Descargo de responsabilidad: Akatsuki no Yona no es mío... *suspiro*


SIN SAL

En Fuuga no hay sal.

Hace días que se agotaron las últimas piedras de sal. Por culpa de la Tribu del Fuego, evidentemente. Si bien las hostilidades han cesado, Soo-Won ya ha sido coronado rey, y ciertos fugitivos (cuyo nombre aquí no será mencionado) hace días que han marchado, Tae-Woo, actual líder de la Tribu del Viento, no hace más que protestar. Sin sal, los rábanos o las acelgas —aghh—, no hay quien se los coma… La comida sabe horrible, y los nabos, lo que más… Puaj…

Los mercaderes aún se están recuperando de sus heridas y no han vuelto a los caminos ni a sus negocios. Así que la forma ordinaria de conseguir la sal que viene desde el país de Xing no funciona…

Son Mundok intenta apaciguar los ánimos. Las cocineras del castillo lo rodean, amenazándolo con sus cucharones, las madres y señoras del pueblo las secundan, y Son Mundok, otrora general de la Tribu del Viento, héroe de mil batallas, tuvo miedo… Porque en sus ojos vio que no atenderían a razones.

—Yo iré… —dijo Han-Dae—. Al fin y al cabo, soy el jinete más rápido de toda la tribu, ¿verdad?

¿Jinete? Aunque nadie lo ha visto nunca sobre un caballo…

Y antes de que pudieran objetar nada, se convirtió en una exhalación borrosa y se fue.

Han-Dae corrió y corrió. Cruzó valles, vadeó arroyos, tuvo un par de sustos con osos de los bosques…, se enredó en mil zarzas silvestres, tropezó con algunas piedras que le dejaron severos chichones, y finalmente llegó a la capital de Xing. Compró a buen precio dos inmensos sacos de sal, que es de suponer cargó sobre su montura misteriosa, y volvió a recorrer el camino a la inversa…

Tras las piedras, chichones, zarzas, arañazos, osos, sustos, chapuzones inesperados y un panal de abejas que nunca jamás debió ser molestado, Han-Dae regresa hecho una pena a Fuuga. Arrastra tras de sí los dos enormes sacos llenos de sal, que las cocineras del castillo se apresuran a arrebatarle y repartir entre la población…

Entre el frondoso bosque de piernas, yace derrengado el maltrecho Han-Dae, casi al punto del desfallecimiento. Tae-Yeon, el hermanito de aquel que aquí no iba a ser nombrado, lo pincha con un palo para saber si respira…

—¿Han-Dae? —dice el pequeño.

—Oh, vamos, ya se murió otra vez… —exclama con disgusto Tae-Woo—. Tsk, este chico…

—Llevadle el cadáver a sus padres para que le den honorable sepultura… —ordena Son Mundok.

—¡Oi! ¡Estoy vivo! —dice una vocecita en el suelo.

—¿Crees que me pueda quedar con sus cosas? —pregunta Tae-Woo al antiguo líder.

—¿Es que no me oyen? ¡Estoy vivo! —más o menos grita esa vocecita.

—Yo me pido su caballo… Tengo curiosidad por verlo… —continúa Tae-Woo.

—Estoy… vivo… —dice esa misma vocecita al borde ya de la inconsciencia.

—Al menos esta noche, habrá buena comida en la mesa… —le comenta Son Mundok al nuevo general.

Y mientras se llevan su cadáver puede oírse un débil "…toy…ivo…".

Muy mala costumbre la que tiene Han-Dae, la de estarse muriendo a cada momento…