Desclaimer: Los personajes no me pertenecen, si no a ChinoMiko por crear a tan buenos personajes con los que puedo desvariar y crear historias. Los Oc´s mencionados son otra historia.
Summary Completo: Nicklaus, es un niño que bajo la ayuda de sus tíos, hará todo lo posible para que sus padres vuelvan a estar juntos. Y por eso ha ideado un plan de tres simples pasos para juntarlos nuevamente. (Nathaniel x Sucrette) (AU).
Advertencias: AU (Mundo Alterno), lenguaje mal sonante. Leves escenas de interacción sexual como escenas fuertes del mismo tema. Esta historia esta catalogada como "T".
Género: Romance y Humor.
—"…Habla…"—pensamientos de los personajes.
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– De cuando Klaus traza su plan –
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— No, no puedo soportarlo más. Es, simplemente, un desastre. —gritó desesperada aquella mujer de cabellos cenizas. Su traje de pequeñas proporciones se pegaba a su cuerpo de una forma muy poco recatada.
— Por favor, Anaïs. —suplicó aquel hombre desesperado—Después de esto podrás tomar tus vacaciones sin ninguna llamada que necesite de tus servicios.
— Lo mismo me dijo hace dos semanas, señor Clermont. —repitió a la vez que metía furiosamente todas las revistas que se encontraba leyendo hace un hora, una hora antes de eso.
— En lo que busco otra niñera… Es tan solo un niño de cinco años, casi seis ¿Qué podemos esperar de él?
— No es que sea una experta, señor, pero al menos debería de comportase en presencia de la gente mayor. —Alegó la mujer— Hay muchachitos con unos modales excelentes, y yo creía que su hijo era uno de ellos… pero me he equivocado.
— Por favor, le duplicare su sueldo y dos semanas más de vacaciones. —ignorando las palabras antes dichas por la mujer la siguió hasta la entrada de la lujosa mansión— Por favor, Anaïs.
— Le deseo muy buena suerte en encontrar otra niñera, señor Clermont. —Zanjó el tema algo molesta en no haber aceptado la jugosa propuesta de su jefe. Pero no. Ya no aguantaba un minuto más ahí. — Hasta en un mes, señor Clermont. —sintiéndose indignada salió del recinto, cerrándole la puerta en las narices a su jefe y desapareciendo por completo.
Estaba jodido.
Anaïs había sido la repentina suplente de la octava niñera del mes que salía con el mismo aire furioso de la mansión de Nathaniel Clermont. Con el carácter dulce de su empleada llegó a pensar que tal vez su hijo tendría una nueva oportunidad, una donde se permitiera hacer alarde de los buenos modales que su esposa y él se habían dedicado tanto en enseñarle. Por ello volvió a aceptar el mando en su bufete, pero ahora… ya no servía de nada porque se había dado cuenta que ese niño no tendría mejoría.
Nicklaus, el pequeño hijo del gran abogado fiscal de Francia, Nathaniel Clermont, de cinco años era el niño más odiado y amado por las personas mayores, a partes ridículamente iguales. Dependiendo de que actitud el infante tomara con la persona a tratar. Era un niño bastante travieso, no había nada con lo que se le pusiera un alto, nada. Nadie sabía de donde sacaba todas esas ideas que lograban poner a las personas con los nervios a flor de piel. Su tío Kentin, esposo de Amber, hermana melliza de su padre, decía, aún sin filtro bajo la mirada asesina de Nathaniel, que probablemente fumaba algo de plastilina en polvo para obtener semejantes ocurrencias.
Nathaniel se frotó las sienes con sus manos de manera cansada y frustrado al saber que otra vez se había quedado sin suplente o niñera para el diablillo que tenía por hijo. Al darse la vuelta se encontró con una pequeña figura, con una cabeza de cabellos dorados y tiernamente rizados, una mezcla entre su esposa y él. Esa pequeña figura estaba sólo vestida con una bermuda con estampado a cuadros grises. Sus enormes ojos cafés con motitas verdes lo miraban con cierto matiz de travesura y una sonrisa maliciosa pendía de sus labios.
Él bien sabia lo que acababa de pasar.
— ¿Y la señorita Anaïs? —preguntó el niño con fingida inocencia mientras caminaba hacia el lugar donde estaba su padre. Su cuerpo se hallaba manchado del polvo que su madre usaba para maquillarse. Cada paso dado por él dejaba un rastro de manchas blancas en el piso, con sus piecitos desnudos.
— ¿Qué hiciste esta vez, Klaus? —Nathaniel le miró de mala manera pero al rubio menor no parecía importarle la manera con la que era medido.
— Nada. —Se encogió de hombros— Leí en internet algo acerca de las diferentes reacciones en las mujeres al usar maquillaje.
Lo miró con incredulidad y en el rostro del niño se formó una sonrisa aún más amplia, donde sus hoyuelos se marcaban con gracia en su rostro sonrojado. Cuando llegó hasta Nathaniel, sacó su teléfono de su bolsillo y se sentó en el blanco y reluciente piso.
— Tú apenas y puedes leer, ¿Por qué estarías leyendo ese tipo de cosas?
Ni siquiera sabía porque se tomaba la molestia en hablar sobre el tema, o mejor dicho: de la travesura de su hijo. Desde que Nicklaus había cumplido tres, se había vuelto un remolino dorado imparable que destruía todo a su paso. Bien podrían peguntarles a los pedazos de reliquias que Adélaida Clermont, madre de Nathaniel y abuela de Klaus se había empeñado en colocar minuciosamente por todo el hogar, terminando rotos de manera accidental.
Todo era un caos en su casa.
— Mami se maquilla, quería saber si la señorita Anaïs se veía igual de linda que mami. —dijo como si eso fuera suficiente escusa para pasar por alto su travesura.
— De modo que, según tú, querías comprobar sí Anaïs era igual de bonita que tu madre, ¿no?
— Exacto. —asintió con frenesí. El adulto suspiró e igual sacudió la cabeza, sin saber que decir— Eres listo, papá.
Lo levantó del suelo con facilidad, tomándolo por los brazos hasta dejarlo a su altura. Sus sucios pies estaban colgando en el aire y dejaban caer diminutas gotas cafés al suelo, gracias a Dios estaban lo suficientemente alejados del estúpidamente caro traje de Nathaniel. El café de sus ojos estaba más brillante ahora, sus ojos, además de estar enmarcados por largas pestañas rubias estaban también con varias manchas blancas en ellas. Decorándolas.
— Escucha bien, porque no lo volveré a repetir, debes controlarte ¿entiendes? No puedes deshacerte de las niñeras, sólo por el hecho de no agradarte. Yo necesito de ellas mientras trabajo, entiéndelo.
— Ellas no deben de cuidarme.
— ¿Por qué?
— Porque mami debería de hacerlo. —Nathaniel se tensó por las palabras de su hijo— Mis amigos dicen que sus madres los cuidan, y yo he visto como ellas van por mis amigos.
— Sabes que tu madre…
— ¡Que no puede estar siempre conmigo! Eso lo sé, papá. —ahora sus ojos achocolatados brillaban por las lágrimas no derramadas— Pero ella me lo prometió…Ella prometió que un día iría a recogerme.
Estuvo a punto de bajar todas sus barreras y abrazar a su hijo sin importarle que su traje se manchara, pero no. Debía de mantenerse firme si quería lograr un pequeño cambio en la actitud caprichosa de Nicklaus. Aún a pesar de saber que él niño lo que más necesitaba en esos momentos era a su madre.
— Por favor, Nicklaus. Has un esfuerzo, ellas no te molestan en nada, sólo están aquí sentadas viendo televisión o haciendo sus cosas sin siquiera molestarte. O interferir en tus actividades.
— Entonces no trabajes, y vámonos con mamá. —esta vez su tono de voz era de reproche. En sus labios había un puchero que derretía a cualquiera, sin embargo, Nathaniel empezaba a ser inmune a él. Sus ojos volvieron a aguarse pero parpadeó varias veces para alejar el picor de las lágrimas, no las dejaría caer porque tenía un gran orgullo como el de su madre.
Nathaniel suspiró por segunda vez y esta vez pegó el cuerpo de su hijo a su pecho, la camisa blanca podría mancharse todo lo que quisiera. Pero lo importante era satisfacer las ganas que tenía de estrechar a su hijo cariñosamente.
Nicklaus correspondió al abrazo con toda la fuerza que sus bracitos de infante le permitían.
— Tengo que trabajar, campeón, si no trabajo no podremos vivir en una enorme casa, con muchos juguetes y no comeremos. —le explicó con toda la paciencia de la que era poseedor— Gracias a mi trabajo, otras personas tienen trabajo. Siempre es así.
— A mí no me importan las demás personas.
— Deberían. Gracias a ellas, yo tengo mi trabajo.
— Yo no quiero trabajar como tú cuando sea grande.
— Creí que querías ser abogado.
Sus manitas, igual de sucias que todo su cuerpo, se posaron en el rostro de Nathaniel quitando varios mechones rubios de la frente de su padre. Acercó su rostro con delicadeza hasta que sus narices se rozaron, un gesto que Nicklaus solo compartía con su padre. Un secreto entre él y su papá que su mami no sabía.
Sus ojitos cafés con motitas verdosas volvían a brillar, y esta vez no fue por las lágrimas.
— Perdóname, hijo, pero no puedo dejar el trabajo. Si lo hago tú bien sabes lo que puede pasar, y necesito que alguien te cuide si no estamos ni tu madre o yo.
— ¡No! ¡No me gusta que me cuiden! —Gritó con su rostro rojo de la ira— ¡Cuídame tú! ¡Quiero que me cuides tú, papá!
— Klaus…
— ¡No! —Sus manos se apartaron de forma brusca del rostro de su padre y empezó a retorcerse— ¡Suéltame! ¡Suéltame! —Intentó desprenderse de los fuertes brazos que lo retenían— ¡Suéltame, Nathaniel!
Lo observó hacer su berrinche, uno que se había tardado en llegar. Las lágrimas se mantenían ahí, sin derramarse una sola. Él sabía que su hijo confundía su tristeza con coraje, pero no podía hacer nada al respecto. Ni intentarlo podía, porque hablar con Klaus en ese momento era como hablarle a la pared.
Se agachó y lo dejó en el piso sin soltarlo por completo, evitando de esa forma la huida inminente del infante.
— Basta. —El niño ignoró a su padre y rehuía de su mirada— Nicklaus, Hey, escúchame. —El pequeño de cabellos dorados alzó la cabeza cuando la voz de su padre sonó dura— No puedes enojarte por algo de lo que hemos hablado incontables veces, Ahora deja tu berrinche y sube a cambiarte. Tu madre nos espera en la casa de la tía Amber.
— ¡Te odio! — se separó dos pasos de él y observó como aventaba el celular al piso, quedando hecho añicos el aparato. El niño le lanzó una rabiosa mirada y se hecho a correr por las escaleras— ¡No quiero niñera!
Nathaniel Clermont frotó nuevamente sus sienes, en un estado de completa vulnerabilidad. Él era la clase de personas que no se dejaban intimidar por nadie pero eran carismáticos frente a todos, eso le ayudaba a llevar la enorme carga de la prensa y revistas de chismes que comentaban o criticaban cada ámbito de su vida. Un hombre de carácter fuerte e incluso intimidante. Pero cuando se trataba de su hijo, se volvía un hombre vulnerable e indefenso, porque ese pequeño era la única persona que le había dado felicidad los últimos dos años. En los tribunales podía hablar, defender, e incluso hasta hundir a sus oponentes. Pero fuera del bufete, no había nada que le importara más que la felicidad de Nicklaus.
Aquel hombre se había enterado que iba a ser padre cuando tenía dieciocho años, Él y su prometida, Yayx, se habían enterado de que serian padres. La noticia no pudo caerles en un mejor momento, y adelantando un mes el acontecimiento, su boda se celebró.
Recibieron la noticia con una felicidad bastante envidiable, alegrando a sus más allegados de pasó.
Disfrutaron de la iniciación de su matrimonio como cualquier pareja joven, los nueves meses de gestación no hicieron más que unirlos más. Ninguno de los dos abandono sus carreras. Ella era la joven y bella madre que estudiaba para lograr más metas en su vida, y él era el afortunado hombre que tenía frente a sí un hermoso y exitoso futuro.
Pero eran jóvenes, demasiado y fue justamente la etapa de jovialidad lo que los llevó a su punto de quiebre. Después del nacimiento de Nicklaus y sus primeros pasos, empezaron las discusiones en el matrimonio. Si Nathaniel tenía un muy buen pagado puesto, era por los contactos de su padre y su dedicación en que no le faltara nada a su pequeña, pero amada, familia. En cambio Yayx se había dedicado tiempo completo al niño, algo que sin duda no estaba en los planes de ella. Era madre y aceptaba la responsabilidad que el cargo conllevaba, pero conforme veía como su hijo crecía y su esposo pasaba menos tiempo en la casa, en su mente se comenzaban a formar ideas de inseguridad.
Había sudado sangre de esfuerzo para lograr sus metas, alcanzar el sueño de ser una mujer reconocida. Pero la agotable carga de su hijo la frustraba. Por eso cuando su padre le ofreció ser el segundo puesto y modelo oficial de la empresa de su familia, no pudo negarse. Tampoco era como si no tuviera lo necesario para cumplir con su papel de modelo.
Su decisión precipitada y sin consultarla más que con su padre, había provocado la primera pelea fuerte del joven matrimonio Clermont, Nathaniel no hizo más que expresar el egoísmo que mostraba al deshacerse de esa forma del niño. Privándolo del cariño de una madre, y dejándolo a cargo de niñeras que solo buscaban una forma de saber lo que pasaba en esa casa tan extraña como grande.
Ella cegada por la oportunidad de escapar; aceptó la nueva promoción que su padre le ofrecía al viajar a Roma y ser la anfitriona de un espectacular evento.
Él molesto por la falta de responsabilidad de su esposa, se aventó a un viaje de negocios a la exótica India.
Sin mirar las fechas del calendario, esa fue la primera vez que olvidaron el cumpleaños del pequeño Nicklaus.
El niño se había encerrado en su habitación sin salir e ignorando los llamados de su nana, gritándole sus primeras malas palabras a sus abuelas. Nicklaus por primera vez había montado un berrinche de tales extremos. Esa fue la primera y el pequeño se prometió que no seria la última.
Días después de su cumpleaños tanto Nathaniel como Yayx llegaron a la mansión sin encontrar un sólo rastro de la mujer mayor que se encargaba de su hijo. Cuando Nicklaus salió a su encuentro no hizo más que despreciar los regalos que cada uno de sus padres portaba.
Sintiéndose más que culpables con el niño, lo recompensaron. Hicieron lugar en sus apretadas agendas y la familia de tres integrantes se dirigió hasta el grandioso parque de diversiones en Orlando, Walt Disney World Resort.
Durante el viaje parecía que los problemas del matrimonio habían quedado olvidados, pero estaba la situación muy lejos de eso, y como gran inteligencia que tenía, Nicklaus percibió el aire tenso entre sus padres. Luego de esa salida, le siguieron muchas otras donde sus padres eran los protagonistas de ellas y casi no compartían tiempo con él. Nicklaus cambio su forma de comportase sin la mirada de su madre o padre sobre él, el niño se descontroló hasta el punto de ser un verdadero infierno personificado para todo aquel que no cumpliera sus caprichos.
Cuando Nicklaus cumplió los cuatro años de edad, cayó como un balde de agua fría para Nathaniel la enorme necesidad de su hijo por su madre, la cual se la pasaba de viaje en viaje. Alejada tanto de su esposo como de su hijo. Su trabajo como el principal encargado del bufete, le impedía que pasara más de cinco horas diariamente con Nicklaus, que para desgracia de él era después de las ocho de la tarde y siete de la mañana hasta las nueve que iba al trabajo.
Nathaniel subió las escaleras de dos en dos, no dispuesto a recibir un sermón de su madre por la impuntualidad. Tampoco se creía capaz de soportar una discusión con su esposa, no después de la rabieta de Nicklaus.
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Adélaida recibió a su nieto con los brazos abiertos, el niño rubio se abrazó a ella importándole un pepino que después sus primos lo molestaran. Él ya buscaría la forma de hacerlos callar.
Una mujer alta, de contextura curvilínea y larguísima cabellera negra, se abrió paso entre los invitados hasta llegar al encuentro del infante. Nicklaus al verla, corrió olvidándose de su abuela para abrazar las torneadas y desnudas piernas de su madre.
— Hola, Nick. —alzó al pequeño ajustándolo sobre su cadera. Madre e hijo se miraron a los ojos, aquellos que eran del mismo color y que tenían la fuerza de expresar todo lo que pensaran.
— Mami, hoy vendrás con nosotros, ¿verdad? —preguntó mirándola con esa sonrisa tan deslumbrante dejando a la vista sus dientitos de leche.
Yayx se removió incomoda, no tenia el corazón lo suficientemente frío para contradecir a su hijo y decirle que esa noche no podía, otra vez, volver a casa. Para no alertar al niño sólo asintió, consiente de la dura mirada que su esposo le dirigía.
— ¡Alice! —llamó a su rubia prima, Nicklaus se agitó para darle a entender a su madre que lo bajara y así lo hizo.
Ambos niños desaparecieron por el pasillo que daba a los jardines de la amplia casa de Kentin y Amber.
Los adultos se dispersaron en grupos, platicando y dejando que los pequeños se divirtieran entre ellos. Yayx se acercó al lugar donde Nathaniel se mantenía parado, le dio un beso en la mejilla, hosco y sin el acostumbrado cariño. Más por evitar "el-que-dirán" a por gusto propio.
— Buenas tardes, querido.
— Buenas tardes.
Así era su relación desde hace dos años; fría y sin la chispa de amor que los había impulsado a contraer nupcias. El amor incondicional se había esfumado después de tantos gritos y acusaciones, su apasionante intimidad quedó en el olvido después de tantos viajes en donde no se veían las caras. La confianza que les había quedado, se destruía a cada día que pasaban en esa cuerda con más cortes remendados.
Eran dos personas que compartían unos papeles firmados, una enorme casa y un niño por el que velar. Si no fuera porque Nicklaus era aún muy niño, hace tiempo que ninguno de los dos se volvería a ver.
— Vaya puntualidad, Nath. —Kentin interceptó al matrimonio, su enorme altura y su vestimenta casual pero sin dejar esos tonos de camuflaje que lo acompañaron en su juventud, daba la impresión de un capitán de ejército retirado a un maestro profesional en bioquímica.
Del brazo de Kentin se colgaba Amber, su actitud de adolescente no había cambiado mucho. Tal vez claro, por la madures que más años le daban a las personas. Su cabellera rubia caía en cascada lisa por su espalda, su vientre de seis meses lucia dulcemente en su vestido veraniego con estampado floral.
— No se junten tanto, así sólo despertaran las sospechas que no quieren despertar. —les hizo una mueca, Yayx y Nathaniel se separaron unos centímetros. Hasta comportarse como pareja normal se les había olvidado— Me dan pena.
— Gracias por tu apoyo, Amber. —dijo Nathaniel con una sonrisa sarcástica, Amber se encogió de hombros.
— He visto una bandeja de huevos rellenos, ¿Vamos, Amber? —ante la mención de dicho aperitivo la mujer embarazada tomó por el brazo a su cuñada, alejándose de los hombres que la miraban de forma divertida.
Kentin perdió de vista a su mujer y giró el rostro hasta el de Nathaniel, él le sostuvo la mirada sin amilanarse.
— Veo que las cosas no han mejorado nada.
— Hace dos meses dijiste lo mismo… No va a cambiar nada, excepción tal vez; que ella vuelva.
Kentin se rascó la nuca, pensativo— No has seguido mi consejo, pueden dejar por una maldita vez sus trabajos y disfrutar de su maravilloso hijo. —para darle fuerza a sus palabras, guió la mirada verde hacia el par de rubios que jugaban en la caja de arena. Nathaniel también miró— Y tratar de salvar una relación que ustedes han dejado venirse abajo.
— Eso no es…
— ¡Claro que sí! —Exclamó atrayendo la atención de los invitados que se encontraban cerca, el rubio lo miró de mala forma— Lo siento, pero es verdad. Ustedes, ustedes son los únicos responsables de su arruinada relación. Sin hacer hincapié de la actitud de Nicklaus…Sólo se han enfocado en sus problemas, sus deseos y metas, que están por demás egoístas. Pero ¿Dónde esta Nicklaus? Tu hijo, su hijo, el hijo de ambos.
— Nicklaus es lo que más quiero en la vida, y sé que para Yayx es igual. Sólo que… ella es tan fría con él, con ambos en realidad. Se ha enfocado solamente en su empleo, y cada vez que se acerca a Klaus no sabe como tratar con él.
— Su miedo a lo desconocido la abruma, no puedes ser tan duro. Pides que ella te comprenda y tú, no lo haces con ella.
Nathaniel no contestó y Kentin supo que la conversación había llegado a su fin. Suspiró con desgana, colocando una mano en el hombro de su amigo desde el instituto, Kentin observó el perfil de Nathaniel y soltó unas palabras que harían pensar más tarde al rubio:
— Nathaniel, tú y Yayx pueden hacer de su relación una mierda, sí quieren. —Tomó aire para proseguir— Pero no se lleven en su guerra a Nicklaus, él es un niño que lo único que necesita ahorita es a sus padres, tal vez no juntos pero los dos deben estar ahí para él. Recuerda eso.
Separándose de él, el hombre castaño salió por la puerta del jardín. Los infantes de cabellos rubios lo recibieron con pequeños bombardeos de arena y pasto, Kentin fingió caerse para atacar desprevenidamente a su hija. Cargándola por el hombro, se lanzó en la búsqueda de su sobrino que reía alegremente.
Nathaniel dedicaba especial atención a la escena que creaban esos tres, sonrió divertido cuando los ojos de Klaus chocaron con los suyos; el niño desvió la mirada orgulloso pero con el error de dejarle ver a su padre la sonrisita que adornaba su sonrojado rostro.
Nicklaus le recordaba tanto a su esposa, o al menos a la mujer que era antes de ser toda una modelo reconocida por el mundo.
Tomando una decisión que esperaba componer todos sus errores, se adentró entre los invitados buscando la melena rizada de su mujer.
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Sentada sobre una de las sillas de su desayunador; Amber degustaba con verdadero deleite los huevos rellenos de salmón ahumado, bañados en una elaborada salsa de vino blanco, almendras y manzana verde. Un verdadero deleite para sus antojos algo raros.
Frente a ella y recargada en la mesa, estaba Yayx bebiendo a sorbos pequeños vino rosado. Ignorando con maestría la fulminante mirada de su cuñada.
No es que fueran las grandes amigas, ni nada por el estilo, pero después de tres años de relación con su hermano y el nacimiento de Klaus, habían empezado a soportarse la una a la otra. Principalmente por el bien de la familia en común, y evitar riñas con sus respectivos maridos.
Amber asesinaba con mente y ojos a aquella mujer que no hacia más que lastimar a su hijo, y de pasó también a su hermano. Si algo que definitivamente no había cambiado con los años; era el sentimiento protector que Amber tenía por Nathaniel.
— Deja tu maldito encaprichamiento por ser una jodida modelo, y pasa tiempo con tu esposo e hijo.
Apretó los dientes, irritada ladeo el rostro bufando— No te metas, Amber, esto no tiene que ver contigo.
— Te equivocas, tengo mucho que ver aquí, —dejó la charola de huevos en la mesada— que tú no seas de mi total agrado no quiere decir que odie a tu hijo, o quiera que mi hermano sufra…Aunque bien merecido se lo tiene.
— Como bien te acabo de decir: No te metas en los asuntos personales de la gente.
— Deja de ser tan arrogante y suelta de una vez por todas, todo lo que te ha mantenido en un gran período de inconformidad.
Yayx siempre había tenido la certeza que Amber embarazada era más perceptiva que de lo usualmente normal. La muy embarazada mujer rubia se mantenía con brazos cruzados, recargando todo su peso en el mueble atrás de ella, esperando confesiones que deseaba escuchar hace más de un año.
Cuando pasaron los minutos y Yayx no soltaba nada, Amber tuvo que recurrir a la última carta que le quedaba.
— ¿Sabias que Melody fue invitada?
Su cabeza giró tan rápido y bruscamente que Amber temió que se fracturara el cuello, se retaron con la mirada, una costumbre entre ellas.
— ¿Quién fue el que la invitó? — si antes su mandíbula estaba tensa; ahora podía romper nueces de lo fuerte que la apretaba.
Amber sonrió para sus adentros, su objetivo de encender la llama de los celos había funcionado espléndidamente.
— Kentin tiene un empleado que tiene a Melody como secretaria. Nos sorprendimos cuando vimos que era la misma Melody que conocimos en el instituto. —Le informó mientras se acercaba a la mujer morena— ¿No te parece de película? Tú matrimonio va mal, y la antigua acosadora de Nathaniel aparece de pronto. Como la maldita luz de salvación para mi hermano.
No es como si a ella le cayera de maravilla la mujer, siempre había creído que se esforzaba en ser una empollona para ser del agrado de su hermano y de ella ¡Ja! Como sí fuera tan fácil ganarse su aprobación…
Pero en los momentos de desesperación por los que pasaba, la repentina aparición de Melody no pudo ser más certera.
— He de admitir que ha cambiado bastante, su ropa ñoña ha pasado a unos trajes más… llamativos, —Yayx fulminó a la pobre copa que sostenía su mano, el término "llamativo" no podía significar nada bueno— Según el trabajador; es soltera y con un gran puesto. Muy agraciada a los ojos masculinos.
Si no fuera porque el embarazo la hacia tener esos extraños síntomas de compasión al prójimo, ahorita ya estaría burlándose de la desdichada mujer victima de los posibles arranques de posesividad que tuviera su cuñada.
— No entiendo que me quieres decir con todo esto.
Sí claro, me jode que te hagas la pendeja, pensó la rubia exasperada.
— Sigue ignorando mis advertencias, y las cosas no saldrán de una muy buena manera. —Amber se movió por la cocina hasta la entrada de la misma— ¡Kentin!
Yayx admiró incrédula la velocidad con la que Kentin había aparecido en la cocina, llamado por su gritona esposa embarazada.
— Lleva el pastel a la mesa, ya es la hora de partirlo.
Acatando ordenes Kentin salió de la cocina con el enorme pastel de fresas y chocolate blanco con tres velitas encendidas.
— ¿Vienes o te ahogas en tu recien descubierta miseria?
Tragándose el insulto para su cuñada, salió con todo el orgullo y dignidad de la que fue capaz de reunir en su acongojado estado. Amber la siguió de cerca rodando los ojos y con su triunfal sonrisa estampada en el rostro.
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— ¡Aquí esta el pastel!
Después de proferir ese grito; los niños entraron en estampida llamados como por magnetismo. A la cabecilla de tal tumulto: Alice estaba y Nicklaus acompañaba a su prima, la cumpleañera.
Nicklaus buscó con la mirada a sus padres, los encontró del lado derecho del asiento de Alice, que era la cabeza de la mesa y por ser su primo favorito tenia la ventaja de sentarse a lado de ella.
Feliz, el niño se encaminó hasta la silla, iba contento hasta que su madre se había acercado más de lo usual a su padre. Para el niño de cinco años no pasó desapercibida la mala mirada que su mami le dirigía a una mujer castaña al otro lado de la habitación.
Subiéndose con ayuda de su padre a la silla y no dándole las gracias por la ayuda, porque aún se encontraba muy molesto por no cuidarlo él en vez de las tontas niñeras, el niño se dedicó a cantar la respectiva canción que se entonaba en los cumpleaños. Apagadas las velitas, Nicklaus devoró como todo niño de su edad el pedazo de pastel. Estaba delicioso y no rechazó la segunda porción que Alice le ofrecía. Terminó su pastel bajo la mirada de reproche de sus papis, se encogió de hombros. Estaba feliz y nada podía hacerlo cambiar de parecer.
— Nathaniel ¿eres tú?
Alzó la cabeza cuando una voz femenina y demasiado melosa llegó a sus oídos, ahí ante ellos se encontraba una mujer alta –no tal alta como su mami, claro– y mechones castaños en forma de resortes, o así le parecieron a Nicklaus.
— ¿Melody?
En sintonía graciosa tanto Yayx como Nicklaus arrugaron el gesto, nada contentos. Uno por no saber que era esa mujer, y la otra incomoda por el abrazo más que cariñoso que compartían esos dos.
Para madre e hijo; no paso desapercibido que la mujer castaña no les había dirigido ni la mirada.
— No tenía ni idea de que te encontraras aquí. —en verdad se encontraba muy sorprendido, gratamente sorprendido. Hace mucho tiempo que no veía a su amiga— Hablare con Amber.
Y como si con eso hubiera sido llamada, la susodicha mujer rubia apareció a un lado de su cuñada. Con una sonrisa que a las dos mujeres del pequeño circulo no les daba muy buena espina.
— Bueno, veo que ya has encontrado a mi hermano, Melody. —Se ganó un sonrojo de la mujer castaña y de la morena una fulminante— ¿A que Klaus no es un amor?
En ese momento el niño sintió los cuatro pares de ojos en él. Los de su padre lo miraban de una forma ya muy conocida para él, de esas veces donde no debía de tomar las pastillas del abuelo y jugar con ellas. En cambio, los ojos de su madre y tía lo miraban de una forma que se le hizo rara. Jamás lo habían mirado de esa forma, en especial su mami.
Y los ojos de la otra mujer extraña, de un azul intenso lo observaban como si por primera vez lo notaran. Eso, definitivamente, no le gusto.
A Nicklaus le encantaba ser el centro de atención.
— ¿Klaus? —preguntó Melody, confusa.
— Nicklaus, ese es su nombre completo. —informó Nathaniel después de ver que ninguna de las otras mujeres se dignaban a contestarle— Klaus, hijo, saluda.
El niño a regañadientes lo hizo.
— ¿E-Es hijo tuyo? —le preguntó tartamudeando, Nathaniel asintió pero frunciendo el ceño. Yayx y Amber rodaron los ojos, el parecido entre los rubios era más que notable. Es más, a Nicklaus podían ponerle unas lentillas ámbar y alisarle el cabello y sería un replica exacta del Nathaniel niño— Yo no sabia nada, disculpa pequeño.
Nathaniel alzó en brazos a su hijo, dejándolo a la altura de Melody, el pequeño rubio sólo la miró de forma tediosa. Esa mujer no le caía para nada bien.
— Un gusto en también volver a verte, Melody. —la voz armoniosa de su mami tenía unos altibajos fríos, como cuando la escuchaba hablar con alguna persona al otro lado de su teléfono y su mami se disgustaba mucho.
— Igual, Yayx. —hasta ese momento Melody cayó en la cuenta de que ya no estaban en el instituto, y que el guapísimo hombre frente a ella ya tenia una familia.
¿Hasta cuando seguiría con ese amor tan obsesivo por el rubio?
— Pero no nos has dicho como es que te has enterado de la fiesta. —si sus palabras fueron insensibles, Nathaniel no lo notó.
— Bueno, yo…
– Richard, tú ya lo conoces, nos hizo la observación de invitar a Melody. —Amber la interrumpió antes de que metiera la pata— Obviamente no pudimos negarnos.
Yayx sabía que si Amber hubiera querido habría mandado a la mierda la insinuante obligación de invitar a Melody. Pero no, algo estaba tramando la rubia que a ella le ponían los pelos de punta.
— De cualquier forma, fue un gusto volver a verte Melody. —Nathaniel le regaló esa sonrisa que a sus veinte años había adquirido; un gesto lleno de una sensualidad inocente que derretía a toda aquella que tenia la oportunidad de apreciarla. Esa sonrisa junto al bello niño rubio en los brazos masculinos, creaban un cuadro de lo más fascinante.
Melody pudo colapsar por el grado de sangre que subió a su rostro y cerebro, importándole muy poco hacer un espectáculo. Amber, si no fuera por su estado de gestación, brincaría por su brillante plan y Yayx pudo mancharse el costoso manicure en clavarle sus uñas en la yugular a la castaña descarada, que no se esmeraba en ocultar cuanto deseaba a su marido.
— Sí se te ha olvidado el móvil, puedes usar el que esta en la cocina. —Amber sonrió— O para mayor comodidad, el que esta en mi habitación. Creo que hoy volverás a casa con Nicklaus y Nathaniel.
Disculpándose con su marido e hijo, la mujer trigueña se alejó con el celular al oído con llamada entrante.
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Era la hora de despedir a los invitados, y cuando fue el turno del joven matrimonio Clermont; Amber y Kentin tuvieron especial cuidado en despedirse primero de Nicklaus.
— Ahora el resto del plan solo depende de ti, enano. —Kentin con Klaus en brazos, le susurraba para darle a entender que todo en lo que habían quedado había sido cumplido. Lo depositó en el suelo, Amber se acercó al niño.
— Ya sabes como hacerlo, cuando yo estaba en el instituto siempre hacia ese truco para no ir a clases y saltármelas. —Dijo Amber agachándose con ayuda de Kentin— Después de haber visto a Melody, tu madre pasara más tiempo con ustedes. Ha cancelado el viaje que tenía este fin de semana.
— ¡Gracias, tíos! —abriendo sus pequeños bracitos, Nicklaus abrazó por sus cuellos a su tíos, el pequeño no podía estar más contento e ilusionado.
Sus ojos chocolate brillaron con intensidad, haciendo más grandes a las bellas motitas verdes que adornaban el contorno de sus iris.
Amber y Kentin le sonrieron con ternura, querían tanto a ese pequeño como a su propia hija, Alice.
— Nath, Yayx, espero volverlos a ver en un tiempo no tan lejano. —Kentin abrazó a cada uno de los mencionados, Amber repitió el gesto con su hermano y le dio dos besos en la mejilla a Yayx— ¡Hasta pronto!
El par de rubios y la trigueña se alejaron hasta el coche de Nathaniel, el auto donde había llegado Yayx se quedaría en el zaguán de Kentin. Amber la había alentado a ir en el coche con Nicklaus y Nathaniel.
El rubio mayor no podía estar más sorprendido, pero no era un sentimiento exactamente bueno. Estaba desconfiado y no se molesto en ocultárselo a su esposa, quien con todo y su orgullo sólo le sonrió encantadoramente.
Nathaniel se sintió por segundos; como aquel adolescente locamente enamorado. Un enamoramiento que pensó que ya había quedado enterrado hace un par de años atrás. Confuso, se dio cuanta que no.
Viendo el reluciente porsche negro alejarse entre las calles, Kentin se giró hacia su esposa.
— Me he sorprendido en grande al ver que aceptabas formar parte del plan muy bien trazado del enano.
Aún mirando hacia la entrada Amber dijo:
— El embarazo, querido, hace que las mujeres cometan cosas que en su estado normal no harían. — suspiró teatralmente, el hombre rió— Ahora tráeme más de esos huevos con salmón.
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Al entrar a la casa, Nicklaus deseó que la señora que hacia la limpieza en su casa ya hubiera barrido o lo que fuera que hiciese para limpiar, los restos de maquillaje de su mami. Porque si su mami llegaba a ver su polvo blanco por doquier, todo su plan se iría al trasto.
Cuando los tres llegaron a la sala, el niño sonrió. No había ningún resto del maquillaje de su madre.
Yayx tomando la palabra antes de que siguieran en ese mutismo incomodo, propuso algo que ocasiono dos reacciones distintas en los dos rubios frente a ella:
— ¿Qué tal si vemos una película?
— ¡Si!
— Pensé que tenías que viajar en media hora.
Yayx lo taladró con la mirada cuando la sonrisa entusiasta de Nicklaus decayó y el rubio se mordió la lengua, claro que ninguno de los dos adultos sabia que esa repentina tristeza era sólo una farsa para que sus padres cambiaran de opinión.
— He cancelado.
— ¿Has cancelado? —no podía caber en su impresión, ¿ella, cancelando uno de su tan liberadores viajes?
— Sí, he cancelado. —contestó observando como Nathaniel se deshacía del saco, y como se arremangaba las mangas de la camisa blanca— ¿Te molesta? —enarcó una fina ceja, retándolo a decirle que sí.
Divertido por sus cambios de humor, negó con la cabeza dirigiéndole la primera sonrisa en todo el día. Yayx pensó que su corazón podría salirse de su pecho, de lo rápido que latía.
Nicklaus desde el piso, se encontraba atento a todos los intercambios de sus padres. Brincó llamando la atención de los adultos, que no tardaron en centrar su completa atención en él.
— ¿Por qué no nos cambiamos primero?
— ¡Si! A mi me incomoda mucho esto. —jaló la camisa roja que portaba para hacer notar su incomodidad.
Sonriendo como casi nunca lo hacia, Yayx se tomó la molestia de cargar a Nicklaus. El niño envolvió los brazos alrededor del cuello de su madre, jugando con los largos mechones negros. Con curiosidad jalaba los bucles de su madre, hasta que estos se volvían más largos y lisos para soltarlos y que volverán a su forma natural.
Nathaniel fuera del cuadro que pintaban su esposa y su hijo, se dio cuenta que la relación entre ellos a pesar de no ser tan trabajada como la que tenía con Klaus; era natural. Se amoldaban el uno con el otro, como si estar en los brazos del otro fuera lo más común y normal del mundo.
Sin saber porque, eso le dio una tranquilidad abrumadora.
— ¿Nathaniel, nos acompañas? —la pregunta formulada por su esposa lo sacó de sus observaciones, tomó su saco del sillón y siguió a su esposa escaleras arriba. Con él detrás de ella y su hijo.
Nathaniel notó que desde ese ángulo tenia una vista privilegiada del trasero de su esposa, que por el vestido negro se pegaba a su piel exquisitamente. Se sonrojo sin poder evitar apartar sus intensos ojos ámbar de esa zona privada del cuerpo femenino.
Él siempre había sabido que tenía una esposa digna de revista. Una mujer que muy a pesar de las secuelas del embarazo tenía un cuerpo hermoso, con curvas donde deben estar sin ser exageradas o estar muy escondidas, no; su mujer poseía un encanto natural que se habia dulcificado con la experiencia de ser madre.
Desde jóvenes habían experimentado todo tipo de placeres; desde los más inocentes hasta los más íntimos. Aquellos tiempos donde solo les importaba disfrutar del otro. Pero tantos días sin verla, tocarla y casi olvidar el sonido de su voz, habían hecho mella en la cansada memoria de Nathaniel. Ahora se daba cuenta de cuantas cosas dejo pasar por alto, aún frente a sus narices y él no movió ni un dedo para recuperar la buena convivencia que antes poseían en su relación.
Bien decían que los primeros años de matrimonio eran la prueba para saber si estaban destinados a estar juntos, y en ese instante a Nathaniel se le antojó un reto en el que estaban fallando estrepitosamente.
Anduvieron por el pasillo, la mujer se detuvo en medio del mismo cuando no supo donde quedaba la habitación de su hijo. Apiadándose de ella, Nathaniel colocó una mano en su baja espalda guiándola de esa forma hasta la puerta al final del pasillo.
Ella no dudo en mandarle una mirada de agradecimiento.
— Quiero bañarme después de ver la película, ¿se puede papi? —Nicklaus puso su famoso puchero y Nathaniel casi lo ataca a punta de cosquillas. Como por arte de magia al pequeño se le había olvidado el enojo que tenía por su padre.
Se arrodilló a la altura del infante, con una mano en la cabeza y la otra en su pequeño hombro le contestó— Sólo si dejas que tu madre y yo, te demos el baño.
Yayx se paralizó. Ella no sabia dar baños, al menos no a un infante. Con horror la mujer comprobó que ya no se acordaba de como bañaba a Klaus en sus primeros meses y años de edad.
Pero con el fin de seguir viendo esa hermosa sonrisa en el rostro de Nicklaus, haría lo que fuera, así eso fuera forzar a su mente a recordar cosas que no debió de haber olvidado, jamás.
Al fin y al cabo ¿Qué tan difícil era dar un baño a un niño de cinco, casi seis años?
Nathaniel sentó al pequeño en su mueble especial, una alta y cómoda mesa donde el niño se la pasaba la mayoría del tiempo. Ya sea haciendo muñecos con acuarela o jugando con sus cubos de colores. El hombre rubio se dedicó a buscar otra muda de ropa, una cómoda y fácil de portar. Klaus ya había logrado por sí mismo deshacerse de la molesta camisa que le picaba y ahora iba por el short caqui, Nathaniel lo ayudó y también le puso las nuevas prendas.
Alejada de ambos, Yayx no paraba de regañarse por su falta de iniciativa al ayudar a su hijo, quien todo lo había hecho para demostrarle a su mami que ya era un niño grande que no necesitaba ayuda. El orgullo heredado de su madre, siempre lo hacia pensar mejor las cosas.
— Ahora sólo faltan ustedes.
Se miraron por breves minutos antes de asentir, el niño bajó de un brinco y salió corriendo por la puerta de su habitación, escaleras abajo gritó:
— ¡Buscare la película de Cars 2!
El matrimonio se dirigió a su respectiva alcoba, cuando Yayx abrió la puerta; el aroma de Nathaniel combinado con su colonia masculina la abrazo fuerte. Sus piernas le amenazaron con temblarle.
Nathaniel la observaba de cerca, sin querer perderse ningún movimiento que hiciera la mujer. La siguió cuando ella se debatía entre usar una blusa holgada azul o una camiseta pegada rosa palo de tirantes, tomando la prenda de tirantes, ella prosiguió a bajar el cierre de su vestido. Se vio complicada en su tarea al el broche quedar atorado entre la tela. Jaló la prenda hacia abajo, sin resultados de ya no tenerla sobre su cuerpo.
— Déjame intentarlo yo.
Sus brazos cayeron laxos a los costados de su cuerpo, con toda claridad sentía los dedos de Nathaniel trabajar en su espalda, unos segundos después el cierre cedió y Nathaniel lo bajó hasta el inicio de las pompas femeninas, donde el cierre terminaba.
— Gracias.
Con las mejillas al rojo vivo retomó su tarea de quitarse el vestido, cuando el vestido cayó al piso ella escuchó como la respiración de Nathaniel se cortaba, para después respirar irregularmente.
Lo sintió alejarse de su espalda, sus pasos resonaban en su cabeza como un millón de martillazos. Nathaniel desapareció por la puerta del baño y ella pudo respirar con normalidad.
Hace tanto que no se había sentido de esa forma, tan capaz, tan expectante por algo, tan… viva. Hace mucho, muchísimo, tiempo que no sentía el deseo por Nathaniel tan vivo en su piel. El calor en su bajo vientre le pedía a gritos ir en busca de su esposo y retomar su esfumada pasión en la intimidad.
A punto de darse tortazos contra la pared, terminó por colocarse la prenda de tirantes y un short que le quedaba hasta los muslos en color blanco.
Salió de la habitación antes de que Nathaniel saliera del baño y ella le saltara encima, dejando a su hijo plantado en la sala y con una película puesta.
Cuando la puerta de la habitación fue cerrada de un portazo, desde el interior del baño; Nathaniel dejó salir un gemido frustrado.
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Los créditos de la película aparecieron en la pantalla y ambos padres notaron a un muy dormido Nicklaus en medio de ambos, con su cabecita recostada en el pecho de su madre y su bracito derecho abrazando, sin llegar a abarcarlo por completo, el torso de su padre.
Apagaron la tele y Nathaniel cargó con el niño en brazos, Yayx terminó por apagar los aparatos y los alcanzó en el primer escalón de las escaleras.
Entraron a la habitación de Klaus depositándolo en su cama en forma de nave espacial, Yayx fue la encargada de arroparlo mientras Nathaniel encendía las estrellas y planetas que pendían sobre la cama de Nicklaus, desprendiendo una tenue luz que iluminaba lo necesario para que el niño, si se llegaba a despertar, no se asustara con la oscuridad del cuarto.
Con dos besos en la frente por parte de cada uno, salieron de la habitación apagando la luz.
En completo silencio se dirigieron a su recamara. Yayx se encerró en el baño hasta salir con un camisón negro, que hizo que algo más qué la sangre se acumulara en la parte sur de la anatomía de Nathaniel.
Se metió bajo las sabanas, el aroma del otro les llegó como un potente afrodisiaco que los impulsaba a seguir sus deseos más primitivos.
Removiéndose incomoda y alertando a Nathaniel, le deseo las buenas noches.
—Buenas noches.
Nathaniel apagó la lámpara de mesa y la oscuridad los invadió.
Sin conciliar el sueño, y fingiéndose dormidos para el otro hicieron un recuento de todo lo que les había pasado a lo largo del día. Buscando de esa manera una forma desesperada para no saltar a los brazos del otro. Querían, pero algo les decía que antes de pasar a eso debían de recuperar muchas cosas entre ambos.
Esa noche fue la primera de muchas que le seguían, en las que el matrimonio se las vio complicadas.
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¿Continuará?
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Yo realmente espero que sí continúe xD.
Espero que este nuevo proyecto les haya gustado, escribirlo fue toda una aventura. Pero no podía sacar la idea de mi cabeza por lo que estoy en la disyuntiva de hacerlo un mini fic, de cuatro o máximo cinco capítulos. Algo rápido y gracioso. Que solo abarque en como estos dos salvan su relación, y claro que con la ayuda de su travieso hijo: Nicklaus.
Muchas gracias por darse el tiempo de leerlo, yo se que uno no siempre puede leer todo lo que uno quiere, pero por el esfuerzo ¡muchas gracias!
Pasen un excelente resto de semana, meloncitas y meloncitos.
Geraldine
Escuchando " Down By The River" – Milky Chance (FlicFlac Edit).
