PREFACIO
Tú, quien me ahoga en mi llanto.
Culpable de que muera cada noche,
sumergida en recuerdos del pasado.
Cruel tirano del olvido, que como una soga
aprieta en mi cuello, apretando hasta morir,
cada noche que cierro los ojos,
en donde tú apareces,
en mis sueños, mis miedos.
En donde nos volvemos a ver,
en donde te abrazo y te toco.
En donde nuestros labios se juntan de nuevo,
formando uno solo, volviéndome a arder como aquella vez,
queriendo morir de nuevo.
Desde mis pesadillas,
entre tus brazos y entre mi llanto,
que me ahoga cada noche,
esperando tú llegada,
en el fondo de mi corazón,
en donde no hay esperanza,
y donde el vacío es lo único que encontraras en él.
Tú fuiste quien lo vació, aquel día,
cuando te juré amor eterno,
cuando tu morías por mi, y yo por ti.
Una época en la que la luz estaba en nuestros corazones,
y el odio solo era un rumor.
Pero tú sembraste odio en mi alma,
sin yo poder evitarlo.
Mi corazón vacío lo agarro con fuerza,
pensando que era la esperanza la que se asomaba.
¡Qué ingenua de mí!
Pero, serás tú quien me salve de este olvido,
que me consume con cada bocanada de aire,
con cada suspiro,
con cada latir de mi duro y muerto corazón.
Tú, culpable de todo,
serás mi salvador,
serás el que traiga paz a mi alma
y me salve de esta pena que me ahoga
sin tus brazos…
SUEÑOS
Corría otra vez por aquel pasillo iluminado. En las paredes colgaban unos retratos, que parecían reírse de mí. Conseguí vencer el miedo, y giré la cabeza. Aterrada observé que por donde yo había pasado se encontraba a oscuras. Corrí con más fuerza. Me costaba respirar y el miedo tampoco ayudaba. El pasillo era infinito. Seguí corriendo, hasta que tropecé. Me torcí el tobillo, y caí hacia delante. Por suerte conseguí colocar las manos para parar la caída. Miré hacia atrás. La oscuridad venía y no podía hacer nada, salvo gritar.
Me levanté sobresaltada. Me costaba respirar. Me dolía la garganta y la cabeza. Otra vez había tenido un sueño. Sueño tras sueño. Esa era mi vida. Conseguí levantarme de la cama. Llevaba puesto mi pijama de seda color azul claro. No me acordaba de que había hecho la noche anterior. Supongo que debí de beber demasiado. Nunca fui una gran bebedora, que le voy a hacer. La cama se encontraba totalmente desecha, las sabanas rojas estaban esparcidas por todo el suelo. Anduve hasta la mesa que se encontraba en la habitación. La mesa era de caoba, de un color marrón oscuro, precioso. Encima se encontraba mi bandolera. La solía utilizar de bolso. Al fin y al cabo era lo más cómodo. También había algunos papeles, cartas sin abrir, y algún que otro libro de mis favoritos, que me había comprado hace ya mucho tiempo. Tumbada en la mesa sobre los papeles, se encontraba una botella de Bourbon vacía. Qué mal me sentaba… "Nota mental: no volver a pedir Bourbon."
Busqué a tientas el cajón de la mesa. Cuando di con él, lo abrí. Dentro de él estaba un reloj de mesilla enorme de color rojo metal. No me acordaba donde lo había puesto, aunque nada mas verlo recordé por que lo había dejado allí. Me lo había regalado Sussan por uno de mis cumpleaños. Dijo que así se aseguraba de que no volvería a llegar tarde. Según el reloj indicaba que eran las once y veintitrés de la mañana. Nunca funcionaba el reloj, no había dejado de llegar tarde ni una sola vez desde que me lo regaló, y por supuesto aquel día no era una excepción.
Dejé de observar el ostentoso reloj y busqué el bote de pastillas. Cogí tres pastillas, tan grandes como un botón, y me las tragué de una en una. No me gustaba automedicarme, pero si no había más remedio, tampoco íbamos a hacerle ascos. Noté como el dolor de cabeza aminoraba. Esperaba que hiciera efecto inmediato. No podía soportar ir al trabajo con aquel espantoso dolor de cabeza. Me dirigí al oscuro pasillo. A la mitad de este, se encontraba el baño. Entré en él. Fui al lavabo y me miré en el espejo. Había tenido mejor aspecto, la verdad. La luz fluorescente de la habitación marcaba más mis ojeras, que estaban debajo de mis ojos grises pardos. Bebí un poco de agua, la cual me secó más la garganta, y me quité la ropa. Las heridas del hombro derecho habían cicatrizado bien. No tenía de que preocuparme. "Para que preocuparse". Dejé de pensar en eso, solté la coleta de mi pelo, el cual era un color miel con alguna mecha rubia, que volvía mi rostro mucho más joven de lo que era realmente, y me metí en la ducha.
El agua caliente me relajó bastante, pero supe enseguida que tenía que darme prisa, sino quería que me volvieran a echar la culpa del retraso. Me coloqué una toalla alrededor de mi cuerpo. No sabía muy bien el por que hacía eso. Creo que era por que llevaba demasiado tiempo sola…
Llegué de nuevo, por el pasillo oscuro, hasta mi habitación. Me dirigí a mi armario y lo abrí. Dentro de él había un motón de ropa, la cual había dejado de usar hace mucho. Saqué un pantalón negro y una camisa de color blanca y me los puse. Miré dentro de los bolsillos del pantalón. En uno de ellos estaba mi mp3, del cual casi nunca salía de allí sin él. En el otro bolsillo se hallaba mi placa. Era un trozo de cuero de color negro, en donde habían pegado unas placas de color plateado de forma lineales, acabadas en punta, las cuales decían que simulaba los rayos de sol, aunque para mi era una chorrada. Debajo de estas se encontraban dos líneas de números.
La primera era tan larga que al llegar a la tercera cifra, me daba miedo continuar. El último número, era mi número de identificación, el cuarenta y cinco. "¡Maldito número!" El único responsable de que aun siguiera allí. O al menos eso creía. Ambos números estaban grabados sobre el cuero con un color blanco plateado.
Volví a guardar mi placa en el mismo bolsillo del pantalón. Cerré el armario y cogí mi bandolera. Comprobé si llevaba la cartera, las llaves y el móvil conectado. Me acerqué al montón de libros de encima de la mesa y cogí uno de mis favoritos, El mercader de Venecia, el cual se veía que había sido leído muchas veces, la portada estaba algo rallada, y la solapa había tenido que pegarla en mas de una ocasión, por lo que solía tratarlo con más cuidado, una primera edición muy bien cuidada. Lo guardé en la bandolera, colocándolo al fondo de esta. Yo aun me preguntaba como podía leer esas cosas, pero desde siempre me sentía atraída por los clásicos.
Me colgué la bandolera en el hombro derecho y justo en ese momento, escuché un ruido. Provenía de la puerta del fondo del pasillo. Era el sonido que producía la puerta metálica al ser golpeada con algo. Una voz salió de detrás de la puerta.
-¿Estás despierta? Espero que lo estés, no pienso esperarte más.- dijo la voz nerviosa.
-Ya voy.- le contesté a aquella voz familiar.
Fui por el pasillo hasta la puerta y la abrí. Delante de mí se encontraba un chico joven. Vestía de forma extraña. Llevaba puesto un pantalón vaquero con unas chanclas y una camisa apretada de color gris, que hacía que se le marcase su abundante musculatura. Llevaba unas gafas de sol, que se retiró al verme. Sus ojos eran de un verde intenso, y tenía un pelo negro como el azabache, demasiado largo para mi gusto.
-Déjame coger un abrigo, calzarme y nos vamos.- le dije
Hizo un gesto de indignación al oír mis palabras, pero yo, ignorando sus quejas, me dirigí a una sala al lado del hall. Era la cocina. En una mesa se encontraba mi casaca vaquera. La cogí y me puse a buscar mis botas negras. Una de ellas estaba debajo de la mesa, y la otra estaba en la terraza de la cocina. Me senté en una silla y me las puse corriendo y salí de allí volviendo a la entrada.
-Lo siento, Mike.- le dije. La verdad es que no lo sentía, lo mejor era no asistir a las reuniones de la mañana, solían darme dolor de cabeza.
-Como si lo sintieses.- dijo en un susurro con voz apesadumbrada.
Salí al pasillo. Era un sitio espacioso. Enfrente nuestra había otra puerta metálica y en donde debería de estar la mirilla, había un número de dos cifras, de color plateado. Me giré para cerrar la puerta. En la parte delantera de la puerta, resaltaba el número cuarenta y cinco en color platino. Cogí las llaves de la bandolera y cerré la puerta con llave. Después volví a guardarlas, y me fui con Mike mientras este seguía quejándose por mi tardanza. El pasillo por el que íbamos estaba demasiado iluminado, no ayudaba en nada en mi resaca. Hice ademán de taparme los ojos y Mike se dio cuenta
-Me parece increíble.- dijo indignado.- No sé como los jefes toleran tu problema con el alcohol, igual que tus faltas de puntualidad. Nos llega a pasar a otros y seguro que nos expulsarían, es más, no se ni como no me han expulsado ya a mí.
-Deja de quejarte. Algo bueno tiene que tener ser tu compañera ¿no? Pues ya sabes, no asistir a las reuniones matinales es una.
- Eso más bien es una maldición. La gente va pronto para coger buenas misiones. Al final siempre nos tocan las peores.
-¡Qué va! Si al final siempre nos lo pasamos bien.
Se giró hacia mí, y estuvo a punto de contestarme, pero paró, y en vez de contestar, me miró con mala cara. Aun frunciendo el ceño, su atractiva mirada no perdía ni un ápice de su dulzura. No sé como no se había casado y había vivido feliz, lejos de este horrible lugar. Aunque tampoco puedo echárselo en cara, debí de haber hecho eso hace casi dieciséis años. Pero como una estúpida que soy, no lo hice y desaproveche mi única oportunidad de vivir feliz. Por eso tampoco se lo puedo reprochar a él.
Llegamos hasta la puerta del ascensor. Las puertas se abrieron y dentro estaba Sussan. Era una chica alta, que a pesar de todo, solía ponerse tacones muy altos. Su pelo naranja le llegaba hasta la cadera y normalmente lo tenía recogido en una coleta alta, que dejaba ver unos ojos negros detrás de unas gafas sin montura. Su cara parecía de una chica de quince años, y la verdad es que no tenía muchos más.
-¡Angella, Mike!- nos saludo chillando, mientras saltaba de alegría.- ¡Cuanto me alegro de veros!
-Sussan, nos viste ayer.- le repliqué
-¡Siempre es un placer volver a veros!- dijo sin perder la alegría
Entramos en el ascensor, me puse al lado de Sussan. La verdad es que era una chica increíble. Maja y simpática. ¿Cómo había acabado aquí? No tengo ni idea. No nos gusta hablar de nuestro pasado a los que estamos en la organización. Normalmente son pasados tristes, en donde las familias les maltrataban, les abandonaban o la misma sociedad les excluía, como en mi caso.
-¿Has asistido a la reunión?- preguntó Mike.
-Desde luego, no hay día que no haya asistido a una reunión desde hace diez años.- dijo con orgullo. Era lo único que estaba en contra suya.
-No sé como te pueden gustar esas estúpidas reuniones,- le repliqué- donde nos tratan como si fuésemos sus sirvientes, o como sus experimentos. Encima, es solo una forma más de separarnos entre nosotros mismos. No me extrañaría nada que la guerra saltara en cualquier momento.
-Que poco positiva eres, Angella. Yo siempre he visto esto como una salida a nuestros problemas.- dijo Sussan.
-Aunque supongo,- continua Mike- que si hubiera una guerra, tú ya lo sabrías y nos lo dirías ¿verdad?
Me limité a reírme. Al escucharme, se pusieron muy nerviosos. Estaba segura de no ser por que éramos amigas, Sussan se habría tirado a mi cuello.
-¿No me digas que lo has visto?- chilló histérica Sussan.- ¿Nos lo dirías, verdad?
Después de disfrutar un poco más de su miedo, les conteste relajada.
-No os preocupéis, no he soñado nada.- Soltaron un suspiro de alivio al oír mis palabras.-Pero, - continué- recordar que no siempre sueño todo, y sobre todo recordar, que no siempre se cumplen como lo sueño.
-Aunque esa es tu función ¿no?- dijo Mike, cuya cara parecía más relajada después de escucharme.- ¿No te aceptaron en la organización para que tus "visiones" no se cumplan? Creo que esa es la única razón por la que aun te mantienen con ellos.
-¡Mike!- le grito Sussan.
-Tranquila Sussan. Tiene razón. Se hartaron de mí hace ya mucho. Solo me quieren por mi don, aun siendo uno de los mas inútiles que he visto en toda mi vida, que son muchos. Incluso el tuyo, Sussan, el tuyo es más valioso que el mío.
-Eso no es verdad.- dijo Sussan, con voz triste.- Soy incapaz de usarlo como es debido, y eso que estoy practicando mucho. Soy una inútil.
-Vamos, vamos.- le dije agorándola por los hombros, cuidadosamente, dándole mi calor.- Eres aun joven. Aun te queda mucho que descubrir y ya eres un genio.
Acabe abrazándola, como si fuera mi hermana. La tenía mucho aprecio. Sabía que hacia mal. Algún día yo me iría y ella se enfadaría conmigo. Pero hasta que llegara ese día, intentaba que su vida fuera más agradable. La separé un poco de mí, y la sequé unas lágrimas que le caían por la cara.
-Vamos. No querrás que te vean que has llorado ¿verdad?- le dije.
Ella negó. Esas palabras siempre la tranquilizaban. Le dediqué una sonrisa y el ascensor, al fin, se detuvo en el piso veintiuno.
-Nuestro piso.- le dije a Sussan, mientras Mike, y yo salíamos del ascensor, y entrábamos en un pasillo.- ¿Qué misión te ha tocado? – le pregunte desde la puerta del ascensor.
Entre un moqueo constante consiguió hablar, con la voz mas clara que podía tener.
-Tengo que vigilar a un empresario en Londres.
-Entonces nos vemos mañana por la mañana ¿no?- no esperaba respuesta, así que continué- Nos vemos ¡Suerte!- le conseguí decir antes de que se cerraran las puertas del ascensor.
-La aprecias demasiado.- me dijo Mike.- Será tú perdición.
-Crees que no lo sé.- suspiré- Pero ella es la única que recuerda por que aun estoy aquí, y es capaz de recordármelo. Lo único que le puedo ofrecer es mi cariño, y aun así soy demasiado fría a veces con ella. Sé lo que se sufre, y no es muy agradable, la verdad.
Avanzamos por el pasillo, que era idéntico al anterior. Las paredes estaban recubiertas de baldosas blancas, y del techo colgaban muchas lámparas fluorescentes. En el suelo había una alfombra negra que recorría todo el pasillo. Por este había mucha gente, corriendo, hablando, chillando. Se notaba que está era la planta de administración, era un completo caos. Y mi dolor de cabeza aumentaba.
Caminábamos hasta el final de pasillo y accedimos a una sala enorme, por unas puertas de cristal. La sala era como un ordenador gigante. Nada más entrar, bajamos unas escaleras de mármol de color blanco. Las paredes eran de un azul oscuro. En el centro de la sala, el estúpido símbolo de la organización (los "rayos" de sol), estaban dibujado en el suelo, de un color amarillo, sobre un fondo negro. Llegamos hasta el centro de la sala.
A ambos lados de la sala había hileras de mesas, en las cuales había seis ordenadores por mesa, y en cada ordenador, alguien tecleando. Menos mal que no era de ellos, no sería capaz de trabajar allí. A veces me alegraba de ser una Illuminati. El fondo de la sala era un ventanal que dejaba ver la calle principal. Las vistas eran increíbles. Se notaba que aquí el dinero era lo de menos.
De repente, las puertas de cristal se abrieron a nuestras espaldas.
-¡Vaya! Así que al final te dignas a venir. Gracias con honrarnos con tu visita.
Suspiré. Odiaba aquella voz. Me giré en mitad de la sala. Y allí estaba él. Un hombre alto, joven, su pelo corto era de un color marrón caoba. Con unos ojos grises, casi verdes y una sonrisa, que iluminaba aquel asqueroso rostro. Una de las personas más solicitadas para salir en las portadas de las revistas. No le soportaba. Su ego hacia que no entrara nadie más en la habitación. Que persona más odiosa. Era una persona asquerosamente rica, solo hacía falta ver su gusto a la hora de vestirse. Solía llevar un espantoso traje, último modelo, de la marca Armani. Casi todos solían ser de un color negro, aunque esta vez llevaba uno de un rojo oscuro, espantoso.
-Max.- le salude educadamente.- Siempre estoy a tu disposición
"Antes me gustaría más despiojar a un mono"
-Espero que ya estés…mejor.- dijo. Había llegado hasta nuestro lado en medio de aquella enorme sala. No se oía nada más que nuestra conversación y el teclear de los oficinistas. Su voz sonaba potente y áspera. La verdad, siempre era desagradable conmigo, no creo que su odio por mi, fuera más grande que el mío por él.
-Si, muchas gracias por preguntar, puesto que no han cicatrizado gracias a ti.
-Siento mucho no haberte podido ofrecer algo para que te pusieras mejor antes. No hay nada más importante, que la salud de nuestros…"empleados"- dijo con una sonrisa en sus labios. Parecía disfrutar de cada herida que me hacía.
-Por supuesto.- le dije devolviéndole una sonrisa
Max se dio cuenta de la presencia de Mike. Por lo general solía ignorarlo, sobre todo, por que prefería mil veces más meterse antes conmigo, que con Mike. Esa obsesión no la soportaba. No entendía muy bien porque, pero siempre, desde que ascendió por enchufe, hasta llegar a ser el jefe, desde el primer momento que me vio, siempre mostraba rechazo. Aunque eso no era lo peor, solía fastidiarme mis misiones, o darme las peores. Otra razón por la cual no asistir a las reuniones matinales, daba igual que llegase antes o después, siempre me iban a dar la peor, entonces ¿para que iba a ir?
-También seas bienvenido, Michael. No me había dado cuenta de que también estabas con nosotros.
Mike se limito a sonreírle, mientras le lanzaba una mirada hostil. Menos mal que sabía que Mike ya se controlaba, desde hacía más de seis meses, no me hubiese gustado estar presente cuando él se enfadara. Demasiado peligroso, incluso para mí.
-¿Qué nos has guardado?- le pregunté a Max
Max sonrió, con ese aire de superioridad que le caracterizaba. "¡Dios que asco!" Levantó una mano hacía el cielo y dio un chasquido con sus dedos. La cristalera del fondo de la habitación se tintó de negro, y como si de un ordenador se tratase, empezaron a aparecer iconos. Él seguía sonriendo, disfrutando del momento. Seguramente pensaría que al parecerse a uno de los nuestros tendría más poder. Pero en mi opinión, me parecía una muestra de debilidad querer parecerse a nosotros.
Max anduvo hasta el primer ordenador de la larga fila de ordenadores que se encontraban en la sala. Enfrente de este, se sentaba una chica con el pelo negro, recogido en una coleta.
-Enséñales la operación número, E nueve punto ciento dos. – le dijo Max a la chica, que nada mas decírselo, se puso como loca a teclear.
"¡Mierda!" La misión no era gran cosa, como era de esperar. La primera letra de la parafernalia que había soltado Max, indicaba que era dentro del país, en el Estado numero nueve, San Francisco. Después del punto, solamente era el número de la misión.
No soportaba tener que moverme por Estados Unidos. Quería poder retirarme algún día, y quería quedarme en mi país, y no tener que estar deambulando por todo el mundo, por que me odiasen, o por que hubiesen puesto precio a mi cabeza. Pero la verdad es que hacía mucho que no tenía una misión, así que no se lo iba a reprochar.
En la pantalla del fondo, empezaron a salir fotografías y textos, algunos de revistas, otros con el sello de la organización. En mitad de la pantalla se abrió la imagen de un hombre, de unos treinta pocos años. Tenía el pelo marrón claro, corto. Sonreía de forma picara, y dejaba ver sus colmillos sobre sus labios. Tenía unos ojos miel irresistibles, que se marcaban mucho sobre su piel, que tenia un toque bronceado de película. Me asombre al volver a ver a aquel hombre después de tanto tiempo… Cuando…
No importaba…
Me quite ese pensamiento de mi mente, y atendí a la explicación de Max.
-Este es Derek. Derek Old. Treinta años.- "Casi"- Actualmente es el propietario de la compañía hotelera "The Poacher" – Sabía algo de esta compañía, pero nunca hubiese sospechado que el fuera su actual propietario. Siempre fue un niño rico, seguramente la habría comprado.- Esta compañía,- continuó Max.- como sabréis, esta por todo Estados Unidos, y por algunos países de Europa
Nos quedamos esperando a que diese algún dato más. Incluso yo sabía más de él de lo que Max contaba. ¿Esa era su información privilegiada? Max empezó a pasear por la enorme sala, de un lado para otro.
-Actualmente,- continuó al final. Quería dar un aire de misterioso al asunto. "Será imbécil"- Derek se encuentra en sus instalaciones hoteleras de San Francisco, en donde debe reunirse con esta mujer.- le dio permiso a la chica frente al ordenador, para que dejase ver otra fotografía. La imagen se puso al lado de la de Derek. Era una mujer de tez pálida. Tenía el pelo corto de color blanco, con flequillo que caía sobre el ojo derecho, que eran de un azul marino profundo. En la fotografía no sonreía, estaba en la típica pose de revista.- Miria Priestess, propietaria de dos entidades bancarias, con más de miles de sucursales por todo el mundo.- "Pobres no son"
-¿Y qué posible interés pueden tener un hotelero y una bancaria?- preguntó Mike
Max dejó de pasearse por la sala, y miró a Mike sonriendo.
-Hay esta la cosa. Esta noche se celebra una… gala en nombre de la unión entre ambas compañías. El porque oficial, es la unión de dos entidades a favor del crecimiento económico. Pero la verdad es distinta- volvió a poner un tono misterioso.- Tanto Derek como Miria, representan dos de los jefes de las bandas más importantes de los "Obitus". Claro está sin contar a nuestro querido amigo William.- añadió.- La unión de estas dos bandas es una gran amenaza. Es cierto que no tenemos prueba de dicha unión, pero para eso vais.- dijo sonriendo
-Entonces, ¿nuestra misión consiste en colarnos en una fiesta privada y espiar a dos "Obitus"?- le dije
-Casi. No os vais a colar.- metió la mano en su bolsillo interior de la chaqueta de aquel espantoso Armani rojo, sacando dos papeles de color negro, con una letras plateadas encima.- Habéis sido invitados a la gala.- extendió la mano y nos otorgó a cada uno una invitación. Nada mas cogerla, la miré por encima, y la guarde en mi bandolera.- Solamente intentar no destacar demasiado. Aunque os reconozcan en la gala, no os pasará nada. Estamos en tiempos de paz, y, además, no les viene bien que entremos en guerra ahora. No hay de que temer.- "Claro, como no va él ¿qué más le da lo que nos pueda pasar?"- Mucha suerte.
Después de aquellas palabras nos sonrió y nos extendió una gran carpeta, a cada uno, en donde seguramente, estaba toda la información, y más, que nos había contado. La guardé en la bandolera. Nos giramos para irnos, pero antes de poder dar siquiera un paso, Max nos volvió a hablar, haciendo que nos detuviéramos para escucharle.
-Por cierto Angella,- dijo mi nombre arrastrando todas las palabras y pronunciándolo mal.- ¿sabes que día es hoy? Hoy es veintitrés de Abril.- dijo sonriendo.
El alma se me fue al suelo. En la cara de Max se dibujaba una sonrisa perversa y desagradable. "¿Cómo podía llegar a ser tan mala persona?" Me limité a asentir, ignorando el verdadero significado de aquel día, para aunque solo sea, no darle el placer a Max de haberme incomodado
-Suerte.- concluyó definitivamente, después de observar mi cara, y sentirse decepcionado, puesto que no reaccioné como el quería.
Subimos aquellas escaleras de mármol, y salimos por las puertas de cristal, accediendo al pasillo. Cada paso que daba era como una puñalada en mi pecho. Me detuve en mitad del pasillo blanco. Cerré los ojos e intenté respirar profundamente.
-¿Estás bien?- me dijo en voz baja una voz segura, Mike.
Tarde en responder. Era difícil hablar cuando ni siquiera te llegaba suficiente oxígeno como para que la sangre circulase correctamente.
-Sí, lo siento.
-No te disculpes.- dijo.- Max es un cabrón, no tenía que haberte dicho eso. Ha sido cruel por su parte. Pero, ¿qué se puede esperar de él? Tenía que haberle dejado estampado contra el suelo, no creo que se le ocurriera volver ha hacer otro comentario igual en mucho tiempo.
Volví a abrir los ojos, después de superar los duros recuerdos del pasado, después de las palabras de Mike, que ciertamente, me ayudaron, conseguí no ponerme a llorar. No sé de donde pude sacar tanta voluntad. Aunque la verdad, después de quince…, digo, dieciséis años, debería de haberme recuperado, pero aun así, no pude evitar sentirme así con esos recuerdos. Respiré profundamente tres veces y conseguí mirar a la cara a Mike.
Él estaba cerca de mí, al ver que le miraba, intentó sonreírme. Le devolví mi mejor sonrisa, una sonrisa pobre, para no preocupare. Ya les molesté demasiado, tanto a Sussan como a Mike, como a Sally, todos me habían ayudado mucho. Lo menos que podía hacer era no preocuparles.
-No te preocupes Mike, si hubieses echo algo, lo más seguro es que te hubiesen expulsado o enviado a la cárcel, por agresión. Entonces, ¿explícame, con quién haría la misión de esta noche?
Le dediqué una sonrisa. Intenté que fuera lo más cálida posible. Él me devolvió una sonrisa y supe que no iba a insistir más en el tema.
-Vamos a recoger nuestras cosas, tendremos que coger un traje de gala para la fiesta.
Asentí y nos montamos en el ascensor hacía nuestras habitaciones.
Abrí la puerta de mi habitación. Mike se despidió y continuó andando por el pasillo, hasta que desapareció de este, para entrar en otro. Entré en aquel conjunto de salas, que eran mi piso. Me dirigí al final del pasillo y entré en mi cuarto. Las sabanas estaban ya sobre la cama, que se encontraba echa. El suelo de madera se notaba que había sido fregado hacía poco tiempo. Me dirigí hacia el armario. Busqué por la parte de abajo alguna mochila. Al final dí con ella. Era de un color rojo oscuro con detalles en negro, capaz de almacenar el material suficiente para hacer escalada. Busqué entre las prendas colgadas, un vestido. Recordaba que debía de tener alguno por algún lado. Encontré uno. Era largo, hasta los tobillos, de un color blanco, con pequeños detalles en forma de flores en color azul celeste. Solo tenía un tirante en el lado derecho. En la parte de la falda había una pequeña abertura, que dejaba ver la pierna. Dejé de mirarlo y lo eché sobre la cama. Si tenía otro prefería ponérmelo. No podría llevar puesto ese vestido.
Ese no.
Busqué durante media hora por toda la habitación. ¡No podía ser que no tuviese otro vestido! Dejé el tema del vestido a un lado. Me puse a buscar zapatos de tacón. Solo tenía un par, de color blanco. Todo indicaba que tenía que llevar ese vestido. Suspiré.
"¡Maldita sea! ¿Tenía que ser ese? ¿Acaso no había tenido tiempo para comprarme uno? Pero claro, ¿se puede saber para que quería yo un vestido?"
Lo metí de mala gana en la mochila junto a los zapatos. Fui hasta el baño con la mochila. Cogí una pinza, en forma de mariposa, para recogerme el pelo. Cogí el maquillaje básico y lo metí todo en la mochila, en uno de los bolsillos delanteros, no quería manchar el vestido. Salí del piso echando la llave. Llevaba la mochila, la bandolera y la casaca. Seguramente tendría que haberme llevado algo elegante para taparme, pero daba igual, tampoco tenía mucho tiempo, y el tema del vestido me había mosqueado. Cerré la puerta con llave y me dirigí hacia la habitación de Mike. Era raro que tardase el más que yo. Llegué frente a su puerta, en ella estaba su número, el quinientos catorce. Llamé fuertemente a la puerta con los nudillos, dos veces.
-¿Estás ya, Mike?- dije intentando escuchar cualquier ruido que proviniese del interior.
-Ahora mismo salgo.- dijo detrás de la puerta metálica.
Me apoyé contra la pared de enfrente de la puerta. Al minuto abrió la puerta alterado.
-Siento la tardanza.- dijo mientras respiraba con dificultad.
-No pasa nada,- le dije sonriendo.- pero solo por esta vez. No se te debe tolerar tales retrasos, luego que me dirán a mí, ¿y si me expulsan?, bla bla bla…- dije en tono burlón.
-Ja, ja. Muy gracioso.
Se dio la vuelta y, sacando las llaves de uno de los bolsillos del pantalón baquero, cerró la puerta. Llevaba en la otra mano una mochila, algo más grande a la mía
-¿Qué te vas a llevar?- le dije señalando la mochila que sostenía.
-Un esmoquin que conseguí encontrar debajo de toda mi ropa. No me acordaba que tenía uno, estaba por llevarme un chándal.
-Que exagerado. Max te podría haber dejado uno de los suyos, que son tan bonitos- dije exagerando las palabras, en el momento adecuado.
-Si… preciosos…
Nos reímos mientras nos dirigíamos al ascensor. Llegamos a la planta baja, y cogimos nuestro coche (entre tantos más) y nos dirigimos hacía el aeropuerto.
