Disclaimer: Según una carta del juzgado, InuYasha no me pertenece. Intentaré luchar por él, pero mientras, este pertenece a Rumiko Takahashi. Lástima. Aunque, bueno, la trama sí es mía.

¡Disfrútenla!


La primera vez que supo de ella se encontraba entre los pasillos de palacio.

Era conocido por todos que no debía hacerlo, pues muy pocas personas tenían el derecho de caminar por aquel lugar y sobre todo en esa zona, sin embargo, él necesitaba encontrar a su señor con urgencia pues acaba de volver de su viaje y debía informarle de la noticia que había llegado a conseguir.

Caminaba con rapidez cuando sintió como, por primera vez en muchos años, su corazón saltaba en su pecho cuando un agudo chillido cortó el ambiente. En un principio se sorprendió y mucho, rara vez se escucha eso por aquellos lugares. Aunque después se reprochó por ello. Maldita sea, la señora estaba a punto de parir poco antes de que él se marchara, es normal que la criatura ya hubiera nacido.

Inconscientemente sus pies se detuvieron justo enfrente de la habitación de la señora y su oído desarrollado consiguió captar el sonido de unos pasos allí dentro seguido de el murmullo de una dulce y tranquila voz. La señora. Durante unos segundos no pareció haber cambio alguno. La criatura lloraba como si fuera el fin del mundo y la mujer susurraba palabras de consuelo y el tarareaba una melodía.

Algo dentro de él se movió en aquel momento.

Sin embargo, lentamente los sollozos fueron disminuyendo hasta extinguirse finalmente.

—Muy bien, cariño, no pasa nada— oyó decir a la señora.

Y fue entonces cuando InuYasha despertó del letargo que se había sumido.

Murmurando algo para él continuó la marcha, intentando olvidar lo ocurrido hacía unos segundos.

¿Qué le importaba a él de todos modos?

Tenía cosas más importantes que hacer antes de quedarse escuchando el llanto de un estúpido bebé humano.

—Tranquila, mi cielo, estás con mamá...

·

—¿Ves algo?

InuYasha sacudió la cabeza sin apartar la mirada del bosque que se expandía alrededor de castillo. Estaba atardeciendo y el bosque se bañaba con las luces anaranjadas y rojizas dejando así una bonita estampa. La verdad es que a InuYasha le gustaba mucho contemplar aquello. Cuando el día moría y daba pasa a la infranqueable y deseable noche.

—Bien— aceptó el otro.

Lo sintió posicionarse a su lado, también admirando el panorama, e InuYasha se tensó. Le gustaba estar solo, todo el mundo lo sabía y así había sido desde que siempre (y es que verdaderamente nadie había querido cambiar aquello). ¿Quién en su sano juicio querría estar con un medio demonio?

—Puedes irte— volvió a hablar el hombre— He venido a relevarte.

InuYasha asintió y no perdió ni un segundo más desaparecer del lugar donde le había tocado montar guardia. Era pocas veces en las que tenía que hacerlo, pues según el señor él era demasiado valioso para aquellas tareas tan vulgares, sin embargo, a él le gustaba hacerlo. Que su mirada se perdiera en el exterior y dejar vagar su imaginación, soñando con un lugar donde él fuera libre, donde pudiera viajar al lugar que quisiera, donde no fuera despreciado... Algo absurdo realmente, él mismo lo sabía, más había veces en las que no podía evitarlo.

Desde que tenía memoria había estado encadenado a ese castillo.

Su madre fue una mujer que desde temprana edad trabajó como sirviente en aquel lugar y un día cuando se encontraba lavando en el río conoció a su padre... un demonio. Fue amor a primera vista y tan fuerte como efímero. Y de esa sola noche quedó él. Un vástago mitad humano, mitad demonio.

En aquel entonces el que gobernaba el lugar era el padre del actual señor y al contrario de todo el mundo que deseó matar a ese híbrido después de nacer, él vio un buen negocio. Un "súper guerrero". Un ser más fuerte, veloz, ágil y resistente que un ser humano. Y estaba a su servicio.

Y así fue como desde pequeño su destino estuvo establecido: preparase para ser el mejor luchador, capaz de ganar hasta al más bravo de los demonios. Y cuando su madre murió al cumplir él los nueve años, la única luz y calidez de su vida se esfumó, cubriéndose todo de odio, violencia y desprecio a donde quiera que fuera. Porque mientras que para los habitantes del castillo era un sucio medio demonio, para sus señores (su "mentor" y su sucesor) no era más que un importante y útil juguete.

—¡Señorita! ¡Señorita!

El grito de una de las doncellas del castillo lo alertó cuando se dirigía hacia la parte de atrás del castillo, allí donde estaba su "habitación", si por habitación podía considerarse un sucio y pequeño antiguo trastero. Sus ojos ambarinos se alzaron y entonces vio a una muchacha de no más de catorce años corriendo hacia él.

—¡Espera, señorita!

Pero no lo estaba mirando a él. InuYasha siguió sus pupilas y a pesar de que no lo mostró en el rostro, se sorprendió al ver a una pequeñaja correr hacia él dando traspiés y con una amplia y dulce sonrisa.

—¡Ta, ta, ta!— balbuceaba con los brazos extendidos hacia él.

Durante unos segundos no supo que hacer. Paralizado, observó a la pequeña. Tendría unos dos años. Su pelo azabache lo llevaba suelto llegándole un poco más bajo de los hombros, bamboleándose por el movimiento de un modo muy graciosos. Sus ojos eran muy grandes y expresivos de un color castaño y la sonrisa de sus labios dejaba entrever a la blancura de su pequeña dentadura aún a medio hacer.

—¡Ah, ah! ¡Ta!— siguió balbuceando y cuando le quedaban pocos pasos para llegar a su lado, la pequeña se tropezó.

No lo pensó. El cuerpo del medio demonio actúo solo y cuando se quiso dar cuenta se había movido para coger a la pequeña entre sus brazos y que así no se estampara de boca contra el suelo.

Al contrario de asustarse y llorar, como lo haría un niño pequeño normal, InuYasha observó fascinado como la niña reía y se retorcía divertida en sus manos, pues este la tenía alzada por cada uno de sus sobacos.

Un sentimiento inexplicable empezó a formarse en su pecho.

—¡Elo! ¡Elo!— decía la pequeña estirando sus bracitos hacia él.

InuYasha no tenía ni idea de lo que quería decirle. De pronto, la niña había pasado de reírse a inclinarse, como queriendo llegar a él y tocarlo. Se estaba poniendo nervioso. ¿Qué era lo que quería esa humana de él?

—¡Elo!— chilló y a pesar de eso, a InuYasha le pareció adorable.

Demonios, ¿adorable?

¡InuYasha, ¿qué diablos te pasa?!, se reprochó mentalmente, ella es una niña humana. ¡Una niña! ¡Y humana!

Pero a pesar de sus pensamientos y de la rara sensación que asolaba su pecho, él no pudo hacer caso a su mente y como le ordenaba dejarla en el suelo y marcharse. ¿Y si se caía de nuevo?

¿Qué debía hacer entonces?

Dudoso y realmente confundido, el medio demonio observó como ella seguía estirándose para intentar coger algo. Sabía que no podía hacerle daño, es decir, él era muchísimo más fuerte que ella, sin embargo, no pudo evitar hacer lenta y cuidadosamente la acción de escoger sus brazos para que la pequeña se pegara a su cuerpo.

¿Y si tenía miedo a las alturas? ¿Y si a lo mejor estaba asustada?

¡¿Qué te importa a ti que esté asustada?!, volvió a recalcarle su mente. Y de nuevo no le hizo caso. Aquella niña...

De pronto, apenas quedando una pequeña distancia entre ellos, los ojos de la humana brillaron (de una forma verdaderamente tierna, debió reconocer InuYasha), se abalanzó hacia él y entre sus pequeñas manitas consiguió cogerle un mechón de su cabello albino.

—¡Ah, oye!— exclamó cuando sintió la punzada en la cabeza. Maldita sea, era pequeña, pero sí que tenía fuerza.

Ella rio y sus pies patalearon con gusto.

Y el verla así... tan dulce, tierna... y alegre, no podía enfadarse con ella.

¿Cómo podría hacerlo con ese ser tan... puro? Ella era toda la calidez y pureza que le fue arrebatado con la muerte de su madre. Le recordaba tanto a ella...

Sentía como si no pudiera dejar de escuchar aquel hermoso sonido.

—Eh, para— dijo y sosteniéndola con un brazo, consiguió que soltara el mechón de pelo— A ver... suelta, pequeña.

La humana se dejó hacer, sin mucha queja, y permaneció aun sonriendo entre sus brazos. En su interior, InuYasha sintió como si fuera un milagro. Aquella criatura había sido la única persona que le gustaba permanecer a su lado, sin contar a su madre.

Su estómago se retorció de una irritable manera y su corazón aumentó de velocidad. ¿Qué diablos le hacía sentir esa chiquilla?

Fue entonces cuando InuYasha levantó la mirada y se encontró con la figura de la adolescente de antes y como si de le hubiera caído un balde de agua fría, volvió a la realidad.

Sí, la doncella lo miraba... y el miedo y el asco campaba de igual manera en sus ojos. Estaba parada a varios pasos de ellos, respiraba agitadamente y sus labios estaban fruncido en una mueca. Siempre la misma mirada, siempre el mismo rostro...

En su interior, InuYasha sonrió despectivamente. Ah, dulce realidad.

Cuando la doncella se dio cuenta que la miraba, su cuerpo respingó e inconsciente dio un paso hacia atrás. Le lanzó una fugaz mirada a la niña que descansaba a gusto en sus brazos y después se dirigió a sus manos... a sus garras.

InuYasha quiso gruñir.

¿Qué pensaba? ¿Que le iba a hacer daño?

¡Maldita sea, no era tan despreciable como para hacer daño a una cría!

Sintiendo la ira bullendo en su interior, su ceño se frunció. Debía irse si no quería enfadarse. Y realmente no quería asustar a la niña que cargaba. Odiaría ver el miedo en sus pupilas.

Ella no.

Con paso decidido se acercó a la muchacha, la cual al verlo ahogó un grito con los ojos abiertos como platos y su cuerpo caminó hacia atrás de puro miedo. Pero él fue mas rápido y en pocos pasos llegó a su lado. Y le dio a la niña.

Al principio esta protestó y estiró sus brazos hacia él en la inmóvil chica, sin embargo, InuYasha hizo de tripas corazón e intentó ignorarla cuando de pronto la cría empezó a llorar.

No quiso mirarla otra vez, pues no sabría las consecuencias, así que dándose la vuelta se marchó con premura de allí. Sintiendo una extraña opresión en el pecho mientras su llanto se iba perdiendo.

·

Los labios del medio demonio se curvaron levemente cuando captó su dulce aroma en el aire.

Ahí estaba la cría...

No le dio tiempo a girarse cuando sintió unos bracitos rodearle el cuello y unas pequeñas manitas taparle sus ojos. Le encantaba hacerle eso. Y él no era nadie para decepcionarla.

—¿Quién soy?— oyó su bonita voz ahogada por una risilla contenida.

Tú, siempre eres tú, pensó.

—Hmmm...— se hizo el pensativo. Escuchó como ella se reía y su corazón inevitablemente dio un vuelco en su pecho— No sé... ¿Quién eres, desconocida?

—¡Oh, venga!— percibió la ansiedad en su voz. Tuvo que contenerse para no reírse.

—A ver, espera, tú voz me suena... No serás, tal vez... ¿Kagome?

—¡Sí!— chilló ella entusiasmada e InuYasha no pudo evitar hacer una meca. Había chillado muy fuerte cerca de sus orejas.

Cuando se quiso dar cuenta tenía a la pequeña sonriéndole sentada sobre su regazo y con un gracioso hueco en la hilera inferior de dientes.

—Te he sorprendido, Asha— se burló Kagome y a InuYasha le pareció muy tierno.

Y es que tan solo había que ver a esa Kagome de cinco añitos.

—Tienes razón— asintió él colocándole un mechón tras su oreja— Nunca sé cuánto vienes, pequeña.

—Soy muy buena en eso— elevó la comisura de sus labios orgullosa.

—Claro, en eso y en escabullirte— la miró arqueando una ceja— ¿Otra vez te has escapado de Yuka?

La vio curvar su labio inferior y sintió su estómago cosquillear irritablemente.

—No me gusta estar con ella. Me da miedo. Siempre está dándome órdenes.

—Si te portaras bien...

—¡Yo siempre me porto bien!— se cruzó de brazos Kagome.

Esta vez no pudo evitarlo y se rio. Ella era la única que podía conseguir eso.

—Algún día te pillaran, renacuaja. Y estaremos los dos en problemas.

Kagome frunció el ceño.

—¿Por qué?

—¿Por qué que?

—¿Por qué... esto está mal? A mi me gusta estar contigo, Asha— le dijo mientras lo miraba— Tú eres mi persona favorita. Bueno, después de mi mami.

InuYasha sintió como su corazón saltaba en el pecho cuando veía la inocencia y pureza en la castaña mirada de la humana cuando le decía esas cosas. ¿Cómo podía decirle entonces que él era despreciable? ¿Cómo decirle que todo el mundo lo odiaba por ser como es? ¿Cómo decirle que lo matarían si la veían junto a ella, por miedo a que pudiera hacerle algo?

Desde esa primera vez que la vio, jamás dejó de pensar de esa niñita que le había sonreído... que se había acercado a él, y fueron varios días después que descubrió que ella era Kagome, la hija de su señor. Aquella misma niña que cada vez que lo veía corría hacia él sin importarle los demás. Aquella misma niña que tiempo después se escapaba de su doncella (esa muchacha que lo miró esa primera vez con miedo y repulsión) para estar junto a él.

No tenía ni idea como demonios había ocurrido, pero esa pequeña había conseguido meterse en su vida y se había instalado en su pecho de forma permanente.

—Deberías irte, pequeña, Yuka se preocupará si tardas tanto.

Intentó esquivar su pregunta pero cuando vio la mirada triste que le lanzó sintió como su corazón se rompía en mil pedazos. No podía aguantarla. No podía verla triste. Ella tenía que sonreír. Tenía que ser feliz.

Sus brazos se movieron por sí solo y rodeándola por la cintura, la atrajo a su pecho.

—Eh, pequeña...— murmuró pero calló cuando sintió el olor salado proveniente de la niña.

Oh, no. Llorar no. No soportaba verla llorar. Era más de lo que podía sostener.

—¿Por qué nana te odia, Asha? ¿Por qué no puedo hablarle de ti a mamá? ¿Por qué no te veo allí? ¿Por qué estás siempre aquí escondido?— sollozó la niña contra su pecho.

Pero InuYasha no podía contestarle. Todavía era muy pequeña y no lo entendería. Era demasiado inocente para descubrir los horrores de la gente.

Con la pequeña llorando entre sus brazos, InuYasha recordó todas las veces que lloró su madre por él también. Y se odió. Se odió por hacerle la vida imposible a su madre y por no poder ser lo que la pequeña merecía que fuera.

Pero sobretodo se odió por ser tan egoísta para no dejarla marchar y apartarla de su lado.


A pesar de que me dije que no subiría hasta haber terminado los exámenes (dentro de tres días), no he podido aguantar mis ganas y aquí os traigo una nueva aventura de nuestra pareja favorita. Así que... ¡Hola a todos! Que sepáis que ya extrañaba esto^^

Bueno, ¿qué os ha parecido esta primera toma de contacto? ¿Qué pensáis de ellos?

¡Vamos, contadme!

Próximo capítulo: A escondidas.