EL CLAN ORIHARA
I
Caminos cercanos a Ikebukuro
12 de abril, mañana
Sobre su caballo, Tanaka Tom avanzó un par de metros antes de volverse al hombre que se había quedado quieto y mirando, desde lo alto, la ciudad de Ikebukuro. De no tener prisa, Tom estaba seguro de que el samurái sin amo habría optado por fumar con el viejo kiseru que consiguió en un bazar de camino a la mencionada ciudad.
En cambio, Shizuo continuó con las manos dentro de las amplias mangas de su kimono azul oscuro.
—Estoy seguro de que esto es una mala idea —dijo avanzando hasta llegar al lado de su compañero que lo miró, escondiendo su exasperación.
—No tienes muchas opciones. Si aceptan que sirvas a esta familia, podrás salvar tu vida. Lo sabes —dijo Tom en tono mecánico pues ya no recordaba todas las veces en las que tuvo que decir aquello.
—Sólo ganaré un poco más de tiempo. No tardará alguien en darse cuenta de lo hecho. Un poco de paz... Debí limitarme a cometer seppuku...
—Si vuelvo a escucharte decir semejante tontería, voy a pedirte que me des tu espada. Esto se está volviendo molesto, Shizuo. Resígnate y reconoce que no quieres morir. No todavía.
—Je, si es cierto lo que dicen de Orihara Shirou, éste se limitará a decirme, o uno de sus subordinados lo hará, que un samurái que ha perdido a su maestro ya no tiene propósito alguno. Puede que él mismo decida llevar a cabo la ceremonia fúnebre.
—Todo lo contrario; de acuerdo con los rumores, el clan Orihara no dudará ni un momento en contratar a una persona que dice huir de su pasado. ¿Qué mejor que un ronin? No podrás encontrar mejores empleadores, de eso estoy convencido.
—Dices que tienen tres hijos, ¿no?
—Así es. Alégrate, puede que al final se limiten a utilizarte como guardaespaldas.
—Mmm —murmuró Shizuo recogiendo las mangas de su kimono con un lazo antes de tomar las riendas del caballo y dirigirlo cuesta abajo.
—Shizuo, mantente vivo. No olvides llamar a todos con los honoríficos correspondientes. Quizá tu antiguo amo podía pasar eso por alto, pero estos señores no lo harán —lo aconsejó Tom antes de volver sobre sus pasos.
El aludido asintió secamente antes de seguir andando por el camino que lo llevaría a la residencia del daimio Orihara. Durante el trayecto, no le pasó desapercibido que todos los citadinos lo mirasen con aire curioso. Aquella actitud desconfiada, Shizuo la atribuyó a su llamativo cabello rubio.
Desconfiando de algunos hombres que lo miraban a prudente distancia, Shizuo llevó sus manos a la, aun envuelta, empuñadura de su espada, por si acaso trataban de robarla.
Cuando divisó la impresionante mansión del clan Orihara, se detuvo.
Una vez dentro, Shirou Orihara tendrá mi vida en sus manos.
Es una gran apuesta. Pero si doy media vuelta las opciones no son mejores...
Bufando, Shizuo se decidió por subir las escaleras de piedra.
Residencia del Clan Orihara
12 de abril, mañana
Sentado en un elegante cojín floreado, Shirou Orihara, impasible, esperaba la respuesta, o confesión, de su tembloroso empleado que miraba, quizá buscando salvación, a la mujer que estaba sentada al lado de su marido. Sin embargo, Kyouko Orihara no dijo nada abogando por su vida, pese a saber que era inocente.
Ella se limitó a servir sake en el cuenco rojo de Shirou que empezaba a fruncir el ceño.
—¿Y bien? ¿No dirás nada?
—Le juro, Orihara-sama, que yo no he sido. ¡Yo no soy ningún ladrón sino un humilde servidor! ¡He trabajado para usted durante más de siete años!
—Te hemos escuchado berrear eso, una y otra vez. Admite que fuiste tú quién robó en nuestra casa, a nuestra familia.
—Lo prometo, ¡lo juro...!
—Entonces, ¿me llamas a mí mentiroso? Las sirvientas dicen que has sido tú —señaló Shirou dando un ruidoso sorbo a su cuenco.
El hombre que permanecía arrodillado a los pies de su señor no pudo evitar darse cuenta del joven que lo miraba cerca de la entrada. Éste último, ataviado con un sencillo pero elegante kimono oscuro sujeto por un ancho obi blanco, le sonrió de manera perversa. Sus ojos, con un inusual matiz rojizo, destellaron de emoción, pero no intervino.
Su madre se giró a Izaya antes de prestar atención con, muy diferente mirada, a su empleado que había dejado de gimotear. Así, dándose cuenta de quién era el causante de su desgracia, no pudo sino enojarse y, sin que pudieran preverlo, el hombre se puso de pie, dispuesto a lanzarse sobre el joven Orihara.
Mientras su agresor forcejeaba en los brazos de los guardias, Izaya empezó a reír de manera histérica, antes de que Kyouko decidiera marcharse, siendo incapaz de soportar más de aquella escena.
Shirou se alzó con brusquedad y alternó su atención entre el resto de los presentes.
—Sáquenlo de aquí. Si regresas morirás en la cruz —dijo en tono grave. Siguiendo a su esposa, tomó a su problemático hijo por un brazo y lo arrastró a la sala contigua. Durante la transición, Izaya miró fugazmente al patio que los circundaba y, cuando divisó a sus hermanas, les guiñó el ojo.
—¿Qué ha sido eso? —tronó Shirou encarando al joven que sonrió de oreja a oreja—. ¿Le has dicho a las sirvientas que te asistieran en la broma? Responde, sinvergüenza.
—Ja, ja, ja, Shirou-san —dijo Izaya arreglándose el impecable kimono—. Yo no he sido más que un buen hijo. Ese hombre le ha robado doce ryo a madre. Lo he visto yo mismo.
Shirou lo fulminó con la mirada antes de volverse a su esposa.
—¿Es cierto? ¿Te faltan doce ryo? Suéltalo de una vez, mujer. ¡Ya he perdido media mañana! —dijo al tiempo que Kyouko se encogía.
—Es posible —dijo solamente.
Orihara no tardó en marcharse dando grandes zancadas. En realidad, pese a su elevado cargo era un hombre poco ceremonioso.
—Iza-kun... —llamó Kyouko a su hijo antes de que imitara a su padre.
Izaya se detuvo, pero no se atrevió a sostener su mirada por la misma razón que tenía Shirou: la expresión de Kyouko era capaz de ablandar incluso a las piedras.
La madre no tardó en acercarse y, tras un momento de duda, posó una mano en el hombro de Izaya.
—¿Te... te has aburrido acaso, Iza-kun? —preguntó con voz dulce.
Izaya se dio media vuelta sólo para encontrarse con el reflejo de sus ojos en los de su madre, enmarcados por una gruesa capa de pintura negra.
Sonrió una vez más.
—Puedes pensar que así fue.
—Ya veo, pues no te molestare más —se rindió ella.
Izaya se inclinó levemente antes de ponerse las sandalias y buscar a sus hermanas en el patio. Cuando las encontró, no le sorprendió que Mairu ya hubiese llenado de tierra su kimono amarillo. Kururi, la gemela mayor, con su kimono verde estaba de cuclillas y poniendo toda su atención en el estanque lleno de coloridos peces bigotudos. Alargó su mano y trató de rozar a uno particularmente gordo.
—¿Quién lo diría? Hoy no te ha pegado, Iza-nii —observó Mairu.
—Raro (es muy extraño).
—No gracias a ustedes dos.
Izaya metió su mano en el bolsillo interior de su manga, antes de tenderles una bolsa de tela a las gemelas.
—Aquí están —le dijo a Mairu.
—Gracias, Iza-nii.
—Sí...
—¿Para qué necesitan el dinero? No tendrían razones para andar hurtándole a su madre —dijo Izaya, con aire indiferente.
—No es tu asunto —replicó Mairu guardando la bolsa.
Izaya tenía intenciones de seguir con el interrogatorio, cuando reparó en el hombre que lo observaba en el otro extremo del lugar, seguramente esperando tener una reunión con Shirou Orihara.
Aunque de buena calidad y repletas de adornos, las ropas del aparente samurái estaban sucias y su espada envuelta en varias telas.
Izaya se acercó.
—¿Es usted un extranjero? —dijo con sorna.
Shizuo le dio un rápido vistazo, antes de cruzarse de brazos.
—Debo suponer que busca trabajo, ¿me equivoco? —insistió Izaya.
Pese a no conocer en absoluto a su interlocutor, Shizuo lo encontró realmente fastidioso, como cualquier pulga que no deja en paz a un pobre animal.
—¿Eres el hijo de Shirou?
—Ja, ja, ja, sois todo un irrespetuoso.
—No pareces ser mejor —se arriesgó Shizuo.
—Soy Orihara Izaya.
—...
—¿Usted es...?
—Tsugaru —dijo finalmente.
—¿Tsugaru? ¿Qué clase de nombre es ese?
—Un nombre y al respecto, diré que el tuyo no ha de significar más que "taimado" y "bueno para nada". He visto como condenabas a ese infeliz. Estoy seguro de que eres una vergüenza para esta casa.
—Una casa a la que esperas servir. Por tu bien, espero que Shirou-san no acceda a tenerte por aquí, Tsugaru-chan o, dicho de otra forma, Garu-chan.
—Serás... —Shizuo llevó una mano a su espada, pero logró contenerse.
Izaya también había llevado su mano al obi donde guardaba una pequeña cuchilla, pero la intervención de una tercera persona evitó cualquier posible enfrentamiento.
—Orihara-sama puede recibirlos ahora, Tsugaru-san —dijo una mujer puesta de rodillas sobre el suelo de pulida madera y abriendo la puerta corrediza que daba a los cuartos interiores.
—No malgastes tus modales en él, Namie-san —dijo Izaya.
La aludida no habló.
Dando zancadas, Shizuo entró en la casa, sintiendo la sangre hervir. Dar su vida a través del acto seppuku no le pareció una idea tan mala después de todo. No después de haber conocido al endemoniado primogénito del clan Orihara.
—¿Puedo preguntar qué ha pasado? —quiso saber Namie irguiéndose cuan alta era. Al fin y al cabo, con Izaya no tenía por qué seguir el protocolo adecuado para la gente respetable. Siendo un verdadero mentiroso y manipulador, Izaya estaba bastante alejado de entrar en dicha categoría.
—Nada, es sólo un vagabundo que ha perdido su antiguo trabajo... Lo que me recuerda, ¿has pedido ayuda a Mairu y Kururi últimamente?
Namie se encogió de hombros.
—No tengo idea de lo que dices.
—Entiendo, pues te veré más tarde, Namie-san. Espero que Seiji-kun se sienta mejor. Mucho mejor —dijo calculadoramente.
Namie le lanzó una mirada envenenada antes de retornar a sus tediosos deberes.
Por su parte, Izaya se propuso buscar información.
¿Tsugaru? Vaya nombre ridículo.
-o-O-o-
—Disculpe la espera —dijo Shirou con el rostro colorado y tomando asiento en un banco. Con las manos en el regazo, pidió que les sirvieran dos cuencos de sake y platos repletos de variados mariscos que Shizuo apenas logró identificar.
Luchando por mantener la compostura, Shizuo guardó silencio, al tiempo que se despojaba del haori gris. Tan enojado estaba, que fue lo más que pudo hacer para conservar el temple. Al parecer, lo estaba logrando.
—Entiendo que busca trabajo, ¿eh? ¿Por qué un pobre ronin querría servir al clan Orihara y tener un nuevo amo? Recuerdo saber de varios dōjōs que desean instructores por la zona. Le pagarían una cantidad nada despreciable.
—No creo servir para esas tareas —dijo Shizuo aceptando la comida de buena gana, pese a su desconocida procedencia—, Orihara-sama —no tardó en añadir.
No necesito de tareas cargadas de responsabilidades y que requieran disciplina.
¡Pues que gran idea ha sido venir aquí, imbécil!
¡En esta casa abundan los locos y retorcidos, puedo darme cuenta!
Por esa razón, a que completas el cuadro...
—Bien dicho, después de todo, una vida dedicada a golpear con una espada de madera el aire no vale mucho la pena. Pues antes de aceptar a su persona y sus armas, respóndame, ¿por qué tiene el cabello de un color tan descarado?
Shizuo ya había ensayado varias veces su respuesta, de modo que, dándole un gran trago al sake, se explicó:
—Me ha embrujado un espíritu, Orihara-sama. Me atrevo a decir que se trató del fantasma de un antiguo soldado, quizá asesinado por algún samurái, como yo. Salvé la vida porque fui capaz de vencerlo, pese a encontrarse muerto.
—¿Qué cosas cuenta? ¿Cómo asegurar que lo atacó un fantasma y no un hombre cualquiera?
—Simple, Orihara-sama; no tenía pies.
—Ah, entiendo. Pues me veré obligado a contratar a quien sea capaz de ganarle a los espíritus. ¿No será también exorcista, Tsugaru-san? Le aseguro que varios miembros de esta familia llevan a un demonio dentro de sí.
Ya lo creo, empezando por ese bastardo que tiene por hijo. ¡Y qué decir de sus hijas! En verdad lucen perversas.
—Si fuera capaz, me encantaría aceptar el pedido, pero sólo puedo ofrecerle mi espada como ha tenido a bien decir, Orihara-sama.
—Entonces, está decidido; desde el día de hoy y desde el presente momento, habrá de serle fiel al clan Orihara y a su gente. Ahora, hablemos de los honorarios.
Shizuo inclinó la cabeza y luego pidió fumar.
Durante la distendida y larga conversación, se unió Kyouko Orihara quien parecía estar intranquila. Aun así, no paró de lanzarle dulces sonrisas a Shizuo, hasta convencerlo de que la mala sangre provenía del lado paterno.
Shizuo encontró muy bella a la mujer, pero descartó la idea al instante de notar que era muy parecida a su único hijo, el apodado recientemente como "Pulga". Shizuo intentó creer que lo había juzgado precipitadamente, pero dejó de pensar en aquello tras notar que, durante una distracción por parte suya y de sus anfitriones, alguien hurtó con, ciertamente, gran destreza su espada y otras pertenecías que colocó junto al arma.
-o-O-o-
Luego de acomodarse en el cuarto de ocho tatamis y sin poder ocultar su creciente entusiasmo, Izaya tendió las pertenencias de Tsugaru en el suelo. Primero, mostró interés en la espada que permanecía atada a su funda, de modo que Izaya recurrió a la cuchilla que siempre cargaba consigo para cortar las cuerdas. Pasó sus dedos por la gastada hoja y sólo la punta hizo que brotara sangre de algún dedo.
Ensanchando la sonrisa que usualmente tenía, Izaya se decidió por poner sus manos sobre las cartas atadas con cordeles.
—¡Maldita Pulga! —rugió Shizuo adentrándose en el cuarto.
—Ah, de modo que ahora trabajas para mí.
—¿Qué dices?
—Si trabajas para el clan Orihara, trabajas para Shirou-san, si trabajas para él, trabajas para mí, Tsugaru-chan. Es una línea simple, es nada menos que una jerarquía laboral.
—Antes muerto que servirte a ti, bastardo.
—Ja, ja, ja, Tsugaru-chan, eres gracioso. Vamos a pasar un buen rato, es una promesa.
Shizuo apretó la mandíbula con fuerza y recogió sus pertenencias, mientras Izaya seguía riendo hasta que, pasado un buen rato, calló.
—Eh, Tsugaru-chan, toma tus cosas; vamos a dar una vuelta por la ciudad. Hay que aliviar este aburrimiento casi palpable.
Shizuo obedeció a regañadientes. De algún modo, tenía que empezar a hacerse de un nuevo nombre si deseaba conservar su vida. No tenía más opción que congeniar con aquella familia que no tardaría en enseñarle un par de cosas, cosas que iban desde amores retorcidos hasta conocer los frutos del aburrimiento.
[...]
N. del A. ¡Muchas gracias por leer! ¡Hasta la próxima! (n_n)
