Disclaimer: One piece y todos sus personajes pertenecen a Oda.

No busco lucrarme con este pequeño relato, solo intentar impedir que tragedias como ésta se olviden. Mis condolencias a las familias afectadas.

Once de septiembre. De nuevo aquel fatídico día. A pesar de haber pasado diez años, esa herida nunca había llegado a cicatrizar del todo, aún dolía demasiado. Recorrió la estancia como un alma en pena en dirección a la foto de su difunto marido, como siempre hacía cuando se cumplía ese triste aniversario. La tomó con cuidado entre sus manos y volvió a contemplar esos hermosos y brillantes ojos dorados. Una lágrima se le escapó al recordar que jamás volvería a sentir los deliciosos escalofríos que su mirada le provocaba. Con la punta de los dedos recorrió su impecable traje de piloto para después arañarlo, en un acto de impotencia. Quería volver atrás en el tiempo, haberle impedido que pilotara el avión que le llevó a la tumba. ¿Por qué él? ¿Por qué el destino había sido tan injusto con ellos? Tenían tanta vida por delante, tantos momentos felices que disfrutar... pero en unas pocas horas, todo lo que habían construido juntos se fue a pique por culpa de unos indeseables, si es que había algún calificativo que pudieran merecer los responsables de semejante injusticia.

Se sobresaltó al oír las voces de sus hijos, el fruto de su inagotable amor con Mihawk.

-¡Kaya! ¿Quieres ver la tele conmigo?

-¡Sí, ya voy, Sanji!

Salió corriendo de allí en dirección a la sala en la que se encontraban. Sabía que ese día en televisión solo se hablaría del atentado, y no quería que sus niños vieran las terribles imágenes y empezaran a hacer preguntas para las que no tendría respuesta.

Llegó tarde. Los pequeños se habían quedado paralizados viendo cómo un avión se estrellaba contra la torre Norte del World Trade Center. No sabían que antes del secuestro de pasajeros por parte de los terroristas, su padre estaba al mando, pilotándolo. Sin darse cuenta, estaban presenciando su muerte.

Cerró los puños con rabia y la foto se arrugó. Las piernas le fallaron. Cayó de rodillas al suelo, y una vez más, como cada año, lloró amargamente. Dejó caer la foto y cubrió su rostro con las manos, en un vano intento por ocultar sus lágrimas a los niños, pero no pudo evitar gritar su nombre.

-¡Mihawk! ¿Por qué tú? Mihawk... mi amor...

Los pequeños intercambiaron una mirada y corrieron hacia su padre. No sabían porqué sufría, pero le abrazaron con fuerza intentando calmar su dolor. El peliverde les rodeó con sus brazos y se atrevió a mirar una vez más cómo las llamas consumían el edificio. Sabía que jamás lo superaría. Sabía que cada día de su existencia maldeciría a los causantes de su desgracia. Sabía que miles de personas compartían en ese momento su tristeza. Y sabía que tendría que seguir adelante por las dos criaturas que en ese momento intentaban consolarle. No sería una tarea fácil, pero tenía que hacerlo. Por su marido, por él, por sus hijos.

Qué fácil es segar una vida, destruir esperanzas y desgarrar corazones. Qué dificil es luchar por hacer desaparecer a todos los monstruos capaces de cometer estas atrocidades.