«Es tan extraño», pensó Sasha mientras se sentaba en aquella colina. Su cabello rojizo se desordenaba con el viento fresco que soplaba, pues su cabello iba suelto luego de tanto tiempo de tenerlo recogido.
—No recuerdo que el clima aquí fuera tan agradable —señaló mientras estiraba las piernas, sintiendo bajo sus pies el pasto rociado por llovizna. Sonrió de lado mientras estiraba los brazos para luego recostarse, respirando profundamente.
Connie no volteó a verla. Llevaba sentado horas mirando a la nada, pero a Sasha no le preocupaba. Seguramente estaría descansando la mente luego de aquella misión en Marley, relajándose con la bonita vista de la puesta del sol tras la muralla.
—Esas flores son extrañas, no recuerdo que me regalaras algo parecido —comentó, volteando a ver al bouquet que aquel muchacho puso sobre el pasto. De nuevo, Connie no habló, pero ella lo miró sonreír de lado y bajar la mirada hacia donde estaba acostada.
Aunque él tuviese miles de expresiones distintas, ella conocía a la perfección todas y cada una de ellas. Y ella conocía aquel gesto. Era una conexión especial, el conocerlo tan profundamente que reconocía cada figura de su rostro.
—¿Todo tuvo que cambiar, no? —preguntó él luego de pasar tanto tiempo sin pronunciar palabra— Es decir, todo esto, todo es tan diferente…
Sasha respiró profundamente, pues ella lo entendía mejor que nadie.
—Entiendo, entiendo —pronunció en resignación—. Nos veremos otra vez, lo sé.
—Lo sé, pero, ¿me recordarás?
—Te recordaré —respondió mientras se levantaba al mismo tiempo que él— ¿serás feliz?
Connie borró su sonrisa para voltear en dirección contraria a ella. Es cuando Sasha supo que era momento de irse.
—Volvámonos a ver, Sasha—. Y en ese momento, él juró que pudo sentir su mano sobre la suya una vez más.
