Ella se acerca, te habla y te ilumina. Con osada y repentina cercanía juega con tu fuego y te asombra que se maraville con tus escamas, -Draco... -toma tu mano para sí y la amolda a su mejilla, te estremece; la observas y descubres que su afamada mirada perdida está fijada ahora en ti, te vuelve loco y crees que su frágil figura necesita de tu protección, la abrazas, te aferras a su cintura porque de pronto entiendes que también la necesitas. No esbozas palabra, te pierdes en su aroma, en la noche fría que es ella, en su dulzura y en su adictiva locura.
-Pequeño dragón- piensa para sí misma mientras lanza un suspiro, y lo disfruta, disfruta tanto llenarse con tu aroma que lo sostiene en un intento de inmortalizarte en su memoria -Te extrañé -hunde su rostro en tu hombro y notas un efímero tono de tristeza en su voz, te deja frío, pero para ella no hay algo más cálido que el prohibido roce de tu piel contra su cuerpo. -También yo, Luna -Cierras los ojos en señal de alivio por tenerla por fin entre tus brazos, como si hubieras temido no volver a verla, como si la retorcida idea de que sea tuya se rompiera con el hecho de no haberla visto unos días y temieras que se disiparan sus dulces sentimientos por ti.
Ella te mira y se pierde en la profundidad de tus ojos, se ruboriza, se siente desarmada ante tu inmutable semblante y tú fría expresión, ante esa hipnótica mirada cuyos efectos desconoces, pero aun así trata torpemente de ocultar. Cómo pudieron haber coincidido, cómo pudieron congeniar con toda su excentricidad y tu psicópata personalidad disfrazada de cordura, en qué punto exactamente te habías convertido en más que una obsesión... una droga.
Sus infantiles pensamientos son súbitamente interrumpidos por el jugueteo inconsciente de tus dedos en su enmarañado cabello. Toma tu mano, la observa con extrañeza y esconde con sutil indiferencia el gesto casi amable de guardar tu sortija cuando están juntos, y por primera vez piensa que es cierto lo que dicen de ella: "lunática" ... debía serlo por cómo alguien a quien apenas conocía la hacía sentir tan viva, tan completa, tan jodidamente ella. Tiernamente coloca su mano en tu mejilla, sonríe con resignada inocencia y finalmente te besa.
En repetidas ocasiones se prometió a si misma detenerse, pero flaqueaba cada vez que volvía a vete; aun así, no fue su intención dejarte entrar a su vida, y sabía que definitivamente no fue intención tuya dejarla entrar a tu mente. -Sí, estoy loca- Quizás por fin se rendía a aceptar su maniaca naturaleza... o tal vez, simplemente era el efecto del incomparable sabor de los besos de un dragón.
