Katerina Petrova.
Tan perfecta, tan cansada. Tantos años y sin saber realmente nada. ¿Qué he hecho con mi vida? ¿Qué ha sido de mi felicidad? ¿Cuánto hace que no sonrío sin que esa sonrisa sea amarga, fría, sin brillo..? No lo sé... No me acuerdo. Tan sólo recuerdo la desesperación, la agonía... A veces la esperanza asoma, intentando hacerse hueco en mi corazón, pero yo la freno. Siempre la freno. Porque... Las pocas veces que la he dejado salir, que he dejado que vea la luz, al romperse a causa de falsas ilusiones, la desesperación ha sido mayor, y mi sonrisa se ha vuelto más falsa.
Aah... Todo es a causa de esta perfección, de esta falsa perfección. Te crees poderoso e invencible, imponente y hermoso... Pero en realidad eres más imperfecto que los propios humanos. Con esa sed, con ese ansia. Necesitando siempre más, mucho más. Olvidando la escasa humanidad que te quedaba, viviendo como un nómada, traicionando a amigos y conocidos, asesinando a almas inocentes. Y todo esto ¿para qué? ¿De qué ha servido tanto sacrificio? Simplemente para mantenerme con vida... Con vida... ¿Puedo llamar a esto vida? Más bien no. Debería llamarlo existencia, y ni a eso puede llegar. Ya no tengo a nadie. Todo lo que quería ha acabado muerto, mutilado, destrozado... Y los pocos que quedan con ''vida'' me odian.
Cuando el viento me da con fuerza en la cara me siento mejor. Me hace olvidar, me hace desviar mis pensamientos. Me gusta estar en medio de la nada, en lugares inhóspitos y áridos para así no escuchar los murmullos de la gente. Para no sentirme tan sola entre gente que se quiere. Pero a veces la soledad crece, crece tanto que no la puedo soportar, que me consume por dentro, y en esos días me vuelvo frágil. Una acosadora. Me asomo a una ventana de esa vieja casa de madera y piedra. A la ventana de aquel chico que me robó el corazón y nunca me lo devolvió. Y, sin que él se dé cuenta, me quedo mirándolo, cómo duerme, impasible, sereno, sin preocupaciones en su rostro. Él quiere a mi doble, yo lo sé, y saberlo hace que me duela mirarlo, pero no verle, no saber si está bien, duele más.
Echo de menos sus caricias, su sonrisa, su mirada. Echo de menos que me mire con algún sentimiento que no sea odio o compasión. Le echo de menos.
Pasan las horas y le sigo mirando. Para mí han sido como minutos, pero debo irme o sabrá que estoy aquí.
Bajo del árbol en el que me he subido para observarle y me voy del pueblo. No voy a llorar. Hace tanto tiempo que estoy muerta en vida que las lágrimas ya no salen, mi corazón ha creado una coraza; ningún sentimiento entrará, pero ninguno saldrá.
No sé a dónde voy, y no sé lo que el futuro me depara. Soy demasiado cobarde para querer morir. No quiero morir. No quiero encontrarme con toda la gente a la que he traicionado, a la que he matado. Intentaré redimir mis pecados a mi manera, en soledad, y cuando crea que ha llegado el momento dejaré que la oscuridad me consuma.
