Pequeño escrito sobre Rusia, en un día en el que me aburría.
Espero que os guste, como a mi me ha gustado escribirlo :).
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Andaba sobre la nieve de una fría tarde de invierno. Arrastraba la gran bufanda gris que llevaba siempre. Tenía un armario exclusivamente para bufandas, no era un secreto que me gustaran. Siempre que me vieras iba a llevar alguna puesta. Solo podía escuchar mis pasos sobre la nieve. Las botas eran bastante pesadas pero no para mí, que ya estaba acostumbrado a llevarlas. Mi país, Rusia, el suelo siempre estaba cubierto por ese mismo tipo de nieve. Mientras seguía mi camino, me llegaban recuerdos a mi memoria de cuando era pequeño. En invierno, el día de navidad acostumbraba a hacer muñecos en el jardín de detrás. Y mi madre salir por la puerta trasera y gritarme '¡Iván, la comida esta lista!' y dejar el muñeco a medio hacer y entrar en casa mientras me recalentaba las manos frotándomelas con los guantes puestos. Esos días me solía pelear con mi hermana Natasha. Yo la empujaba primero, porque me quitaba mi cuchillo de juguete y ella, maldita mala pécora, me tiraba del pelo y me mordía y acababa por quedarse con él. Sonreí, recordando aquellas cosas. Eran minucias pero algo que me hacía sonreír. Ahora mismo, a la única persona a la que temía era mi querida hermana sabiendo lo que podía hacer. Con los recuerdos en mi mente, con aquellos viejos tiempos en mi cabeza dando vueltas empecé a andar dando pequeños saltos mientras zarandeabas mis manos. Empecé a reír como si de un niño chico me tratase. Pero algo me hizo detenerme. Algo, hizo que la sonrisa se borrara de mi cara. Aunque me gustara el frío, echaba de menos el calor. Nunca había visto un girasol. Decían que los girasoles seguían el movimiento que hacía el sol durante el día, porque los hipnotizaba para que le siguieran y que cuando salía la noche, la luna los asustaba, y se giraban hacía abajo intentando encontrar a su querido amigo el Sol, porque la luna no les agradaba. Miré al cielo y, para mi sorpresa, el sol asomaba por una nube. Me quedé anonadado, y un rayo de sol me cegó por un momento. Cuando volví a abrir los ojos, no pude evitar quedarme sorprendido y dejar ver una sonrisa en mi rostro. Delante de mí, a un par de metros, había un pequeño girasol pero lo bastante grande para quedarme sorprendido. Me acerqué al pequeño girasol y no pude evitar rozarlo con un dedo con delicadeza. Lo veía tan frágil, tan débil, que tenía miedo a romperlo. Era la primera vez que veía uno. Y de verdad. No en un dibujo o en un cuento, no, era de verdad y estaba enfrente de mis ojos violáceos. Sonreí, pero no sabía que esa sería la primera y última vez que vería un girasol. Por eso adoro al sol y a los girasoles esperando una última vez para verlos.
...Aquel día de invierno.
