"-Usted es una borrasca. Una borrasca que quiere entrar en mi corazón forzosamente, aún cuando yo no lo quiera ni deba permitir. Una borrasca, que por más que intento huir de ella, siempre está a mi lado, como una estrella que guía mi camino.
Cansado de tanta habladuría, le agarró de la solapa, y lo atrajo hacia sí, violentamente, para luego besarle y morderle con delicadeza esos labios que brotaban de sí una miel tan dulce, tan atrayente y tan delirante, que le hacían perder la razón.
-Y borrasca seré.
Y así, el más alto, retrocedió, mientras temblaba e intentaba por todos los medios recobrar el sentido.
-Si te enamoras de mí, por favor, no corras y te escondas. Abrázame hasta nunca soltarme, y dime todas esas palabras de amor que tanto me cortan la respiración. Esas que sé en un futuro próximo provocarán un vuelco en mí corazón, y que tú tanto conocerás como para retorcerme de placer."
Quizás, el volverte a ver, provocaron un mar de emociones, donde la alegría, la desesperación, la frustración y las ansias convergieron como un perfecto engranaje dentro de mí. Quizás, el provocarte de aquella manera tan ruda, provocaron algún efecto en ti. Quizás, ese beso tan violento, desencadenó una explosión. Una explosión tan dolorosa y tan delirante, que ahora cuestionas todo lo que se te cruza. Y que parece, al menos, que dentro de tu corazón todo se ha vuelto frenético, y que cada célula de tu ser, pierde sentido.
Aunque no lo reconozcas y me grites cuán imprudente resulto, no olvidaré esa expresión, cuando declaré tus terrenos como los míos. Esos terrenos de un sutil color rosa, que me hacen enloquecer. Y esos terrenos tan vastos como el océano, que clamaban lo hambrientos de amor que estaban.
Quizás, no recuerdes el lugar ni la hora. Pero yo sí. Recordaré a Kyoto por siempre como el lugar donde te juré fidelidad y te di mi corazón. Catorce de mayo de mil ochocientos setenta y siete, a las cuatro con un minuto.
