El final del cielo
Cuando era un pequeño potrillo, me gustaba correr con mis amigos por los esponjados caminos de Cloudsdale. Esa ciudad construida enteramente de nubes y flotando en lo alto de los cielos, se veía hermosa todo el tiempo.
En el amanecer, las inmensas construcciones de tonos blancos eran bañadas por el dorado fuerte de los rayos del sol. Al mediodía, el enorme cielo azul dejaba correr la briza fresca con libertad, y acariciaba mi crin mientras disfrutaba de un agradable helado. Durante el atardecer, poder ver una puesta de sol a esa altura, te permitía hacerlo por encima del horizonte; por esos breves minutos en los que el sol se despedía, te sentías en la punta del mundo. Pero mi parte favorita, definitivamente era al anochecer.
Si tengo que describir las noches en la ciudad de las nubes, siento un hormigueo en todo el lomo hasta mis cascos y la punta de mi ala. Nunca haz visto las estrellas como se debe, no hasta que las aprecias a cientos de metros de altura, acostado en una cama suave y afelpada, hecha en la fábrica de la ciudad. Me encantaba verlas con mi padre, en especial porque solía llevarme hasta su lugar favorito, que era una pequeña nube en la parte más alta de todo Cloudsdale; un acogedor pedacito de cielo con forma de panqueque.
Y ahí estábamos esa vez, panza arriba como siempre. Después de que me explicó sobre esa gran constelación en forma de sartén, nos quedamos en silencio por unos minutos, sintiendo la cálida brisa de verano.
—Sabes hijo —me dijo de repente—, si vuelas lo suficientemente alto, puedes llegar a tocar las estrellas.
—Ya no soy un niño papá… Sé que esas luces están muy lejos para que las alcancemos volando. Seguro que es otra de tus historias inventadas.
—No no, qué va, es de verdad. Yo lo hice una vez.
Giré sobre mí en ese mismo instante y voltee hacia él.
—¿¡Cómo fue!? —pregunté con toda la curiosidad del mundo.
Lo miraba atento, con los ojos tan abiertos que el viento me calaba un poco, pero creía que si llegaba a parpadear me perdería algún detalle de la historia. Las cosas sin sentido que uno piensa de niño, supongo.
—Hay un punto que puedes alcanzar si vuelas muy rápido en línea recta hacia arriba —comenzó a decir mi padre, con la mirada perdida en el firmamento—, si logras hacerlo bien llegarás hasta una corriente especial, la cual te impulsará más rápido y fuerte a cada segundo en dirección al cielo. Cuando menos te lo esperes, aparecerás en ese sitio... Le decimos el Final del Cielo, es un lugar bastante frío, pero puedes mirarlo TODO desde allí.
—¿Todo?
—Así es hijo, todo. Es raro poder describirlo con palabras, tienes que estar allí para poder saber como es con exactitud; solo te puedo decir que una capa azul está por encima del mundo. Nuestra tierra se mira curva, sin final y todo es increíblemente diminuto, pero lo más interesante, es que en ese lugar hay pequeños puntos, bolas brillantes un poco más grandes que una manzana madura.
Mi padre tomó un pedazo de la nube y lo moldeó en una pequeña esfera, luego lo puso delante de mi rostro.
»Claro que no creo que sean realmente las estrellas que miramos en el cielo, pero cuando logras tentar una de esas esferas con tus pezuñas, sientes su calor.
Los cascos de papá se extendieron, haciendo que la pequeña esfera de nubes se partiera en cientos de pedazos. Los fragmentos volaron a mi alrededor igual que pequeñas bolitas de algodón, antes de desaparecer en el viento.
»Todo ese frío rodeando tu cuerpo se va al instante y en su lugar sientes algo cálido recorriendo tu cuerpo. Te calienta desde dentro hasta abrazar cada parte de tu ser, como si fuera un pequeño pedazo del sol que Celestia levanta todas mañanas.
Recuerdo que sus ojos brillaban más que nunca cuando decía esas palabras, se notaba su nostalgia y su ilusión.
—¡Suena increíble! —dije sacudiendo mis alas de la emoción, aún eran demasiado jóvenes como para mantenerme en el aire.
—Hahaha, vaya que lo es, solo me hubiera gustado poder haberme traído una de esas cosas brillantes conmigo, en lugar de eso, comencé a perder el tiempo haciendo acrobacias entre ellas, agitándolas con la fuerza de mis alas. Volar en ese lugar es una experiencia inolvidable, te lo puedo asegurar, no obstante, nada es para siempre hijo mío. Llegó un momento en que, sin siquiera darme cuenta, mis alas se cansaron, entonces tu viejo terminó cayendo sin control.
Solté un grito ahogado al escuchar ese giro de los acontecimientos.
—¿Y qué pasó luego? —dije, mis cascos delanteros estaban sobre mi hocico, conteniendo el suspenso.
—Bueno, obviamente yo estaba cayendo estoico y sin perder la calma, tu padre siempre fue un pegaso de acción hijo. Sabía que tenía una oportunidad si podía adoptar la posición Doble-Flex-420 invertida, y retener el viento debajo de mis alas.
En medio del cuento, sentí una suave y extraña brisa sacudir mi pelaje desde arriba. Me di cuenta de inmediato quien había sido, ya que ese vuelo suave y cálido, moviendo viento de esa forma tan peculiar, solo le podía pertenecer a un solo poni...
—¿Otra vez echándole mentiras a tu hijo, amor? —Comentó mamá.
Aterrizó con suavidad en medio de la pequeña nube en la que estábamos ocultos mi padre y yo. Su pelaje dorado y largo crin rizado de tono crema, brillaban a la luz de la luna.
»Ya te he dicho que no lleves a New Wind tan alto hasta que aprenda a volar.
—Oh vamos, cariño —dijo mi padre, se acercó cabizbajo a ella, con un aire de culpabilidad—, no te preocupes, no dejaré que le pase nada malo.
—¡Sabía que era otra de tus historias falsas padre! —repliqué, girando el cuello—, llegar al Final del Cielo, como si fuera a creer eso. Ya tengo 6, no me engañaras tan fácil como cuando tenía 5.
—Emm, es una historia un tanto curiosa la verdad —exclamó mamá, luego alzó la vista, pensativa—, pero tu padre en verdad llegó al Final del Cielo, hijo.
—¿¡En serio!? —me había vuelto a ilusionar en un santiamén.
En ese momento, mamá me tomó entre sus cascos y me acarició la frente con una de sus grandes alas.
—Claro —me dijo, cubriendo su pequeña sonrisa con su otra ala—, solo que el final de la historia lo recuerdo un poco diferente. Tu padre caía sin control, pataleando y gritando como todo un…
—¡Macho! como un macho, hijo, ¡todo un semental en control!
—Si aja… —dije, con mis cejas torcidas, dudando por completo de sus palabras.
—Bueno —reiteró mi padre, después se aclaró la garganta un poco—, el punto es que mi gran estrategia no funcionó. Pero cuando ya había perdido la esperanza, sentí una fuerte ventisca cubriéndome, luego un par de alas me rodearon.
Papá extendió sus alas cubiertas de plumas azul fuerte, la ventisca que generó me sacudió todo el pelaje, y me empujó con la fuerza de un yack. Él siempre sabía hacer un buen ambiente a la hora de contar historias.
»Poco a poco fui cayendo más lento, hasta que llegué a tierra sano y salvo. Una increíble pegaso había amortiguado mi caída de una forma espectacular, usando solo la ventisca de sus alas y vestida en un flamante uniforme de los wonderbolts.
—Debió ser una gran y fuerte heroína —Solté, perdiendo el aliento. En ese momento, aleteaba como una mosca, emocionado.
—Yo la recuerdo más como un ángel. Lo primero que hice luego de ser rescatado, fue presentarme como todo un caballero antes esa hermosa yegua... Luego me casé con ella y le di un gran y largo besito.
Papá frunció los labios, y al acercarse a mi madre hizo ese sonido chirriante que produces al apretarlos, me estremeció los huesos.
—Hugh —exclamé con repugnancia—, que asco.
Mi madre correspondió el pequeño beso, luego me subió a su lomo.
—Basta de historias nocturnas, mañana tienes que ir a la escuela.
—Sí mamá…
Bajamos de la nube planeando lento, el viento me acariciaba y se metía por debajo de mis alas, era muy agradable. Me podía quedar dormido ahí en cualquier momento, pero no lo hice de inmediato. Por alguna razón, que no recuerdo, decidí voltear a ver el cielo lleno de estrellas una última vez.
—¿Padre... quisieras haberte quedado con una de esas luces?
No bajé la vista, solo me quedé tratando de imaginar cómo se miraría al llegar hasta donde papá había llegado aquella vez. Pensaba que sí desde la punta de Cloudsdale me sentía en la cima del mundo, tal vez me podría sentir en la cima del universo estando allá arriba.
—Por supuesto hijo, pero mis alas ya son muy viejas como para volver a intentar una hazaña como esa.
—Yo lo haré —levanté mi casco, triunfante—. Iré al Final del Cielo y bajaré una de esas pequeñas estrellas para ti, te lo prometo.
—¡Vaya! piensas en grande muchacho, nada mal, nada mal. Pero solo si la linda Heart Fire lo aprueba.
Mamá levantó un poco su cuello, rozó con su crin rizada mi frente.
—¿Llegar al Final del Cielo, eh? —mencionó pensativa—, Suena como a algo que mi hijo haría. Pero es muy difícil y tendrás que esforzarte mucho, ¿seguro que quieres algo como eso?
—¡Claro! —contesté emocionado—, cuando pueda volar por fin, practicaré para ser tan bueno como tú mamá.
—Oye… ¿qué hay de mí?
Mi padre me miraba con las orejas caídas y grandes ojos húmedos, esa cara siempre me hacía reír un montón. Traté de ahogar la carcajada y le respondí entre dientes:
—Y también como tú padre, eres genial igual que mamá.
Esa noche no recuerdo haber llegado a casa. En un punto cuando pasábamos la fábrica de arcoíris, sentí los párpados pesados. Dejé caer la cabeza sobre el suave pelaje de mamá, y antes de darme cuenta cedí ante el sueño. Si hubiera sabido que es lo que pasaría horas después, me hubiera quedado despierto con ellos toda la noche…
Nunca vi a mamá tan asustada, y a mi padre tan serio. Pasó en la madrugada, de aquellos momentos yo solo recuerdo fragmentos dispersos.
—¡Lo estás haciendo bien hijo! ¡Resiste!
Estaba sobre el lomo de mi padre, sujetó a su cuello, y trataba con todo lo que tenía de que el viento no me arrancara de ahí. Los relámpagos iluminaban a momentos un caos absoluto a nuestro alrededor. Se miraban tornados que arrastraban partes de Cloudsdale, como si fueran juguetes y las gotas de lluvia, enormes, dolían cuando te pegaban en el cuerpo.
—¡Hay que bajar más! —ordenó mamá, iba al frente, dirigiéndonos—, el viento está arreciando... ¡Cuidado!
De la nada una "cosa" me golpeó, fría y afilada. Lo primero que sentí fue un dolor punzante y horrible en una de mis alas, luego el viento arrancándome sin piedad de mi padre.
Caía en el inmenso vacío oscuro, soltando un alarido que se ahogaba en la tormenta. Hasta que un relámpago volvió a destellar, entonces alcancé a mirar la silueta de mamá y papá a la distancia, iban en picada por mí. Perdí el conocimiento un segundo después.
