Bien, regreso inspirada :) y qué mejor que con mi pareja platónica favorita de Saint Seiya: Milo y Shaina.
¡Dedicado a todos los fans que también les gusta esta pareja!
Compatibles
Capítulo 1.
Lejanía
La reunión había acabado rápido.
Y de la misma manera, los caballeros dorados que habían asistido regresaban a sus respectivos templos, a seguir entrenando o, quizás, a hacer lo que después ya no podrían debido a la amenaza que se avecinaba.
No así el Santo de Escorpio, el cual se mantuvo pensativo a las afueras del que fue alguna vez el Templo del Patriarca y que en esa ocasión sirvió para realizar la junta que Mu –vocero oficial de Dohko- había convocado ante la inminente Guerra Santa contra Hades y el papel que cada santo jugaría en ésta.
Respecto a eso aún seguía tratando de digerir la parte que le había tocado: guardia personal de Atenea. Algo pasiva a su parecer y que no lo terminaba de convencer del todo, pero alguien tenía que hacerlo y quién mejor que él siendo el último guardián sobreviviente de las doce casas y cuya división era precisamente proteger a Atena antes que otra cosa. El rubí rojo que ostentaba su armadura hablaba por ello.
Afortunadamente, aún no se veía obligado a realizar esa labor, ya que la Diosa después de su agotadora batalla contra Poseidón, decidió ir primero a Japón a finiquitar algunos asuntos antes de volver a Grecia y cerrar filas para encarar lo que vendría. No sin antes pedirle a Dohko que en esta ocasión sus chicos de bronce no se vieran involucrados y por más insistentes que éstos se vieran, no les permitieran bajo ninguna circunstancia participar.
Escorpio sonrió al pensar en esto, pareciera que si tenía que haber bajas –que las habría- qué mejor que los dorados. Pero también era el primero en aceptar que esos chicos ya habían hecho más que suficiente, ahora era el turno del máximo rango en actuar.
Tan ocupado estaba en esas reflexiones que lo último que hubiera pensado era presenciar una escena como la que ocurría en esos momentos: escaleras abajo, a unos pocos metros de distancia ahí estaban, la amazona de Ofiuco discutiendo airadamente con el Caballero de Pegaso.
Frases como "no es posible que no comprendas", "¿qué más pruebas quieres?" por un lado y "creí que lo entenderías", "hay cosas más importantes en qué pensar" por el otro llenaban el otrora silencioso lugar.
Era imposible no escucharlos, después de todo se encontraban justamente en el camino que llevaba a los templos. Y el santo de escorpio simplemente se mantuvo a una distancia prudente, esperando a que ellos decidieran cambiar de lugar y seguir con su conversación privada o dar por terminada ésta. Al final la amazona decidió esto último y ¡vaya forma!
Aunque no conocía de una forma más personal a la chica, si algo podía decir de ella era su actitud de armas tomar, algo de lo que ya había sido testigo anteriormente, pero ahora le tocó estar en primera fila ya que Pegaso no vio venir el puñetazo que la chica le propinó y que lo hizo estrellarse contra la columna más cercana.
¡Eres un imbécil Seiya! –gritó la amazona con voz entrecortada por aparente ira antes de desaparecer entre los templos camino abajo. Pero el santo de escorpio creyó oír esa frase de distinta manera, ¿estaba quebrada esa voz más por llanto contenido que por furia?
El sorprendido muchacho como pudo se levantó, aún aturdido por el golpe que lo tomó desprevenido. Pero no hizo el menor intento de seguirla, sólo masculló alguna que otra palabra incoherente antes de dirigirse hacia Rodorio, posiblemente en busca de su maestra.
Así de ocupados estaban en destruirse uno al otro que ni se dieron cuenta que tenían público. A pesar de lo breve que estuvo la escena, el chico no pudo evitar fijarse en algo particularmente interesante: la amazona no tenía puesta la máscara, y a pesar de que siempre estuvo de espaldas o de perfil, para el peliazul no pasaron desapercibidos sus finos rasgos femeninos.
Encogiéndose de hombros, se dispuso a seguir con su camino ya con vía libre hacia su templo.
-Milo, espera
Esa conocida voz lo hizo pararse en seco y voltear para ver a su propietario, y sí, en efecto, se trataba del santo dorado de Aries, quien se acercaba a él con su habitual calma y mirada seria.
-¿Qué pasa Mu?- preguntó rogándole a todos los dioses que ahora no le saliera con que tenía que cumplir con su parte de proteger a Atena desde Japón.
-¿No has visto a Shaina? Creí sentir su cosmo por aquí cerca, pero ahora lo ha ocultado –fue la respuesta del de cabello lila
El santo de escorpio respondió negativamente, aliviado por haber creído otra cosa.
-¿Para qué la buscabas?-inquirió el peliazul, arrepintiéndose momentos después de haber hecho esa pregunta.
-Marín acaba de solicitar permiso para ausentarse del santuario, parece ser algo de suma importancia. Por lo que quiero pedirle a Shaina que se encargue de custodiar los alrededores de las doce casas junto con Jabú y los otros mientras regresa Marín. Quería aprovechar que estaba por aquí para decírselo ya que tengo que ir inmediatamente a los cinco picos pero ya que no fue posible, tendré que pedirte que seas tú quien se lo digas.
-Pe.. pero.. no creo ser el indicado para…- escorpio comenzó a refutar esto último que escuchó, primeramente no era paloma mensajera de nadie y segundo ¡Mu no sabía en qué condiciones se encontraba en ese momento la chica! Condiciones en las que seguramente ya no veía quién se la hizo sino quién se la iba a pagar.
-¡Sabía que lo aceptarías gustoso! Cuento contigo- fue lo último que escuchó de Mu antes de que éste se teletransportara muy lejos de ahí, sin siquiera dejarlo expresar su inconformidad, se notaba lo bien que lo conocía y no esperó la predecible negativa del joven escorpión.
-Rayos, ¿quién me manda ser el último en escabullirse?- refunfuñó Milo, resignado ante tal situación.
Y aunque no le quedaba más remedio que acatar lo que voluntariamente a fuerzas le habían pedido, el chico consideró que ese no era precisamente el mejor momento para hacérselo saber a la amazona, no con lo ofuscada que de seguro estaría, y él no tenía la menor intención de servirle de desquite.
Suspiró, en esos casos era mejor darle algo de tiempo a la peliverde para que se calmase, y tomando en cuenta que aún era temprano, quizás ya para el anochecer la chica estaría más dispuesta a escuchar.
-Perdóname, Cassios
Era lo único que repetía sin cesar la chica de cabellos verdosos. Arrodillada ante la tumba del que fuera su incondicional discípulo Cassios.
El día había pasado sin mayores sobresaltos, salvo el ocurrido esa mañana a las afueras del templo del Patriarca. De tal magnitud que sólo pudo encontrar consuelo en el incesante entrenamiento al que ella misma se sometió hasta quedar completamente exhausta, haciéndole olvidar momentáneamente el amargo sabor de boca que ese estúpido de Seiya le hizo pasar. Pero al recordarlo nuevamente, sentía como su sangre hervía de rabia, impotencia pero, sobre todo, de soledad.
Soledad, como la que siempre encontraba en su cabaña. Soledad a la que tuvo que acostumbrarse sobre todo después de la muerte de discípulo. Por lo que en vez de regresar a los aposentos de las amazonas a encararse de nuevo con ese sentimiento, decidió pasar a depositar algunas flores ante aquella cruz que se erguía sobre el peñasco a poca distancia de la zona.
En ese momento, la tarde daba paso al crepúsculo, que llenaba todo de un color amarillo, con un sublime tinte rojizo.
Rojizo, como el rastro de sangre que tenía el cadáver de Cassios la última vez que lo vió.
Continuará...
