendor de ver como los aldeanos salían tan temprano en la mañana a disfrutar del aire natural y tranquilo que se respiraba en su reino, muy distinto al que se podía inhalar en Akiba, o en reinos vecinos. Era algo que Eli no comprendía en absoluto. Había escuchado distintas teorías sobre lo que podía haber causado ese ambiente de paz digno de los Dioses, algunas de ellas contaban historias sobre los árboles, distintos a los de otras naciones, aunque ella no se acababa de creer como el oxígeno que los árboles expulsaban por la noche podía variar de pureza dependiendo del tipo de árbol. Otras decían que se trataba del corazón y alma de la gente que habitaba en el lugar, alma pura y corazón de oro en la gran mayoría de los casos, pero Eli, se rehusaba a creerlo. Una vez había escuchado a una anciana hablar sobre una flor mágica, algo sobre la razón para detener una guerra o algo por el estilo, aunque la rubia, no lo creía. Quería encontrarle un sentido químico y lógico a aquello, algo que pudiese explicar con razones físicas, con dibujos, y algo que el reino pudiese creer. Pero sus deberes eran más importantes, y con tantos quehaceres el tiempo libre que tenía para estudiar aquel fenómeno de paz en el aire, se disminuía. Algún día encontraré a alguien que me sepa responder a esa pregunta, se decía a menudo. Pero el tiempo pasaba, y su duda existencial no hacía más que aumentar, y aumentar. No es que necesitase saberlo, no era una cuestión de vida o muerte, pero era parte de su ser, como humano. La curiosidad era algo con lo que todo el mundo nacía, había gente más y menos curiosa, como todo en el mundo, pero eso en especial, aquel aire, aquel ambiente que sólo se encontraba en Otonakizaka, despertaba las pasiones ocultas por Eli, pasiones por aprender, saber, conocer.

"¡Eoo! ¡Buenos días, Eli-chaaan!" Aquel grito tan conocido sacó a Eli de sus pensamientos matutinos.

"Oh, buenos días, Honoka." Respondió.

Honoka era una joven pelijengibre con una alegría fuera de lo habitual. Muchas veces se encontraba en el castillo, puesto que Kotori adoraba su compañía, sus conversaciones absurdas y esa falta de seriedad en cualquier momento del día. Era algo que muchas veces sacaba de sus casillas a la rubia, no podía evitar que le molestase aquella forma de ser tan infantil en ocasiones, aquellos arrebatos que le daban tan súbitamente. Aún así, no podía evitar tampoco tenerle cierto cariño, era una buena chica, todo el mundo lo sabía, porque todos la conocían en el reino. En ocasiones ayudaba en la cocina real, o si no, en el pequeño puesto del mercado que pertenecía a su familia. Sus dulces eran conocidos en varias regiones cercanas a Otonakizaka, y no era sin razón, estaban verdaderamente deliciosos, ni si quiera Eli podía decir lo contrario. A veces también se dejaba asomar por las caballerizas para ayudar a Rin con el mantenimiento de los caballos, aunque cuando eso ocurría, siempre se escapaba alguno por andar jugando con ellos, y les costaba tener que encontrarlo antes del anochecer, y una reprimenda por parte de la cabeza jefe de los caballeros, sí, aquella rubia de tan mal genio y carácter. Pero por muchas veces que Honoka se metiese en líos, y por muchas regañinas que Eli le echase, seguían teniéndose cariño la una a la otra.

"Eli-chan, Eli-chan, ¿sabes dónde está Hanayo-chan? Rin me dijo que necesitaban ayuda en la cocina porque alguna cocinera se encontraba mal."

"En el palacio, creo recordar." Dijo la rubia, pensando en lo que Honoka acababa de decir.

"¿Hay alguna epidemia en Otonakizaka?"

"Que yo sepa no. Quizás tomaron algo en mal estado, quién sabe. Bueno, gracias por la información, ¡nos vemos!"

"Sí, hasta luego, Honoka."

¿Algo en...mal estado?

En definitiva había algo en todo aquello que no encajaba, algo sospechoso que se salía de la rutina diaria a la que todo el mundo en el reino estaba acostumbrado. Decidió apresurarse para llegar al río en cuando antes, intentando no tener más distracciones por el camino. A paso ligero, avanzó hasta alejarse de las cabañas de los plebeyos, y los caminos de piedra que señalizaban el centro del reino, para llegar a los no tan concurridos caminos de tierra seca que se adentraban en territorio salvaje y desconocido, demasiado peligroso para clasificarse como un lugar apto para visitas.

No mucho tiempo después, empezó a escuchar el sonido del arroyo cuyo caudal pasaba no muy lejos de allí, así que fiándose de su oído, se metió entre la maleza, en los principios del gigantesco Bosque de Cristal, dónde nadie se había atrevido antes a aventurarse por temor a lo que se podían allí encontrar.

Según se acercaba, divisó una figura tumbada al lado del río. A su lado tenía una cesta llena de pescados y al lado de ésta, se encontraba tirada una caña de bambú. Eli no tardó en adivinar que se trataba del viejo pescador del que había habado Rin.

"¿Cómo le va la pesca hoy, señor?" Dijo ella amablemente, acercándose al cuerpo.

Aunque no se movía, ni respondía. Eli un poco extrañada le dio un toque en el hombro, por si estuviese dormido. Al fin y al cabo aquel pescador tenía fama de bebedor en las afueras del reino. Pero seguía sin dar ningún tipo de señales. La rubia se asustó un poco, y colocó su mano sobre el mango de su espada, por si se trataba de una trampa, o una broma pesada de esas que tanto odiaba. Con la otra mano movió el cuerpo hasta tumbarlo boca arriba.

Y entonces descubrió que no era un pescador, si no el cadáver del mismo.


A/N: ¡Hola de nuevo, amigos! Aquí lorenapineapple presentando otro fic lleno de fantasía, misterio, y seguramente amor. Primero de todo me gustaría decir que no es mi punto fuerte escribir en 3ª persona, así que espero que esté bien, bueno, ya leeré vuestras opiniones. También intentaré hacer capítulos de dos o tres mil palabras más, porque a todo el mundo le gustan los capítulos largos, ¿verdad? Por esas mismas razones, no estoy muy segura de con cuánta frecuencia podré subir cada capítulo, pero lo intentaré hacer lo mejor que pueda. También avisar de que algunos nombres (Alduin, Jyggalag, Hircine, Páramo del Martillo, etc.) están sacados de la saga The Elder Scrolls ya que mi cabeza no es muy buena a la hora de inventar nombres y con Stanislav en mi anterior fic ya tuve bastante xD.

Espero que la disfrutéis, y me hagáis saber vuestras más sinceras opinones. ¡Sabéis que las adoro!

PD: Sé que el dibujo de la portada no es el mejor, pero en Internet no había ninguna imagen de Eli con armadura y tuve que dibujarla yo misma, sin contar que no sé dibujar con el ordenador y no soy una artista. Aún así, creo que tiene cierto parecido. Jaja, bueno, hasta el próximo capítulo^^