Disclaimer: Todo lo que reconozcas es propiedad de JK Rowling
Aviso: Escrito para el "Amigo Invisible navideño 2016-2017" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black"
N/A: ¡Hola Woo-JiHo! Espero que te guste esta colección de one-shots (serán tres, los otros dos los publicaré en los próximos días). Me pareció una petición muy curiosa y no sé si esto es lo que te esperabas, pero te puedo adelantar ya que los otros tienen un estilo diferente ;)
¡Un beso enorme y espero que hayas tenido unas muy felices fiestas!
Regulus daba vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño después de lo que había sucedido aquella tarde. ¿Cómo se suponía que iba a hacer eso que le pedían sus padres? Aunque, siendo sinceros, no sabía de qué se extrañaba. Ya se había visto obligado a tomar la marca tenebrosa para salvar el buen nombre de su familia y no dejar que la marcha de Sirius los colocara en un lugar aún más peliagudo. Aunque ahora comprendía perfectamente por qué su hermano se había marchado de casa de forma tan abrupta, por qué no había podido soportar aquello ni un instante más.
–Lo manda la tradición –había dicho su padre–. Todos los herederos de los Black lo hemos hecho. Yo lo hice sin rechistar cuando mi padre me lo ordenó. Debemos demostrar que somos dignos de nuestra familia y que estamos dispuestos a permanecer files a ella y sus principios.
–Es intolerable que un Black se muestre débil –había añadido su madre–. La compasión no es una buena cualidad, nos hace débiles, nos impide defender la pureza de nuestra sangre. Tienes que enfrentarte a esto y no huir como hizo el cobarde traidor de Sirius. No puedes decepcionarnos, eres nuestra última esperanza.
«Su última esperanza».
Aquellas palabras no paraban de repetirse en su mente una y otra vez. Las había escuchado tantas veces desde que era pequeño… Ya se lo decían cuando Sirius quedó en Gryffindor y todos empezaron a considerarlo un traidor. Sabían que, al final, él sería el heredero, el que traería la gloria a su casa y desde los 10 años asumió ese papel: el de hijo perfecto. No había nada que le diera más miedo que decepcionarlos y que lo miraran de la misma forma que miraban a su hermano. No podía permitirlo, pero tampoco quería hacer lo que le pedían. Aunque también era consciente de que tarde o temprano tendría que hacer aquello. La marca de su brazo le obligaría a hacerlo.
Suspiró y cerró los ojos con más fuerza. Quería dormir y dejar de pensar en todo aquello, pero no podía. Ojalá Sirius estuviera allí, ojalá él fuera tan valiente como lo fue él cuando llegó el momento de la verdad. No se habría metido en aquella vorágine de miedo, destrucción y violencia. Pero él no era Sirius, solo era Regulus y no iba a decepcionar a sus padres por mucho miedo que tuviera en aquel momento.
Y si para ello tenía que matar a un muggle, lo haría sin pestañear.
–¿Estás preparado?
Regulus asintió lentamente y tragó saliva al escuchar la pregunta de su padre, que lo miraba orgulloso. Sabía que él no fallaría, pero después del espectáculo que armó Sirius el año anterior cuando se enteró de aquello… Nunca se sabía. Por suerte toda aquella tradición estaba encantada y solo quienes habían completado la tarea podían revelarla a los demás. Su hijo mayor sabría la verdad eternamente, pero jamás podría contarla al no haber sido lo suficientemente Black como para llevarla a cabo.
–Sí, padre –contestó finalmente, apretando la varita entre sus dedos con fuerza.
–Estamos muy orgullosos de ti y sabemos que lo harás bien –su madre apoyó una mano en su hombro y sonrió con superioridad–. Y estoy segura de que al Lord le complacerá saber que has cumplido con tu misión.
–Estoy convencida de que estará contento –murmuró–. Así sabrá que no me temblará el pulso cuando llegue la hora de la verdad y me mande a mi primera misión con mis compañeros.
Tuvo que morderse la lengua para no añadir ningún adjetivo ofensivo contra estos. Ese puñado de mortífagos estúpidos lo miraban siempre por encima del hombro y no había nada que le molestar más. Era el más joven de todos ellos –y no estaba de acuerdo con los métodos que se estaban empleando en aquella guerra aunque no lo confesara en voz alta–, pero era un Black y, si lo que ahí se juzgaba era la pureza de sangre, era mucho más digno que la mayoría de ellos juntos.
–Te está esperando en el salón –indicó entonces el hombre–. Ya sabes lo que tienes que hacer, los tres pasos que debes seguir.
–Sí, padre.
Entró a la habitación con paso firme, seguido de sus padres, y apretó los labios al ver a una chica de no más de 15 años atada, amordazada y con los ojos vendados en mitad del salón.
–Primer paso –murmuró antes de apuntarla con la varita–. Firmeza a la hora de controlar la voluntad de otra persona. Imperius.
Se coló con facilidad en su mente y la hizo darse golpes contra el suelo, mientras la pobre chica –que no entendía lo que sucedía– intentaba detener aquello sin éxito.
Tras unos instantes, agitó la varita, acabando con la maldición y ella comenzó a sollozar, asustada.
–Segundo paso –volvió a murmurar, ahora haciendo un gran esfuerzo para que la varita no comenzara a temblar en su mano–. Firmeza a la hora de castigar a todos los traidores e impuros que lo merezcan. Crucio.
La chica empezó a retorcerse en el suelo y patalear. Sus gritos quedaban ahogados por la mordaza, pero a Regulus le estaba costando mucho mantener aquella maldición. Mantuvo el rostro impasible, pero por dentro comenzó a sentirse ansioso. ¿Cómo podía estar haciendo aquello?
Tras unos minutos que parecieron interminable, paró y miró a sus padres, que sonreían orgullosos ajenos a las lágrimas y las súplicas calladas de la chica.
Ya solo quedaba una cosa. El último paso. La última maldición. La tercera.
–Y para terminar –cerró los ojos y se obligó a seguir con aquello. Ya estaba muy cerca, podía hacerlo–. Firmeza a la hora de acabar con nuestros enemigos.
Quiso murmurar que lo sentía, quiso consolarla, pero sabía que sus padres jamás le perdonarían aquello. Así que, simplemente, levantó la varita, pidió perdón en silencio y rogó porque algún día lograran perdonarle por no querer decepcionar a sus padres.
Y entonces pronunció aquellas dos últimas palabras.
–Avada kedavra.
