Esta historia participa en la "Comprobación de varitas" del Torneo de los Tres Magos, del foro la Noble y Ancestral casa de los Black"

Campeona reprensentante de Hogwarts en el Torneo de los Tres Magos 2015/16

Personaje/s: Garrick Ollivander y Cedric Diggory


Abrillantador de varitas


Es muy posible que esta historia no os suene de nada, pero olvidad lo que leísteis; he aquí la verdadera versión de los hechos.

Tras inspeccionar la varita de la señorita Delacour, llamé a Cedric Diggory. Nada más verle recordé la última vez que le vi; medía mucho menos que ahora y su mayor entretenimiento era el de encontrar tesoros dentro de su nariz. Tesoros que, por cierto, me dejaba el muy guarro pegados en el mostrador.

Cuando cogí su varita supe cuál era. Y no es para menos, porque estuve días detrás de ese unicornio que casi me cuesta… ejem… la virilidad. No sé si me explico. Tenía muy mal genio el condenado.

Examiné minuciosamente aquella varita, sonriendo al recordar mi estupenda y maravillosa obra de arte y, aunque parecía la misma que le entregué siete años atrás, tenía un tacto un tanto… peculiar.

—Le di brillo anoche —confesó el muchacho con una sonrisa. Ese gesto hizo que me diera cuenta de todo. Me la acerqué a la nariz y… «¿pero qué…?»

Aquellos anillos que hice salir de la varita confirmaron mis sospechas. Miré de reojo a Diggory, percatándome en la insignia en su chaqueta, recordando lo «bien» que se lo pasan en esa casa. Sonreí nerviosamente y le devolví la «desvirtuada» varita.

—Como sigas dándole ese tipo de brillo, tú también brillarás… —murmuré, mirándome sin entender nada.

Llamé al campeón de Durmstrang, suplicándole a Odín que, por lo que más quisiera, su varita no corriese la misma suerte.


NDA: Casi que prefiero no decir nada. Sí, va a ser lo mejor. Y ya que vuestra imaginación vuele por sí sola.

Al igual que tampoco os culpo si estáis en un rincón abrazados a vosotros mismos.

Si os sirve de consuelo, podría haber sido peor. Las 250 palabras no me dieron para todo lo que tenía en mente. :D