Los personajes CC pertenecen a sus respectivos autores. Yo lo soy de esta historia para el simple entretenimiento de la audiencia que se hace presente.

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TRATO HECHO

by

Lady Graham

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En un largo pasillo de dormitorios, sonó una alarma. Por las puertas, rápidamente se asomarían jóvenes uniformadas; y firmes posarían ante la presencia que se plantaría frente a ellas muy pronto.

Procurando hacer el menor de los movimientos con sus cuerpos, los ojos de todas aquellas bailaban intrigados. Normalmente la alarma sonaba a eso de las seis de la mañana. No obstante la recientemente escuchada se había activado a las diez de la noche. Una hora, en la cual cuarenta muchachitas huérfanas, debían estar ya durmiendo. En sí, ya lo hacían; empero el ruidoso llamado las hizo levantarse raudamente para formar una cotidiana fila.

Entre las dos hileras, una tosca mujer, conforme caminaba, las miraba con enojo, incrementándose éste en el momento de llegar a la habitación número diecisiete y observar que, de tres de sus ocupantes sólo había dos. Entonces…

– ¡¿Dónde está Candice?! – preguntó enérgicamente.

Como respuesta, dos jovencitas se hicieron hacia sus costados para dar un paso, encontrándose la mencionada… saliendo del baño y colocando en su cabeza un comiquísimo gorro para dormir.

– Buenas noches, Hermana Grey – saludó la chica. Y quien la miraba de arriba abajo…

– Quiero pensar que ya estabas ahí adentro cuando di la orden de alarma.

– Es que la cena –, se tocó un vientre, – me ha puesto muy incómoda y…

– Está bien. Ahora sal y fórmate con las demás para que todas oigan lo que tengo que decirles.

A toda velocidad la enferma acató el mandato, uniéndose a una de los perfectas líneas, y diciéndole susurradoramente a su compañera…

– Y me imagino que será muy importante que no pudo esperar hasta mañana

– Calla –, le recomendaron temerosamente, – que va a oírte y sin piedad te mandará a dormir en el granero.

– Que lo haga – se dijo alzando un hombro – al fin y al cabo ya hice de aquel lugar una bella suite. ¿Te conté que con los viejas prendas de Eliza hice dos cortinas? –. Debido a que una cabecita hizo negativa, se exclamaría: – ¡Se ven hermosísimas! Sobretodo con los encajes de sus largas pantaayyyyyyyy – le hubo seguido a su sentencia. Y es que la encargada del lugar la hubo pescado de la oreja; y por su rebelde desobediencia la jaló, dando Candice un paso al frente gracias al dolor.

Sobándose y refunfuñando por dentro, la chica oiría en conjunto:

– Como cada tercer domingo de mes, las puertas de este orfanato se abren para aquellos matrimonios que andan en busca de hijos adoptivos. Sin embargo, el día de mañana va a hacerse una excepción. Así que quiero que todas ustedes porten sus mejores uniformes y se conglomeren en la iglesia. Después de realizada una misa, todas podrán convivir con ellos y así ellos puedan elegir. No olviden comportarse si es que desean dejar este lugar.

– Ya lo creo – respondió una quejumbrosa; y porque la oyeron…

– Dudo mucho, señorita Candice, que usted logre conseguirlo.

– ¿Y si sí? – la osada actuaba rebeldemente; y la encargada…

– Prometo comer de sus alimentos.

– ¿Del puré de papá que se ve y sabe como engrudo? – cuestionó una ingenua. Empero otra indagaría:

– ¿Del pollo que sabe a goma?

– ¿O del caldo sabor "agua podrida"?

– ¡BASTA! – gritó fuertemente la que mandaba.

– Pero, usted…

– ¡He dicho basta, señoritas! Ahora vuelvan a sus aposentos; y no olviden lo de mañana. Las quiero a las siete en la iglesia.

Consiguientemente de dada la orden, un silbatazo se escuchó; señal de romper filas para ingresar a las habitaciones. Empero en cuanto se estuvo en una de ellas…

– Candy, ¿de verdad vas a comportarte para irte de aquí?

– ¡Para nada! – contestó la muchachita echándose toscamente a su cama.

– Pero tú dijiste…

– Sé muy bien lo que dije, Lou; y lo hago solamente para fastidiar a la amargada esa.

– Entonces… ¿puedo usar tu uniforme?

– Claro, Anita. Yo voy a usar el que usé hoy. Ahora si no les molesta, voy a dormir. Hasta mañana –; y una delgada sábana blanca la chicuela se echó encima; quedándose afuera dos jovencitas que se miraban entre ellas mientras que la tapada, por debajo, sonreía traviesa y maquiavélicamente ya que… ¡por supuesto que se quería largar de ahí! Pero quería hacerlo libremente. No con padres u otro tipo de parentesco sino… sola.

En su mente ya había ideado cómo sería su vida. También su salida del orfanato; y cada tercer domingo de mes llevaba a cabo sus planes; aunque hasta ese día todos le habían fallado; pero el que tenía en mente… no podía fallarle ésta vez.

– ¡No! – gritó con determinación en su interior y golpeando con su puño la cama. – Mañana será el día, o dejo de llamarme Candice. Mañana me largaré de aquí o… – escaparse ya lo había intentado; y siempre la atrapaban, lo que ocasionaba una mayor vigilancia en su persona. Por eso ni al baño la dejaban sola; pero mañana…

Con la idea maquinada Candice soltó la carcajada. Y quienes ya desde sus camas la veían le cuestionaron…

– Candy, ¿estás bien?

– Sí, chicas, vuelvan a dormir –; porque ella no lo haría sino contar los minutos que le faltaban para que el despertador sonara a las cinco de la mañana. No obstante y una vez arribada la hora…

– ¡Candy, Candy! ¡ya sal del baño!

– ¡Lo estoy usando! – gritaron desde su interior. Y por el exterior…

– Sí, pero nosotras lo necesitamos también

– Candy, yo me hago – decía Anita sujetándose su parte de íntima. Y debido a lo chillón de su voz, una puerta se abrió, dándoles el paso y saliendo la chica de allí para ir a su cama, ponerse de rodillas frente a ella y luego agacharse para sacar un cajón que yacía debajo.

Para ver su contenido presionaron dos seguros. Consiguientemente, Candy miró todo lo que ahí había, dirigiéndose su mano a tomar una grande llave.

Mirándola, ella sonreía; y su mentecita le pedía:

– No me vayas a fallar ésta vez.

Para profesarle su amor, se la llevó a los labios y le dio un beso. Después la metió en su corpiño. Cerró de nuevo su cajón y lo devolvió a su lugar original, disponiéndose al segundo siguiente en su arreglo personal.

Las dos coletas que la caracterizaban no las llevaría ese día sino que trenzaría su cabello, haciéndole peso lo grueso de la madeja que se le movía a todos sus lados y que la lastimaría cuando la aventara muy fuerte.

Pensando que la dominaría, Candy dejó su cabello en paz, sentándose en la cama para aguardar por la alarma de salida.

Hecho así y sus amigas corriendo por lo tarde que se les hacía, la que pensaba huir ese día caminó de lo más tranquila hacia la puerta para formar nuevamente las filas.

Construidas las dos establecidas, las jovencitas de vestidos de una sola pieza en color beige y vivos rojos, comenzaron a marchar por todos los corredores hasta arribar al punto de reunión. No obstante, cuando cruzaban un extenso patio, las dos hileras de huerfanitas de diferentes tamaños pero todas de la misma edad, eran observadas por los visitantes; emocionándose las chicas por ya tener un hogar y los padres por tener una hija. La que no deseaba una cosa ni la otra caminaba ciertamente de manera arrogante, pensando únicamente en el segundo de escapar.

De pronto se escuchó un silbatazo; y esa señal las hizo detenerse.

– ¡De frente! – se gritó; y todas dieron franco izquierdo y quedaron frente a la rectora, la cual estaba acompañada.

Firmes, todas las jovencitas miraban el siguiente movimiento de esas personas. El acercamiento hacia ellas las hizo buscarse entre sus compañeras sorprendidas al escrudiño de un monolente que a su dueño hacía divertido gracias al hondeado bigote que portaba.

– Se parece a Charles Chaplin – se oyó un susurro; también los murmullos de risas ahogadas ante una burda imitación.

– ¡SILENCIO! – se les pidió; y quien había evadido la burla siguió en su análisis, hasta que se detuvo; y sin decir palabra, levantó su brazo apuntando a una morena, una pelirroja, una castaña y dos rubias jovencitas, a las cuales se les ordenaba salir de la fila.

– Las demás pueden volver a su dormitorio

– ¡Pero! – se escuchó alborotadoramente; y de nuevo

– ¡SILENCIO! Y obedezcan.

Pese a los refunfuños, las chicas comenzaron a movilizarse; empero en su marcha, les intrigaba el hecho de haber elegido simplemente a cinco, estando entre ellas…

– Señora rectora, ¿puedo saber qué me tiene aquí? ¿por qué no he ido con las demás?

– Candice, haz el favor de guardar silencio

– ¡No es justo! – se zapateó fuertemente. – Tengo derecho a saber

– Por supuesto, señorita – habló el que la eligiera. – Sólo le pedimos nos acompañe y nos tenga un poco de paciencia.

– No me va a adoptar, ¿verdad? – ella se negaba a moverse de su lugar.

– ¿No te gustaría?

– Honestamente no – Candy se cruzó de brazos habiendo negado con la cabeza.

– ¿Por qué? – se interesaron. Y mayormente de la respuesta…

– Porque… ¡adoro este lugar! – los brazos de la chica se extendieron alrededor.

– ¿En serio?

– Señor Vito, no le haga caso. Le aseguro que está bromeando.

– ¡¿Bromas?! – Candy espetó indignada; y lo que tuviera en mente empezó a surgir increíblemente de la siguiente manera: – ¡¿Le llama broma al cariño desmedido que le tengo?! ¡¿A usted – a la cual corrieron y abrazaron fuertemente – que ha sido como una verdadera madre para mí?!

El rubor que se hizo de la tosca mujer precisamente la hizo titubear…

– Candice… no…

– ¡Por favor, madre superiora, no me aparte de su lado! ¡No me aleje de éste que ha sido mi hogar! ¡Piense que si me aleja de aquí – un cuerpo comenzó a deslizarse al suelo; y de rodillas cayó diciéndose…. – voy a morir!

– Vamos, niña, no es para tanto

– ¡No! – exclamó fuertemente Candice; y exageró su dramática actuación al echarse a los pies de la hermana Grey en el instante de sentir el contacto de una masculina mano.

Asombrados, muchos veían a la chica. Entonces, otra persona diría:

– ¿Por qué no la dejamos en paz y nos enfocamos en las otras cuatro? Ya que es muy obvio que la muchachita no quiere irse por los motivos que nos ha dado.

– Sin embargo… – un tercero se abrió paso para decir – me gusta. Y por lo que acabo de ver, será excelente representando el papel que deseo.

– ¿Ah sí? –, Candy indagaba, – ¿y cuál es ese?

– Primero di "trato hecho" y en el camino a mi casa te lo diré.