Amores prohibidos... Supongo que otra cosa muy diferente sería si este reto hubiera llegado meses antes. Ahora que he usado las ideas más generales sobre "lo prohibido" y sumado con lo tabú, tuve que pensar mucho para intentar ser original: ultranacionalismo y racismo en un Japón que acababa de abrir sus puertas al exterior.
DISCLAIMER: Los personajes aquí citados le pertenecen a Rumiko Takahashi y, la hermosa canción que da título al fic, a Kurousa-P.
Capítulo 1:
Camelia de nieve
2,998 palabras
La bandera japonesa ondeaba en cada una de las casas y edificios de madera. El viento gélido cortaba la piel y hacía temblar en medio de una calle deshabitada. La seda de su komon y las diferentes capas que consistían su ropa no era lo suficientemente gruesas para cubrirse de las bajas temperaturas.
Era invierno y la nieve lo tapizaba todo.
Sango comenzó a creer que había sido una mala idea el haber salido a esas horas, y no sólo porque en esos momentos resultaba muy peligroso. Pero ella había olvidado —otra vez— el abanico en su paseo habitual, y no deseaba que le repitieran lo distraída que se había vuelto recientemente. Miró hacia el camino que le quedaba y, al notar que ya sólo le faltaba poco, continuó con su trayecto, aferrándose al objeto recuperado.
En el momento en que solamente debía pasar una casa, el sonido de sus sandalias contra el suelo se detuvo.
Había escuchado sonidos anormales.
No es que «anormales» se tratara de esos youkai que vivían en las historias de Kaede-jichan y decían comerse a los desobedientes. Claro que no. En realidad se trataban de sonidos, una voz humana. Pero sus palabras eran diferentes a las que conocía. Sonaban muy graves. Redondas. Jamás había escuchado algo así.
Sango comenzó a caminar de nuevo, con pasos lentos y sólo observando el muro alto que la separaba de la respuesta, recorriéndolo. Estaba totalmente abstraída por el descubrimiento. Además, parecía que las palabras extrañas eran respondidas por alguien que sí las comprendía.
Sus dedos fríos aún sentían la aspereza de la roca. Pero la textura cambió, para volverse más lisa: una pequeña puerta de madera, tal vez usada por el servicio. Y estaba abierta. Habiendo esas oportunidades ante ella, ¿qué debía pensar?
Se le ocurrió husmear, aunque eso no era lo correcto. Quizá era eso lo que había estado pidiendo hacía tiempo: algo que le hiciera sentir pertenencia, que no estaba vacía. O sola.
O sólo es una puerta abierta, se regañó mentalmente. A pesar de eso, dejó que su cabeza entrara y observara.
Bajo el techo enorme, un hombre llamaba a alguien que se encontraba lejos de él. Desde esa distancia Sango no podía notar gran cosa de ese ser, además de una espalda ancha inclinada. Parecía hacer algo entre la nieve acumulada en ese amplio jardín seco.
Ella quería conocer el rostro de esa persona. Y estaba a punto de lograrlo cuando pareció voltear hacia su dirección.
Hasta que la puerta se abrió por completo y ella cayó directamente hacia el frío blanco.
Solamente cuando pudo salir de entre la nieve, los sonidos que se escuchaban difusos adquirieron más nitidez. Aunque de todas formas no era como si entendiera. Sólo imaginó que el hombre que ahora se encontraba frente a ella le pedía irse.
—Yo... Perdonen —dijo, sin saber si también para él existía una barrera con el lenguaje. Sin haber respuesta, se levantó rápidamente. Y se mareó por esa acción, comenzó a buscar su abanico. Pero no lo encontró en el suelo.
Estaba en las manos del ser desconocido.
¿Qué era...?
—Gracias —volvió a hablar, quizá inútilmente. Después levantó el rostro para ver a aquél a quien quería conocer.
Era joven, mucho. Como lo había notado antes, su cabello negro era un tanto largo pues estaba tocando ligeramente sus hombros. De piel era clara y ojos... ¿Cómo es que alguien podía tener un color así? Sólo existía una respuesta.
Al darse cuenta de ello, y a pesar del gesto amable en su rostro, Sango retrocedió hasta encontrarse de nuevo en la calle. Después aceleró y fue directo al que era su verdadero destino donde ya la estaban buscando.
Kaede, la sirvienta más antigua del lugar y quien estaba encargada de su cuidado, fue hacia ella: —Sango-sama, ¿qué estaba haciendo tan tarde afuera? —le preguntó, con mirada severa.
—Dejé esto —y levantó al objeto que había originado todo.
La anciana pareció suspirar, cansada: —Vamos, pase ahora o se congelará —Sango hizo lo que le pidió y sólo volteó hacia atrás para observar cómo dos sirvientes cerraban la amplia puerta, alejándola del exterior.
Por fin se encontró en la seguridad y calidez de su hogar.
—¿Qué estás haciendo ahí? —Sango le preguntó a la nada, al vapor del agua mientras se bañaba. Porque a pesar de encontrarse en un lugar que conocía tan bien, no se libraba de la verdad.
Porque ella había visto esos ojos antes.
Después de que el país decidiera hacer que de nuevo existiera el mundo y que el gobierno se diera cuenta de que debían de hacerse grandes cambios para prosperar y que una parte de ellos no se encontraban en el territorio; llegaron las ilusiones, la crisis, los descontentos y movimientos. También los extranjeros.
Sango, quien en ese momento era sólo una niña pequeña, había escuchado cómo la gente hablaba de quienes eran sólo unos intrusos y deseaban lo que no les pertenecía. Codiciosos y con pensamientos que no eran iguales a los suyos. Sólo deseando hacer de Japón lo que ellos quisieran, aprovechándose de la inexperiencia del joven heredero que amenazaba con volverse emperador pronto.
Pero, y a pesar de que la gente hablaba, ninguno de ellos los había visto. Bien podían asegurar que tenían piel verde y manos palmeadas sin que nadie pudiera negarlo. Los extranjeros sólo iban a lugares más importantes. Sin embargo, todo debe cambiar.
Ellos aparecieron una mañana sin avisar y comenzaron a instalarse en la casa que le pertenecía a los Tsujitani. Pero el único portador de ese nombre había muerto, así que no existía nadie que pudiera evitar lo que ocurría.
Y, como era de esperarse, las personas no habían visto con buenos ojos a aquellos extranjeros.
Se reunieron frente a la residencia para protestar, pero sólo fueron ignorados. Sango estaba ahí y no para hablar sobre lo que no debía cambiar, sino para ver a los extraños. Para su inocente mente eran muy similares a ellos. Aún las pocas personas que no tenían los mismos rasgos —eran occidentes—, sí contaban con cabello oscuro —y la cantidad exacta de miembros, por supuesto.
—Pero casi todos parecen japoneses —se le ocurrió decir en el lugar y momento menos indicado.
—¿Qué estás ciega, niña? ¡Míralos bien! —una mujer gritó, con el rostro enrojecido del enojo e intolerancia. Era el mismo color que se extendía en todos los observadores—. Pueden parecerse un poco, pero que no te engañen: son coreanos.
Ella no preguntó qué había de malo en eso —tiempo después averiguaría sobre los conflictos en los que ambos países habían participado y los temores de Japón por lo desconocido. Y no fue porque tuviera miedo, sino porque algo más robó la atención de todos: un carro jalado por una persona se acercaba y los residentes no deseados se alinearon para recibir a quien llegaba.
Con seguridad, era alguien importante para ellos. Tal vez el líder.
O tal vez sólo un niño con ropa extraña. Una vestimenta que sólo podía ser occidental.
Su rostro decía que aún estaba cursando su etapa de infancia —el final—, pero su estatura resultaba considerablemente alta. Y era asiático, aunque esos ojos tuvieran un color imposible: el azul.
Finalmente se adentraron para no salir. Al menos no en unos años —cuando muchos se fueron— por lo que pensó que se había quedado deshabitado. Nunca imaginó que el niño jamás se hubiera ido. ¿Cómo es que no se enteró de ello a pesar de la cercanía?
—¿Quiénes son los que viven atrás de nosotros? —Sango le preguntó a la sirvienta que llegaba para dejar su cena, anunciando su presencia con el sonido de la puerta corrediza abriéndose. Sólo después de que ella dejara de cepillarse el largo cabello castaño y volteara a verla, encontró en su cara con pecas un gesto confuso.
—¿Disculpe? —dijo, como si no hubiera escuchado bien.
—Pregunté sobre los habitantes de la casa de atrás —repitió. No lo dejaría hasta tener una respuesta.
—Pero ahí no hay nadie —la joven le respondió, aunque sus ojos decían otra cosa.
—No es así, yo misma escuché personas hablando y... —ella se detuvo, comprendiendo todo. Aquí había una gran mentira que muchos sostenían por una razón desconocida—. Kaede-jichan, explícame qué pasa —le pidió a la mujer que había aparecido.
Con un gesto, la anciana le indicó a la más joven que se retirara y, después de poner la bandeja frente a Sango, respondió: —Son extranjeros.
—Sí, eso es evidente —sonó molesta, casi petulante. Pero sabía que tenía todo el derecho de sentirse de esa forma—. Lo que quiero saber es por qué nadie me lo dijo. Parece que era la única que no lo sabía.
—Sango —dijo su nombre, sin honoríficos, haciendo que la conversación se tornara seria—. Tú eres una persona que piensa en los demás, y es maravillosos. Pero también te preocupas con gran facilidad. No queremos que te distraigas con asuntos como esos, menos ahora. ¿Comprendes?
Lastimosamente lo hacía: —Sí.
—Entonces come. Es muy tarde y debes dormir. Mañana tienes lecciones —incapaz de decir más, Sango tuvo que resignarse. Siempre tenía que hacerlo.
Ella tenía otras cosas más importantes que hacer.
Su padre estaba lejos, supervisando aduanas e incluso las líneas de ferrocarril que serían creadas. Después de que los antiguos señores feudales dejaran de existir, eso fue en lo que se convirtió.
A Sango le parecía que lo que hacía era más que favorable e incluso interesante —observar cómo el país comenzaba a moverse. Pero siempre existía alguien recordándole que, si las cosas hubieran sido diferentes, ella sería miembro de una corte, o incluso una princesa. Princesa de muchas, pensaba. ¿Qué tenía de emocionante eso? Sólo romántico, claro. Las grandes historias de palacios y valientes samurai se habían quedado atrás, junto con la era Bakumatsu.
La vela que iluminaba sus habitaciones fue apagada.
...
No esperó a que el sol saliera para poder salir. El jardín seguía siendo blanco y marrón, ningún color adicional. Y otra vez se sintió decepcionado. Pronto terminaría el invierno y aún no estaban. Pero, y a pesar de los días, aún no se rendía.
Aunque, al parecer, era el único quien aún no se cansaba: —Señor —una de las sirvientas lo llamó, preocupada—. Se va a resfriar si sigue así. Y su mano...
Fue interrumpida: —Mi mano está bien, sólo un poco adolorida por el frío —dijo, sin necesidad de verla. Sólo tocó el vendaje con la mano izquierda.
—Eso no está bien. Entre y arreglaremos eso con agua caliente —insistió.
—No creo que el agua ayude mucho —ahora él era quien sonaba cansado, incluso la miraba fijamente—. Además, aquí estoy bien —aquí siempre estaba seguro. Encerrado, a decir verdad.
Y con una sonrisa falsa logró su cometido. Como siempre.
Rutinaria, cansada, agobiante. Así era su vida. ¿Qué no había una puerta por dónde salir?
—Bien, no pensé que fuera tan literal —mencionó asombrado al percatarse que la puerta del jardín era abierta. No recordaba que fuera el día en que traían provisiones.
Sin dudarlo, se acercó para averiguar, y así se dio cuenta de la identidad del intruso. Ella quien abrió los ojos, sorprendida por ser descubierta. También avergonzada.
—La espía —mencionó espontáneamente.
—Yo no soy una espía —le respondió, con un gesto molesto.
—Entonces dime, ¿qué haces aquí? —hizo su pregunta, comenzando a caminar para que ella lo siguiera.
—Yo vivo ahí —contestó, señalando a la construcción antigua que se encontraba adelante de ellos. Aunque él ya sabía eso.
—¿Y bien?
—Solamente deseaba pasar a saludar a mis vecinos y rendirles mis respetos —él se detuvo, volteando a verla.
—Un poco tarde, me parece —más de seis años de retraso, para ser exactos.
—A mi favor está que extrañamente me ocultaron su existencia. Un descuido tal vez —aunque quisiera ocultarlo, no pudo dejar un tono de ironía y molestia. Pero agitó su cabeza, como si dejara todo a un lado—. Yo soy Kuwashima Sango —se presentó, haciendo una reverencia.
Entonces la imitó: —Baek Mi Reuk.
—¿Disculpe? —dijo, un tanto alarmada. Parecía incapaz de recordar la pronunciación de un nombre como ese, mucho menos la forma de escribirlo.
—Lo siento. Sólo dime Miroku.
—Miroku... —esperaba escuchar un apellido, pero no lo hubo. Aun así no se desanimó y continuó hablando—: Hablas muy bien nuestro idioma —él sonrió ante esa observación.
—Es porque soy japonés.
—¿En serio? —estaba verdaderamente sorprendida por eso.
—Al menos la mitad —explicó—. Mi padre lo era —Su padre. Un hombre que de alguna forma había salido del país. Y como si eso fuera poco, había tenido un hijo con una extranjera.
Sus ojos cataños se iluminaron: —Eso significa...
Y acabó con sus sospechas: —Soy un nikkei —un «mestizo». La prueba de lo que no se debía.
—¿Tsujitani era tu padre? —Sango dijo de forma repentina. Miroku abrió los ojos, sorprendido por lo lista que era—. Es que, por lo poco que recuerdo de él, son parecidos —agregó, haciendo girar su cabello castaño. De alguna forma, se había transformado de una joven aventurera a una niña.
—Así es —asintió. Era una verdad incambiable. A pesar de lo poco que lo había conocido y que varias veces creyó que ni siquiera lo estimaba.
Sango pareció darse cuenta de que no le gustaba mucho hablar de ello, pues cambió la conversación: —¿Qué estabas viendo el otro día?
—A una joven que nos estaba espiando. Debiste verla —ella frunció el ceño y él sonrió. Se había percatado del placer que le producía molestarla—. Las camelias —terminó por decir la verdad. Después hizo una señal con la cabeza para que viera la tierra.
—Yo no las veo.
—Ese es el problema. Las planté desde hace mucho y no han salido. Me preocupa que se congelaran —eso significaba que una de las pocas cosas que hizo por sí mismo había fallado.
—Debo irme. Nadie sabe que estoy aquí —Sango dijo de repente, después de observar el sol que salía oficialmente. Hasta ese momento Miroku se percató de que ella sólo portaba su ropa de dormir—. Fue un placer.
—Lo mismo digo, Sango —el gesto de la muchacha era de sorpresa por la ausencia de honoríficos, pero a él le gustaba así.
—¿Qué hacía ella aquí? —Mushin hizo la pregunta hasta que él se encontró adentro, con sus deberes. Estaba molesto al ver que Sango había regresado. A pesar de ser japonés, era desconfiado con sus compatrioras. Aún los creía demasiado orgullosos—. Debemos poner más seguridad.
—O al menos cerrar la puerta —propuso, cambiando la hoja del libro que sostenía. El gesto del hombre fue divertido, mas la razón de su sonrisa fue el recuerdo de la muchacha de personalidad diferente.
Aunque al día siguiente se arrepintió de haber dicho aquello, pues la puerta que parecía estar descompuesta fue reparada. En ese momento se dio cuenta de que esperaba volver a verla.
Miroku fue hacia ella y la abrió, pero nadie esperaba detrás. Sin embargo, sí había un jarrón con unas camelias rojas. Aún contaban con sus raíces y un poco de tierra, así que podrían ser sembradas de nuevo sin muchacha parecía saber lo que hacía.
O tal vez no.
Sango, la nombró mentalmente. En verdad parecía no darse cuenta de lo que sucedía realmente. Estaba demasiado protegida.
...
Sólo quería ser amable, eso era todo. Cada vez que se dirigía a su paseo o la compra de víveres, ella lo saludaba. No usaba palabras, claro. Procurando que nadie la viera, ella tomaba una bola de nieve y la arrojaba lo suficientemente alto para que cruzara el muro. Y él le respondía.
A excepción de una vez en la que la nieve fue sustituida por papel.
«Esta noche abriré la puerta, por si te interesa saludar de verdad».
Ella no lo pensó dos veces.
—Estás aquí —estaba verdaderamente sorprendido.
—Así es —respondió, orgullosa. Se había asegurado de que nadie la viera.
—¿No le temes a los extranjeros? —sacó de repente, sonado como si fuera una broma. Aunque comprendió que no lo era para él—. Somos peligrosos, malvados incluso. Creo que hasta robamos almas y lindas doncellas.
—No creo que hicieras algo así.
—¿En verdad? —la forma extraña en que la miró la hizo reconsiderar sus palabras. Pero, aun así, confiaba en él sin conocerlo realmente. Ese debía ser un problema.
—Además, si eso fuera cierto, tú eres mitad japonés —agregó, ignorando que con eso él cambiaría de expresión.
—Sólo por sangre. He vivido más en otros lugares que aquí.
—¿Cuáles? —si se veía emocionada era porque lo estaba. Saber sobre el otro mundo le resultaba exitante.
—Crecí en Corea. Pero después fui a Londres —respondió, pareciendo nuevamente despreocupado.
—¿Por qué te fuiste de ahí? —otra vez sintió que hizo la pregunta equivocada.
—Mi madre murió.
—Perdón —se disculpó sinceramente—. Mi madre también murió —Miroku asintió, sabiendo lo que significaba.
Dejando el dolor a un lado, él habló: —No creo ser japonés si ni siquiera he visto el florecimiento de los cerezos.
—¿Jamás? —él negó con la cabeza para después preguntarle cómo era—. No puedo ponerlo en palabras. Necesitarías verlo tú mismo.
—Algún día, tal vez —cuando lo dijo... En verdad no parecía creerlo realmente. ¿Acaso se iba quedar ahí por siempre?
—Este año debes verlo —propuso. No. Lo demandó—: Lo harás.
—¿Cómo?
—Veré la forma de hacerlo —eso era una promesa y, cuando comenzaba a irse, deseó que él se diera cuenta—: Hablaba en serio —mencionó, ambos en la calle, en la mitad de los mundos.
—Lo sé —respondió, seriamente y mirándola a los ojos—. Y eso me preocupa —acto seguido, tomó su mano izquierda con la suya. Sus dedos largos estaban tocando la zona que siempre era cubierta por sus mangas. Se sintió descubierta, cálida. Estaba viva sólo hasta que besó sus nudillos.
¿Esto era lo que ambos querían, lo que buscaban?
Bajo la tenue luz de la luna nadie se percató del inicio de lo considerado «indebido».
Espero que les esté gustando porque tuve que documentarme para evitar tantas inconsistencias e inexactitudes. Y que, claro, les parezca los suficientemente prohibido.
NOTAS:
-Era Bakumatsu: la última con el sistema de señores feudales. Anterior a la Meiji, que es donde se desarrolla esta historia.
-La religión budista llegó a Japón gracias a Corea, por eso supongo (o es lo que mi gusto por las mezclas raciales quiere suponer) que Miroku debe tener al menos un poco de sangre coreana.
-Mi Reuk: en coreano, Miroku.
Loops Magpe.
