©Disclaimer: Detective Conan es propiedad de Gosho Aoyama. Este relato está hecho por diversión, sin ánimos de lucro.


Cambios


¿Cuándo fue la última vez que te atreviste a cambiar? ¿Qué sueños, fantasías e ideales resignaste para seguir adelante, crecer y madurar? Desde fetos que atraviesan el canal de parto hacia un mundo desconocido, hasta ancianos cerrando sus ojos para abandonarlo definitivamente, la vida se encuentra plagada de círculos en los que nosotros giramos, muchas veces, sin control.


— Ran, sal de ahí, se enfría tu desayuno — Eri Kisaki golpeaba suavemente la puerta del cuarto de su pequeña hija en el que esta se había encerrado para evitar ser perturbada.

—¡No, no saldré nunca! —contestó molesta la niña

—¿Quieres llegar tarde a tu primer día de escuela? ¡Eso se vería muy mal! —Intentaba razonar. Estudiaba derecho, y como futura abogada debía saber ser diplomática, o eso se suponía, pero su paciencia estaba agotada, definitivamente no poseía demasiada.

Se abrió la puerta finalmente, una chiquilla de cabellera castaña asomó tímidamente, enfrentándose con la mirada severa de su madre, enmarcada en un par de gruesas gafas. Sin perder más tiempo, ambas fueron al comedor dónde Kogoro leía el periódico despreocupadamente, y tras ingerir los primeros alimentos diarios se prepararon para salir.

—Pero mamá, yo no quiero ir a clases —explicaba Ran con la vocecita quebrada, mientras ella y su progenitora caminaban de la mano por las calles de Beika en dirección al jardín de infantes al que asistirá.

—Verás que te vas a divertir mucho —aseguró esta—. Hay muchos niños de tu edad con los que podrás jugar, y actividades muy entretenidas —añadió.

Llegaron al recinto escolar, un hombre bajito que era el portero las recibió. Tras intercambiar saludos, ingresaron adentro del establecimiento, y Eri dejó a Ran con su maestra, pese a las protestas de la pequeña.


Kokoro Ishida era una mujer menuda y cuarentona, de pelo oscuro e intimidante mirada. Vivía para enseñar; estricta como ella misma, quería explicar con pelos y señales cada regla a sus nuevos alumnos.

—Y por último —concluía—, todas las actividades del itinerario deben cumplirse en tiempo y forma, no nos desviaremos del programa.

Luego propuso una tarea para conocer bien a sus retoños. Consistía en dibujar viñetas referentes a la vida que llevaban. La pequeña Mouri retrató en ellas a su padre uniformado como policía, la casa dónde vivía antes de mudarse a Beika…, en pocas palabras, plasmó sobre el papel aquellas cosas que extrañaba.

Sonó el timbre del recreo. Una avalancha de niños se precipitó hacia al patio, en carrera para conseguir los mejores juegos. Ran, no obstante, quedó solitaria en un rincón del salón, angustiada porque no lograba adaptarse a su nuevo ambiente, ni a las nuevas caras. Quería a su madre, a su padre, su cuarto, sus juguetes, y sentía un nudo en la boca del estómago que lo empeoraba todo.

—¿Por qué estás aquí tan sola? —Una vocecita interrumpió sus pensamientos, se trataba de una compañera—. Los niños que se aíslan son raros, ¿sabías? —agregó—. Yo no quiero estar en una clase con raros, ven.

Sin darle tiempo a reaccionar, esa pequeña delgada y de cabello castaño claro tiró de su brazo y la obligó a salir con ella.

—Me llamo Sonoko, Sonoko Suzuki. Mi familia es rica y me compran todo lo que quiero, el otro día papá me regaló una muñeca que viene con su moto, ¡es genial! la traeré un día para que la veas. Mi ropa también es nueva, nadie tiene ropa tan linda como la mía—. Mientras recorrían los pulcros pasillos del edificio, aquella hiperquinética muchachita hablaba sin cesar, abrumando a Ran con su avasalladora personalidad—. Por cierto, no me dijiste tu nombre, ¿cómo te llamas? —inquirió.

—Eh… Ran Mouri —respondió cohibida.

—Tu nombre no es tan lindo como el mío. —Meditó un momento—. No importa, a partir de ahora seremos amigas, y nos reuniremos en todos los recreos, y también a la hora del almuerzo. —Resolvió, a lo que su nueva amistad asintió sonriendo. La pequeña Suzuki era extraña y algo alocada, pero muy simpática.

Llegaron al final del corredor, justo en dónde se hallaba la puerta del baño masculino, en el cual unos pequeños gamberros que las habían escogido como víctimas de sus fechorías, esperaban agazapados por sus presas. Una lluvia de bolitas de papel y pintura no se hizo esperar.

—¡Que asco! —protestó Sonoko, la más afectada—. ¡Niños tontos y feos! —chilló.

—Yo no me ensucié tanto —observó Ran.

—¡Ustedes tres, a la dirección inmediatamente! —Se oyó repentinamente. Era Ishida-San, indignada ante el ataque a dos de sus alumnas del que afortunadamente había sido testigo. Ahora iba imponerles un castigo ejemplar a aquellos malcriados—. Suzuki, Mouri, vayan a asearse, yo me ocupo del resto —ordenó con voz grave.

Las susodichas obedecieron inmediatamente, no queriendo enfrentar la ira de su maestra.


—No creo que sirva más. —Frente al espejo que colgaba sobre el lavabo del sanitario femenino, la joven heredera estudiaba los daños inflingidos a su exclusivo vestuario—. No importa, compraré ropa nueva. —Decidió despreocupadamente.

—¡Que bien! —exclamó Ran alegre, y ambas marcharon rumbo al salón de clases. Hacía varios minutos que el recreo había finalizado, de no apresurase tendrían problemas, sin embargo, el caos ya reinaba allí, esperándolas.


Tizas volando por doquier, pupitres desacomodados, la anteriormente inmaculada pizarra plagada de garabatos, y ningún atisbo de autoridad brillando entre aquel pandemonio.

—¿Qué ocurrió? —Las dos recién llegadas querían explicaciones.

—Ishida-San fue a castigar a tres niños de otro salón que hicieron alguna travesura, y por eso estamos solos —comentó un gordito del que ninguna recordaba el nombre—. ¡Y miren, por allá Yuki-chan y Aiko-Chan están a punto de pelear! —Señaló entusiasmado hacia un rincón, en donde emulando perfectamente los antiguos circos romanos, se hallaban aglomerados en círculo, un grupo de infantes rodeando a quienes protagonizaban el pleito.

—¡Pelea, pelea, pelea! —coreaban todos.

—Deberíamos detenerlas —susurró Ran preocupada.

—¿Estás loca? Esto será genial —aseguró Sonoko, y aferrada a su amiga, se acercó a presenciar el espectáculo.

—¡Es mía! —afirmaba Aiko estridentemente.

—¡Claro que no, es mía! —aseguraba Yuki con igual vehemencia.

Ambas, acompasadas por los cánticos alentadores de sus compañeros, tironeaban de una muñeca francesa antigua, intentando hacerse con la misma.

—¡Que escándalo, no se puede leer en paz! —resonó una voz en medio del barullo, y su dueño se coló entre el alumnado hasta dar con quienes habían perturbado su calma.

—Kudo… —bufó Sonoko.

—¿Lo conoces? —preguntó Ran asombrada

—Sí, lo conocí en una fiesta que hizo mi familia, él fue con la suya porque es rica también —respondió disgustada—. Es un niño pesado e insoportable, vive siempre leyendo —añadió.

—Lo dices porque tú apenas estás aprendiendo a leer. —El aludido se dirigió a Sonoko. quien se sonrojó furiosamente al darse cuenta de que había escuchado toda la conversación, mas restándole importancia al asunto, volteó su cara hacia otro lado—. En cuanto a esto —prosiguió con la muñeca del conflicto en sus manos—, ya sé a quien pertenece, así que no deben seguir discutiendo por ello. —Sonrió arrogante, ganándose miradas de incredulidad—. La muñeca… es de Ebisawa —reveló finalmente, refiriéndose a Aiko.

—¿Y tú como lo sabes? —exclamó Yuki indignada.

—Es sencillo —aseveró—. Tiene migas de galleta de coco regadas por todo el cabello, y te he oído decir que eres alérgica a ellas. —Indicó—. Por otra parte, las migajas coinciden con las galletas que Ebisawa estuvo ofreciendo durante el recreo, y que al ser caseras, no se consiguen en ningún negocio —continuó—. Lo que yo pienso es que tú robaste la muñeca en el recreo, antes de que Ebisawa lograra enseñársela a alguien más. De esta forma podrías hacerla pasar como tuya sin problemas, pero te salió mal. —Dedujo entregándole el preciado objeto a su verdadera dueña.

—¿Y quién eres tú? —cuestionó Yuki colérica y azorada al mismo tiempo.


Tan confuso, como sorprendido, quedó el grupo entero ante esa exhibición de inusual inteligencia, nadie emitía sonido alguno. Ran Mouri sentía su corazón golpeteándole violentamente dentro del pecho, un destello en la mirada de aquel niño precoz había desencadenado dicha reacción en ella, pero no lo había notado, no podía aún, los lazos que empezaban a formarse eran imperceptibles cual fina tanza.

Algunos cambios ocurren sin darnos cuenta, y cuando tomamos conciencia de ellos sentimos temor. Voltear la página no siempre es sencillo, pues cabe la posibilidad de que no nos agrade lo que encontremos en la siguiente; pero recuerda, las puertas están abiertas, y siempre puede venir algo mejor.

—Mi nombre es Kudo Shinichi… detective.

Mucho mejor.