Para él, se trataba de la niña más linda del mundo, de grandes ojos azules iguales a los de su madre, la mujer a la que amaba más que a nadie. Esa niña era la alegría de su vida, la confirmación de que Dios lo consideraba un buen hombre y la certeza absoluta de que el destino finalmente se había puesto de su lado.

Recostado en su cama apretaba los ojos fingiendo dormir, mientras sentía como un par de pequeñas manos lo sacudían del brazo, y una voz insistente y decidida lo resondraba: "papi, levántate, no estás dormido, ¡ven a jugar conmigo!". Pero pretender estar dormido formaba parte del juego, la pequeña encontraría la manera de subir en la cama y abrirle los ojos a la fuerza. Y entonces, él la atacaría a cosquillas, para finalmente rendirse a sus órdenes y levantarse para ir a jugar.

Si alguien le hubiera dicho que llegaría el día en que una niña de poco más de tres años haría de él lo que quisiera se hubiera reído de buena gana, sin embargo, si lo pensaba bien eso fue precisamente lo que pronosticó Angela el día en que su hija llegó a este mundo. Por un segundo, cerró los ojos y recordó…

Huesos estaba dormida sobre la cama de la habitación, recuperándose del trabajo de parto que resultó extenuante e interminable. Él le acariciaba la frente, acomodándole el cabello desordenado, mientras le besaba una mano con ternura. De pronto, sintió una mano cálida sobre el hombro, era Angela que había ingresado a la habitación sin hacer ruido y lo miraba con una sonrisa enorme. No pudo ni voltear y se sintió envuelto en el abrazo más sincero del mundo, la mejor amiga de la mujer que amaba le estaba diciendo sin palabras que a partir de ese día era su mejor amiga por extensión, la hermana que nunca tuvo.

Angela lo liberó del abrazo y se colocó junto a él, observando a Brennan que descansaba con los cabellos húmedos, despeinada, el rostro relajado aunque cansado, y con una sonrisa hermosa apenas perceptible. En voz muy baja le susurró "ahora somos familia, eres el padre de mi sobrina preferida", entre nos "mi ahijada" agregó, guiñándole un ojo. Booth separó los labios para tomar aire y replicar que probablemente Huesos nunca aceptaría que bautizaran a la nena, pero antes que pudiera decir palabra Angela se puso un dedo en los labios indicándole que guardara silencio y aclaró "te ama más que a nadie en el mundo, por ti ha sido capaz de aceptar que más allá de su racionalidad hay un mundo de emociones que debe permitirse vivir… todo llegará en su momento… además, me tienes de tu lado."

Se apartó de la cama y se dirigió al moisés en que estaba recostada su única sobrina. La pequeña era hermosa, con mucho cabello castaño, mejillas coloradas, una pequeña boquita rosa y aunque tenía los ojos cerrados, Angela podía jurar que tenía los ojos azules, incluso más intensos que los de su madre… y el tiempo le daría la razón. Sin dudárselo un segundo, levantó el pequeño cuerpecito y lo acunó en sus brazos mientras le canturreaba tan bajito que nadie más que ellas podían escuchar "soy tu tía Angela, aunque tu padre se oponga, algún día serás mi hija también, y entonces mi pequeño Michael y tú me darán unos nietos bellísimos". Se giró con la niña en brazos, dio un par de pasos hacia Booth y le dijo burlonamente "esta pequeña te traerá de las narices". Booth solo pudo sonreír mientras negaba con la cabeza, y la artista insistió "claro que sí, ya lo verás, hará contigo lo que quiera". Booth lo tenía clarísimo aquella criatura era la prueba viviente del amor que se tenían él y Huesos, y si se lo pedía pondría el mundo de cabeza por ella.

De pronto sintió una presión sobre las costillas, abrió los ojos y descubrió a la niña más linda del mundo arrodillada sobre su pecho, era inútil prolongar aquel juego, ya no podía resistirse más. Se puso en pie de un salto, sujetando a su niña en brazos, y le preguntó "¿a qué desea jugar mi princesa?". La pequeña extrañada le respondió en un tono cargado de dignidad "papi, yo no soy una princesa… soy una científica y tú eres mi asistente."

Sonrío derrotado, sin lugar a dudas su pequeña hija hacía de él lo que quería, al extremo de convertirlo en un cerebrito.