Nota: este fic participa en el reto especial de la batalla del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black, creado con el objetivo de conmemorar el aniversario de la batalla de Hogwarts.
Debido al límite de palabras (250 por parte) he tenido que mutilar partes de la segunda viñeta. De cualquier forma, espero que os guste.
Disclaimer: el potterverso pertenece a J.K. Rowling. Yo sólo juego con sus personajes.
Agradecimientos varios: a Fiera Fierce por estar siempre dispuesta a enseñarme algo con sus beteos. A Miss Lefroy por aguantar mis inseguridades y ayudarme a terminar de pulir esto.
Cuando el tiempo se detiene.
A Bellatrix le cuesta creer que el destino le ofrezca una oportunidad semejante. Delante de ella, a apenas unos metros de distancia y combatiendo por el lado equivocado —cómo no—, tiene a la hija de esa traidora amante de los sangresucias, esa a la que un día había llamado hermana.
Se relame los labios con anticipación.
Parece ser que es su sino acabar con todas las ramas podridas del árbol de los Black y piensa cumplir con ello hasta las últimas consecuencias.
Observa cómo la chica se deshace hábilmente de un contrincante. Es curioso. Al parecer, esa abominación sabe utilizar una varita.
Con la habilidad adquirida después de tantos años de práctica, Bellatrix se coloca enfrente de la chica, antes de que nadie más se le adelante: la hija de Andrómeda es suya.
Un par de minutos más tarde, Bellatrix sonríe, ufana, cuando ve caer el cuerpo sin vida de la joven al suelo.
Ni siquiera sabe su nombre.
Tampoco le importa.
~X~
En medio del fragor de la batalla, Remus Lupin pelea, incansable, contra Dolohov. El mortífago es un digno adversario y hace tiempo que Remus se percató de que están igualados en fuerzas, pero aquello no lo preocupa: tiene un plan.
Con toda la rapidez de la que es capaz, Remus se gira, dispuesto a llevar a Dolohov hasta la trampa que suponen los muros quebradizos. Si todo sale bien, el mortífago quedará sepultado bajo su propio hechizo.
Pero, entonces, lo ve y su corazón se detiene.
El cuerpo de Dora, su Dora, yace inerte en el suelo.
Remus se siente desfallecer. Por su mente, desfilan miles de imágenes a la velocidad de la luz. Se ve a sí mismo, junto a Dora, el día en que por fin aceptó lo evidente y se rindió al amor que sentía por aquella chica, valiente y divertida; rememora el miedo y la felicidad que lo invadieron cuando supo que ella estaba embarazada; pero, sobre todo, piensa en Teddy.
Teddy.
Un rugido de rabia se abre paso en su pecho. No, Dora no está muerta. No puede estarlo.
Durante unos instantes, Remus se olvida de todo; de la batalla, de Antonin Dolohov y de la guerra que se libra a su alrededor. Lo único en lo que puede pensar es en llegar hasta Dora tan rápido como sea posible y asegurarse de que está bien. Sólo quiere coger su mano una vez más.
Y lo consigue.
Después, todo se vuelve negro.
