Rowena Ravenclaw siempre se ha caracterizado por ser alguien seria, madura, responsable y muy inteligente, de esas personas que no caen ante los vicios como suelen hacer la gran mayoría. El único problema es que le hizo caso a Godric.

En esos momentos se levantaba mareada, sintiendo como todo el estómago se le revolvía mientras trataba de quitar las lágrimas que no sabía por qué caían de sus ojos. No debió haber tomado esa "última" copa que definitivamente, no fue la última sino la primera.

Al levantarse casi tropezó con sus propios pies, decidiendo que necesitaba tomar una poción contra la resaca y esa bebida muggle que tan bien les iba en estos casos. ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Era el café.

Una vez que su largo vestido azulado se ajusto a su figura fue por los pasillos, siendo consciente de que tanto los alumnos como el resto de profesores o personal la veían entre jadeos, cuchicheando a sus espaldas. Normalmente se hubiera parado y averiguado lo que pasaba pero se sentía tan mal que prefería ignorar ese echo e ir directamente a por el que sería su nuevo desayuno, al menos temporal.

Una vez se sentó en su sitio, tomando su café, quitando con su ayuda el mal sabor de la poción, se dio cuenta de que Helga le veía con nerviosismo.

- ¿Ocurre algo, amiga mía?

- No es por importunaros pero…

- ¿Sí?

- ¿Anoche la pasasteis con un varón? – Esa era una pregunta completamente indiscreta, pero que tomó a su compañera completamente por sorpresa.

- ¿Disculpa?

- Es que…

Con timidez, Helga le mostró con un pequeño conjuro, la marca que tenía en su cuello. Era violácea, hecha con fuerza y esas solo podían ser…chupetones.

Su mano tapó con rapidez el lugar donde se encontraba la marca, sintiendo todo su mundo dar vueltas mientras trataba de recordar lo que había pasado la noche anterior pero esto fue en vano. Lo único que recordaba era tomar con Godric y como después apareció en su cama con su pijama puesto.

Te amo…

Repentinamente recordó la voz de un hombre, dura y varonil, decirle esas palabras antes de sentir una presión en su cuello. No era consciente de quién le había marcado, tampoco de cómo se había dejado hacerlo…¡ni si quiera recordaba que tenía un chupetón!

Pero si algo sabía, es que descubriría al responsable.